Iván A. Goncharov: Oblómov

  • ¿Por qué está triste? —preguntó. —No lo sé, Olga Serguéievna. Además, ¿qué motivos tengo para estar alegre? ¿Y cómo puedo estarlo? —Haga algo, frecuente más a la gente. —¡Hacer algo! Eso es posible cuando se tiene una finalidad en la vida, pero ¿cuál es la mía? Ninguna. —La finalidad es vivir. —Cuando no sabes para qué vives, se vive de cualquier modo, día tras día, te alegras de que haya transcurrido el día, de que haya llegado la noche y en sueños te olvidas de esa aburrida pregunta: ¿para qué he vivido este día, para qué voy a vivir mañana?
  • Perdí la flor de la vida y sólo me quedan las espinas.

 

  • una gota de acíbar lo envenenó.
  • lo que pretendo demostrarle es que su quiero de ahora no es amor hoy, sino amor futuro: no es más que la inconsciente necesidad de amar que por falta de verdadero alimento, por ausencia de fuego, arde con falsa llama, que no calienta
  • Otro habría añadido: escribo estas líneas inundado de lágrimas, pero yo no presumo ante usted, no me envuelvo en mi dolor porque no quiero aumentar la pena, avivar su compasión y tristeza… Todas esas galanuras ocultan habitualmente el propósito de profundizar el sentimiento, y lo que yo pretendo es destruir en usted y en mí sus semillas.
  • La carta resultó larga, como todas las cartas de amor. ¡Los que aman son tan charlatanes!
  • —Sí —continuó Olga—, ayer necesitaba oírme decir le quiero, hoy quería que llorase, y mañana, tal vez querrá ver usted cómo muero.
  • —¡Olga, cómo puede ofenderme de este modo! ¿Acaso no cree que daría ahora media vida para oírla reír y no ver sus lágrimas?… —Sí, tal vez ahora, cuando ya vio llorar a una mujer por usted… Sí —continuó—, usted no tiene corazón. Me dice que no quería que llorase, pero si fuera verdad no haría lo que hizo. —¿Cómo podía saberlo? —medio exclamó, medio preguntó Oblómov llevándose las manos al corazón. —Cuando se ama, el corazón tiene su propia inteligencia —respondió Olga—,
  • —Usted tiene miedo —le repuso con mordacidad— de caer en el «fondo del abismo», le asusta la futura ofensa, el que yo deje de quererlo… «lo pasaré mal», dice en su carta… Oblómov seguía sin comprender. —Pero si yo me enamorara de otro, estaría a gusto, sería feliz. Y usted dice que «presiente mi futura dicha y está dispuesto a sacrificar por mí todo, incluso la vida». Oblómov la miraba fijamente y parpadeaba a menudo con los ojos muy abiertos. —¡Qué lógicas consecuencias! —murmuró—. La verdad es que no me lo esperaba… Olga lo seguía mirando sarcásticamente de arriba abajo. —¿Y la felicidad que le vuelve loco? ¿Y esas mañanas y tardes, este parque y mi quiero? ¿Todo eso no vale nada, ningún sacrificio, ningún dolor?
  • ¿Si con el tiempo, y sin tener ninguna otra rival, sin otro amor, se duerme de pronto a mi lado lo mismo que en el diván de su casa y mi voz no es capaz de despertarlo? ¿Si desaparece esa sensación de peso en el corazón y si, no digamos ya otra mujer, sino su batín le es más querido que yo?
  • Si me equivoco, si es verdad que voy a llorar a causa de ese error, al menos siento aquí —y puso su mano en el corazón— que no soy culpable de él; significa que el destino no lo quiso, que Dios no me lo concedió. Pero no temo las lágrimas futuras; no lloraré en vano, habré comprado algo con ellas… ¡Fui tan feliz! —añadió.
  • —Me envenené y la envenené a usted en vez de ser simplemente dichoso —murmuró arrepentido.
  • —Olga —dijo rozando apenas con dos dedos su cintura. Ella se detuvo—, es usted más inteligente que yo. Ella negó con la cabeza. —No, soy más sencilla y valiente. ¿De qué tiene miedo? ¿De verdad cree usted en serio que se puede dejar de querer?
  • Vendrían las largas noches, el aburrido mañana, el insoportable pasado mañana y toda una serie de días cada vez más y más tediosos…
  • Sólo usan la astucia mujeres más o menos limitadas. Por falta de inteligencia mueven, mediante la astucia, los resortes de la mezquina vida cotidiana, tejen como encaje su política doméstica, sin darse cuenta de cómo se disponen a su alrededor las líneas maestras de la vida, hacia dónde se dirigen y se juntan. La astucia es igual que la calderilla; con ella poco puede comprarse. A base de calderilla se puede vivir una, dos horas; con astucia se puede ocultar, disimular, engañar en algún caso, pero no basta para abarcar todo el lejano horizonte, juntar el principio y el fin del acontecimiento más importante y fundamental. La astucia es miope; ve bien lo que tiene bajo las narices únicamente; pero no a lo lejos y por ello cae en la misma trampa que tiende a los demás.
  • no es usted egoísta, Iliá Ilich. La escribió no para decirme adiós, eso no lo quería, sino porque tenía miedo de engañarme…
  • le parecía verla nimbada de luz cuando decía eso.
  • —¡Ese terrible «nunca»! —dijo Oblómov tristemente, y suspiró. —Se marchitará —susurró apenas Olga,
  • «No se ama dos veces en la vida —pensaba Olga—, dicen que es inmoral…».
  • La serpiente de la duda despertó y se agitó en su corazón… ¿Estaría enamorada de él o se limitaba a casarse?
  • Oblómov se dejó llevar por la necesidad, que le dictaba su amor propio, de exigir sacrificios de Olga en aras del amor y embriagarse con ello.
