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Acedia

acedía1 .

Tb. acedia.

Del lat. acidĭa, y este del gr. ἀκηδία akēdía ‘negligencia’.

1. f. Pereza, flojedad.

2. f. Tristeza, angustia, amargura.

acedía2 .

1. f. Cualidad de acedo.

2. f. Acidez o agrura del estómago.

3. f. platija.

4. f. Desabrimiento, aspereza de trato.

5. f. Amarillez que toman las plantas cuando se acedan.

Se denomina propiamente acedia o acidia a la pereza en el plano espiritual y religioso.

La palabra griega avkhdi,a o avkhdei,a, aparece tres veces en la versión de los LXX (Sl 118,28; Sr 29,5; Is 61,3), traducida en la Vulgata por taedium (tedio) y maeror (tristeza profunda); no aparece en la versión griega del Nuevo Testamento. Se la encuentra entre los autores paganos, como por ejemplo, en Empédocles, Hipócrates, Luciano y Cicerón.

El término griego, con el sentido de tedio, tristeza, pereza espiritual, se latinizó como acedia, acidia o accidia.

Los Santos Padres y los autores eclesiásticos le dieron una gran importancia en la lucha espiritual. Fue estudiada por Casiano, San Juan Clímaco, San Juan Damasceno, Isidoro de Sevilla, Alcuino, etc.

• Casiano la define como: ¨tedio y ansiedad del corazón que afecta a los anacoretas y a los monjes que vagan en el desierto¨.

• Los Padres del desierto la llamaron “terrible demonio del mediodía, torpor, modorra y aburrimiento”.

• Guigues el Cartujo la describió de la siguiente manera: “Cuando estás solo en tu celda, a menudo eres atrapado por una suerte de inercia, de flojedad de espíritu, de fastidio del corazón, y entonces sientes en ti un disgusto pesado: llevas la carga de ti mismo; aquellas gracias interiores de las que habitualmente usabas gozosamente, no tienen ya para ti ninguna suavidad; la dulzura que ayer y antes de ayer sentías en ti, se ha cambiado ya en grande amargura”.

• Santo Tomás de Aquino la define con precisión como tristeza del bien espiritual; indicando que su efecto propio es el quitar el gusto de la acción sobrenatural. Es una desazón de las cosas espirituales que prueban a veces los fieles e incluso las personas adentradas en los caminos de la perfección; es una flaccidez que los empuja a abandonar toda actividad de la vida espiritual, a causa de la dificultad de esta vida.

• Garrigou-Lagrange la definía como “cierto disgusto de las cosas espirituales, que hace que las cumplamos con negligencia, las abreviemos o las omitamos por fútiles razones. La acidia es el principio de la tibieza”.

• No menos importancia se le dio entre los autores del renacimiento espiritual español. La Puente dice que es “una tristeza o tedio de todas las obras de la vida espiritual, así de la vida activa como de la contemplativa, de donde procede que a todo lo bueno resiste y para todo inhabilita, y es lastimoso el estrago que hace”. • Podemos encontrarla retratada en la “desolación” ignaciana; decía Ignacio: “Llamo desolación… [a] oscuridad de alma, turbación de ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor”. La acidia voluntaria (ya sea buscada, ya sea no combatida) es elemento culpable dispositivo de la desolación. La descripción que nos han dejado los Santos Padres, es detallada y precisa.

• Evagrio Póntico describía al acedioso diciendo: “La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. El flujo de la acedia arroja al monje de su morada, mientras que aquel que es perseverante está siempre tranquilo. El acedioso aduce como pretexto la visita a los enfermos, cosa que garantiza su propio objetivo. El monje acedioso es rápido en terminar su oficio y considera un precepto su propia satisfacción…

• San Juan Clímaco le dedica uno de los “escalones” de su “Escala Espiritual” describiéndola con términos semejantes.

El pecado de acedia

La acedia es pecado. San Juan Damasceno definió la acedia como “una especie de tristeza deprimente”; Santo Tomás la describe como “tristeza mundana” San Gregorio Magno la denomina como la apatía en torno a los preceptos. Santo Tomás afirma que siempre es algo malo; ya sea por sí misma o por sus efectos. Es mala en sí misma cuando la tristeza es causada por un bien verdadero, pues el bien espiritual sólo debería alegrar. Es mala en sus efectos, cuando la tristeza es causada por algo que verdaderamente es un mal (y por tanto, tendría razón de entristecer) pero entristece al punto de abatir el ánimo y alejar de toda obra buena. En este sentido San Pablo, hablando del pecador, dice a los corintios: Perdonadlo y animadlo, no sea que se vea hundido en una excesiva tristeza (2 Cor 2,7)

