Antonio Lozano. El caso Sankara

 

  • —He pensado algo para el nuevo nombre del país —sonrió Tom Sank. En los primeros días de la Revolución, había propuesto al CNR cambiar el nombre del país. Cuando llegaron los portugueses a esas tierras en el siglo XV, se adentraron desde el Golfo de Guinea por un río. Como debían regresar por el mismo camino, lo llamaron “río de la volta”. Con ese nombre se quedó, y los franceses, a semejanza de sus departamentos metropolitanos, dieron a aquella región el nombre de Alto Volta; como el río en su trayectoria se abre en dos, Volta rojo y Volta negro llamaron a cada uno de los cursos fluviales. Llegaban nuevos tiempos, y también el momento de enterrar el pasado y sus nombres. —Burkina Faso —dijo solemne el PF. Mariam y Blaise se miraron divertidos, interrogantes: —¡Claro! —exclamó Sankara—. Burkina, en moré: tierra; Faso, en diula: hombres íntegros. ¡La tierra de los hombres íntegros! ¿No es eso lo que queremos para nuestro país? Mariam y Blaise se contagiaron de su entusiasmo. —Las dos lenguas más importantes del país. Así todos se sentirán representados —dijo ella.
  • Cada organización era hegemónica, hacía de sus matices ideológicos una religión. Habían llegado al poder, no era cuestión de no ejercerlo.
  • El pueblo; esa era su gran obsesión. La palabra que volvía sin cesar en sus discursos, en todas sus intervenciones, en las reuniones del gobierno. —Vas a desgastar la palabra de tanto usarla —le dijo en una ocasión Mariam. —Únicamente si la pronuncio en vano —contestó

  • El espíritu de Brazzaville había empezado a tomar cuerpo tras el final de la Segunda Guerra Mundial, el ocho de mayo de 1945. De Gaulle había comprendido que las colonias se le iban de las manos a la Francia empobrecida por la contienda y que los cambios debían llegar de inmediato. Empezando por las palabras: el Imperio Francés pasó a denominarse Unión Francesa; el Ministerio de las Colonias, Ministerio de Ultramar. Pero una palabra permanecía tabú: “independencia”. Así lo había proclamado la Conferencia de Brazzaville.
  • Pero fue el día ocho, mientras las calles de Francia rebosaban de júbilo y confetis por el final de la guerra, cuando se produjo la gran matanza de Sétif. En la manifestación que se dirige al monumento a los Caídos, un boy-scout enarbola una bandera argelina. Los policías corren hacia él. Un francés, el alcalde de la ciudad, le grita un inútil “no disparen”: el scout cae abatido, el francés también. La indignación se apodera de la manifestación, la policía abre fuego. Los disturbios se extienden por toda la región. La aviación dispara sobre los argelinos que huyen montaña arriba, un buque arroja sus obuses sobre la costa. Durante las seis semanas que dura la represión, mueren más de ocho mil indígenas.
  • * * * En las calles de la Gran Isla, resuena la palabra “Independencia”, y los tres diputados electos para la Asamblea Nacional en la que también está Houphouet la llevan al Palais Bourbon en forma de proposición de ley, en el marco de la Unión Francesa. La propuesta no es admitida a trámite y los tres diputados forman un nuevo partido, el Movimiento Democrático de la Renovación Malgache. El MDRM se convierte de inmediato en la bestia negra de los ministros defensores del colonialismo, con el socialista Moutet a la cabeza. Este, desde su puesto de Ministro de Ultramar, organiza la represión en la isla, pero el MDRM se hace con las tres actas de diputados en las elecciones legislativas de noviembre del 46, las mismas en que Houphouet, Kaboré y Coulibaly son elegidos por la AOF. En marzo de 1947, dos de los diputados, el viejo militante Ravoahangy y el poeta Rabemananjara, llegan a la isla para participar en la campaña electoral de los Consejeros de la República. El tercer diputado, Raseta, permanece en París. En la noche del 29 al 30 de marzo, estalla una insurrección. Los servicios secretos franceses están al tanto días antes, y la controlan en el sur y en el norte, pero la dejan crecer en la zona costera de las plantaciones coloniales. Tras repeler los franceses el ataque de los insurgentes a un cuartel, en Moramanga, éstos se dispersan por los campos y se unen a ellos los campesinos. Unos y otros, a pesar de no haber conseguido las armas que buscaban en su asalto