Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

  • —Pesimista, pesimista… —repitió para sí varias veces—. Señor pájaro-que-da-cuerda —dijo luego, alzando los ojos y clavándome la mirada—. Sólo tengo dieciséis años y no sé muy bien de qué va el mundo, pero una cosa sí puedo afirmar con rotundidad: si yo soy pesimista, los adultos de este mundo que no son pesimistas son un hatajo de idiotas.
  • me dijo una vez. «Las cosas que se puedan comprar con dinero es mejor comprarlas sin pensar demasiado si ganas o pierdes. Es mejor ahorrar las energías para aquellas cosas que no pueden comprarse con dinero.»
  • Me da la impresión de que debía de creer que, llevando una vida normal, todo tenía que salir bien por sí solo.

  • Hasta entonces, nunca en mi vida me había planteado, ni una sola vez, estas cuestiones de una manera seria. ¿Por qué no? Es probable que por estar embebido en la ardua tarea de estabilizar mi propia vida cotidiana. Y por estar demasiado ocupado para pensar en mí mismo.
  • —Es posible que no te vaya el derecho —me dijo un día el señor Honda. Aunque también podía estar dirigiéndose a alguien situado veinte metros más lejos. —¿Usted cree? —pregunté. —Las leyes, después de todo, rigen todos los fenómenos que se producen sobre la faz de la tierra. Un mundo donde el Yin es el Yin y el Yan es el Yan. Un mundo donde yo soy yo y él es él. «Yo soy yo, él es él, atardecer de otoño.» Pero tú no perteneces a este mundo. Tu sitio está encima o debajo.
  • golpearla con una regla en el brazo, tan fuerte que le dejaba verdugones.
  • Cuando uno se acostumbra a no conseguir nunca lo que desea, ¿sabes qué pasa? Que acaba por no saber incluso lo que quiere. Le tomé la mano. —Tal vez haya sido así hasta ahora. Pero ya no eres una niña, tienes derecho a escoger tu propia vida. Si quieres un gato, elige una vida donde puedas tenerlo. Es muy simple. Tienes todo el derecho. ¿No te parece?
  • La única coherencia en sus opiniones era la sistemática falta de coherencia, y la única visión del mundo era una visión del mundo que no precisaba visión del mundo. Esta vaciedad constituía, paradójicamente, su patrimonio intelectual. Coherencia y una firme visión del mundo no eran necesarias en la lucha operativa intelectual de los medios de comunicación cuyo tiempo se fragmenta en segundos. Estar libre de esta carga era un gran punto a su favor. No tenía nada que proteger. Podía concentrar toda su atención en la simple lucha. Sólo debía atacar. Sólo debía dejar fuera de combate a su contrincante. Noboru Wataya era, en este sentido, un camaleón intelectual. Cambiaba de color según el color de su adversario, creando la lógica más efectiva en cada situación y empleando para ello toda su retórica. Retórica prestada en su mayor parte y que, a veces, estaba claramente desprovista de contenido. Sin embargo, como él, veloz y hábil como un mago, sacaba siempre en un plis-plas algo del vacío, en aquel momento era casi imposible señalar la insustancialidad.
  • tuvimos más de una ocasión de intercambiar algunas palabras. Pero jamás mantuvimos una conversación propiamente dicha. Tal como él había dicho, no teníamos puntos en común. Por mucho que habláramos, nuestras palabras jamás se convertirían en una conversación. Como si hablásemos lenguas completamente distintas.
  • Y cada vez que el pájaro-que-da-cuerda se acercaba a mi jardín y daba cuerda al mundo, éste parecía hundirse más profundamente en el caos.
  • »—Soy un soldado —dijo—, y no me importa luchar. No me importa morir por mi país. Es mi oficio. Pero la guerra que estamos haciendo ahora, mi alférez, por más vueltas que le des, no es una guerra honesta. No es una guerra donde haya un frente y puedas lanzarte a un combate decisivo contra el enemigo. Nosotros avanzamos. El enemigo huye sin oponer apenas resistencia. Los soldados chinos en retirada se deshacen de las ropas militares y se mezclan con la población civil. Y nosotros ni siquiera sabemos quién es el enemigo. Con el pretexto de capturar a bandidos y a soldados emboscados, matamos a gente inocente y les robamos la comida. La línea del frente avanza tan rápido que el abastecimiento no llega, y no nos queda otro remedio que el saqueo. Y como no tenemos campos para internar a los prisioneros ni comida que darles, hemos de matarlos. Y esto está mal. En Nankin cometimos muchas barbaridades. Mi unidad también las cometió. Empujamos a decenas de personas a un pozo y luego lanzamos dentro granadas de mano. Y otras cosas que ni siquiera soy capaz de contar. Mi alférez, ésta es una guerra sin principios. Sólo nos matamos los unos a los otros. Y los que salen perdiendo, en definitiva, son los pobres campesinos. Ellos, que ni ideología tienen. Ni Partido Nacionalista, ni Zhang Xue-liang, ni Octavo Ejército Rodado, ni ejército japonés, ni monsergas. Con poder comer ya tienen bastante. Yo soy hijo de pescadores pobres y sé lo que sienten estos campesinos miserables.