  • Se daba cuenta de que la fiesta luminosa del amor había llegado a su fin, que el amor se convertía de hecho en un deber, se entretejía con la vida entera, formando parte de sus habituales manifestaciones, perdiendo poco a poco sus radiantes colores. Tal vez aquella mañana había contemplado su último rayo luminoso y de ahora en adelante no brillaría ya con la misma intensidad, sino que daría invisible calor a la vida; la vida acabaría por aceptarlo y sería, naturalmente, su palanca fundamental, pero oculta. Y a partir de ahora sus manifestaciones serían ¡tan simples, tan corrientes, tan usuales! El poema estaba a punto de terminar e iba a iniciarse la historia real:
  • ¡Qué frágil, qué insegura eres, felicidad! —añadió amargamente—.
  • Sin dejar de suspirar ruidosamente, tan pronto se dejaba caer en el diván como se levantaba; incluso salió a la calle sin dejar de pensar en la norma que había que seguir en la vida para que la existencia, aun plena de contenido, fluyera apacible día tras día, gota a gota, en una contemplación muda de la naturaleza y en hechos serenos, lentos en su desarrollo, de una vida familiar tranquilamente ajetreada. No le gustaba representársela en forma de un río anchuroso, de ruidoso curso, agitadas olas, tal como se la imaginaba Shtolz. «Es como una enfermedad —se decía Oblómov—, una fiebre, una carrera de obstáculos con rotura de diques e inundaciones».
  • ¡tú sabes cómo te quiero! —dijo Oblómov, agachándose y besándole las manos. —Todavía no, lo sé poco, eres tan extraño que me pierdo en conjeturas. Ya no sé qué pensar y pierdo las esperanzas… Lo malo es que pronto dejaremos de comprendernos. Ambos guardaron silencio.
  • —¿Que yo te engañé? ¡No peques, Olga! ¡Te juro por Dios que por ti me lanzaría ahora mismo a un abismo! —Sí, en el caso de que el abismo estuviera aquí, bajo tus pies y ahora mismo —lo interrumpió ella—. Pero si se aplazara tres días, cambiarías de opinión, te asustarías,
  • ¡Olga, Olga! ¡Pídeme las pruebas que quieras! Te lo repito, si yo supiera que con otro serías más feliz que conmigo, le cedería sin una queja mis derechos sobre ti, si fuera preciso morir por ti, lo haría con alegría —acabó de decir con lágrimas en los ojos. —No necesito nada de eso, ¡nadie te lo exige! ¿Para qué me hace falta tu vida? Quiero que hagas lo que debes. Las personas astutas recurren a la artimaña de ofrecer sacrificios innecesarios o imposibles a fin de no hacerlos realmente precisos.
  • Olga escuchaba esas apasionadas manifestaciones grave y pensativa. —Escucha, Iliá —dijo—, creo en tu amor y en mi poder sobre ti. ¿Por qué me asustas, entonces, con tu indecisión y me haces dudar? Tú dices que yo soy tu meta, pero vas hacia ella con tanta lentitud y timidez; y aún tienes mucho que andar. Has de ser superior a mí. ¡Esto es lo que espero de ti! He visto a personas felices y cómo se querían —añadió con un suspiro—. Toda su vida es actividad y su reposo no se parece al tuyo. No agachan la cabeza, mantienen los ojos abiertos, apenas si duermen, ¡actúan! Pero tú… no, no creo en tu amor ni en que yo soy tu ideal, tu meta en la vida…
  • «¡Cuánta ternura hay en él!», pensaba Olga, pero con cierta pesadumbre, no como antaño en el parque y quedó profundamente pensativa. —Es hora de que me vaya —dijo al fin cariñosamente,
  • no sé si soy rico o pobre, si el año próximo tendré dinero o seré un mendigo, ¡no sé nada! —concluyó tristemente, soltando a Iván Matvéievich y dando un paso hacia atrás—; por consiguiente, hábleme y aconséjeme como a un niño…
  • —¿No me odiarás? —preguntó. —¿Por qué? —dijo Olga con voz débil. —Por todo cuanto te hice… —¿Qué hiciste? —¡Te he querido! Es una ofensa. Olga sonrió apenada. —Por haberte tú equivocado… —siguió diciendo Oblómov sin levantar la cabeza—. Tal vez me perdones si recuerdas que te previne, te dije que te avergonzarías, que te arrepentirías… —No me arrepiento de nada. Me duele tanto, tanto…,
  • —¿No me odiarás? —preguntó. —¿Por qué? —dijo Olga con voz débil. —Por todo cuanto te hice… —¿Qué hiciste? —¡Te he querido! Es una ofensa. Olga sonrió apenada. —Por haberte tú equivocado… —siguió diciendo Oblómov sin levantar la cabeza—. Tal vez me perdones si recuerdas que te previne, te dije que te avergonzarías, que te arrepentirías… —No me arrepiento de nada. Me duele tanto, tanto…, —dijo Olga, y se detuvo para recobrar el aliento. —A mí me duele más —dijo Oblómov—, aunque me lo merezco. Pero ¿por qué has de sufrir tú? —Por mi orgullo —respondió ella—, estoy castigada por haber confiado demasiado en mis fuerzas, ése fue mi error y no el que tú supones. Yo no soñaba con jóvenes gallardos, soñaba con infundirte vida, con que tú vivieras para mí, pero ya hace tiempo que estás muerto. No había previsto ese error y seguía esperando, seguía confiando… ¡Y ahora!… —acabó de hablar con un suspiro.
  • —¡Si tú supieras cómo te amo! —No espero palabras de amor, sino una breve respuesta
  • —No, déjame llorar. No lloro por el futuro, sino por el pasado… —murmuró con dificultad—, se ha marchitado, pasó… No soy yo la que llora, sino los recuerdos…
  • Hace muy poco supe que amaba en ti lo que yo quería que existiese,
  • Hace muy poco supe que amaba en ti lo que yo quería que existiese, lo que me hizo ver Shtolz, lo que nos habíamos inventado. Quería al futuro Oblómov… Tú, Iliá, eres bueno, honrado, tierno como un palomo, escondes la cabeza bajo el ala y no quieres nada más, eres capaz de pasarte arrullando bajo el tejado la vida entera, pero yo no soy así, eso no me basta, necesito algo más, pero no sé qué.
  • —¿Por qué habrá fracasado todo? —preguntó de pronto, alzando la cabeza— ¿Quién te maldijo, Iliá? ¿Qué has hecho? Eres bueno, inteligente, noble, delicado… y ¡te estás perdiendo! ¿Qué es lo que te pierde? ¿Tiene nombre ese mal?… —Lo tiene —susurró apenas Oblómov. Olga fijó en él una mirada interrogante, llena de lágrimas. —¡Oblomovismo! —susurró él.
  • algunas lumbreras, gloria y prez de la humanidad,
  • —¿Has olvidado ya: «Ahora o nunca»? —Ya no soy ahora… el de antes,
  • Deja que lo olvide. Todavía aquí… Y señaló el corazón. —¿Qué hay «aquí»? ¿No será amor? —preguntó Shtolz. —No, es dolor y vergüenza
  • Oblómov suspiró. —¡Ay, qué vida! —dijo. —¿Qué le pasa a la vida? —Que me persigue, no me deja en paz. Me gustaría tumbarme y dormir… para siempre…
  • ¡Compadre, compadre! También en la tierra hay paraíso, pero no para nosotros. ¡Bebamos! Ya nos traen la sopa.
  • y en vez de vivir se limitaría a soportar la vida.
  • —Sé muy bien que el amor es menos exigente que la amistad —repuso Shtolz—, y, a menudo, ciego. Sé que no se ama por méritos, es cierto, pero para el amor se precisa algo más que no se puede definir ni precisar, a veces algo baladí,
  • —Ángel mío, permítame decirle ángel mío —dijo—. No se torture en vano: no merece ni castigo ni perdón. Ni siquiera tengo que añadir nada a su relato. ¿Qué dudas puede tener? ¿Quiere saber lo que fue aquello, darle un nombre? Hace tiempo que lo sabe…
  • Debían haberse separado entonces, pero él estaba subyugado por su belleza… y a usted le conmovía su… ternura de palomo —añadió algo burlón.
  • «Encontré lo que buscaba —se decía, contemplando extasiado los árboles, el cielo, el lago y hasta la niebla que se alzaba del agua—. ¡Lo conseguí! ¡Cuántos años de paciencia, de economía de fuerzas espirituales en espera del amor! Esperé mucho, pero ahora tengo la recompensa. ¡He aquí la dicha suprema del ser humano!».
  • —¿De qué tienes miedo, entonces? —Temo sentir envidia; vuestra dicha será para mí un espejo en el cual veré constantemente mi amarga e inútil vida, pero ya no puedo vivir de otro modo.
  • ¡Muy extraño es el ser humano! Cuanto más plena era su dicha, más pensativa se hacía Olga e, incluso, sentía temor. Se analizó severamente y se dio cuenta de que la turbaba esa vida tan apacible, la contemplación estática de su felicidad. Se esforzaba por sacudir de su alma el ensimismamiento y aceleraba el ritmo de su vida, buscaba con ahínco más movimiento, mayores preocupaciones;
  • «¿Qué me pasará? —pensaba horrorizada—. ¿Se puede y se debe, acaso, desear algo más? ¿Adónde puedo ir? ¡A ninguna parte! ¡No hay más camino! ¿Será posible que se haya cerrado ya el círculo de mi vida? ¿Será posible que esto sea todo… todo?…», se decía a sí misma, pero algo quedaba sin decir…
  • Una mente inquieta, activa, trata de traspasar los límites del humano conocimiento y entonces, al no encontrar respuestas, aparece la tristeza… un descontento temporal por la vida… Es la tristeza del alma que interroga a la vida sobre su misterio… Quizá sea esto lo que te ocurre… Pero si es así, no son tonterías.
  • —Pero yo soy feliz, mi cabeza no está ociosa, no fantaseo y mi existencia está repleta de contenido, ¿qué más se puede desear? ¿A qué vienen esas inquietudes? —preguntó Olga—. ¡Es una enfermedad, un mal! —Sí, tal vez sea una enfermedad para una mente débil e ignorante, no preparada para soportarla. Esa tristeza e inquietud habrán enajenado, probablemente, a muchas personas. Para algunos son como fantasmagóricas visiones, como el delirio de su razón… —Mi vida rebosa de felicidad, ¡tengo tantos deseos de vivir!… Y, de pronto, aparece esa amargura… —¡Este es el pago por el fuego de Prometeo! No sólo tienes que soportar esa tristeza, sino amarla, respetar las dudas y las preguntas. Son el exceso, el lujo de la vida y hacen acto de presencia cuando se llega a la cima de la felicidad, cuando no se tienen burdos deseos. No aparecen en una vida cotidiana, llena de pesar y necesidades. La mayoría de la gente no conoce esas confusas dudas ni la angustia de las preguntas… Pero aquel que tropieza con ellas en un momento oportuno no las considera como un mal, sino como queridos huéspedes. —Pero no se puede con ellas, te angustian y hacen que te sientas indiferente a… casi todo —añadió Olga, insegura. —Ese estado no dura mucho; además las dudas refrescan la vida —dijo Andréi—. Conducen a uno hacia un abismo que a nada puede responder y nos obligan a contemplar la vida con mayor cariño… Incitan nuestras experimentadas fuerzas a luchar contra ellas, con el propósito, tal vez, de no dejar que se duerman… —¡Sufrir por algo confuso, por unos espectros! —se quejó Olga—. Todo está claro y de pronto, ¡se posa en tu vida una sombra maléfica! ¿No hay ninguna posibilidad de luchar contra ella? —¡Claro que la hay! Es preciso buscar el apoyo en la propia vida. Pero si careces de él, la propia vida te resulta odiosa sin necesidad de esas dudas y sombras.
  • —Pero yo soy feliz, mi cabeza no está ociosa, no fantaseo y mi existencia está repleta de contenido, ¿qué más se puede desear? ¿A qué vienen esas inquietudes? —preguntó Olga—. ¡Es una enfermedad, un mal! —Sí, tal vez sea una enfermedad para una mente débil e ignorante, no preparada para soportarla. Esa tristeza e inquietud habrán enajenado, probablemente, a muchas personas. Para algunos son como fantasmagóricas visiones, como el delirio de su razón… —Mi vida rebosa de felicidad, ¡tengo tantos deseos de vivir!… Y, de pronto, aparece esa amargura… —¡Este es el pago por el fuego de Prometeo! No sólo tienes que soportar esa tristeza, sino amarla, respetar las dudas y las preguntas. Son el exceso, el lujo de la vida y hacen acto de presencia cuando se llega a la cima de la felicidad, cuando no se tienen burdos deseos. No aparecen en una vida cotidiana, llena de pesar y necesidades. La mayoría de la gente no conoce esas confusas dudas ni la angustia de las preguntas… Pero aquel que tropieza con ellas en un momento oportuno no las considera como un mal, sino como queridos huéspedes. —Pero no se puede con ellas, te angustian y hacen que te sientas indiferente a… casi todo —añadió Olga, insegura. —Ese estado no dura mucho; además las dudas refrescan la vida —dijo Andréi—. Conducen a uno hacia un abismo que a nada puede responder y nos obligan a contemplar la vida con mayor cariño… Incitan nuestras experimentadas fuerzas a luchar contra ellas, con el propósito, tal vez, de no dejar que se duerman… —¡Sufrir por algo confuso, por unos espectros! —se quejó Olga—. Todo está claro y de pronto, ¡se posa en tu vida una sombra maléfica! ¿No hay ninguna posibilidad de luchar contra ella? —¡Claro que la hay! Es preciso buscar el apoyo en la propia vida. Pero si careces de él, la propia vida te resulta odiosa sin necesidad de esas dudas y sombras. —¿Qué se puede hacer? ¿Rendirse y sufrir? —Nada se puede hacer —respondió Andréi—. Armarse de firmeza y seguir el propio camino con paciencia y tenacidad.
  • El matrimonio no sería más que la forma y no el contenido;
  • decidió, por fin, que no tenía que ir a ninguna parte ni buscar nada, que el ideal de su vida se había hecho realidad, aunque sin poesía,
  • añagaza.
  • cuyo nombre proviene de oblómok («cascote, ruina»),
  • Stolz, cuyo nombre en alemán significa «altanero»,
  • entonces una luz de indolente despreocupación iluminaba su cara.

– Subrayado en la página 40 | Pos. 602-4  | Añadido el viernes 4 de noviembre de 2016 18H26′ GMT+01:59

  • Oblómov lo miró con reproche, movió la cabeza y suspiró; Zajar miró hacia la ventana con aire indiferente y también suspiró. Diríase que el señor pensaba: «Tú, amigo, eres aún más Oblómov que yo»; Zajar, a su vez, podía haberse dicho: «¡Déjate de cuentos! ¡Eres un maestro en decir palabras sabihondas y lastimeras, pero nada te importa el polvo ni las telarañas!».
  • A Oblómov le habría gustado verlo todo limpio, pero que se hiciera por sí solo, de forma invisible;
  • Se sentía perdido en ese flujo de preocupaciones cotidianas y seguía acostado, dando vueltas de un lado a otro. De vez en cuando lanzaba entrecortadas exclamaciones: «¡Ah, Dios mío! La vida me atenaza, me acorrala».
  • Bueno, adiós, au revoir. Tengo que ir aún a diez sitios. ¡Dios mío, qué divertido es vivir! Y Vólkov desapareció. «A diez sitios en un solo día, ¡qué desgraciado! —pensó Oblómov—. ¿Y eso es vida? —Se encogió de hombros— ¿Dónde está el hombre? ¿En qué dispersa y diluye su vida? Claro que es bueno ir al teatro de vez en cuando y enamorarse de alguna Lidia… que es, además, muy linda. Es muy agradable estar con ella en el campo, coger flores, pasear en barca, pero ir a diez sitios en un solo día, ¡qué desgraciado!», concluyó, volviéndose de espaldas, satisfecho de no tener tan vanos deseos y pensamientos, de no tener que ir de aquí para allá, sino de estar echado en su casa, conservando su dignidad humana y su paz.
  • «Te has atascado, querido amigo, atascado hasta las orejas —pensaba Oblómov, siguiéndolo con la vista— Estás ciego, sordo y mudo para todo lo demás que hay en el mundo. Con el tiempo irás progresando, te encargarán importantes misiones, acapararás honores, distinciones… ¡En nuestro país a eso se llama hacer carrera! Pero qué poco se exige del hombre como tal: ni inteligencia, ni voluntad, ni sentimientos. ¿Qué falta hace eso? ¡Es un lujo! Y así transcurrirá tu vida y muchos de tus dones, muchos, permanecerán dormidos… Y, sin embargo, trabajas, desde las doce hasta las cinco en la oficina y desde las ocho hasta las doce en casa, ¡desgraciado!».
  • —No, Pienkin, no pienso leerlo. —¿Y eso por qué? La obra dará mucho que hablar, se comentará… —¡Que hablen! Algunos no tienen otra cosa que hacer más que hablar. Es su vocación. —Léala, aunque sea por curiosidad. —¿Puede enseñarme, acaso, algo nuevo? —preguntó Oblómov—. ¿Para qué escriben esas cosas? Para divertirse… ellos mismos tan sólo.
  • aquello que denominan humanismo. Tan sólo amor propio.
  • —No, eso no es todo —exclamó Oblómov con inesperada vehemencia—. Se debe representar al ladrón, a la mujer caída, al imbécil engañado, pero sin olvidar que son seres humanos.
  • —¡Quiero ver al ser humano, al ser humano! —insistía Oblómov—. Quiero que lo améis…
  • «Escribir de noche —pensó Oblómov—, ¿cuándo dormirá? Seguro que gana más de cinco mil al año. ¡Eso sí que está bien! Pero escribir todo el tiempo, derrochar el alma, el pensamiento en menudencias, cambiar de convicciones, comerciar con la inteligencia, la imaginación, violentar la propia naturaleza, sufrir la inquietud, la indignación, no conocer el reposo y estar siempre en movimiento… Y escribir, escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente. ¿Cuándo podrá detenerse y descansar? ¡Qué desgraciado!».