al cuartel, logran hacerse con el control de algunos poblados. A partir del 30 de marzo, la represión se desata. La aviación ataca a los insurgentes desarmados. Desde los aviones que sobrevuelan los poblados, son empujados al vacío, para escarmiento de la población, prisioneros rebeldes. Las aldeas fieles a los insurgentes son saqueadas y quemadas. Las ejecuciones masivas, las detenciones, las torturas siguen durante semanas. En la estación de Moramanga, en el mes de mayo, ciento cincuenta sospechosos son encerrados durante días en un vagón, torturados y finalmente ejecutados. * * * Un general francés admitió en diciembre de 1948 que el número de muertos durante las semanas que duró la represión podía ascender a los noventa mil. Eso ocurría en el campo. En la ciudad, a las autoridades francesas tampoco les temblaba el pulso. Los dos diputados malgaches en la Asamblea Nacional presente en Tananarive en esos días declararon que el MDRM no tenía nada que ver con la insurrección y la condenaron en un comunicado público. Se negaron a ocultarse y siguieron mostrándose en público el viejo militante y el poeta. En un telegrama emitido el 27 de marzo, días antes de la insurrección, instaron a las distintas secciones de su partido a que no participaran en los actos que todos veían venir. Ese mismo telegrama fue blandido por el Gobierno francés como prueba de su implicación: “Se trata de un mensaje en clave”, argumentó el Ministro Moutet. “Significa exactamente lo contrario de lo que dice”. En París ya habían decidido que no debía dejarse pasar la ocasión de destruir al MDRM. El 31 de marzo, uno de los líderes más carismáticos del partido, Stanislas Rakotonirina, consejero provincial y secretario del sindicato de los empleados de banca, fue detenido y conducido hasta el juez Vergoz, que lo inculpó y lo envió a Baron, jefe de la Seguridad, con el encargo de hacerle confesar que la orden había venido del diputado poeta. Como el preso se obstinaba en negarlo, Baron lo azotó personalmente. Siguieron puñetazos y patadas, pero persistía la negativa del militante.
  • Había que ir, no obstante, a por los diputados. El escollo de la inmunidad parlamentaria fue salvado sin problemas por el Gobierno: la Asamblea Nacional de la IV República se la retiró nada más ser solicitada por sus jefes. El diputado que quedó en París fue enviado a Tananarive, y luego los tres fueron trasladados ante el juez Vergoz. De ahí llegaron a manos de Baron. Entonces pudieron conocer en propia carne la variada panoplia de torturas de la Francia republicana, comprobar lo que su compañero había degustado unos días antes. Después de asumir su participación en la insurrección, fueron reenviados ante el juez Vergoz, donde negaron lo que habían confesado bajo tortura. El viaje entre las mazmorras de Baron y el pulcro despacho de Vergoz se repitió varias veces, hasta que dos de ellos fueron condenados a muerte. Más tarde fueron generosamente indultados y deportados a Córcega. La isla de Madagascar había sido cerrada a cal y canto a los periodistas. Sólo algunos de ellos, incondicionales del Gobierno socialista, fueron autorizados a entrar para que sus crónicas sobre las atrocidades cometidas por los insurrectos malgaches llegaran a oídos de todos los franceses..
  • Sankara se imaginó en un estrado, vio ante sí el micrófono, y declamó: La Revolución debe empezar dentro de nosotros mismos. En todos, en cada uno de nosotros. Francia se fue, pero aún permanece aquí. El látigo de sus capataces todavía resuena en nuestras conciencias. La humillación de nuestro pueblo sigue guiando todos nuestros gestos. Pero ya es hora de levantar la cabeza, de sentirnos orgullosos de nosotros mismos, de mirarnos al espejo y decir: “Sí, soy africano, y me siento orgulloso de ello”. Ellos son los que tienen que avergonzarse, por haber subyugado a tantos pueblos del mundo con la única fuerza de sus armas. Ellos son los que deberían ocultarles a sus hijos lo que hicieron, para que no sientan que nacieron de la vergüenza. Este es el país de los hombre libres, de los hombres íntegros, y así nos llamaremos a partir de ahora. Hermanos, ha muerto el Alto Volta de los franceses, a partir de hoy estamos en el Burkina Faso de los mosi, los lobi, los diula, los fulani, los songhay.