  • Desde que volví a Japón he vivido como la muda vacía de un animal que ha cambiado la piel. Y viviendo como una muda, por más larga que sea la vida, no se puede decir que se haya vivido de verdad. Del corazón de una muda vacía y del cuerpo de una muda vacía no puede nacer más que la vida de una muda vacía. Esto es lo que quiero que usted entienda, señor Okada.
  • había conseguido una máscara nueva más sofisticada. Una máscara muy bien hecha, sin duda. Quizá fuera una nueva piel. Pero, máscara o piel, yo…,
  • —Resultados aparte, la capacidad de creer plenamente en otro es uno de los valores más bellos del ser humano —dijo Malta Kanoo.
  • Permanecí largo tiempo mirando los vestidos, las blusas y las faldas del armario. Eran las sombras que Kumiko había dejado tras de sí. Y, sin su dueña, estas sombras colgaban allí, inertes.
  • —¡Para ya de darme la razón por las buenas! No vas a resolver nada reconociendo que te equivocas. —Sí, tienes razón —dije. Llevaba toda la razón. —¡Ya estamos otra vez!
  • Una vez, aún de niño, me escapé de casa una mañana de verano tan soleada como ésa. No recordaba bien las circunstancias que me impulsaron a irme. Posiblemente me había enfadado con mis padres. De todos modos, me había cargado la mochila a la espalda como hoy, me había metido los ahorros en el bolsillo del pantalón y me había ido de casa. Mentí a mi madre diciéndole que iba de excursión con mis amigos y que me preparara la comida para llevar. Cerca de casa había varias montañas adonde se podía ir de excursión y no era extraño que los niños fueran allí solos. Salí de casa, tomé el autobús que había elegido de antemano y fui hasta la terminal. Aquél era para mí un «barrio lejano y desconocido». Enlacé con otro autobús y fui hasta otro «barrio (aún más) lejano y desconocido». Sin saber siquiera cómo se llamaba, me apeé del autobús y empecé a vagar sin rumbo por las calles. Era un barrio sin ninguna particularidad. Un poco más bullicioso que el barrio donde yo vivía, y un poco más sucio. Había una calle llena de tiendas, una estación de tren y una pequeña fábrica. Por allí pasaba un río y, delante del río, había un cine. En el cartel anunciaban una película del oeste. A mediodía me senté en un banco en un parque y almorcé. Estuve en aquel barrio hasta el atardecer, pero, conforme iba acercándose la noche, me sentía más y más desamparado. Aquélla era la última oportunidad de retroceder, pensaba. Si caía la noche, ya no podría regresar. Volví a casa en los mismos autobuses que a la ida. Llegué antes de las siete y nadie se dio cuenta de que me había escapado. Mis padres pensaban que había ido a la montaña con mis amigos.
  • Con todo, yo no podía evitar pensar a veces que en su interior existía un territorio al que yo no tenía acceso. Por ejemplo, cuando conversábamos, de manera normal o apasionada, a veces enmudecía, súbitamente, sin más. Callaba de repente en mitad de la conversación sin ninguna razón especial (o, al menos, sin ninguna que yo atinara a descubrir). Como si fuera andando por un camino y, de repente, cayera en una trampa. El mutismo no duraba mucho tiempo, pero después, durante unos instantes, ella parecía no estar en realidad allí. Y hasta después de cierto tiempo no volvía a ser ella misma.
  • Oye, tú quizá no lo hayas pensado nunca, pero ¿no te gustaría ser otra persona completamente distinta? —Claro que sí —dijo May Kasahara—. Lo estoy pensando siempre. —Cuando nos casamos, eso era lo que yo quería hacer. Huir de mí mismo. Y Kumiko igual. En aquel nuevo mundo queríamos poseer algo propio, adecuado a nuestro nuevo ser. Creíamos que allí podríamos llevar una vida mejor, más acorde con nosotros mismos.
