Raymond Chandler: El largo adiós

• —¿Qué tal? —preguntó con calma—. ¿Cómo se las entendió con mi padre? —Muy bien. Me explicó la civilización. Es decir, tal como él la ve. Va a permitir que continúe existiendo durante un tiempo más. Pero será mejor que tenga cuidado y no interfiera con su vida privada. Si lo hago es capaz de llamar por teléfono a Dios y cancelar la orden.
• Como un verdadero policía. Ellos nunca dicen por qué están haciendo algo. De esa forma uno no se entera de que ellos mismos no lo saben.• —No es fácil pedir ayuda… especialmente si toda la culpa es de uno.
• Usted constituye un problema que yo no tengo que resolver, pero el problema existe.
• Nunca desean algo con todas sus ganas,
• —El alcohol es como el amor —expresó—. El primer beso es magia; el segundo, intimidad; el tercero, rutina. Después de eso lo que hacemos es desvestir a la muchacha. —¿Y eso es malo? —le pregunté. —Es muy interesante, pero es una emoción impura… impura en el sentido estético. No estoy despreciando al sexo. Es necesario y no tiene por qué ser desagradable.
• —Tómelo con calma —le dije—. No son más que seres humanos que transpiran, se ensucian y tienen que ir al baño. ¿Qué es lo que usted esperaba… mariposas doradas revoloteando en una nube color de rosa?
• —No va a decirle nada, sargento —exclamó Dayton en tono agrio—. ¿No ve que leyó aquel libro sobre leyes? Como mucha gente que lee libros de Derecho, parece que él piensa que ahí dentro está la ley.
• Eso es lo malo con los policías. Uno está preparado para odiarlos y de pronto se topa con uno que se porta como un ser humano.
• —Hay lugares donde no se odia a la policía, comisario. Pero en esos lugares usted no sería policía.
• En la cárcel, el hombre carece de personalidad. No es más que un problema secundario que hay que resolver y unas cuantas declaraciones en los informes. A nadie le importa quién lo quiere o lo odia, cómo se siente o lo que ha hecho con su vida. Nadie reacciona hacia él, a menos que dé trabajo. Nadie se aprovecha o abusa de él. Todo lo que se le exige es que vaya tranquilamente a la celda correspondiente y que se quede quieto cuando llegue allí. No hay nada contra qué luchar, nadie con quien enojarse. Los carceleros son hombres tranquilos, carentes de animosidad o sadismo.
• En la cárcel la vida está en suspenso, no tiene propósito ni significado. En otra celda podríamos ver un hombre que no logra dormir o que ni siquiera puede tratar de dormir. Está sentado al borde de su cama, quieto. Quizá lo mire a uno o quizá no. Uno lo mira a él. No dice ni una palabra y uno tampoco. No tenemos nada que decirnos.
• No hay ley alguna que impida que se mienta a la policía, y ellos lo saben y lo esperan. Se sienten más felices cuando uno les miente que cuando uno se niega a hablar. Esto lo consideran como un desafío directo a su autoridad. ¿Qué espera ganar con ello?
• —Usted se siente como un actor que tiene que representar su gran escena —dijo fríamente—. Aferrarse a sus derechos, hablar de la ley, etcétera. ¿Cómo puede un hombre ser tan ingenuo, Marlowe? Un hombre como usted, que se supone que debe conocer el mundo que lo rodea. La ley no es la justicia. Es un mecanismo muy imperfecto. Si usted aprieta exactamente los resortes justos, y además tiene suerte, es posible que al final se haga justicia. La ley no ha intentado ser nunca otra cosa que un mecanismo.
• Tipos con cien millones de dólares viven una vida peculiar, detrás de una cortina de sirvientes, guardaespaldas, secretarios, abogados y ejecutivos dóciles. Presumiblemente comen, duermen, se hacen cortar el pelo y visten ropas. Pero uno nunca lo sabe con seguridad. Todo cuanto se lee o se oye respecto de ellos ha sido elaborado por una pandilla de tipos de relaciones públicas a quienes se les pagan buenos sueldos para que creen y mantengan una personalidad utilizable, algo sencillo, limpio y neto, cual aguja esterilizada. Eso no tiene por qué ser cierto. Simplemente tiene que concordar con los hechos conocidos, y los hechos conocidos pueden contarse con los dedos de la mano.
