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Las prioridades del estado tradicional eran la defensa, el orden público, prevenir las epidemias y evitar el malestar entre las masas. Pero tras la II guerra mundial, el gasto social, que no dejó de aumentar hasta 1980 aproximadamente, se convirtió en la principal responsabilidad presupuestaria de los estados modernos.

 

Tony Judt: Algo va mal.

 

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Los estados del bienestar de la Europa continental -lo que los franceses denominan etat providente o «estado providencia»- siguieron un tercer modelo. En este caso el énfasis se puso en proteger al ciudadano empleado de los estragos de la economía de mercado. Hay que señalar que, en este caso, el término «empleado» no se ha escogido a la ligera. En Francia, Italia y Alemania occidental era el mantenimiento de los empleos y las rentas ante los reveses económicos lo que preocupaba al estado del bienestar. A los estadounidenses, e incluso a los ingleses actuales, esto les debe parecer muy peculiar. ¿por qué proteger a un hombre o una mujer de la perdida de un empleo que ya no produce nada que la sociedad quiera? ¿no será mejor reconocer la «destrucción creativa» del capitalismo y esperar a que surjan trabajos mejores? Pero, desde la perspectiva continental, las implicaciones políticas de echar a gran número de personas a la calle en épocas de depresión económica eran mucho más importantes que una hipotética pérdida de eficiencia por mantener empleos «innecesarios». Como los gremios del siglo XVIII, los sindicatos franceses o alemanes aprendieron a proteger a los de «dentro» -hombres y mujeres que ya tenían un trabajo fijo- de los de «fuera»: jóvenes, no cualificados y otros en busca de empleo. El efecto de este tipo de estado de protección social era y es poner coto a la inseguridad, al precio de distorsionar el funcionamiento supuestamente neutral del mercado de trabajo. La asombrosa estabilidad de las sociedades continentales, que habían experimentado episodios sangrientos y de guerra civil apenas unos años antes, arroja una luz favorable sobre el modelo europeo. Además, mientras que las economías británica y estadounidense han sufrido los estragos de la crisis financiera de 2008 -más del 16 por ciento de la mano de obra estadounidense está oficialmente en el paro o ya no busca empleo en el momento de escribir este libro (febrero de 2010)-, Alemania y Francia han capeado el temporal con mucho menos sufrimiento humano y exclusión económica.

Tony Judt: Algo va mal.

 

 

Para los socialdemócratas, especialmente en Escandinavia, el socialismo era un concepto distributivo. Se trataba de garantizar que la riqueza y los activos no se concentraran de manera desproporcionada en manos de unos pocos privilegiados.

 

Tony Judt: Algo va mal.

 

Los estados del bienestar no eran necesariamente socialistas en su origen ni en sus objetivos. Fueron producto de otro cambio trascendental en los asuntos públicos que se produjo en occidente entre los años treinta y los sesenta: un cambio que llevó a la administración a expertos y a estudiosos, a intelectuales y a tecnócratas, el resultado fue, en sus mejores ejemplos, el sistema de seguridad social de Estados Unidos o el servicio nacional de la salud británico. Ambos fueron innovaciones extraordinariamente caras que rompieron con las reformas graduales del pasado. La importancia de estos programas del bienestar no radica en el proyecto mismo -no se puede decir que fuera original la idea de garantizar a todos los estadounidenses una vejez segura o de poner a disposición de cada ciudadano británico atención médica de primera clase sin tique moderador-. Pero la idea de que el gobierno era quien mejor podía ocuparse de esas cosas y, por lo tanto, debía ocuparse de ellas no tenía precedentes.

Tony Judt: Algo va mal.