Rosa Montero. La Ridícula Idea De No Volver A Verte

Duelo y dolor por la pérdida

Marie Curie y su asomborosa biografía

Marie Curie y su diario

  • fronteras biológicas:
  • Me siento como ese pastor del viejo chiste que está tallando distraídamente un trozo de madera con su navaja, y que cuando un paseante le pregunta, «¿Qué figura está haciendo?», contesta: «Pues, si sale con barbas, san Antón; y, si no, la Purísima Concepción.»
  • «Le sucedió a Lise Meitner, que ayudó a descubrir la fisión nuclear; a Rosalind Franklin, que contribuyó a descubrir la estructura del ADN; y a Jocelyn Bell, que descubrió los púlsares y que debería haber compartido en 1974 el premio Nobel que le dieron a su supervisor, Anthony Hewish.»
  • Henrietta Swan Leavitt,
  • Rosalind Franklin
  • Lise Meitner
  • como si no fuera capaz de emocionarme con lo que vivía si no lo elaboraba mentalmente por medio de palabras.
  • Marie Curie no fue sólo la primera mujer en recibir un premio Nobel y la única en recibir dos, sino también la primera en licenciarse en Ciencias en la Sorbona, la primera en doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra… Fue la primera en tantos frentes que resulta imposible enumerarlos. Una pionera absoluta. Un ser distinto. También fue la primera mujer en ser enterrada por sus propios méritos en el Panteón de Hombres Ilustres (sic) de París.
  • cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra.
  • ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud.
  • devastador por lo inefable.
  • Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza.
  • Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.
  • «Portarse bien» en el duelo. #HacerLoQueSeDebe. Vivimos tan enajenados de la muerte que no sabemos cómo actuar. Tenemos un lío enorme en la cabeza. A mí me sucedió que tomé mi duelo como una enfermedad de la que había que curarse cuanto antes. Creo que es un error bastante común, porque en nuestra sociedad la muerte es vista como una anomalía y el duelo, como una patología: «Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse, en vez de posponerse», dice la doctora Iona Heath en su libro Ayudar a morir.
  • Thomas Lynch, ese curioso escritor norteamericano que lleva treinta años siendo director de una funeraria,
  • En los primeros días, la gente te dice: «Llora, llora, es muy bueno», y es como si dijeran: «Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus.» Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ése es el error: uno no se recupera, uno se reinventa).
  • Por las noches [de adolescente, tras terminar a los catorce años el instituto] solía estudiar. Había oído que algunas mujeres habían logrado cursar estudios en San Petersburgo o en el extranjero y me propuse estudiar por mi cuenta para seguir su ejemplo. ¡Cielo santo! ¡Dice que había oído! ¡Algunas! ¡En el extranjero! Casi como quien escucha una leyenda fabulosa, rumores de la existencia del unicornio alado. Desde estas simas construyó Marie su espléndida vida, con el agravante de que, además, en su familia no había un céntimo para pagarle estudios a la niña, y no digamos ya fuera del país. Así que, cuando terminó el instituto, y después de un año de depresión, Marie se contrató como institutriz.
  • ¿Qué podía esperar de la vida? En Nada (1944), la maravillosa novela escrita en estado de gracia por Carmen Laforet a los veintitrés años, la narradora habla de las amigas de su tía, que antaño fueron unas jóvenes felices y ahora eran mujeres atormentadas y marchitas, y dice: «Eran como pájaros envejecidos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un trozo de cielo muy pequeño.»
  • el mayor problema de la mujer occidental consistía en no saber vivir para su propio deseo:
  • el principio es la falta de #LugarDeLasMujeres.
  • Hay que tener en cuenta que, hasta el siglo XX, la mujer apenas tuvo opciones laborales. Las obreras trabajaban el doble y cobraban la mitad que sus maridos; pero las de clase media ni siquiera podían emplearse salvo en unos pocos oficios de perfiles resbaladizos: institutriz, dama de compañía… No había más salida que hacer eso o escoger alguna de las tres ocupaciones tradicionales: monja, puta o viuda. Digamos que, a través de los siglos, estos tres #Lugares han sido prácticamente los únicos que las mujeres han podido ocupar para regir sus vidas por ellas mismas y para hacer una buena carrera profesional. Abadesa de un convento. Cortesana de lujo. Viuda alegre y activa capaz de sacar adelante la empresa o el imperio del esposo fallecido.
