Archive for the ‘ extrañamiento ’ Category

simplemente vivo, ni siquiera “lleno de vida”, tan sólo vivo

“Durante una crisis depresiva o de angustia tremendamente profunda, intentar resolver problemas matemáticos, realizar un aprendizaje cualquiera (bailar, conducir, pintar) o desarrollar cualquier rutina que parece ya imposible de realizar repitiéndose todo el rato mentalmente “sin fe y sin metas” no sólo le permitirá a usted cumplir todos los pasos necesarios de esas acciones sin dejarse llevar por la falta de resultados inmediatos, sino que después de un breve tiempo le hará sentir como pocas otras técnicas la vida palpitando por debajo de toda la hojarasca cultural y psicológica de nuestro tiempo.

La verdadera vida sólo brota cuando uno ya no actúa con fe, sino llevado por sus propios músculos, sus nervios, sus huesos vivos, como el tigre corre, caza y come no por tener fe, ni creer en Dios, ni creerse el gran Narciso de la Autoestima, ni por sentirse más que otros tigres, sino por estar simplemente vivo, ni siquiera “lleno de vida”, tan sólo vivo, y hasta quizá herido y con los días contados, pero vivo. Es muy difícil matar la vida. Es muy fácil dejarse llevar por ella hacia el cumplimento de las funciones de la vida, si uno deja de aferrarse a las estupideces que le ofrecen en los escaparates de la fe y se entrega a ella, a la vida, sin fe, pero con toda el alma, como un suicida que no buscara matar su cuerpo, sino su ego, su narcisismo y su fantasía”.

(Salvador Benesdra, “El Camino Total. Técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio”).

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—¿Sabias que —dice el hombre del traje claro cuando llega su bebida— el mejor poema de toda la historia de este puto país lo creó Canadá Bill Jones en 1853 en Báton Rouge cuando le estaban desplumando en una partida amañada? George Devol, que al igual que Canadá Bill, tampoco era reacio a limpiar a algún pobre pringado de vez en cuando, lo llevó aparte un momento y le preguntó si no se daba cuenta de que lo estaban engañando como a un indio. Canadá Bill suspiró, se encogió de hombros y contestó «Ya lo veo, pero no hay otra partida en toda la ciudad» y volvió a jugar.

Neil Gaiman: American Gods

Escapar en círculo

Una vez, aún de niño, me escapé de casa una mañana de verano tan soleada como ésa. No recordaba bien las circunstancias que me impulsaron a irme. Posiblemente me había enfadado con mis padres. De todos modos, me había cargado la mochila a la espalda como hoy, me había metido los ahorros en el bolsillo del pantalón y me había ido de casa. Mentí a mi madre diciéndole que iba de excursión con mis amigos y que me preparara la comida para llevar. Cerca de casa había varias montañas adonde se podía ir de excursión y no era extraño que los niños fueran allí solos. Salí de casa, tomé el autobús que había elegido de antemano y fui hasta la terminal. Aquél era para mí un «barrio lejano y desconocido». Enlacé con otro autobús y fui hasta otro «barrio (aún más) lejano y desconocido». Sin saber siquiera cómo se llamaba, me apeé del autobús y empecé a vagar sin rumbo por las calles. Era un barrio sin ninguna particularidad. Un poco más bullicioso que el barrio donde yo vivía, y un poco más sucio. Había una calle llena de tiendas, una estación de tren y una pequeña fábrica. Por allí pasaba un río y, delante del río, había un cine. En el cartel anunciaban una película del oeste. A mediodía me senté en un banco en un parque y almorcé. Estuve en aquel barrio hasta el atardecer, pero, conforme iba acercándose la noche, me sentía más y más desamparado. Aquélla era la última oportunidad de retroceder, pensaba. Si caía la noche, ya no podría regresar. Volví a casa en los mismos autobuses que a la ida. Llegué antes de las siete y nadie se dio cuenta de que me había escapado. Mis padres pensaban que había ido a la montaña con mis amigos.

Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Desprecio al prójimo

Kyselac es uno de esos despreciadores de masas, numerosos también hoy, que, apretujados entre sí en el autobús atestado, o en la autopista atascada, se consideran, cada uno de ellos, habitantes de sublimes soledades o de salones refinados y desprecian, cada uno de ellos, al vecino, sin saber que se les paga con la misma moneda, o bien le guiñan el ojo,  para darle a entender que, en aquella multitud, sólo ellos dos son almas elegidas e inteligentes, obligadas a compartir el espacio con el rebaño.  Esta suficiencia de jefe de oficina, que proclama “Usted no sabe quien soy yo”, es lo contrario de la auténtica autonomía de juicio, de ese orgullo que hay en Don Quijote cuando, desarzonado (¿desarzonado? No será desazonado?), murmura “Sé quién soy” y que nunca va acompañado por el fácil e indiferenciado desprecio al prójimo.
MAGRIS, Claudio: El Danubio, Anagrama, Barcelona, 2007

Quemar el instante

La persuasión, ha escrito Michelstaedter, es la posesión presente de la propia vida y de la propia persona, la capacidad de vivir a fondo el instante sin la maniática angustia de quemarlo pronto, de atraparlo y utilizarlo con vistas a un futuro que llegue cuanto antes, y por lo tanto de destruirlo en la espera de que la vida, toda la vida, pase velozmente.  La vida como carencia, como deesse, aniquilada continuamente en la esperanza de que la difícil hora presente ya haya transcurrido, a fin de que haya terminado la gripe, se haya superado el examen […] Se espera esperando / que llegará la hora / de acabar en mala hora / para ya no esperar más).

MAGRIS, Claudio: El Danubio, Anagrama, Barcelona, 2007

“Hay muchas maneras de vivir. Hay muchas maneras de morir. Pero eso no tiene ninguna importancia, al final sólo queda el desierto”

Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol

La histeria siberiana

“¿No has oído hablar de la histeria siberiana? Era una enfermedad que sufrían los campesinos de Siberia. Imagínatelo: eres un campesino y vives solo en los páramos de Siberia. Trabajas la tierra un día tras otro. A tu alrededor, hasta donde alcanza la vista, no hay nada. El horizonte al norte; el horizonte al este; el horizonte al sur; el horizonte al oeste. Nada más. Todos los días, cuando el sol sube por el este, vas al campo a trabajar. Cuando alcanza el cénit, descansas y comes. Cuando se oculta tras el horizonte, al oeste, vuelves a casa y duermes.

Y eso, día tras día, año tras año. Y entonces, un día, algo muere dentro de ti. A fuerza de mirar, día tras día, cómo el sol se eleva por el este, cruza el cielo y se hunde por el oeste, algo, dentro de ti, se quiebra y muere. Y tú arrojas el arado al suelo y, con la mente en blanco, emprendes el camino hacia el oeste. Hacia el oeste del sol. Y sigues andando como un poseso, día tras día, sin comer ni beber, hasta que te derrumbas y mueres. Esto es lo que se llama histeria siberiana.”

Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol