Ursula K. Le Guin. La mano izquierda de la oscuridad

  • —Pocos extranjeros son tan extranjeros como yo,
  • he de presentarme muy pronto en la Casa del Rey, y los parientes pobres tienen que ser puntuales, como dice el adagio, ¿eh?
  • Todo lo que yo había dicho, esta noche y desde el instante en que había llegado a Invierno, me pareció de pronto increíble y estúpido. ¿Cómo podía esperar yo que este hombre, o cualquiera, creyese mis historias de otros mundos, de otras razas, de un vago y benevolente gobierno instalado en el espacio exterior? Todo era un disparate. Yo había aparecido en Karhide en una nave rara, y en algunos aspectos era distinto de los guedenianos. Esto necesitaba de una explicación. Pero mis explicaciones habían sido arrogantes y absurdas. En este momento ni yo mismo las creía.

  • —Señor Ai. Usted no está loco, yo no estoy loco. Pero ninguno de los dos es un rey, se da usted cuenta… Supongo que iba a decirle a Argaven, de un modo claro y racional, que la misión de usted es la de intentar una alianza entre Gueden y el Ecumen. Y, de un modo claro y racional, ya está enterado, porque como usted sabe yo mismo se lo he dicho. Le presenté el caso de usted, traté de interesarlo. Todo se hizo mal, en un mal momento. Olvidé, estando tan interesado yo mismo, que Argaven es un rey, y no ve las cosas de modo racional sino como un rey. Todo lo que le dije significa para Argaven que su poder está amenazado, que el reino es una mota de polvo en el espacio, y una fruslería para hombres que gobiernan un centenar de mundos. —Pero el Ecumen no gobierna, coordina. No tiene otro poder que el de los mundos y estados miembros. Aliado al Ecumen, Karhide estará menos amenazado que nunca, y será mucho más importante.
  • ¿Sabe usted por propia experiencia, lo que es el patriotismo? —No —dije sacudido por la fuerza de esa intensa personalidad que ahora se volcaba enteramente sobre mi—. No me parece. Si por patriotismo no entiende usted el amor al sitio natal, pues eso sí lo conozco. —No, no hablo del amor, cuando me refiero al patriotismo. Hablo del miedo. El miedo del otro. Y las expresiones de ese miedo son políticas, no poéticas: odio, rivalidad, agresión. Crece en nosotros, ese miedo, crece en nosotros año a año.
  • Un hombre no ha de tener otra sombra que la propia…
  • —¿Cómo llama usted a este mundo? —Gueden. —¿Nunca lo llamaron con un nombre de ustedes? —Sí, los primeros exploradores. Lo llamaron Invierno.
  • Cuando comprendió la verdad, regresó a las tierras de Shad, y se detuvo como un exiliado en el umbral del hogar exterior. Así les habló a los compañeros que estaban allí: —No tengo cara entre los hombres. No me ven. Hablo y no me oyen. Llego y no me saludan. No hay para mi sitio junto al fuego, ni comida en la mesa, ni cama donde pueda descansar. Sin embargo, conservo mi nombre: me llamo Guederen. Dejo este nombre como una maldición sobre el hogar, y también mi vergüenza. Quedan a vuestro cuidado. Ahora, sin nombre, me iré y encontraré mi muerte.
  • Hay sólo un primer móvil. Las noticias de los ecúmenos en cualquiera de los mundos se tienen siempre al principio de labios de un único testigo, un hombre presente allí en carne y hueso, presente y solo. Pueden matarlo, como le ocurrió a Pellelge en Tauro Cuatro, o pueden encerrarlo junto con los locos, como al primer móvil en Gao y luego al segundo y al tercero; no obstante, la costumbre se mantiene, pues es práctica. Una voz que dice la verdad es más poderosa que las flotas y los ejércitos, si se le da tiempo, mucho tiempo; y tiempo es lo que les sobra a los ecúmenos…
  • No sé quién diablos es usted, señor Ai, una rareza sexual o un monstruo de artificio o un visitante de los dominios del Vacío,
  • —Nunca lo he ocultado, señor. El Ecumen desea una alianza con las naciones de Gueden. —¿Para qué fines? —Beneficio material. Mayores conocimientos. La expansión, en complejidad, e intensidad, del campo de la vida inteligente. El acrecentamiento de la armonía y la mayor gloria de Dios. Curiosidad. Aventura. Deleite. Yo no le hablaba en el lenguaje de quienes gobiernan a los hombres: los reyes, conquistadores, dictadores, generales; en ese lenguaje la pregunta de Argaven no tenía respuesta.