  • Compaoré y Sankara. Eran como hermanos, nunca en la historia de Burkina Faso el pueblo había conocido amistad tan estrecha. Imagínate una moneda, ¿cómo podrías separar sus dos caras? Pero un día llegó una mujer a la vida de Compaoré, esa mujer de quien me hablas. ¿Y qué ocurrió? Que poco a poco las relaciones entre ellos se fueron deteriorando,
  • Quizá fuera ese hechizo simplemente la conjugación de una casualidad —la de encontrarse en el país en ese terrible momento— y años de pasión e ideas enterradas en una vida mediocre pero cómoda, un empleo seguro pero aburrido, un futuro gris y sin sobresaltos, y devueltas a la luz por el descubrimiento de un pueblo lleno de vida, superviviente, risueño en su desgracia, solidario en su miseria, y de un proyecto político utópico en su país pero real aquí, por el encuentro con el presidente de los pobres que lo hizo cómplice con sus promesas.
  • Recordó las palabras de Sankara, en una de las entrevistas que le había hecho días atrás: “¿Las independencias? El mejor invento de Francia, el genio de De Gaulle llevado a la práctica. ¿Para qué seguir manchándose las manos en África cuando podían poner en el poder a africanos que hicieran el trabajo en su lugar? Salvaguardan su dignidad de país democrático, porque todas las operaciones se hacen en las alcantarillas del poder, lejos de miradas indiscretas. Si hay que torturar, asesinar a quien descubra y denuncie, Francia no necesita manchar su imagen de país civilizado, eso corre de parte africana.”
  • Oumou Sangaré.
  • El gobernador se había unido a ella, años atrás, en matrimonio colonial, arropado por los artículos de la ley de Indigenado que legalizaba las uniones de los funcionarios franceses con mujeres africanas, independientemente de que estuvieran casados en la metrópoli. Así podían disfrutar de la necesaria compañía femenina en sus largos años de estancia en la colonia sin ofender la moral requerida a representantes del mundo católico y civilizado ni padecer engorrosas acusaciones de bigamia.
  • No tardó en comprender el antiguo sindicalista que la verdadera política se cocina tras la fachada de las ideologías.
  • —Oye, el discurso de La Baule fue en… —1990 —le contestaron. —Ya, claro —mintió—, me refiero al mes. —Ya decía yo. Junio, 20 de junio. Tras media hora entre periódicos antiguos, ya sentía la culpabilidad del buen profesional desinformado sobre un tema capital. “Después de la Conferencia de Brazzaville —leyó en un titular—, La Baule es el principal hito en las relaciones franco-africanas.” Acababa de caer el muro de Berlín, y los vientos de libertad venidos del Este recorrían el mundo. En Benin, una Conferencia Nacional Soberana destituía al dictador en el poder y declaraba la democracia en el país. Como antaño hiciera su predecesor De Gaulle, Mitterrand decidió adelantarse a los acontecimientos, no perder el tren que amenazaba dejar atrás a su país. Dejó claras en su discurso las nuevas reglas del juego: —Distinguiremos entre una ayuda tibia destinada a los regímenes autoritarios que se opongan a toda evolución democrática y una ayuda entusiasta reservada a quienes den el paso con valentía —leyó Emmanuel las palabras del presidente. Dicho con otras palabras —pensó el periodista—, los antiguos dictadores están invitados a ponerse al día, a hacerse demócratas de la noche a la mañana si quieren seguir contando con el dinero francés. O también: antes de que los vientos de la democracia os derriben, queridos amigos dictadores, convoquen elecciones libres, que ya nos encargaremos nosotros de que sigáis en vuestros puestos. Y así sucedió, como pudo comprobar el periodista en los periódicos de los años sucesivos: los reyezuelos se hicieron demócratas y siguieron gobernando, tras unas elecciones inmediatamente legitimadas por Francia.
  • la enjundiosa frase con que deleitó Pasqua a los franceses: “La democracia se detiene ahí donde empieza el interés del Estado”
  • Rezaba para que no me ordenaran matar a nadie, porque sabía que si llegaba la orden, la cumpliría.
  • Desde De Gaulle hasta Mitterrand, nada ha cambiado en la política francesa en África. Nada esencial. Todos los Señores África, gaullistas, neogaullistas o socialistas han coincidido en lo fundamental: seguir mandando en África, por las buenas o por las malas.