• La tarde parecía muy silenciosa. Tal vez la carta de un muerto lleve consigo su propio silencio.
• —Espantoso. Brillante, duro y cruel. Se cree ingenioso cuando en realidad sólo es desagradable.
• —Usted me gusta. Bebamos una copa. —Aquí no, compañero. Usted y yo solos, no. No me importa observarlo mientras toma la primera. Nadie puede pararlo a usted y no creo que nadie trataría de hacerlo. Pero yo no tengo por qué colaborar.
• Yo no sabía cómo sería estando borracho. Ni siquiera sabía si era un alcohólico. Hay en eso una gran diferencia. Un hombre que bebe demasiado en algunas ocasiones sigue siendo el mismo hombre de cuando está sobrio. Un alcohólico, un verdadero alcohólico, no es el mismo hombre ni mucho menos. No se puede predecir nada con certeza respecto de él, excepto que se convertirá en alguien a quien jamás conocimos antes.
• Este es un lugar muy tranquilo. Se podría pensar que un escritor podría ser feliz aquí… si es que un escritor puede ser feliz en alguna parte.
• Los borrachos no se reeducan, amigo. Se desintegran.
• La mayoría de la gente atraviesa por la vida gastando la mitad de las energías de que dispone en tratar de proteger una dignidad que nunca ha poseído.
• Esa es la diferencia entre el crimen y los negocios. Para hacer negocios es necesario tener capital. A veces pienso que es la única diferencia.
• techo en mansarda,
• —Existe una cosa peculiar respecto del dinero —prosiguió—, en grandes cantidades tiende a tener vida propia, hasta una conciencia propia. El poder del dinero se convierte en algo muy difícil de controlar.
• No se quiere la calidad porque dura demasiado. De modo que se la sustituye por la moda, que no es más que una estafa comercial destinada a hacer que las cosas caigan en desuso. La producción en masa no podría vender sus mercaderías el año próximo a menos que haga que lo que vendió este año parezca anticuado de aquí a un año.
• El alguacil Petersen seguía siendo reelegido, testimonio viviente del hecho de que uno en su país puede desempeñar toda la vida un importante cargo público sin otros méritos que tener la nariz limpia, una cara fotogénica y la boca cerrada. Si además de todo eso, uno mira a los caballos con ojos cariñosos, será invencible.
• —No se pueden hacer cien millones de mangos en forma limpia —dijo Ohls—. Quizás el jefe crea que sus manos están limpias, pero en alguna parte, a lo largo de la cadena, hay tipos que son arrinconados en la pared, pequeños y agradables negocios se vienen al suelo y tienen que liquidar y vender todo por unos centavos, gente decente pierde sus empleos, las acciones suben el mercado, los apoderados son comprados como una pepita de oro antiguo, y se paga a los grandes estudios de abogados cientos de miles de dólares de honorarios para que combatan ciertas leyes que la gente quiere obtener, pero no los tipos ricos debido a que interfieren con sus ganancias. El dinero en gran escala significa poder en gran escala, y el poder en gran escala es usado erróneamente. Es el sistema. Tal vez sea el mejor que podamos obtener, pero no es lo ideal.
• La gente quiere una fuerza policial honesta, ¿no es así? ¿Para qué? ¿Para proteger a los tipos con tarjetas de visita?
• —¿Tienes algo contra el matrimonio? —Para el dos por ciento de la gente es maravilloso. Los demás simplemente lo aguantan. Las muchachas americanas son fantásticas. Las esposas americanas ocupan demasiado lugar.

– Subrayado en la página 11 | Pos. 157-58 | Añadido el martes 4 de abril de 2017 02H07′ GMT+01:59

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