  • —¿Qué es esto? —Una criatura de Cime, una hembra. —Tuve que usar la palabra que los guedenianos reservan para quienes alcanzan la fase culminante del kémmer, siendo la alternativa el nombre del animal hembra. —¿Permanentemente? —Sí.
  • ¿Pero por qué he de creerle, o escuchar? Si hay allá entre las estrellas ochenta mil mundos poblados por monstruos, ¿qué nos importa? No queremos nada de ellos. Hemos elegido nuestro propio camino, y venimos siguiéndolo desde hace tiempo.
  • seres humanos que eran, cinco sextas partes del tiempo, hermafroditas neutros.
  • en Gueden nada llevaba a la guerra. Disputas, asesinatos, enemistades, todo esto cabía en el repertorio humano de Gueden, pero no llevaba a la guerra. Estas gentes parecían carecer de la capacidad de movilizar.
  • Lo que yo conocía de Orgoreyn indicaba que en los últimos cinco o seis siglos se había convertido en una nación cada vez más capaz de ser movilizada, una verdadera nación-estado.
  • Los terrestres piensan que han de ir adelante, que es necesario progresar. La gente de Invierno, que vive siempre en el año uno, siente que el progreso es menos importante que la presencia.
  • —No estoy seguro. Soy sumamente ignorante. El joven rió y me hizo una reverencia. —¡Muy honrado! —dijo—. He vivido aquí tres años y todavía no he adquirido una ignorancia que valga la pena mencionar.
  • hemos de ensuciar la nieve con marcas de pisadas, para ir a alguna parte.
  • Estaban practicando la disciplina handdara de la presencia, que es una suerte de trance —los handdaratas, inclinados a las negaciones, lo llaman un atrance— que implica la pérdida del yo (¿inflación del yo?) mediante una conciencia y receptividad de extrema sensualidad.
  • trae una pregunta para nosotros? Aquellos ojos claros obligaban a la verdad. —No sé —dije. —Nusud —dijo Faxe—, no es nada. Si se queda aquí un tiempo quizá descubra que tiene una pregunta, o que no hay pregunta.
  • ya que no tomaban compañero o compañera durante los períodos de potencia sexual. Uno de estos celibatarios debía estar en kémmer durante la profecía. Pude distinguirlo, pues yo ya conocía la sutil intensificación física, esa especie de resplandor que señala la primera fase del kémmer.
  • En Karhide las cuestiones sexuales se discuten libremente, y se habla del kémmer con respeto, pero también con gusto, y sin embargo son reticentes cuando se trata de una perversión; al menos, eran reticentes conmigo. La prolongación excesiva del período de kémmer, acompañada por un desequilibrio hormonal permanente hacia lo masculino o lo femenino, provoca lo que ellos llaman perversión; no es extremadamente rara: tres o cuatro por ciento de los adultos pueden ser perversos o anormales psicológicos; normales, de acuerdo con nuestros hábitos. No se los excluye de la sociedad, pero son tolerados con cierto desdén, como los homosexuales en muchas sociedades bisexuales. El término popular para ellos en karhidi es muertos-vivos. Son todos estériles.
  • Tenemos naves nafal y transmisión instantánea y comunicación de las mentes, pero aún no aprendimos a domesticar los presentimientos; para eso hemos de ir a Gueden.
  • —Sí, ya veo… Bueno, gracias, Genry. Pero mi tarea es desaprender, no aprender, y no quisiera aprender un arte que cambiará el mundo. —Las profecías de usted cambiarán el mundo, y antes de cinco años. —Y yo cambiaré junto con el mundo, Genry. Pero no deseo cambiarlo.
  • —¿No entiende aún, Genry, por qué perfeccionamos y practicamos la profecía? —No. —Para mostrar que no sirve de nada tener una respuesta cuando la pregunta está equivocada.
  • todo se ordena con el fin de acomodarse al ciclo sómer-kémmer. Todas las gentes tienen un día libre una vez al mes; nadie, cualquiera sea el puesto que ocupe, está obligado a trabajar cuando se encuentra en kémmer.
  • Esto podemos entenderlo con facilidad. Lo que no parece nada fácil de entender es que en tres cuartas partes del tiempo no hay en esa gente ningún signo de demostración sexual. Se da mucho espacio al sexo, realmente, pero un espacio de algún modo separado, aparte.