  • la política es entenderse. O te entiendes con los demás, o sobras.
  • En aquella época aún creía que se trataba únicamente de llegar al poder. Que la preparación y la buena voluntad de los hombres y mujeres que lo acompañarían en su aventura harían el resto. “En el ideal por un Alto Volta mejor no caben los empeños personales”, pensaba entonces. Una mueca agria se dibujó en su rostro al recordarlo. Una jaula de grillos. Una manada de parásitos. Un ejército de pequeñas miserias, de grandes ambiciosos. Esa era la izquierda con que se había encontrado tras el cuatro de agosto. Sólo un puñado de ellos era digno de ser llamado revolucionario. Llevaba cuatro años intentando poner orden en casa, soldar las fracturas, retener a los individualistas, contener la ola de personalismos. En vano. Todos se daban codazos para acceder a los puestos de responsabilidad, copar para su partido las mayores cotas de poder, hacer valer su curriculum revolucionario. Tajadas de una tarta eran para ellos los cargos políticos de la nueva administración.
  • Pero ya está bien de lamentaciones. Juntos, organicémonos, cerremos el paso a la explotación, a los templos del dinero. Ningún altar, ninguna creencia, ningún libro santo, ni el Corán ni la Biblia ni los demás han sido jamás capaces de reconciliar al rico con el pobre, al explotador con el explotado. Que lo que llamamos ayuda no se convierta en calvario, en suplicio para los pueblos.
  • Mitterrand escuchando sus palabras en París, en 1983, recién llegado a la Presidencia del Faso. Él escrutando sus facciones, buscando alguna reacción en ese maestro de la imperturbabilidad. Ante decenas de Jefes de Estado de todo el mundo, le había espetado: Le gusta a usted hablar del derecho de los pueblos. Le gusta a usted hablar, con una lucidez que apreciamos, de la deuda, del desarrollo de nuestros países, de las dificultades que encontramos en los foros internacionales. Le pedimos que siga haciéndolo, porque hoy somos víctimas de los errores de los demás. Se nos quiere hacer pagar por partida doble los actos de otros. Pero ya está bien de lamentaciones. Juntos, organicémonos, cerremos el paso a la explotación, a los templos del dinero. Ningún altar, ninguna creencia, ningún libro santo, ni el Corán ni la Biblia ni los demás han sido jamás capaces de reconciliar al rico con el pobre, al explotador con el explotado. Que lo que llamamos ayuda no se convierta en calvario, en suplicio para los pueblos.
  • Cada día hay que echarse a la calle para trabajar, desplazarse por las venas de la ciudad, repetir los saludos cotidianos, engullir el plato que nos ponen delante, soñar con las vacaciones del verano, cumplir con el anuncio publicitario, en una palabra, construir la felicidad. Nuestra capacidad para escandalizarnos es proporcionalmente inversa a nuestro instinto de supervivencia.
  • ¿Qué había sido la guerra del Biafra sino eso? —le explicó su colega— ¿Esa lucha por la independencia del pueblo igbo, en la región secesionista de Biafra, no era para las grandes potencias ante todo una batalla por el control de sus inmensas reservas petroleras? ¿Por qué Francia envió armas y mercenarios a los independentistas mientras ingleses y soviéticos apoyaban a Lagos? Londres no podía permitir que el petróleo de Biafra se les fuera de las manos a sus aliados nigerianos; Francia debía intentar sacar tajada del asunto, prestar apoyo a los independentistas a cambio de futuros acuerdos. Sus aviones de ayuda humanitaria —un avión de la Cruz Roja fue abatido— viajaban repletos de armas. Mientras tanto, en Biafra, bloqueada por el ejército nigeriano, los vientres de los niños se hinchaban como balones, los esqueletos recorrían los campos en busca de la nada, la conciencia occidental se estremecía ante el horror de la violencia interétnica, sin saber que la verdadera guerra la estaban librando Shell, BP y ELF. Más de un millón de personas murieron entre 1967 y 1970. La mayoría de hambre, porque Londres, Moscú y Lagos decidieron que cortar toda posibilidad de avituallamiento a la población era la mejor manera de acabar con las pretensiones secesionistas de los igbo.
