Archive for the ‘ extrañamiento ’ Category

En mi república se practica la autarquía de repliegue

Mi primer movimiento sería una retirada en toda la regla, y diría así: «Óyeme, loca, muchacha que acaricias las tazas como si fueran gatos y a un hombre como si fuera una banda de música, óyeme: yo ya no tengo ímpetu. Han pasado los años y me he instalado en el retraimiento. Vivo como ese pequeño país autárquico que ponían de ejemplo en los colegios: soy Albania. Mi medio natural es sobrio, retazos de llanuras insalubres, mesetas desiguales y un complejo de montañas abruptas. En mi república se practica la autarquía de repliegue: producir para autoabastecerse y permanecer inmodificado, al abrigo de influencias extranjeras. Porque habitar con los otros es la guerra y me destruye, he preferido rodearme de una difusa constelación afectiva. Sus luces están lejos y aunque apenas iluminan, también me dañan poco. Vivo casi a oscuras. Vivo en mi casa breve de lecho breve y breves vistas al exterior. Y no puedo ilusionarme, porque soy un escéptico.»

La escala de los mapas, Belén Gopegui

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otras cosas en los rincones

Hay niños que no son válidos…
y que prefieren hacer otras cosas en los rincones.

Zo Brinviyer

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La muerte y otros efímeros agravios. Ana Istaru

MUERTE MÍNIMA EN UNA CAMA el hombre dijo no me intentes sacó su maquinita de los hielos se puso su coraza su impericia trató de hacer maletas torpe torpe torpe sobre el pecho su nudo un corazón todo de vidrio delante de este amor que le ofrecía se puso tenso terco temeroso (el gato frente al agua horrorizado) hizo un mohín tan sólo programaba un cálido escenario atemporal provisional incierto: poblar las cuatro esquinas de la cama no tanto amor me dijo me resfrío tan culpable que se hacía el indiferente yo lo miraba tristísima afligida es la aflicción más tonta rellena como estaba con su savia [25] quise rodar morder las sábanas cobrarle al plácido colchón esa aspereza en fin no hubo convenio todo mi amor como una sopa fría traté de hacer maletas de decirle cubriéndome los pechos – mas no pude- mi ramillo de clavos en la boca y antes de irme de arrojarme de cabeza al desconsuelo el hombre dijo sería tan bueno repetible volvamos a esta cita (el gato frente al trozo suculento) completamente chic sonrientemente y yo y el toro escalando mi garganta furiosa intermitente pequeñita pensando cuán pésima gerencia de mi afecto y antes de dar a probar la flor del muslo mirar si posterior fatal posible la horrible maquinita de los hielos interpuesta yo era pues joven no supe ir a la cama de otro modo [26] no pretendo aprender otro modales mi clara deficiencia a ese hombre dije adiós adiós adiós adiós al diablo.

Ana Istaru

simplemente vivo, ni siquiera “lleno de vida”, tan sólo vivo

“Durante una crisis depresiva o de angustia tremendamente profunda, intentar resolver problemas matemáticos, realizar un aprendizaje cualquiera (bailar, conducir, pintar) o desarrollar cualquier rutina que parece ya imposible de realizar repitiéndose todo el rato mentalmente “sin fe y sin metas” no sólo le permitirá a usted cumplir todos los pasos necesarios de esas acciones sin dejarse llevar por la falta de resultados inmediatos, sino que después de un breve tiempo le hará sentir como pocas otras técnicas la vida palpitando por debajo de toda la hojarasca cultural y psicológica de nuestro tiempo.

