William Shakespeare. El rey Lear

  • Sírvale a ella de esposo el orgullo que nos vende como ingenuidad.
  • Mira, tío, toma un maestro que enseñe a tu bufón a mentir; me gustaría aprender a mentir. LEAR.—Si mientes, haragán, te daré de palos. EL BUFÓN.—Veo que sois de la misma sangre tú y tus hijas. Ellas quieren que se me castigue por haber dicho la verdad, y tú por haber mentido; y aun a veces me castigan por no haber dicho nada. Antes quisiera ser cualquier cosa que bufón y sin embargo no quisiera ser tú, buen tío.

  • —¿Está de acuerdo tu corazón con tus palabras? CORDELIA.—Sí, padre mío. LEAR.—¡Cómo! ¡tan joven y tan poco tierna! CORDELIA.—Tan joven y tan franca, señor. LEAR.—¡Está bien! Quédate con la verdad por dote; pues, por los sagrados rayos del sol, por los sombríos misterios de Hécate y de la noche, por todas las influencias de esos globos celestes que nos dan vida o nos matan, abjuro desde ahora todos mis sentimientos naturales, rompo todos los lazos de la naturaleza y de la sangre y te destierro para siempre de mi corazón.
  • —Podéis tomarla con las desgracias inherentes a ella, desheredada de mi cariño, y adoptada recientemente por mi odio, dotada con mi maldición y proscripta de mi familia por juramento inviolable.
  • Os conozco perfectamente y sé lo que sois; mas yo, vuestra hermana, siento invencible repugnancia en designar vuestros defectos con sus verdaderos nombres.
  • ¡Plebeyo, ya que en el acto vigoroso y clandestino de la naturaleza recibí una sustancia más abundante y elementos más fuertes de los que suministra una pareja extenuada que, en tálamo insípido y languidescente, se ocupa sin placer en la creación de una raza de abortos engendrados entre el sueño y la vigilia!
  • —¡Qué ridiculez la del hombre! Pretender (cuando nuestra fortuna sufre y mengua por nuestra imprudencia, por el desarreglo de nuestra conducta), acusar de nuestros males al sol, a la luna y a las estrellas, como si fuésemos viciosos y malvados por una impulsión celeste: bribones, traidores y pícaros, por la acción invencible de las esferas: borrachos, embusteros y adúlteros por una obediencia forzosa a las influencias planetarias, y todo el mal que cometemos no sucediese sino porque a él nos impele a pesar nuestro, el cielo cómplice.
  • Trazado está mi plan si mi nacimiento no me ha dado una herencia, conquistémosla por la astucia. El fin justifica los medios.
  • EL BUFÓN.—(Al conde de Kent.) Oye, amigo, una sentencia. Lear.—Oigamos EL BUFÓN.—Allá va: Ten más de lo que representes; habla menos de que sepas; presta menos de lo que tengas; anda más a caballos que a pie; abandona tu vaso y tu manceba; permanece tranquilo en tu casa y de esta suerte ganarás más de veinte por veinte. EL CONDE DE KENT.—Toda esa palabrería nada significa, bufón. EL BUFÓN.—En tal caso es el informe de un abogado sin salario; nada me has dado por él.
  • —¿Hay aquí alguien que me reconozca? ¿Es éste Lear? ¿es Lear el que anda? ¿es Lear quien habla? ¿están abiertos sus ojos? Por fuerza su inteligencia está debilitada y su razón sumida en letargo… ¿Yo, despierto?… No puede ser… ¿Quién podrá decirme lo que soy?… La sombra de Lear.
  • una falta de prudencia prepara a menudo muchas más perplejidades que elogios atrae la funesta lenidad.
  • EL CONDE DE KENT.—Como a un bribón, cobarde, necio, de baja estirpe, hijo del oprobio, vil solicitante, vago, miserable esclavo que hace de perro para suplantar al hijo de la casa. En tu persona se reúnen un pícaro, un miserable, un cobarde a quien daré de palos si niegas uno solo de los epítetos que acabo de darte.
  • EL DUQUE DE CORNOUAILLES.—Cállate, animal feroz. Olvidas el respeto que debes… EL CONDE DE KENT.—Es verdad, señor; mas la cólera tiene sus privilegios.
  • ¡Aprovechad este momento, ojos míos que el sueño cierra, para no ver este lugar de oprobio e ignominia! Buenas noches, Fortuna. Sonríeme otra vez, y que gire tu rueda. (Se duerme.)
  • Ser eso, todavía es algo; mientras que siendo Edgardo, nada soy.
  • En nuestros achaques, olvidamos todos los deberes inherentes a la salud. Dejamos de ser lo que somos, cuando la naturaleza, oprimida por el dolor, ordena al alma que sufra con el cuerpo. Quiero tranquilizarme; me dejé llevar de la violencia de mis sentimientos, achacando a terquedad de su parte una indisposición, un momento de malestar.
  • —Ignoro por qué capricho extraño puede el hombre robarse a sí propio el tesoro de la vida, cuando la vida, por sí misma, a cada instante corre a entregarse a la muerte.
  • —¡Ah, Goneril! ¡Con una barba blanca! ¡adulábanme como a un perrillo faldero; decíanme que tenía en la barba pelos blancos, aun antes de tenerlos negros! ¡Contestaban sí y no a cuanto les decía! Cuando la lluvia se infiltró en mis huesos, y el viento me estremecía y el trueno desoía mis órdenes, entonces las conocí y comprendí lo que eran. ¡Bah! ¡bah! no tienen palabra. Decíanme que yo era todopoderoso; mentira; ni aun puedo resistir a la fiebre.
  • Contemplad a esa dama, de ingenua sonrisa; al ver su rostro a través de la mano que lo oculta, diríais que es de hielo; ¡no tal! ; el solo nombre de voluptuosidad desvanece su virtud y la hace agitar su cabeza. No corren con más pasión y ardimiento al placer el gato y el potro encerrado en la cuadra. Son centauros, aun cuando la parte superior sea mujer; la cintura es para los dioses; el resto, de los demonios.
  • Los pequeños vicios traslucen a través de los andrajos de la miseria; mas las finísimas pieles y los trajes de seda lo ocultan todo.
  • Dale al vicio un broquel de oro y la espada de la justicia se quebrará contra él, sin mellarlo pero cubre su broquel con andrajos y un pigmeo lo atravesará con una simple paja.
  • EL CONDE DE GLOCESTER.—¿Quién sois vos? EDGARDO.—Un infeliz abatido por la fortuna a costa de dolores y cuyo corazón, aquilatado por los males pasados y presentes, respira piedad por los ajenos. Dadme la mano y os conducirá a un asilo.
  • ¡Oh, inconcebible inconstancia de la mujer, que más veloz que el relámpago, pasa de un extremo a otro!
  • —¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¿Son de mármol vuestros corazones y de hierro vuestros ojos? ¡Si yo tuviese vuestras voces, rompería con mis gritos la bóveda celeste!
  • EL CONDE DE KENT.—¡Estalla, corazón mío, estalla, yo te lo mando!
  • EL CONDE DE KENT.—¡Ah, no perturbéis su sombra! ¡dejadle morir en paz! Quererlo retener más tiempo en la rueda cruel de la vida, es odiarle.

 

– Subrayado en la página 6 | Pos. 85-91  | Añadido el domingo 29 de mayo de 2016 23H36′ GMT+02:00

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