  • ¿Resulta simpática una persona así? ¿Ama, odia, sufre? Al parecer, debe amar, odiar y sufrir, porque nadie está libre de ello.
  • Aunque al hablar de esa clase de personas se dice que aman a todo el mundo y que por ello son buenas, en realidad no aman a nadie y sólo son buenas por el hecho de no ser malas.
  • Es poco probable que alguien, a excepción de su madre, se haya apercibido de su llegada a este mundo; muy pocos serán los que se den cuenta de ello en el curso de su vida; nadie se interesará por él, ni lo compadecerá, nadie tampoco se alegrará de su muerte. Carece de amigos y de enemigos, pero tiene multitud de conocidos. Tal vez sólo su entierro llame la atención del transeúnte, quien honrará, por primera vez, a ese ser indefinido con una profunda reverencia; quizá otro transeúnte curioso se adelante al cortejo fúnebre para conocer el nombre del difunto, pero lo olvidará de inmediato. Ya que ese Alexeiev, Vasíliev, Andréiev o como quieran no es más que un amago incompleto, inanimado, de la masa humana, su sordo eco, su confuso reflejo.
  • Tarántiev lo contemplaba todo con aire hosco, medio despectivo, con evidente hostilidad a cuanto lo rodea, dispuesto siempre a denigrarlo todo y a todos como alguien ofendido, víctima de injusticias o poseedor no reconocido de algún talento o de una vigorosa personalidad, que, perseguida por el destino, se somete a él en contra de su voluntad, pero sin perder los ánimos.
  • Ninguna presencia lo cohibía jamás, era ágil en sus réplicas y, en general, siempre grosero en su trato con los demás, sin excluir a sus amigos, como si quisiera que pensaran que, al conversar con ellos, incluso si almorzaba o cenaba en su casa, les hacía un gran honor.
  • De hecho, Tarántiev sólo era maestro en hablar; de palabra lo resolvía todo con claridad y fácilmente, sobre todo si el asunto atañía a los demás; pero cuando había que mover un dedo, desplazarse a alguna parte, aplicar, en una palabra, la teoría creada por él mismo a la práctica, mostrarse eficiente, decidido, se transformaba en un hombre totalmente distinto y no daba la talla.
  • Sin embargo, guardaba en su interior, y era consciente de ello, una fuerza dormida que circunstancias adversas habían encerrado en él para siempre, sin esperanza de liberación, como en los antiguos cuentos solían encerrarse entre oscuros y embrujados muros los espíritus del mal privados de su poder de causar daño. Consciente de esta fuerza inútil, Tarántiev era grosero, malévolo en el trato, estaba siempre malhumorado y era pendenciero.
  • estafermo
  • Oblómov, sin embargo, seguía disponiéndose y preparándose para comenzar a vivir, y por tanto seguía dibujando en su imaginación los contornos afiligranados de su futuro; pero a cada año que pasaba se veía obligado a modificar y excluir alguna cosa de ese contorno.
  • Para Oblómov la vida se dividía en dos partes: una la constituían el trabajo y el aburrimiento, ambos eran sinónimos para él; la otra, el disfrute apacible de la vida. Por ello, el campo principal, el campo del trabajo, lo desconcertó desde el principio del modo más desagradable.
  • Había perdido el hábito de moverse, de vivir, de ver gente, de hacer algo. En medio de una densa muchedumbre se ahogaba;
  • Por las mañanas, en cuanto se levantaba de la cama y desayunaba, se tumbaba de inmediato en el diván, apoyaba la cabeza en la mano y meditaba, sin escatimar fuerzas, hasta que su cabeza, cansada de tan ardua labor, y su conciencia le decían: hoy has hecho bastante por el bien común. Sólo entonces decidía tomarse un descanso y cambiar la postura adoptada para pensar en su plan por otra más cómoda y grata para el ensueño y la molicie.
  • Oblómov, movido por la fuerza moral, cambiaba rápidamente de postura dos o tres veces por minuto, se erguía a medias en la cama con los ojos brillantes, extendía un brazo y miraba a su alrededor, lleno de inspiración… A punto estaba ese impulso de convertirse en acción, de transformarse en hazaña y entonces…
  • Después de haber confiado a los cielos el cuidado de su destino, recobraba la tranquilidad y la indiferencia ante todo lo existente, y dejaba que la tormenta se las arreglase como pudiese.
  • despabilar una
  • Respecto a ese tema carecía de toda teoría. Jamás se le ocurría someter a análisis sus sentimientos y relaciones con Iliá Ilich. Él no los había inventado; le fueron transmitidos por su padre, abuelos, hermanos, toda esa servidumbre en cuyo medio había nacido y se había educado, convirtiéndose en su carne y su sangre. Zajar habría muerto en lugar de su amo, pues creía que ése era su deber innato e inevitable; ni siquiera se habría parado a meditarlo; se habría precipitado simplemente al encuentro de la muerte lo mismo que un perro, al encontrar una fiera en el bosque, se tira sobre ella sin razonar el motivo por el cual debe lanzarse él y no su amo.
  • Sintió de repente el confuso anhelo de amor, de una felicidad serena,
  • un constante verano, eterno jolgorio, dulce yantar y dulce indolencia…
  • un vivo reproche a su negligencia.