La acedia es vicio especial cuando se opone al gozo que debería procurar el bien espiritual en cuanto bien divino. Este gozo es un efecto propio de la caridad; por eso, entristecerse del bien divino es un pecado contra la virtud teologal de la caridad: “entristecerse del bien divino, del cual goza la caridad, pertenece al vicio especial que es llamado acedia”. Este “entristecerse” ha de entenderse como: descontentar, sentir hastío, pereza, aburrimiento, desgana, apatía, displicencia. Propiamente consiste en la repugnancia a la virtud cuando ésta no va acompañada de consuelo; antipatía a la “virtud crucificada”. En la cuestión De malo explica más en detalle que la acidia, en cuanto pecado especial, “produce tristeza del bien interno y divino”, así como “amar este bien lo hace la caridad como virtud específica”. La acidia tiene su raíz en el desorden de la carne y domina cuando domina en el hombre el afecto carnal.

La acedia, pecado capital

La acedia no sólo es un pecado sino un pecado capital. “Pecado capital” significa etimológicamente el pecado que es principio, cabeza o madre de otros pecados. Los pecados capitales son origen de otros pecados en el género de la causalidad final, pues éste es el único modo de causalidad que entraña una influencia específica de ciertos pecados respecto de otros; las demás influencias causales son muy genéricas: “el pecado capital es aquel del que nacen otros vicios en razón de causa final”

http://www.corazones.org/diccionario/acedia.html

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Tres poemas. Zagajewski

Tu llamada telefónica

Tu llamada telefónica entró

mientras estaba escribiéndote una carta.

No me molestes mientras

hablo contigo, que nuestras dos

ausencias se cruzan

y uno de los amores se desgarra

como una venda. Sigue leyendo

Julio Cortázar: 62 Modelo Para Armar | Srdelapalisse

porque en algún momento ya no hay barco, todo es andén

vía Julio Cortázar: 62 Modelo Para Armar | Srdelapalisse.

“no puede ser que una vez más me ocurra ser el centro de esto que viene de otra parte, y quedarme a la vez como expulsado de lo más mío”.

Apenas intente analizar meteré todo en la consabida fiambrera reticular y lo falsearé insanablemente. A lo sumo puedo tratar de repetir en términos mentales esto que ha ocurrido en otra zona, procurando distinguir entre lo que formaba parte de ese brusco conglomerado por derecho propio y lo que otras asociaciones pudieron incorporarle parasitariamente. Pero en el fondo sé que todo es falso, que estoy ya lejos de lo que acaba de ocurrirme y que como tantas otras veces se resuelve en este inútil deseo de comprender, desatendiendo quizá el llamado o el signo oscuro de la cosa misma, el desasosiego en que me deja, la instantánea mostración de otro orden en el que irrumpen recuerdos, potencias y señales para formar una fulgurante unidad que se deshace en el mismo instante en que me arrasa y me arranca de mí mismo. Ahora todo eso no me ha dejado más que la curiosidad, el viejo tópico humano: descifrar. Y lo otro, la crispación en la boca del estómago, la oscura certidumbre de que por allí, no por esta simplificación dialéctica, empieza y sigue un camino. Claro que no basta, finalmente hay que pensar y entonces el análisis, la distinción entre lo que forma verdaderamente parte de ese instante fuera del tiempo y lo que las asociaciones le incorporan para atraerlo, para hacerlo más tuyo, ponerlo más de este lado. Y lo peor será cuando trates de contarlo a otros, porque siempre llega un momento en que hay que tratar de contarlo a un amigo, digamos a Polanco o a Calac, o a todos a la vez en la mesa del Cluny, esperando quizá vagamente que el hecho de contarlo desencadene otra vez el coágulo, le dé por fin un sentido.

vía Julio Cortázar: 62 Modelo Para Armar | Srdelapalisse.

—Sólo verán en el aire —dice Luder—. He puesto tanto empeño en construir el pedestal que ya no me quedaron fuerzas para levantar la estatua.

Dichos de Luder, de Julio Ramón Ribeyro.

descontexto.blogspot.com.es

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El infierno que habitamos

“Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio” (Italo Calvino, Las ciudades invisibles)

Dicho en palabras de Italo Calvino, “el infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

vía El poder va por un lado y la realidad, por otro.

Un brindis por Kevin Ayers | Periódico Diagonal

Como dijo Joseph Heller de alguien: “Era un hombre hecho a sí mismo que no le debía a nadie su falta de éxito”.

vía Un brindis por Kevin Ayers | Periódico Diagonal.