  • Todas nuestras formas de interacción socio-sexual son aquí desconocidas. No les es posible a los guedenianos entrar en el juego. No se ven a sí mismos como hombres o mujeres. Sí, ni siquiera alcanzamos a imaginarlo, y ya lo rechazamos como imposible. ¿Qué es lo primero que preguntamos cuando nace un niño? Sin embargo los guedenianos no son neutros. Son potenciales, o integrales. No habiendo en mi idioma el equivalente del «pronombre humano» karhidi, y que se refiere en todos los casos a las personas en sómer, diré «él» por las razones que nos llevan a emplear el pronombre masculino refiriéndonos a un dios trascendente: es menos definido, menos específico que el neutro o el femenino. Pero esta recurrencia del pronombre masculino en mis pensamientos me hace olvidar continuamente que el karhíder con quien estoy no es un hombre, sino un hombre-mujer.
  • Buscando cuáles pudieran ser los propósitos de un experimento semejante, si ha sido un experimento, y tratando quizá de no acusar a nuestros antecesores hainis del pecado de barbarismo, tratar vidas como cosas, he de aventurar aquí algunas hipótesis. El ciclo sómer-kémmer nos parece degradante, una vuelta del ciclo estro de los mamíferos inferiores, una sumisión de los seres humanos al imperativo mecánico del celo. Es posible que los experimentadores trataran de averiguar si los seres humanos despojados de una potencialidad sexual continua siguen siendo inteligentes y capaces de crear cultura.
  • ¿qué queda en sómer? ¿Qué se sublima entonces? ¿A dónde puede llegar una sociedad de eunucos? Aunque por supuesto, no son eunucos, y sería mejor llamarlos en-sómer-prepúberes: no castrados, latentes. Otra hipótesis sobre el objeto del posible experimento: la eliminación de la guerra. ¿Creían los antiguos hainis que la capacidad sexual continua y la opresión social organizada, atributos que no se encuentran en otros mamíferos que el hombre, son causa y efecto?
  • quizá el factor dominante de la vida guedeniana no sea el sexo o cualquier otra actividad humana, sino el ambiente, ese mundo helado. Aquí el hombre ha tropezado con un enemigo más cruel que él mismo.
  • Un hombre puede confiar en su propia suerte, pero no una sociedad, y
  • Hablaba mucho también de la verdad, que estaba allí, decía, «bajo el barniz de la civilización». Es una metáfora especiosa, ubicua, durable, esta del barniz o la pintura, o la película, o lo que sea, que oculta la realidad más noble de abajo. La imagen oculta a la vez una serie de falacias; una de las más peligrosas es la idea de que la civilización, siendo artificial, se opone a la naturaleza, la vida primitiva… Por supuesto, no hay tal barniz sino un proceso de crecimiento, y la vida primitiva y la civilización son distintos grados de lo mismo. Si la civilización tiene un opuesto, este es la guerra.
  • —Bueno, de algún modo. Sin embargo, mi misión está por encima de deudas y lealtades personales. —Entonces —dijo el extraño en un tono de áspera seguridad— es una misión inmoral.
  • Luego de abrirse la puerta, alguien había estado llamándome a intervalos. —Por aquí, por favor, señor Ai —dijo una persona vestida de rojo, y que parecía tener prisa, y yo dejé de ser un refugiado. Me separaron de aquellas criaturas anónimas con quienes yo había huido por un camino oscuro y cuya falta de identidad había compartido en un sitio oscuro, toda la noche. Me dieron un nombre, fui conocido y reconocido. Me sentí de veras aliviado. Seguí de buen ánimo a mi guía.
  • Los orgotas no parecían gente antipática, pero eran abúlicos, incoloros, tranquilos, sumisos. Me gustaron. Yo acababa de tener dos años colmados de color, cóleras y pasiones en Karhide. Un cambio era aconsejable.
  • El sistema de extensos clanes de familia, de hogares y dominios, todavía vagamente discernible en la estructura comensal, había sido «nacionalizado» cientos de años atrás en Orgoreyn. Ningún niño de más de un año vive con padres o parientes: todos se crían en los hogares de la comensalía. No hay bienes por nacimiento. Las donaciones privadas son ilegales: un hombre al morir deja su fortuna al Estado. Todos comienzan igual. Pero obviamente no continúan como iguales.
  • ¡Cómodo! Nadie en Karhide me había preguntado alguna vez, en ninguna circunstancia, si yo me sentía cómodo.