  • —Esos «otros» a quienes te refieres son hombres míseros, infelices, toscos, incultos, que viven en medio de la suciedad y la pobreza, en una buhardilla y duermen, a veces, en un jergón en pleno patio. ¿Qué puede pasarles a seres semejantes? Nada. Comen patatas y arenques, la penuria los arrastra de un rincón a otro y se pasan corriendo el día entero. A ellos, tal vez, les guste mudarse a una casa nueva. Liaguéiev, por ejemplo, se lleva una regla bajo el brazo, dos camisas, un pañuelo de nariz y se muda… «¿Adónde vas?», le preguntas. «Me mudo de casa», responde. Ese sí que es «otro». ¿Acaso yo soy así? ¿Eh? Zajar miró a su amo, cambió de postura y guardó silencio. —Ser otro —continuó Oblómov— significa limpiarse uno mismo las botas, vestirse solo y aunque ese otro finja, en ocasiones, que es un señor, nada tiene de tal porque ni siquiera sabe lo que es tener servidumbre; no tiene a quien mandar, él mismo va en busca de lo que necesita, él atiza la leña en el fogón y, a veces, limpia también el polvo.
  • ¿Has pensado en lo que significa «otros»? Hizo una pausa sin dejar de mirar a Zajar. —¿Quieres que te diga lo que significa? Zajar se revolvió como el oso en su madriguera y lanzó un suspiro que llenó toda la habitación.
  • —¡Pero si no me he lavado aún! ¿Cómo es posible? Y además no he hecho nada —susurró—. Quise exponer el plan por escrito y no lo hice, tampoco escribí al jefe de policía, ni al gobernador; empecé a escribir una carta para el dueño del piso, pero no la terminé, no comprobé las facturas, ni le di el dinero a Zajar. ¡Perdí la mañana en balde! Oblómov quedó pensativo. «¿Cómo ha sido posible? ¿Otros lo habrían hecho todo? —cruzó por su mente— Otros, otros… ¿Qué significa ser otros?».
  • ni siquiera se ponen la bata —añadió para caracterizar mejor a otros—. Otros —al llegar a este punto bostezó— casi no duermen… A otros les divierte vivir, van a todas partes, lo ven todo, les interesa… Pero yo, yo… no soy como otros», dijo con tristeza y quedó profundamente pensativo. Incluso sacó la cabeza de debajo de la manta. Había llegado uno de los momentos más claros y conscientes en la vida de Oblómov. Sintió miedo cuando surgió en su mente la idea viva y clara del destino humano, de su finalidad, cuando la comparó con su propia vida, cuando volvieron a su memoria, unos tras otros, diversos hechos pasados aleteando medrosamente como pájaros asustados, que hubieran despertado de pronto por un rayo de sol. Sintió tristeza y dolor por su falta de preparación, por haber detenido el desarrollo de sus fuerzas morales, por su indolencia, que era la causa de todo; le roía la envidia al pensar que otros llevaban una vida plena, y que él, como pesada piedra, yacía tirado en el estrecho y mísero sendero de su existencia. Despertaba en su tímido espíritu la amarga conciencia de que muchas facetas de su naturaleza seguían dormidas aún, que otras apenas si habían despertado y que ninguna había alcanzado un desarrollo total. Sin embargo, tenía la dolorosa sensación de que estaba encerrado en él, como en una tumba, un principio noble, luminoso, que tal vez ya estuviera muerto ahora o que yacía, como el oro, en las entrañas de la tierra, esperando, hacía tiempo, convertirse en moneda al uso.
  • El sueño detuvo el indolente y lento fluir de sus pensamientos y lo trasladó de inmediato a otra época, lo situó entre otras gentes y en otro lugar, a donde nosotros, juntamente con los lectores, lo seguiremos en el capítulo siguiente.
  • Además, ¡qué falta hace lo salvaje y lo grandioso! ¿El mar, por ejemplo? ¡Vaya bendito de Dios! Sólo entristece al hombre: mirándolo se sienten ganas de llorar. Turba y atemoriza su corazón el manto infinito de las olas y nada hay para que la vista, atormentada por la monotonía del panorama ilimitado, descanse. El rugido y el loco estruendo de las olas no acarician un oído delicado; repiten siempre su cantinela, la misma desde el principio del mundo, de contenido tenebroso, nunca descifrado; siempre se oye en ella el mismo gemido, idénticas lamentaciones como las de un monstruo sometido a suplicio y unas voces estridentes, que amenazan no se sabe a quién. Los pájaros no gorjean a su alrededor y tan sólo las silenciosas gaviotas revolotean tristemente por la costa, como si estuviesen condenadas a girar sobre el agua. Los rugidos de las fieras son impotentes ante esos lamentos de la naturaleza, insignificante también la voz humana, y el propio hombre resulta tan pequeño, débil e inútil, que apenas se le divisa entre los menudos detalles de ese vasto cuadro. Por eso, quizá, le duela tanto contemplar el mar. ¡Váyase con Dios el mar! Ni siquiera su inmóvil serenidad hace nacer en el alma un sentimiento grato; en el vaivén apenas perceptible de la masa acuática el hombre percibe la misma fuerza inconmensurable, aunque dormida, que en ocasiones se burla con tanta alevosía de su orgullosa voluntad y entierra tan profundamente sus valientes propósitos, todos sus esfuerzos y trabajos.
  • En aquel lugar nadie sabía cómo era la luna de los poetas y soñadores.
  • Vanas serían las miradas extasiadas del poeta a la luna; ella lo miraría con la misma simplicidad con que una beldad lugareña de redonda faz responde a las apasionadas y elocuentes miradas de un conquistador de la ciudad.
  • Ni siquiera tenían la posibilidad de comparar con otros su modo de vivir, de saber si lo hacían bien o mal, si eran ricos o pobres, si había que desear algo de lo que tenían los otros. Esos seres vivían felices pensando que no podía ni debía ser de otro modo, seguros de que todos los demás vivían exactamente igual y de que no hacerlo así era pecado.
  • Los mujiks más decididos se armaron de horquillas, de hachas y todos en grupo se dirigieron hacia la cuneta. —¿Adónde vais, locos? —decían los viejos tratando de convencerlos— ¿Es que tenéis asegurada la vida? ¿Qué falta os hace ir? ¡Nadie os empuja!
  • oscuros misterios de la naturaleza. Les sobrevenía la muerte porque un poco antes habían sacado a un difunto con la cabeza por delante y no por los pies;
  • pero si la creencia en los espectros había desaparecido, quedaba, sin embargo, un poso de temor e irracional angustia.