  • le habló de Sassou N’Guesso, el íntimo del Elíseo desde Pompidou hasta Chirac, pasando por Giscard d’Estaing y Mitterrand. Militar izquierdista en los sesenta, formado en su país, en Argelia y en Francia, desembarcó muy joven en los círculos de poder congoleños y mostró una extraordinaria habilidad para escalar puestos sobre los cadáveres de quienes se situaban por delante de él. Con veinticinco años era ya uno de los oficiales que derrocaron al presidente Masemba en 1968. Fue uno de los fundadores del Partido Congoleño del Trabajo, el primer partido marxista leninista y prosoviético en acceder al poder en África, en enero del setenta. Ngouabi, el nuevo presidente, lo elevó a la Dirección de Seguridad Nacional primero y al Ministerio de Defensa después. Ngouabi fue asesinado en 1977 en una conspiración interna de la cúpula del partido que acercó un poco más a Sassou N’Guesso a su objetivo último. Sólo tardó dos años más en asestar el golpe definitivo, quitándose de encima a Opango, el sucesor de Ngouabi. Para entonces ya arrastraba tras de sí una larga experiencia en materia de represión, una extensa lista de torturados, encarcelados y asesinados. Francia bendijo la llegada del amigo N’guesso. Y con razón, porque nada más acceder al poder se deshizo del lastre marxista-leninista, aunque no de sus signos externos, ni de las amistades hechas en el camino, y entró en conversaciones con el FMI. Las puertas del petróleo congoleño se le abrieron a Francia de par en par. Si el hombre fue hábil para llegar al poder, más aún lo fue para mantenerse en él. Las lecciones aprendidas a su paso por la Dirección de Seguridad Nacional y el Ministerio de Defensa le fueron de gran utilidad. Mantuvo la calma en el país bañando en sangre cualquier tentativa de oposición, hasta que a mediados de los ochenta le crecieron un par de enanos salidos de su circo particular. Pero para algo están los amigos, y Mitterrand le envió unos cuantos aviones cargados de paracas, y asunto arreglado. Se acercaba la fecha en que Papá Mitterrand hizo saber a todos sus peones africanos que tocaba democracia. Pistoletazo de salida de la carrera hacia la reconversión de sangriento dictador en demócrata de toda la vida: discurso de La Baule, año 1990. N’Guesso llegó uno de los primeros, se mostró más que aplicado: transfirió la mayoría de sus poderes a un Consejo Superior de la República —ya habría tiempo para recuperarlos pasado el período de transición—, proclamó el fin de un marxismo-leninismo que de todos modos llevaba tiempo enterrado, devolvió al país el nombre de República del Congo, dejando caer el impopular adjetivo de “popular” que había insertado años antes su Partido Congoleño del Trabajo. Pero las cosas le salieron torcidas al nuevo demócrata y las elecciones le depararon amargas sorpresas. En las legislativas del 92 sólo obtuvo 19 diputados en un parlamento de 125, y en las presidenciales del mismo año sólo lo apoyó un 16% del electorado. Nuevo presidente: Pascal Lissouba, antiguo primer ministro suyo caído en desgracia años antes. La especialidad de N’Guesso no era el pucherazo, pero ya habría oportunidad de aprender. Como más sabe el asesino por oficio que por criminal, N’Guesso se retiró a su pueblo natal de Oyo, después de crear un ejército privado para su custodia: los Cobras. Los demás líderes políticos no iban a ser menos e hicieron lo propio: Lissouba fundó los Zulúes y Kolélas, el tercero en discordia, los Ninjas. —Los Cobras, los Zulúes, los Ninjas —interrumpió Emmanuel a su colega—, esto parece una película de Rambo. —Pues espera, porque la película no ha hecho más que empezar. Más vale pedir una copa para no perder el ánimo. Lo mejor viene ahora, cuando nuestro amigo N’guesso se frota las manos al ver que los Ninjas y los Zulúes se lían a tiros para colocar al frente del negocio a sus jefes respectivos, tras las elecciones anticipadas del 93. ¿Qué hace Sassou entonces? Coge a su mujer y a sus hijos y se retira a París a esperar su momento cerca de los pocos pero excelentes amigos que se ha hecho, contrato petrolero a contrato petrolero, en la República. Él mejor que nadie sabe que a ELF no le gusta que nadie se ponga a patalear sobre la tierra que guarda sus tesoros. —Pero Lissouba ganó las elecciones que Mitterrand quería para el país, para toda África —apuntó Emmanuel. —Efectivamente, y volvió a ganar en el 93, pero no era el