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Podemos intentar definir a aquello que se conoce como corrección política como el intento de grupos minoritarios o que sufren algún tipo de opresión por visibilizar su problema e influir en la sociedad mediante el lenguaje. Contemporáneamente esta forma deactivismo léxico se desarrolló en Estados Unidos a partir de finales de los sesenta, momento en que las aspiraciones feministas, la lucha por los derechos civiles de las minorías étnicas o las reivindicaciones LGTBI tomaron un nuevo impulso.

Lo políticamente correcto tuvo éxito. Parece que, más o menos, todo el mundo comprendió la utilidad y pertinencia de una sencilla idea: era necesario no referirse de manera ofensiva a aquellos que eran objeto de injusticias, nombrarlos de acuerdo a como eligieron ser llamados.

¿Cómo esta idea pudo dar pie a la situación actual, esa en la que los reaccionarios pasan por rebeldes? La respuesta para entender esta paradoja es posible que se halle en la propia naturaleza de la corrección política. La hipótesis formulada venía a decir que el lenguaje puede modificar comportamientos sociales: cambiando el modo de expresarnos podríamos cambiar la sociedad.

La capacidad de recuperación, esto es, de apropiación de conceptos por parte de la estructura cultural del capitalismo, es enorme. Así, lo políticamente correcto fue asumido sólo como una especie de guía para las maneras públicas. De este modo, aceptando las palabras marcadas como correctas, pero no profundizando en sus significados, su fondo, sus contextos, se dejaba el espacio privado como refugio latente para que las ideas contrarias y su forma de expresarlas siguieran existiendo, creando así una permanente sensación de hipocresía entre lo que se decía y lo que se debía decir. Lo políticamente correcto fue aceptado, pero el componente material del conflicto que intentaba combatir, permaneció.

Lo políticamente correcto, pretendido escudo de cuestiones progresistas, se hizo sinónimo de doble rasero, de tediosa imposición formal, de palabrería inane trasladando su carga de negativa a lo que intentaba defender.

La utilización de la libertad de expresión como coartada a estos discursos ultras es también un clásico en este debate, recurriendo incluso al espantajo del comisario político.

 No es una cuestión de libertad de expresión, ampliamente reconocida para quien se la puede pagar, es un intento de coartar las críticas, la respuesta defensiva del ofendido, utilizando un derecho general como una prebenda individual.

Lo que se ha popularizado como políticamente incorrecto es enormemente funcional a lo establecido. Es una reacción a los avances sociales, a la organización y toma de conciencia. Reproduce una realidad siniestra deformándola hasta hacerla atrayente, escudándose en la existencia de unos supuestos temas no permitidos en la esfera pública cuando, precisamente, no es más que una comparsa de lo aceptado.

No se trata de que haya que elegir, se trata de que lo políticamente correcto no se convierta en subterfugio para eludir acciones concretas. […]se está produciendo un desplazamiento de lo tangible a lo simbólico, se está fetichizando el lenguaje, no entendiendo que son las luchas concretas las que crean léxicos nuevos, no las nuevas palabras las que, ausentes de las luchas, aportarán las soluciones.

Políticamente correcto

Comunicar la discapacidad

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Cuando la ética y la horizontalidad/lo políticamente correcto choca con el arte y/o la publicidad

Cuando la ética y la horizontalidad/lo políticamente correcto choca con el arte y/o la publicidad

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amor políticamente correcto

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MARI LUZ ESTEBAN: Crítica del pensamiento amoroso. 250