  • Era un político jovial, astuto y duro cuyos actos de bondad servían a lo que más le interesaba: él mismo. El tipo de Shusgis es panhumano. Lo he encontrado en la Tierra, y en Hain, y en Ollul. Espero encontrarlo también en el infierno.
  • —¿Entonces no teme usted lo que traigo a Gueden? —¡No, no nosotros, señor! —Yo sí, a veces. Shusgis decidió que la mejor respuesta era una carcajada jovial. No juzgo mis palabras. No soy un vendedor. No estoy vendiendo progreso a los aborígenes. Hemos de encontrarnos como iguales, con una comprensión y un candor compartidos, antes que mi misión pueda siquiera empezar.
  • y algunos de ellos son los que usted deseaba ver aquí, la gente que produce resultados.
  • —Lo inesperado es lo que hace posible la vida —dijo Estraven. —Me
  • Pero el Ecumen no es un mero gobierno. Es un intento de recuperación de lo místico y lo político, y como tal, por supuesto, tiene mucho de fracaso, aunque este fracaso ha ayudado más a la humanidad que los éxitos de los predecesores.
  • Él es infinitamente extraño, y yo un tonto, permitiendo que mi sombra caiga sobre la luz que nos trae.
  • en Orgoreyn, a pesar del vasto aparato visible de gobierno, nada se hace de modo visible, nada se dice en voz alta. La maquinaria oculta las maquinaciones.
  • Aprender qué preguntas no pueden contestarse, y no contestarlas: esta capacidad es de veras necesaria en tiempos de tensión y oscuridad.
  • Aquí el gobierno no sólo vigila los actos sino también el pensamiento.
  • ¿Por qué no descanso al fin mi corazón en algo posible?
  • Era ya la segunda vez en que me encerraban en la oscuridad con gente de Orgoreyn desesperanzada y sumisa. Entendía ahora la señal que se me había presentado en aquella primera noche. Había ignorado el sótano oscuro y había ido a buscar la sustancia de Orgoreyn en la superficie, a la luz del día. No era raro que nada me hubiese parecido real.
  • Sé que la gente puede actuar de modos muy distintos en las mismas circunstancias. Estas criaturas eran orgotas, gente entrenada desde el nacimiento en una disciplina de cooperación, obediencia, sumisión a los intereses del grupo. No tenían en verdad cualidades sobresalientes de independencia y decisión. No eran coléricos. Formaban un todo, yo entre ellos; así lo sentían, y esa unidad de grupo donde cada uno tomaba vida de los otros era un refugio y un verdadero apoyo en la noche. Pero no había allí quien hablara por todos; era una entidad acéfala, pasiva. Quizá unos hombres de temple más combativo se las hubiesen arreglado mejor: hablando más, repartiendo el agua más equitativamente, ayudando a los enfermos, y manteniendo el ánimo. No sé. Sólo sé lo que ocurrió dentro del camión.
  • Éste era el primer caso que yo veía de una situación social que contrariaba el impulso sexual. Pero como se trataba de una supresión, y no de una represión, no producía frustraciones, pero si algo que a la larga era quizá más ominoso: pasividad.
  • —Señor, ¿no ve usted qué inútil es conocer la respuesta a una pregunta inadecuada?
  • ¿Si odio a Orgoreyn? No, ¿por qué he de odiarlo? ¿Cómo odia uno a un país, o lo ama? Tibe habla de eso; yo no soy capaz. Conozco gente, conozco ciudades, granjas, montañas y ríos y piedras, conozco cómo se pone el sol en otoño del lado de un cierto campo arado en las colinas; pero ¿qué sentido tiene encerrar todo en una frontera, darle un nombre y dejar de amarlo donde el nombre cambia? ¿Qué es el amor al propio país? ¿El odio a lo que no es el propio país? Nada bueno. ¿Sólo amor propio? Bien, pero no es posible hacer de eso una virtud, o una profesión… Mientras tenga amor a la vida amaré también las colinas del dominio de Estre, pero este amor no tiene fronteras de odio. Y más allá, soy ignorante, espero. Ignorante, en el sentido handdara: ignorar la abstracción, atenerse a las cosas.
  • No respondí. ¿Hay algo más arrogante que la sinceridad?