candidato francés. Digamos que al Elíseo, en este caso, le salió el tiro por la culata. De hecho, con el paso del tiempo, terminarían impidiendo a Lissouba el acceso al presidente y al primer ministro franceses. Motivos había. Lissouba se encontró las arcas del Estado vacías, sin un franco con que pagar a los funcionarios. Le pidió un adelanto a ELF, y también a Mitterrand. Ni hablar, le contestaron. Fíjate en la respuesta de este: “Esas prácticas ya no tienen cabida en la Francia actual”. Le estaba hablando al presidente electo, y había acogido en París a N’Guesso, el perdedor de las elecciones. Como para dar lecciones de moral. Así que Lissouba se buscó la vida por otro lado, y en los Estados Unidos le dieron la bienvenida. ELF se quedó sin los derechos de explotación del yacimiento N’Kossa, porque Lissouba se los vendió a la norteamericana OXY por ciento cincuenta millones de dólares. Si querías saber por qué ELF montó una guerra civil en Congo, ya lo sabes. Primer acto: N’Guesso anuncia su candidatura a las presidenciales de 1997 y regresa al país. Segundo acto: la provocación está servida, sólo hay que esperar los enfrentamientos. Tercer acto: antes de que estos empiecen, ya le ha llegado a N’Guesso el armamento necesario para quitarse de encima al presidente legal. Cuarto y último acto: la guerra civil.
  • El 2 de octubre de 1990, el dictador Habyarimana llamó a su amigo Mitterrand junior desde Kigali. La represión que había desencadenado contra los opositores hutus desde hacía décadas, la hambruna, la expoliación de las riquezas del país por parte de la familia de su esposa Aghate acabaron por dar vida al Frente Patriótico Ruandés, que emprendió la lucha armada. Jugó la baza étnica para ahogar la rebelión. Mitterrand le prometió ayuda. Su hijo Jean Christophe y el del dictador ruandés, Jean Pierre, eran íntimos. Entre las dos familias, los lazos eran estrechos. El Elíseo envió más de un millar de paracaidistas armados hasta los dientes, instructores militares, agentes secretos. —El resultado ya lo conoces —dijo Marcel a su amigo—. El genocidio ruandés. Casi un millón de muertos en siete semanas. Una tasa de efectividad diaria cinco veces superior a la de Auschwitz. Sin contar con los millones de heridos, de mutilados físicos y psíquicos. ¿No sabía Francia lo que estaba ocurriendo? Nosotros mismos instruimos a las fuerzas armadas de Habyarimana desde el principio del conflicto. Fuimos testigos directos de la campaña del “Hutu power” que animaba a aplastar a las cucarachas tutsis. ¿Qué hicimos, Emmanuel? ¿Intentamos frenar lo que se venía encima? ¿Alertamos a la comunidad internacional? No. Estábamos del lado de los asesinos. Pero el ministro de la Cooperación, Charles Josselin, puso a salvo la conciencia de los franceses con su esplendorosa declaración a la prensa: “Los franceses no empuñamos los machetes”.
  • lo sucedido en Congo no era muy diferente, que podía terminar como lo de Ruanda. Francia se declaró oficialmente neutral —cómo apoyar a las claras a un dictador que intenta derrocar a un presidente elegido democráticamente—, e hizo creer que únicamente mandaba a quinientos soldados para facilitar la evacuación de los franceses residentes en el país. —Los Cobras de Sassou, apoyados por el gran amigo del Elíseo Omar Bongo, presidente de Gabón y yerno de N’Guesso, por el ejército angoleño, por restos del ejército de Mobutu y bandas de soldados ruandeses coautores del genocidio masacraron a decenas de miles de civiles del sur del país, de la etnia lari. ELF estaba entre los patrocinadores. Los testimonios que llegan de Brazzaville son estremecedores. Cuando entraron los Cobras, flanqueados por cierto por hombres armados blancos, arrasaron los barrios habitados por las etnias opositoras. Sólo en los barrios de Bacongo y Makelekele murieron miles de personas. Ancianos, niños, mujeres, daba igual. Jóvenes violadas, casas incendiadas, hombres mutilados. Delante de la Embajada de Francia pasaban camiones repletos de cadáveres que descargaban en el río Congo. ¿Has oído hablar a tu presidente de limpieza étnica? No. ¿Sabes lo que acaba de declarar? Escucha bien: “Me he alegrado de la intervención de Angola en Congo-Brazzaville. Ese país se estaba autodestruyendo. Si había alguien que podía salvarlo, era Denis Sassou N’guesso. Él se ha comprometido a restaurar la democracia en un periodo máximo de dos años.”
