Josefina Vicens: El libro vacío

  • ¡Qué absurdo, Dios mío, qué absurdo! Si el libro no tiene eso, inefable, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces, sorprenda y golpee; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco; si las palabras no pueden sostenerse por sí mismas, sin los andamios del argumento; si la emoción sencilla, encontrada sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro? ¿Quién es José García? ¿Quién es ese José García que quiere escribir, que necesita escribir, que todas las noches se sienta esperanzado ante un cuaderno en blanco y se levanta jadeante, exhausto, después de haber escrito cuatro o cinco páginas en las que todo eso falta?
  • Considera que mis cincuenta y seis años son capaces de conservar el recuerdo de un amor de veinte, pero no los matices. Que guardo dentro de mí el suceso en conjunto, compacto, como petrificado, pero que ya no puedo separar y darles su valor exacto a todas las emociones que ese amor suscitaba.
  • porque detesto a las gentes que no son enemigas de sí mismas.

  • Al decir «hacérmelo perdonar», me refiero al resultado, pero no al tránsito, no al recorrido. Hay algo independiente y poderoso que actúa dentro de mí, vigilado por mí, contenido por mí, pero nunca vencido.
  • ¿Para qué voy a emprender una batalla que quiero ganar, si de antemano sé que no emprendiéndola es como la gano? Es mucho más fácil: sencillamente no escribir. Pero entonces resulta que queda en la sombra, oculta para siempre, la decisión de no hacerlo.
  • ¿Qué sabía de mi madre cuando tenía yo nueve años? Que existía, solamente.
  • me gusta esto: «regresar, por el recuerdo, para poseer con mayor conciencia lo que comúnmente sólo usamos».
  • En éste, que es el que tendría la razón si se callara, veo seriedad y conciencia, pero también cobardía.
  • Pero escribir es otra cosa. Escribir es decir a otros, porque para decirse a uno mismo basta un intenso pensamiento y un distraído susurro entre los labios. Y no se puede decir algo a los otros cuando se tiene la conciencia de que no se posee nada que aportar. Pero si la conciencia es lo suficientemente aguda para entender esto, no debería ser tan débil ante el apetito de decir y éste debería ser tan moderado que resultara posible vencerlo.
  • Acá, no he podido acostumbrarme nunca a la idea de existir. Siempre estoy preguntando, siempre inquieto, sorprendido de mi existencia. Allá no es así: ser es ser. No es como acá, un fenómeno rodeado de interrogaciones. Es un hecho claro, sin el escollo del porqué. Un hecho comprendido, explicado por sí mismo. Allá no tiemblo nunca. No siento miedo de morir, porque la muerte tiene el mismo sentido natural, incorporado, que tiene todo lo demás. Es otro hecho sencillo, no una pregunta. A medida que la embriaguez se va apoderando de mí, yo voy apresando algo que supongo es la verdadera paz: no inquietarse porque se es, ni atemorizarse porque se puede dejar de ser.
  • En mí, la embriaguez no es propiamente perder el sentido de las cosas; es cambiar el sentido. Pero quiero aclarar: no soy yo el que lo cambia. Eso equivaldría a una suplencia, a una provisionalidad. Es que las cosas tienen por sí mismas otro sentido, y como yo no percibo la mecánica del cambio, me encuentro de pronto ante ellas y las siento permanentes, exactas, adecuadas.
  • luyendo
  • ¡La semejanza! Lo que hace posible el amor.
  • Tengo miedo de traicionar al muchacho que fui. ¡Lo recuerdo tan bien! Lo siento temblar dentro de mí, limpio y brioso. Pero sé, por eso no puedo hacerlo, que al pretender hablar de él en este cuaderno tardío, escrito con mano de viejo, aparecerán mis años, mi tedio, mi pequeñez, y que aquel joven espléndido saldrá cubierto de mi ceniza y empañado por ella. Y como no pude darle aliento; como lo ahogué dentro de mí; como poco a poco lo fui cubriendo con esta tierra caliza que ha sido mi vida; como sólo pude proporcionarle un sitio tibio, a cambio de los ardientes y variados que él deseaba, no quiero hablar de él, no puedo. Pero también pienso que si no hablo de él, que ha sido lo mejor de mí, ¿de qué voy a hablar? ¿De éste que soy ahora? ¿De éste en que me he convertido? ¿De este hombre oscuro, liso, hundido en una angustia que no puedo aclarar ni justificar, porque los motivos que la provocan no son explicables?
  • No quiero inspirar lástima a nadie; ya es suficiente con la que yo me tengo.
  • Con ése sí habría yo podido hablar de cómo me asfixia la tranquila, metódica, acompasada repetición de mis actos y de cómo me avergüenza y oprime el conocimiento de mí mismo y la convicción de que jamás tendré el valor de dar la espalda a esa estabilidad, a ese pequeño orden en que vivo y hago vivir a mi familia. A ése sí habría podido decirle: —Soy José García, ¿sabe usted?, el muy honorable y oscuro José García; el destinado a la esquela de 15 x 7 centímetros en un solo periódico: «Ayer tantos de tantos, falleció el señor José García. Su inconsolable esposa, sus hijos y hermanas lo participan con profundo dolor.»