  • Esa buena gente comprendía la vida como un estado ideal de reposo e inactividad, alterado a veces por diversas casualidades desagradables como, por ejemplo, enfermedades, pérdidas materiales, rencillas y la necesidad de trabajar, entre otras cosas. Soportaban el trabajo como un castigo impuesto ya a nuestros antepasados, pero no sentían apego a él y siempre que tenían ocasión se liberaban de todo esfuerzo, considerando esa actitud como posible y debida.
  • Por ello suele decirse ahora que la gente de antes era más fuerte. Y, en efecto, lo era: antes no se apresuraban a explicarle al niño el significado de la vida, ni de prepararlo a ella como para algo muy complicado y difícil; no lo angustiaban con el estudio que hace nacer en la gente infinidad de problemas que corroen la inteligencia y el corazón y acortan la vida. El modo de vida ya estaba determinado y era ofrecido al niño por los padres, quienes, a su vez, lo habían heredado de los suyos v éstos de los bisabuelos con el encargo de mantener su integridad y conservarlo como el fuego sagrado de las vestales.
  • Se morirían de tristeza si el mañana no se pareciese al hoy y el pasado mañana al mañana.
  • Las fuerzas que buscaban salir se volvían para adentro y se mustiaban.
  • No acababa de gustarle esa educación práctica a base de trabajo. Temía que su hijo se convirtiese en un pequeño burgués alemán como su padre y toda su familia. Consideraba que todos los alemanes eran unos burgueses y no le gustaba la tosquedad, el orgullo y la fanfarronería con que la masa del pueblo alemán exhibía en todas partes sus derechos ciudadanos elaborados a lo largo de muchos siglos, igual que exhibe la vaca sus cuernos sin saberlos ocultar en el momento oportuno. Opinaba que en todo el país alemán no había ni podía haber un caballero. No veía en el carácter alemán ninguna delicadeza, ternura, condescendencia, nada de aquello que hace la vida más agradable en la buena sociedad, que permite eludir algún que otro convencionalismo, infringir una regla general o no someterse a lo prescrito. Los alemanes no eran así; insistían en lo suyo, en todo cuanto se les metía en la cabeza, dispuestos a romper la pared con la frente con tal de atenerse a sus reglas.
  • pero seguía sin creer en la poesía de las pasiones,
  • —¡Ah! —exclamó Oblómov con un gesto de desesperación. —¿Qué ocurre? —¿Qué quieres que ocurra? La vida que me persigue. —¡Y gracias a Dios!
  • Pero ¿tú qué haces? Igual que una bola de masa, te enroscas y te acuestas. —Es cierto, Andréi, como una bola de masa —respondió Oblómov tristemente. —Reconocerlo no supone ninguna justificación. —No, sólo respondo a lo que dijiste; no trato de justificarme —dijo Oblómov con un suspiro. —Debes salir de esta modorra. —Lo intenté antes, pero no lo conseguí y ahora… ¿para qué? Nada me sucede, mi alma ya nada ansia y la mente reposa tranquila —concluyó Oblómov con amargura apenas perceptible—.
  • —Creo que hasta el vivir te da pereza, ¿no es cierto? —preguntó Shtolz. —Es cierto, Andréi, me da pereza. Shtolz se puso a pensar en la forma de llegarle a donde aún le quedara algo de vida,
  • —¡La sociedad, la gente! ¡Tú, Andréi, me has hecho volver a ella para que la aborreciese todavía más, para quitarme todo deseo de frecuentarla! ¡Vaya una vida! ¿Qué puedo encontrar allí? ¿Algo que interese a mi corazón, a mi cabeza? Date cuenta, no existe nada en el fondo de todo eso, no existe; nada hay allí de profundo, nada que te llegue al alma. Todos esos miembros de la sociedad están muertos, son hombres más dormidos que yo. ¿Qué los mueve en la vida? En vez de estar tumbados como yo, por ejemplo, van y vienen durante todo el día como moscas hacia delante y hacia atrás, pero ¿para qué? Entras en un salón y no te cansas de admirar la simetría con que están distribuidos los invitados, la profunda y apacible expresión de sus rostros cuando… juegan a las cartas. ¡No puede negarse que se trata de una digna tarea vital! ¡Magnífico ejemplo para una inteligencia que quiere desarrollarse! ¿No te parecen seres muertos? ¿Acaso no duermen sentados durante toda su vida? ¿Es que soy yo más culpable que ellos permaneciendo acostado en mi casa en vez de amenazarles con tríos y escaleras?
  • —¿Sabes una cosa, Iliá? Razonas como los antiguos: en los libros viejos ya figura todo eso. Pero no está mal, por lo menos razonas y no duermes. ¿Qué más? Continúa.
  • Discuten, analizan los pros y los contras, pero de hecho se aburren, eso no los preocupa; a través de sus gritos se vislumbra su profundo sueño. Todo está al margen de ellos, se engalanan con ropas ajenas. Como nada tienen que hacer, se dispersan en todas direcciones, no se centran en nada. Bajo ese interés universal se oculta la vaciedad, el desinterés por todo. Los aburre elegir una modesta senda de trabajo, seguirla, abriendo un profundo surco; eso no es visible, el saber mucho no los ayudará a presumir ante nadie.
  • ¿No te gustaría vivir así? —preguntó Oblómov—. ¡Eso sí que es vida! —¿Y así siempre? —Hasta la vejez, hasta la tumba. ¡Eso es vivir! —No, eso no es vivir. —¿Cómo que no? ¿Qué te falta? Tú piensa que no verías ni un solo rostro pálido, sufriente, ninguna preocupación, nadie preguntaría por el senado, ni por la bolsa, las acciones, los informes, las audiencias del ministro, los ascensos del escalafón, las remuneraciones. Todas las conversaciones serían espirituales. No habría que mudarse nunca de casa. Sólo eso, cuánto vale. Y tú dices que eso no es vivir. —No, eso no es vivir —repitió Shtolz tercamente. —¿Y qué es según tú? —Es… —Shtolz quedó pensativo en busca del calificativo para esa vida—. Es… oblomovismo —dijo al fin.