  • Una especie de náusea se iba apoderando de Emmanuel. Náusea de pertenecer al género humano, náusea de habitar la parte del mundo que vive con los ojos cerrados, los oídos tapados, la boca cosida. En esa parte del planeta en que la mentira encuentra espléndido acomodo, donde a los dueños del mundo sólo se les pide que no cuenten la verdad sobre su manera de manejar el planeta, donde las peores atrocidades se estrellan contra el muro indestructible de la impasibilidad, la cómoda muralla de la incredulidad.
  • “A ver quién manda aquí”, dijeron unos y otros. Los esclavos aceptaron de buen grado el poder que les dieron los yanquis al devolverlos a casita, en un gesto humanitario sin precedentes. En 1926, al país se le conocía como República Firestone, por tener ahí esa empresa el mayor campo de caucho del mundo. Desde su nacimiento, Liberia fue gobernada dictatorialmente bajo la supervisión de los Estados Unidos. La rebelión de los nativos llevó al fin a Samuel Doe al poder, a quien no le tembló el pulso para reprimir las sucesivas revueltas. A partir de entonces el caos se adueñó del país. Un alto funcionario de Doe, Charles Taylor, huyó a Estados Unidos con un buen botín sustraído a las arcas del Estado. Ahí le alcanzó una denuncia lanzada por el gobierno de su país y fue a parar a la cárcel de Boston. Parte del botín sirvió para pagar a los carceleros que lo dejaron huir. —A no ser que, como dicen algunos —puntualizó Marcel—, fuera el gobierno norteamericano quien lo dejara escapar, en busca de un aliado en ese país tan suyo, tan lleno de oro y diamantes. De ser así, le salió el tiro por la culata, porque la vuelta de Taylor a Liberia sumió al país en la guerra de los niños, como la llama tu amigo Albert, y ya no hubo más gobierno que el de los señores de la guerra. Adivina quién manda las armas al recién huido de la cárcel de Boston. —No jodas —adivina Emmanuel la respuesta. —Sí señor, te estás haciendo un auténtico especialista. Efectivamente, Francia. ¿Gratis? Qué va, en ese mundo gratis no te dan más que un tiro. A cambio de madera, sí señor, de madera y algo más. Lo de la madera está demostrado, el algo más está por demostrar, pero me huele que tiene que ver con lo que tenemos entre manos. Por cierto, la empresa francesa Sollac compraba minerales a Taylor, no al Estado liberiano, sino a Taylor, un señor de la guerra que utilizaba una parte del dinero obtenido para aterrorizar al país con su ejército de niños drogados y la otra para acrecentar su inmensa fortuna.
  • —O sea que en algún lugar de la cloaca se terminan confundiendo el Estado, el gobierno, la empresa privada y la extrema derecha —dedujo Emmanuel.
  • Pobre África —meditaba mientras cortaba la lasaña—. En qué manos está. Manos negras, blancas, rojas. Nos hablan de una nueva guerra y nos decimos que ya están otra vez estos salvajes peleando. Oímos hablar de un golpe de Estado y movemos la cabeza de lado a lado pensando que son incorregibles. Nos invaden las imágenes del hambre y los acusamos de ser incapaces de gestionar lo poco que tienen. Y si algún día alguien nos cuenta la verdad, le damos la espalda para no seguir escuchándolo. Porque no queremos que nos saquen de nuestro error.
  • Porque son los mismos. Integrantes todos de una gran familia, unidas por un ideal común: el dinero. Residentes en una misma casa: las cloacas del planeta. Hombres y mujeres que caminan sobre la superficie de la tierra con la cabeza erguida, concitando admiración y respeto, recibiendo condecoraciones y nombramientos de Doctor honoris causa.

 

– Subrayado en la página 127 | Pos. 1944-48  | Añadido el lunes 29 de mayo de 2017 21H56′ GMT+01:59

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