  • Cierto que desde hace algún tiempo escribo con más comodidad. Antes tenía que esconderme porque todavía me tomaban en serio y eso me daba vergüenza. Pero ahora, como mi costumbre de escribir se ha transformado para todos en «mi manía», en «mi chifladura», la ejerzo con cierto cinismo. Cuando me respetaban, me cohibían, naturalmente.
  • Quisiera, por lo menos, poder explicar lo que siento, para que se comprenda por qué escribo, por qué no puedo romper nada. Hablo de angustia, de atracción, de abismo, pero estas palabras no reflejan lo que quiero decir; son burdas, burdas aproximaciones. Lo que quiero decir es otra cosa. Mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre, se prolongan hasta el punto de mi pluma. En la frente siento un golpe caliente y acompasado. Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. Me pertenezco todo, me uso todo; no hay un átomo de mí que no esté conmigo, sabiendo, sintiendo la inminencia de la primera palabra. En el trazo de esa primera palabra pongo una especie de sensualidad: dibujo la mayúscula, la remarco en sus bordes, la adorno. Esa sensualidad caligráfica, después me doy cuenta, no es más que la forma de retrasar el momento de decir algo, porque no sé qué es ese algo, pero el placer de este instante total, lleno de júbilo, de posibilidades y de fe en mí mismo, no logra enturbiarlo ni la desesperanza que me invade un momento después.
  • De la espera más difícil, de la más dolorosa: la de uno mismo.
  • como si sus caricias no derivaran de su deseo, sino del casual encuentro con mi cuerpo.
  • ¡te lo dije, ya pescaste un catarro!
  • ¡Por Dios, por Dios! ¿Por qué me empeño en escribir? ¡Debo hablar, hablar y nada más! Cuando hablo nunca digo esas cosas. Lo hago con mis palabras sencillas, que expresan mis verdades y mi vida, sencillas también. Es el escribir lo que me complica y me altera; y es natural, sólo que no puedo todavía, o no quiero, darme cuenta de que mi única expresión auténtica es la hablada de todos los días;
  • o si fue algo que imaginé para escribirlo,
  • Me da pena escribirlo, pero para mí constituye un terrible esfuerzo tomar cualquier decisión. Me falta carácter, valor. Soy así desde muy niño. Recuerdo lo que sufría para elegir un solo dulce entre los muchos que, en aquel cajoncito adornado con papel de china, vendía doña Lola Urrutia para «ayudarse con los gastos». Eran de almendra y en forma de frutas: piñas, peras, manzanas, naranjas; pequeñitos y hechos con verdadera maestría. Me gustaban mucho; pero elegir uno, uno solo, disminuía, hacía desaparecer, casi, el placer de la compra, porque después siempre me asaltaba la idea de que los desechados eran más grandes y mejores. Y doña Lola, inflexible: «Ver, lo que quieran, pero nada de andar tentando uno y otro.» El tocado era, pues, el definitivo, el implacable, el sin remedio. Me quedaba con él, pero mi deseo permanecía en los otros. Empezaba a roerlo lentamente, con una especie de amargura por esa posesión sin alternativa. Pero era un dulce, sabía bien y poco a poco me iba reconciliando con él. Así me ha pasado siempre en la vida.
  • o si debo aceptar humildemente que lo que más amo en el mundo, lo que más me interesa, lo único que me consuela de mis fracasos, de mi pequeñez, de mi oscuridad; lo que pone ansiedad en mi corazón y alegría en mi vida, son mis cuadernos,
  • Al final, siempre termino con el mismo tema. Si tuviera el valor de revisar todo el cuaderno, comprobaría esta vergonzosa conclusión. Siempre yo, mi mujer, mis hijos, mi casa, mi trabajo. Siempre lo que me atañe, lo que me importa. Siempre lo mismo. Como un rumiante.
  • vencer el anhelo de ser leído,
  • Verdaderamente no sé qué sería del hombre si no tuviera dentro de sí, escondidos, superpuestos, sumergidos, adyacentes, provisionales, otros muchos hombres que no sólo no destruyen su personalidad, sino que la constituyen al ampliarla, repetirla y hacerla posible de adaptación a las más variadas circunstancias de la vida.
  • No puedo vivir únicamente de mis verdades frías, de los conceptos que puedo sintetizar en tres líneas. Tengo que vivir también de mis debilidades, de mis dualidades y admitir que esas tres líneas, lógicas y rectas, que en determinado momento me reflejan fielmente, en otra ocasión no muy distante, o en un estado de ánimo turbulento e intrincado, me resultan escasas o estrechas o dolorosas, sin que por ello dejen de ser verdaderas.
  • ¿Por qué me acuesto siempre con la sensación de que no debería hacerlo aún, de que algo faltó, de que a la mañana siguiente tendré dentro de mí, acumulado, lo que dejé de hacer el día anterior?
  • Mi mujer, mis hijos, mi trabajo, no serían el centro de mi vida, sino el contorno, la línea tenue que la enmarcara, pero no el marco rígido e inalterable. El artista es un ser distinto, vulnerable, asombrado, trémulo, herido de nacimiento y por vida, difícilmente incorporable a la realidad diaria.

– Subrayado en la página 4 | Pos. 56-57  | Añadido el jueves 12 de enero de 2017 02H11′ GMT+01:59

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