La verdadera vida sólo brota cuando uno ya no actúa con fe, sino llevado por sus propios músculos, sus nervios, sus huesos vivos, como el tigre corre, caza y come no por tener fe, ni creer en Dios, ni creerse el gran Narciso de la Autoestima, ni por sentirse más que otros tigres, sino por estar simplemente vivo, ni siquiera “lleno de vida”, tan sólo vivo, y hasta quizá herido y con los días contados, pero vivo. Es muy difícil matar la vida. Es muy fácil dejarse llevar por ella hacia el cumplimento de las funciones de la vida, si uno deja de aferrarse a las estupideces que le ofrecen en los escaparates de la fe y se entrega a ella, a la vida, sin fe, pero con toda el alma, como un suicida que no buscara matar su cuerpo, sino su ego, su narcisismo y su fantasía”.

(Salvador Benesdra, “El Camino Total. Técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio”).

—¿Sabias que —dice el hombre del traje claro cuando llega su bebida— el mejor poema de toda la historia de este puto país lo creó Canadá Bill Jones en 1853 en Báton Rouge cuando le estaban desplumando en una partida amañada? George Devol, que al igual que Canadá Bill, tampoco era reacio a limpiar a algún pobre pringado de vez en cuando, lo llevó aparte un momento y le preguntó si no se daba cuenta de que lo estaban engañando como a un indio. Canadá Bill suspiró, se encogió de hombros y contestó «Ya lo veo, pero no hay otra partida en toda la ciudad» y volvió a jugar.

Neil Gaiman: American Gods

Escapar en círculo

Una vez, aún de niño, me escapé de casa una mañana de verano tan soleada como ésa. No recordaba bien las circunstancias que me impulsaron a irme. Posiblemente me había enfadado con mis padres. De todos modos, me había cargado la mochila a la espalda como hoy, me había metido los ahorros en el bolsillo del pantalón y me había ido de casa. Mentí a mi madre diciéndole que iba de excursión con mis amigos y que me preparara la comida para llevar. Cerca de casa había varias montañas adonde se podía ir de excursión y no era extraño que los niños fueran allí solos. Salí de casa, tomé el autobús que había elegido de antemano y fui hasta la terminal. Aquél era para mí un «barrio lejano y desconocido». Enlacé con otro autobús y fui hasta otro «barrio (aún más) lejano y desconocido». Sin saber siquiera cómo se llamaba, me apeé del autobús y empecé a vagar sin rumbo por las calles. Era un barrio sin ninguna particularidad. Un poco más bullicioso que el barrio donde yo vivía, y un poco más sucio. Había una calle llena de tiendas, una estación de tren y una pequeña fábrica. Por allí pasaba un río y, delante del río, había un cine. En el cartel anunciaban una película del oeste. A mediodía me senté en un banco en un parque y almorcé. Estuve en aquel barrio hasta el atardecer, pero, conforme iba acercándose la noche, me sentía más y más desamparado. Aquélla era la última oportunidad de retroceder, pensaba. Si caía la noche, ya no podría regresar. Volví a casa en los mismos autobuses que a la ida. Llegué antes de las siete y nadie se dio cuenta de que me había escapado. Mis padres pensaban que había ido a la montaña con mis amigos.

Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Desprecio al prójimo

Kyselac es uno de esos despreciadores de masas, numerosos también hoy, que, apretujados entre sí en el autobús atestado, o en la autopista atascada, se consideran, cada uno de ellos, habitantes de sublimes soledades o de salones refinados y desprecian, cada uno de ellos, al vecino, sin saber que se les paga con la misma moneda, o bien le guiñan el ojo,  para darle a entender que, en aquella multitud, sólo ellos dos son almas elegidas e inteligentes, obligadas a compartir el espacio con el rebaño.  Esta suficiencia de jefe de oficina, que proclama “Usted no sabe quien soy yo”, es lo contrario de la auténtica autonomía de juicio, de ese orgullo que hay en Don Quijote cuando, desarzonado (¿desarzonado? No será desazonado?), murmura “Sé quién soy” y que nunca va acompañado por el fácil e indiferenciado desprecio al prójimo.
MAGRIS, Claudio: El Danubio, Anagrama, Barcelona, 2007

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