  • Oye, señor pájaro-que-da-cuerda, lo que tú acabas de decir no puede hacerlo nadie. Cosas como: «¡Vamos! A partir de ahora construiremos un mundo nuevo», o «A partir de ahora me cambiaré a mí mismo». Mi opinión es la siguiente. Por más que quieras creer que has logrado crear un nuevo yo, por más que te hayas familiarizado con ese nuevo yo, bajo esta fachada permanece tu yo original y, a la mínima, asomará diciendo: «¡Hola!». ¿Acaso no lo entiendes? Tú eres algo hecho en otra parte. Y por lo que respecta al propósito de cambiarte, también esa idea está hecha en alguna otra parte. Señor pájaro-que-da-cuerda, tú eso no lo entiendes. ¿Por qué no podrás comprenderlo tú, que eres adulto? No entenderlo es un grave problema, sin duda. Seguro que ahora te están pasando factura diferentes cosas. Como, por ejemplo, el mundo al que quisiste renunciar; el yo al que quisiste cambiar. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
  • Yo no soy más que un simple camino por donde pasa el hombre que yo soy.
  • »Desde el principio, entre tú y yo hubo algo muy íntimo y delicado. Ahora también eso se ha perdido. Aquel perfecto engranaje, casi mítico, se ha estropeado. Lo he estropeado yo. Hablando con exactitud, había algo que me ha hecho estropearlo. Siento muchísimo que haya sucedido. No todo el mundo es tan afortunado de disponer de una oportunidad como la que yo he tenido contigo. Odio con todas mis fuerzas la existencia de ese algo que ha provocado todo esto. No sabes cuánto lo odio. Quiero saber con exactitud de qué se trata. Debo saberlo, sea como sea. Debo erradicarlo, juzgarlo y castigarlo. No sé si seré lo bastante fuerte para hacerlo. De todos modos, es algo que me atañe sólo a mí, nada tiene que ver contigo.
  • Pero tenga cuidado, señor Okada. No es nada fácil conocer el estado en que uno se encuentra. Por ejemplo, uno no puede mirarse directamente a la cara con sus propios ojos. Sólo podemos mirar la imagen que nos devuelve el espejo.
  • Al menos, en ese momento me tenía a mí misma.
  • —Pájaro-que-da-cuerda —contesté. Yo, al menos, tenía un nombre nuevo. —Señor pájaro-que-da-cuerda —dijo ella. Y permaneció unos instantes contemplando cómo el nombre flotaba en el espacio—. Es un nombre precioso. ¿Qué tipo de pájaro es ése? —Es un pájaro de verdad. No sé cómo es. Jamás lo he visto. Sólo lo he oído. El pájaro-que-da-cuerda se posa en un árbol de por aquí y, poco a poco, va dándole cuerda al mundo. Mientras tanto, hace ric-ric. Si él no le diera cuerda, el mundo no funcionaría. Pero eso nadie lo sabe. Todos, absolutamente todos, creen que es un enorme mecanismo, mucho más imponente y complejo, el que mueve el mundo con mano férrea. Pero no es así. La verdad es que el pájaro-que-da-cuerda va de un lugar a otro accionando el resorte que hace funcionar el mundo. Es un mecanismo tan sencillo como el de un juguete de cuerda. Basta con hacer girar una llavecita. Pero esa llavecita sólo la puede ver el pájaro-que-da-cuerda. —El pájaro-que-da-cuerda —repitió ella de nuevo—. El pájaro que da cuerda al mundo.
  • Mi casa parecía una concha vacía, pero, con todo, me sentí aliviado al regresar.
  • De ser capaz, hubiera desviado la vista. Pero no podía. Sus ojos eran de piedra y no podía evitar ver.
  • Cuando se habla desde lo alto a alguien que está en el fondo de un pozo, la voz resuena de una manera muy extraña y no se puede captar bien el tono.
  • —Pero yo creo que si hubieras ido hasta el límite, te habrían entrado ganas de llegar hasta el final. Eso tal vez sea mucho más fácil de lo que piensas. Una vez se ha llegado hasta ahí, basta un pequeño empujón. Luego habrías pensado lo siguiente: a fin de cuentas, esto ha sido lo mejor, para él y para mí —dije. Y bebí un sorbo de cerveza.
  • La mayoría de la gente toma resoluciones equivocadas justamente porque no lo conoce. Y luego, cuando fracasa, va por ahí quejándose, echándole la culpa a los demás. He visto eso muchas veces y te aseguro que odio verlo. Quizás esté siendo un poco presuntuoso, pero el truco consiste en empezar por las cosas poco importantes. O sea, en una escala de la A a la Z, no empezar jamás por la A, sino por la XYZ. Dices que el asunto está demasiado embrollado y que se te escapa de las manos. ¿No será porque quieres resolverlo partiendo de arriba? Cuando tienes que decidir algo importante, lo mejor es dar prioridad a los detalles insignificantes. Empezar por cosas realmente estúpidas, por esas que cualquiera puede ver, que cualquiera puede entender. E invertir mucho tiempo en ellas.
