Sobre el zapatismo. (VVAA)

  • ¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre? ¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? ¿De habernos levantado en armas cuando encontramos todos los otros caminos cerrados? ¿De no habernos atenido al Código Penal de Chiapas, el más absurdo y represivo del que se tenga memoria? ¿De haber demostrado al resto del país y al mundo entero que la dignidad humana vive aún y está en sus habitantes más empobrecidos?

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Juan Villoro: El testigo

 

  • Regresaba al pasado como a un dolor elegido, como si lo peor de esa tristeza fuera la posibilidad de perder su recuerdo.
  • —Siempre pintaba el mar, ¿no? —¿Qué más se puede pintar en el desierto?
  • la prueba de que nunca haría nada tan definitivo como no estar con ella.
  • La prensa chilanga es mendiga, jacobina. Nos van a acusar de mochos, retrógrados y cuantimás.
  • Alguna vez me dijo, con una de esas frases que le venían de pronto, que él era un accidente tratando de ocurrir.

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Raymond Chandler: El largo adiós

• —¿Qué tal? —preguntó con calma—. ¿Cómo se las entendió con mi padre? —Muy bien. Me explicó la civilización. Es decir, tal como él la ve. Va a permitir que continúe existiendo durante un tiempo más. Pero será mejor que tenga cuidado y no interfiera con su vida privada. Si lo hago es capaz de llamar por teléfono a Dios y cancelar la orden.
• Como un verdadero policía. Ellos nunca dicen por qué están haciendo algo. De esa forma uno no se entera de que ellos mismos no lo saben. Sigue leyendo

Josefina Vicens: El libro vacío

  • ¡Qué absurdo, Dios mío, qué absurdo! Si el libro no tiene eso, inefable, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces, sorprenda y golpee; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco; si las palabras no pueden sostenerse por sí mismas, sin los andamios del argumento; si la emoción sencilla, encontrada sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro? ¿Quién es José García? ¿Quién es ese José García que quiere escribir, que necesita escribir, que todas las noches se sienta esperanzado ante un cuaderno en blanco y se levanta jadeante, exhausto, después de haber escrito cuatro o cinco páginas en las que todo eso falta?
  • Considera que mis cincuenta y seis años son capaces de conservar el recuerdo de un amor de veinte, pero no los matices. Que guardo dentro de mí el suceso en conjunto, compacto, como petrificado, pero que ya no puedo separar y darles su valor exacto a todas las emociones que ese amor suscitaba.
  • porque detesto a las gentes que no son enemigas de sí mismas.

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Escapar en círculo

Una vez, aún de niño, me escapé de casa una mañana de verano tan soleada como ésa. No recordaba bien las circunstancias que me impulsaron a irme. Posiblemente me había enfadado con mis padres. De todos modos, me había cargado la mochila a la espalda como hoy, me había metido los ahorros en el bolsillo del pantalón y me había ido de casa. Mentí a mi madre diciéndole que iba de excursión con mis amigos y que me preparara la comida para llevar. Cerca de casa había varias montañas adonde se podía ir de excursión y no era extraño que los niños fueran allí solos. Salí de casa, tomé el autobús que había elegido de antemano y fui hasta la terminal. Aquél era para mí un «barrio lejano y desconocido». Enlacé con otro autobús y fui hasta otro «barrio (aún más) lejano y desconocido». Sin saber siquiera cómo se llamaba, me apeé del autobús y empecé a vagar sin rumbo por las calles. Era un barrio sin ninguna particularidad. Un poco más bullicioso que el barrio donde yo vivía, y un poco más sucio. Había una calle llena de tiendas, una estación de tren y una pequeña fábrica. Por allí pasaba un río y, delante del río, había un cine. En el cartel anunciaban una película del oeste. A mediodía me senté en un banco en un parque y almorcé. Estuve en aquel barrio hasta el atardecer, pero, conforme iba acercándose la noche, me sentía más y más desamparado. Aquélla era la última oportunidad de retroceder, pensaba. Si caía la noche, ya no podría regresar. Volví a casa en los mismos autobuses que a la ida. Llegué antes de las siete y nadie se dio cuenta de que me había escapado. Mis padres pensaban que había ido a la montaña con mis amigos.

Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

el logotipo de Adidas

hasta la década de los 90, el logotipo de Adidas representaba las hojas de laurel olímpicas, símbolo de deportividad, puesto que la marca alemana comenzó haciendo ropa para deportistas olímpicos. Sin embargo, en las últimas décadas Adidas decidió utilizar las tren bandas, rasgo distintivo de su ropa desde los años 60. La metáfora es interesante: la empresa ha pasado de representar en su logotipo los valores olímpicos al rendimiento económico de la moda.

¿Origen?

Desprecio al prójimo

Kyselac es uno de esos despreciadores de masas, numerosos también hoy, que, apretujados entre sí en el autobús atestado, o en la autopista atascada, se consideran, cada uno de ellos, habitantes de sublimes soledades o de salones refinados y desprecian, cada uno de ellos, al vecino, sin saber que se les paga con la misma moneda, o bien le guiñan el ojo,  para darle a entender que, en aquella multitud, sólo ellos dos son almas elegidas e inteligentes, obligadas a compartir el espacio con el rebaño.  Esta suficiencia de jefe de oficina, que proclama “Usted no sabe quien soy yo”, es lo contrario de la auténtica autonomía de juicio, de ese orgullo que hay en Don Quijote cuando, desarzonado (¿desarzonado? No será desazonado?), murmura “Sé quién soy” y que nunca va acompañado por el fácil e indiferenciado desprecio al prójimo.
MAGRIS, Claudio: El Danubio, Anagrama, Barcelona, 2007