  • Un amigo. ¿Qué es un amigo en un mundo donde cualquier amigo puede ser un amante en la próxima fase de la luna? No yo, prisionero de mi virilidad; no un amigo de Derem Har, o cualquier otro de esa raza. Ni hombre ni mujer, y los dos a la vez, cíclicos, lunares, metamorfoseándose al contacto del otro variable de la estirpe humana, no eran de mi carne, no eran amigos: no había amor entre nosotros.
  • —Me alegra haber vivido para ver esto —dijo. Yo me sentía como él. Es bueno que el viaje tenga un fin, pero al fin es el viaje lo que importa.
  • Son los saltos en el tiempo. Veinte años de la Tierra a Hain Davenant, de allí cincuenta a Ellul, de Ellul a aquí diecisiete. Dejé la tierra hace sólo siete años, pero nací allí hace ciento veinte años.
  • Hay algo frágil en Ai. Es una criatura desprotegida, expuesta, vulnerable, aun en el órgano sexual que tiene que llevar siempre fuera de sí mismo; pero es fuerte, increíblemente fuerte. No estoy seguro de que pueda tirar del trineo más tiempo que yo, pero lo hace con más fuerza y más rápido que yo; el doble de mi fuerza. Es capaz de levantar el trineo por atrás o adelante para remontar un obstáculo; yo no podría sostener un peso semejante sino en doza. Como complemento de esta fragilidad y esta fuerza, Ai cae fácilmente en la desesperación y acepta en seguida cualquier desafío: un animoso e impaciente coraje.
  • ¿Por qué molestarse en buscar el curso seguro en un viaje semejante? Hay cursos insensatos, que no tomaré, pero no hay ninguno seguro.
  • No hay sino Hielo, dice el Hielo.
  • No hay sino Hielo, dice el Hielo. Aunque el joven volcán del norte parece decir algo diferente.
  • aquí en el Hielo cada uno de nosotros es una criatura singular, aislada; yo a medida que me alejo de mis semejantes, mi sociedad y mis normas, y Ai lo mismo. No hay aquí un mundo poblado de guedenianos que explican y confirman mi existencia. Somos iguales al fin; iguales, extraños, solitarios.
  • La felicidad depende de algún modo de la razón, y sólo se gana con el auxilio de la razón. Lo que se me dio entonces fue eso que no se gana y no se conserva, y a veces ni siquiera se reconoce en el momento: alegría.
  • Pues me parecía, y creo que a él también, que de esa tensión sexual que había entre nosotros, admitida y entendida ahora, aunque no por eso aliviada, de esa tensión nacía la notable y repentina seguridad de que éramos amigos; una amistad que los dos necesitábamos tanto en nuestro exilio, y ya tan probada en los días y noches de aquel duro viaje, y que también, tanto ahora como después, podía llamarse amor. Pero ese amor venia de la diferencia entre nosotros, no de las afinidades y semejanzas, y esto era un puente en verdad, el único puente tendido sobre lo que tanto nos separaba. Para nosotros el contacto sexual hubiese sido encontrarnos de nuevo como extraños. Nos habíamos tocado del único modo posible. No fuimos más allá. No sé si teníamos razón.
  • —¿Por qué? —dijo al fin—, ¿por qué viniste solo, por qué te enviaron solo? Todo, aún, depende del descenso de esa nave. ¿Por qué lo hicieron tan difícil para ti, y para nosotros? —Es la costumbre del Ecumen, y hay razones. Aunque ahora empiezo a preguntarme si he entendido bien esas razones. Pensé que yo venía solo para ayudaros a vosotros; solo, tan obviamente solo, tan vulnerable que no podía ser una amenaza, romper ningún equilibrio. No una invasión sino un muchacho mensajero. Pero hay algo más. Solo no puedo cambiar tu mundo. Pero tu mundo en cambio puede cambiarme a mí. Solo, tengo que escuchar, tanto como hablar. Solo, la relación que yo tenga al fin con la gente de aquí, si la tengo, no será únicamente política: también individual, personal, algo más o menos que una relación política. No nosotros y ellos, no yo y eso, sino yo y tú. Una relación no tanto política o pragmática como mística. En un cierto sentido el Ecumen no es un cuerpo político sino un cuerpo místico.
  • —¿Cómo podría ocurrírsele a un hombre cuerdo la posibilidad de volar? —dijo Estraven, serio. Era una respuesta justa en un mundo donde no hay nada alado,
  • —Yo no hubiera elegido nunca el silencio, pero aquí es mejor que una mentira.

 

– Subrayado en la página 8 | Pos. 122  | Añadido el sábado 11 de junio de 2016 00H48′ GMT+02:00

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