  • Y no puedo entender por qué se ha estropeado todo de repente. Tampoco debes de acabar de entenderlo tú, ¿verdad? —No, tampoco. —Entonces, lo mejor es que te ejercites en mirar las cosas con tus propios ojos hasta que acabes comprendiéndolas. No temas dedicarle tiempo.
  • Lo he comprendido hace poco. Puedo salir de todo esto. Pero no puedo escapar. Por más lejos que vaya, no podré huir.
  • —A ver, ¿cómo te lo diría? A veces, cuando te miro, me da la sensación de que estás luchando con todas tus fuerzas contra algo y que lo haces por mí. Y, entonces, es raro, pero me siento toda sudada, como si estuviera en tu lugar, ¿me entiendes? Tú pareces siempre tan sereno, pase lo que pase, como si nada tuviera que ver contigo. Pero, en realidad, no es así. Tú, a tu manera, estás luchando con todas tus fuerzas. Aunque a los demás no se lo parezca. Si no, no hubieras bajado al pozo, ¿no es así? Pero no hace falta decir que no es por mí por quien luchas a brazo partido con esa cosa asquerosa, sino para encontrar a Kumiko. Así que no hay ninguna razón para que yo sude de esta manera, ¿verdad? Eso ya lo sé, pero a pesar de todo, tengo la impresión de que también luchas por mí. Al mismo tiempo que luchas por Kumiko, quizá lo hagas también, a la vez, por otras personas. Por eso a veces pareces tonto. No sé, me da esa impresión. Pero ¿sabes, señor pájaro-que-da-cuerda? A veces, cuando te veo, me pongo nerviosa. Es que no tienes ninguna probabilidad de ganar. Si tuviera que apostar mi dinero, me sabe fatal, pero lo apostaría a que pierdes. Me caes súper bien, pero no quiero arruinarme contigo.
  • Sentía miedo de aquella cavidad vacía y, al mismo tiempo, temía lo que intentaba llenarla.
  • A las cuatro de la madrugada, cuando todo estaba en silencio, podía oír cómo crecían las raíces de mi soledad.
  • Parecía que mi verdadero yo se hubiera separado de mí y vagara por alguna parte. «Ojalá me encuentre luego», pensé.
  • A su manera, el acto de cerrar los ojos tiene sentido en cualquier oscuridad.
  • Me despierto a medianoche, me siento sola, muy lejos, como a quinientos kilómetros, alejada de toda persona y de todo lugar, en las tinieblas, sin poder ver mi futuro mire hacia donde mire, y me coge tanto miedo que me entran ganas de gritar. ¿Señor pájaro-que-da-cuerda, a ti no te pasa algo parecido? En estos momentos procuro pensar que estoy unida a algo. Y enumero mentalmente, con todas mis fuerzas, los nombres de las cosas a las que estoy unida. Entre ellas, por supuesto, estás tú,
  • Para quien no lo conociera, debía de ser, sin embargo, muy difícil captar el trasfondo de sus frases. Me esforcé en no pensar en ello. Me limité a seguir el flujo de las frases. Aunque lo leí con equidad y detenimiento, fui incapaz de entender qué pretendía decir, en realidad, Noboru Wataya el político. Sus razonamientos y opiniones parecían, uno a uno, lógicos, comprensibles, pero ¿qué quería decir, en definitiva? Me quedé desconcertado. Por más que sintetizara cada detalle, no lograba extraer una idea global clara. De ningún modo. Me pregunté si podía deberse a que era él quien no tenía clara ninguna conclusión. O quizá sí tuviera conclusiones claras. Pero las ocultaba. Era de ese tipo de individuos que, cuando les conviene, entreabren la puerta que les va mejor, asoman la cabeza, anuncian algo en voz alta a los allí reunidos y, luego, vuelven a meterse dentro y cierran la puerta.
  • En el mundo de la política, lo importante no es la teoría sino los resultados.
  • En este país sólo hay una manera de sobrevivir. Y es no imaginar nunca nada. Los rusos que usan su imaginación acaban hundiéndose. Yo, evidentemente, no la uso jamás. Mi trabajo consiste en hacer imaginar a los otros. Es mi medio de vida. Es mejor que lo tengas presente. Al menos mientras estés conmigo, si alguna vez te entran ganas de imaginar algo, recuerda mi cara. Y piensa: «Esto no es bueno, la imaginación me arruinará la vida». Te estoy dando un consejo de oro. Deja que imaginen los demás.
  • Me da la impresión de que debía de creer que, llevando una vida normal, todo tenía que salir bien por sí solo.

– Subrayado en la página 29 | Pos. 445-47  | Añadido el lunes 5 de junio de 2017 22H54′ GMT+01:59

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