Raymond Chandler: El largo adiós

• —¿Qué tal? —preguntó con calma—. ¿Cómo se las entendió con mi padre? —Muy bien. Me explicó la civilización. Es decir, tal como él la ve. Va a permitir que continúe existiendo durante un tiempo más. Pero será mejor que tenga cuidado y no interfiera con su vida privada. Si lo hago es capaz de llamar por teléfono a Dios y cancelar la orden.
• Como un verdadero policía. Ellos nunca dicen por qué están haciendo algo. De esa forma uno no se entera de que ellos mismos no lo saben. Sigue leyendo

Josefina Vicens: El libro vacío

  • ¡Qué absurdo, Dios mío, qué absurdo! Si el libro no tiene eso, inefable, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces, sorprenda y golpee; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco; si las palabras no pueden sostenerse por sí mismas, sin los andamios del argumento; si la emoción sencilla, encontrada sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro? ¿Quién es José García? ¿Quién es ese José García que quiere escribir, que necesita escribir, que todas las noches se sienta esperanzado ante un cuaderno en blanco y se levanta jadeante, exhausto, después de haber escrito cuatro o cinco páginas en las que todo eso falta?
  • Considera que mis cincuenta y seis años son capaces de conservar el recuerdo de un amor de veinte, pero no los matices. Que guardo dentro de mí el suceso en conjunto, compacto, como petrificado, pero que ya no puedo separar y darles su valor exacto a todas las emociones que ese amor suscitaba.
  • porque detesto a las gentes que no son enemigas de sí mismas.

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Escapar en círculo

Una vez, aún de niño, me escapé de casa una mañana de verano tan soleada como ésa. No recordaba bien las circunstancias que me impulsaron a irme. Posiblemente me había enfadado con mis padres. De todos modos, me había cargado la mochila a la espalda como hoy, me había metido los ahorros en el bolsillo del pantalón y me había ido de casa. Mentí a mi madre diciéndole que iba de excursión con mis amigos y que me preparara la comida para llevar. Cerca de casa había varias montañas adonde se podía ir de excursión y no era extraño que los niños fueran allí solos. Salí de casa, tomé el autobús que había elegido de antemano y fui hasta la terminal. Aquél era para mí un «barrio lejano y desconocido». Enlacé con otro autobús y fui hasta otro «barrio (aún más) lejano y desconocido». Sin saber siquiera cómo se llamaba, me apeé del autobús y empecé a vagar sin rumbo por las calles. Era un barrio sin ninguna particularidad. Un poco más bullicioso que el barrio donde yo vivía, y un poco más sucio. Había una calle llena de tiendas, una estación de tren y una pequeña fábrica. Por allí pasaba un río y, delante del río, había un cine. En el cartel anunciaban una película del oeste. A mediodía me senté en un banco en un parque y almorcé. Estuve en aquel barrio hasta el atardecer, pero, conforme iba acercándose la noche, me sentía más y más desamparado. Aquélla era la última oportunidad de retroceder, pensaba. Si caía la noche, ya no podría regresar. Volví a casa en los mismos autobuses que a la ida. Llegué antes de las siete y nadie se dio cuenta de que me había escapado. Mis padres pensaban que había ido a la montaña con mis amigos.

Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

el logotipo de Adidas

hasta la década de los 90, el logotipo de Adidas representaba las hojas de laurel olímpicas, símbolo de deportividad, puesto que la marca alemana comenzó haciendo ropa para deportistas olímpicos. Sin embargo, en las últimas décadas Adidas decidió utilizar las tren bandas, rasgo distintivo de su ropa desde los años 60. La metáfora es interesante: la empresa ha pasado de representar en su logotipo los valores olímpicos al rendimiento económico de la moda.

¿Origen?

Desprecio al prójimo

Kyselac es uno de esos despreciadores de masas, numerosos también hoy, que, apretujados entre sí en el autobús atestado, o en la autopista atascada, se consideran, cada uno de ellos, habitantes de sublimes soledades o de salones refinados y desprecian, cada uno de ellos, al vecino, sin saber que se les paga con la misma moneda, o bien le guiñan el ojo,  para darle a entender que, en aquella multitud, sólo ellos dos son almas elegidas e inteligentes, obligadas a compartir el espacio con el rebaño.  Esta suficiencia de jefe de oficina, que proclama “Usted no sabe quien soy yo”, es lo contrario de la auténtica autonomía de juicio, de ese orgullo que hay en Don Quijote cuando, desarzonado (¿desarzonado? No será desazonado?), murmura “Sé quién soy” y que nunca va acompañado por el fácil e indiferenciado desprecio al prójimo.
MAGRIS, Claudio: El Danubio, Anagrama, Barcelona, 2007

Quemar el instante

La persuasión, ha escrito Michelstaedter, es la posesión presente de la propia vida y de la propia persona, la capacidad de vivir a fondo el instante sin la maniática angustia de quemarlo pronto, de atraparlo y utilizarlo con vistas a un futuro que llegue cuanto antes, y por lo tanto de destruirlo en la espera de que la vida, toda la vida, pase velozmente.  La vida como carencia, como deesse, aniquilada continuamente en la esperanza de que la difícil hora presente ya haya transcurrido, a fin de que haya terminado la gripe, se haya superado el examen […] Se espera esperando / que llegará la hora / de acabar en mala hora / para ya no esperar más).

MAGRIS, Claudio: El Danubio, Anagrama, Barcelona, 2007

Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

  • —Pesimista, pesimista… —repitió para sí varias veces—. Señor pájaro-que-da-cuerda —dijo luego, alzando los ojos y clavándome la mirada—. Sólo tengo dieciséis años y no sé muy bien de qué va el mundo, pero una cosa sí puedo afirmar con rotundidad: si yo soy pesimista, los adultos de este mundo que no son pesimistas son un hatajo de idiotas.
  • me dijo una vez. «Las cosas que se puedan comprar con dinero es mejor comprarlas sin pensar demasiado si ganas o pierdes. Es mejor ahorrar las energías para aquellas cosas que no pueden comprarse con dinero.»
  • Me da la impresión de que debía de creer que, llevando una vida normal, todo tenía que salir bien por sí solo.

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