  • —¿Cómo se ha de vivir entonces? —preguntó Oblómov, fastidiado por las réplicas—. ¿Para qué sufrir toda la vida? —Por el propio trabajo, sólo por eso. El trabajo da forma, contenido y plenitud a la vida, a la mía por lo menos; tú, por ejemplo, has desterrado el trabajo de tu vida y ¿a qué la dejaste reducida? Trataré de hacerte cambiar, tal vez por última vez. Pero si después de ello sigues metido aquí con los Tarántiev y los Alexeiev, acabarás perdido del todo. Serás una carga para ti mismo. ¡Ahora o nunca! —concluyó Shtolz.
  • ¿Sabes, Andréi? —continuó diciendo—, jamás ardió en mi vida ningún fuego ni salvador ni destructor.
  • No, mi vida empezó apagándose. Parece extraño, pero así es. Desde el primer instante que tuve conciencia de mí mismo, ya sentí que declinaba.
  • —Hace poco me dijiste que mi rostro estaba ajado, que no tenía buena cara —continuó Oblómov—; sí, estoy fofo, soy como una chaqueta vieja y gastada, pero no a causa del clima ni del trabajo, sino porque en mí estuvo enterrada durante doce años una luz que buscaba la salida, limitándose a quemar su prisión; una luz que no logró escapar y se extinguió sin conseguir la libertad. De ese modo, mi querido Andréi, pasaron doce años y ya no siento deseos de volver a despertar.
  • vivirás sin batín, sin Zajar y Tarántiev; te vestirás solo y te quitarás las botas tú mismo; dormirás únicamente de noche y viajarás como todos por ferrocarril o barco, después irás al campo, sabrás la razón de que haya mujiks pobres y ricos. Después… te instalarás en Oblómovka, aprenderás cómo es la siembra y la trilla, tomarás parte en las elecciones, visitarás fábricas, molinos y embarcaderos. Y, al mismo tiempo, leerás periódicos, libros y te preocuparás de que los ingleses hayan enviado un barco al Oriente»… »¡Eso me dirá! Eso significa ir hacia delante… Y así toda la vida. ¡Adiós al ideal poético de la existencia! Será algo así como una forja, pero no una vida: llamas, calor, chirridos, estruendo… ¿y cuándo viviré? ¿No sería mejor quedarme? Quedarse significa ponerse la camisa del revés, oír los saltos de Zajar, comer con Tarántiev, pensar lo menos posible, no, terminar de leer Un viaje a África, envejecer tranquilamente en casa de la comadre de Tarántiev…». «¡Ahora o nunca!». «¡Ser o no ser!».
  • «Dios mío, ¡qué bonita es! ¡Y pensar que existen seres así en el mundo!
  • »Sí, en verdad, algo fluye de ella, algo pasa de ella a mí. Y aquí, junto al corazón, siento algo que late, bulle… siento algo que está de más, algo que no tenía antes…
  • en todo hay amor propio, y mucho; Andréi Ivánich dice que es casi el único motor que mueve la voluntad. Usted, seguramente, no lo tiene, por eso…
  • Los hombres tienen el defecto de avergonzarse de su corazón. Más les valiera avergonzarse a veces de su inteligencia, que suele equivocarse más a menudo.
  • Era una mirada inmóvil, casi demente; no era Oblómov el que miraba, sino su pasión.
  • En una palabra, no le dejaría permanecer inactivo; le mostraría un objetivo, lo obligaría a querer todo aquello que había dejado de querer
  • Olga se ruborizó intensamente; sí, era cierto, había hecho todo lo posible por hacer que saliese de su indiferencia. Shtolz le había dicho que era apático, que no se preocupaba de nada, que todo en él estaba muerto… Ella, entonces, intentó comprobar si de verdad todo se había apagado en él y cantó, cantó… como nunca…
  • —La vida, la vida se me abre de nuevo —decía Oblómov como en sueños—, está aquí, en sus ojos, en la sonrisa, en esta ramita, en Casta Diva… todo está aquí… Olga movió la cabeza. —No, todo no… la mitad. —¿La mejor? —Tal vez —dijo Olga. —¿Dónde está la otra? ¿Qué otra cosa hay después de eso? —Busque. —¿Para qué? —Para no perder la primera —respondió Olga;
  • El amor se hacía más exigente, más severo, comenzaba a convertirse en una obligación y cada uno de ellos poseía sus propios derechos.
  • No sólo se interesaba por lo que hacía, sino por lo que pensaba hacer.
  • —¡Sí, sí, sí! ¿Es posible que no sienta usted la necesidad de sincerarse?
  • vivir con ello cada instante, hoy, esta noche, mañana, hasta que la vea de nuevo… Sólo vivo así. —Ya ve, necesita renovar cada día el caudal de su ternura. Aquí está la diferencia entre el que está enamorado y el que quiere. Yo… —¿Usted? —la interrumpió impaciente. —Yo quiero de otra manera —respondió Olga, apoyando la espalda en el banco mientras sus ojos seguían el paso de unas nubes—. Sin usted me aburro, me da pena separarme de usted aunque sólo sea por poco tiempo, y si es por mucho me duele. Sé que me quiere, lo veo y le creo, y eso me hace feliz, aunque no me repita nunca que está enamorado de mí. No sé querer más ni mejor. «Esas palabras… como si hablase Cordelia[14]», pensó Oblómov, mirando apasionadamente a Olga. —Si usted… muriera —dijo Olga tras un ligero titubeo—, llevaría luto eterno por usted y jamás en mi vida volvería a sonreír. Si se enamorara de otra, no me quejaría, ni maldeciría. En mi fuero interno desearía que fuera feliz… Para mí, el amor es lo mismo que la vida,
  • No se mentían ni a sí mismos ni el uno al otro; decían aquello que les dictaba el sentimiento, pero su voz pasaba por la imaginación.

– Subrayado en la página 338 | Pos. 5175  | Añadido el martes 15 de noviembre de 2016 17H41′ GMT+01:59

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