  • Y ha debido de haber muchas, muchísimas mujeres travestidas desde el principio de los tiempos. Tan sólo en el Quijote se menciona a un par de ellas como algo muy normal. Pero el castigo por ese atrevimiento podía ser terrible. Lo muestra con ejemplaridad la historia de la papisa Juana, una leyenda singularmente expresiva. Cuentan que, en el siglo IX, hubo una mujer que llegó a ser papa durante dos años, siete meses y cuatro días, haciéndose pasar por un varón. Unos dicen que su pontificado fue entre el 855 y el 857, en cuyo caso hubiera sido Benedicto III; y otros que fue en el 872, lo que correspondería con Juan VIII. El hecho es que Juana nació en Maguncia y era muy inteligente y amante del conocimiento, como nuestra Manya. Pero, como no podía estudiar siendo mujer, se disfrazó de monje. Viajó a Atenas en compañía de otro religioso y allí logró convertirse en una figura intelectual muy respetada. Siendo un sabio célebre, Juana marchó a Roma y conquistó de tal modo la ciudad que fue elegida papa unánimemente. Es más, la leyenda cuenta que su mandato fue bueno y prudente. Pero se quedó embarazada de su amigo monje, y un día, mientras atravesaba la ciudad con todos los arreos pontificios en medio de una solemne procesión, Juana se puso prematuramente de parto y dio a luz delante del gentío. Imagínate la escena: la tiara dorada, el báculo, las sedas, los soberbios brocados empapados de sangre femenina y pegoteados con los humildes mocos placentarios. Cuentan que entonces la gente, tan enfurecida como horrorizada, se abalanzó sobre la papisa; que la ataron por los pies a la cola de un caballo, y la arrastraron y lapidaron durante media legua hasta matarla. Esto sucedió en una calleja estrecha entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente, y se supone que durante siglos estuvo allí instalada una estela que recordaba el evento y que decía así: «Peter, Pater Patrum, Papisse Prodito Partum» (Pedro, padre de padres, propició el parto de la papisa), una inscripción que es una verdadera apoteosis del poder patriarcal y entierra bajo una catarata de viriles «pes» a la insolente intrusa. Por último, también cuentan que, después de esa terrible subversión del orden, de ese intento de usurpar el máximo #LugarDelHombre en el mundo (no olvides que el papa es el representante terrenal de un Dios sin duda macho), se instituyó durante varios siglos un curioso ritual en la elección de los pontífices. Y consistía en que, antes de la coronación, el sumo sacerdote se tenía que sentar en una silla de mármol rojo con el asiento agujereado, y entonces el prelado más joven (¿lo del más joven sería porque a los novatos siempre les toca lo más pringado, o porque le resultaría más agradable al pontífice?) le tenía que palpar los genitales por debajo del asiento y después gritar: «Habet!», o sea, «¡Tiene!». Ante lo cual los demás cardenales contestaban «Deo Gratias!», supongo que llenos de alivio y regocijo tras confirmar que el nuevo Peter era otro Pater. Nada de Madres por el momento, por favor. Esta leyenda de la papisa Juana fue muy popular durante varios siglos y la gente se la creía a pies juntillas hasta que la Iglesia la repudió oficialmente en el siglo XVI. Pero que sea verdad o mentira da lo mismo; lo que importa es su increíble fuerza simbólica y lo bien que representa el miedo del mundo masculino a la ascensión social de la mujer. Además de servir como parábola didáctica para enseñar a las féminas que intentar ocupar el #LugarDeLosHombres se castigaba de una manera horrible.
  • Marie no pudo evitar del todo ser quien era: organizó una escuela clandestina para enseñar a leer y escribir en polaco a los campesinos de la zona, un proyecto arriesgado por el que podrían haberla metido en prisión. Ya había participado antes en la resistencia a través de la Universidad Volante de Varsovia, un movimiento educativo subterráneo: los estudiantes recibían clases de nivel superior y a la vez enseñaban a los obreros.
  • nos decimos que esa apariencia es falsa; que muy dentro de él nuestro hombre es dulcísimo y que, para dejar salir su natural ternura, sólo necesita sentirse más seguro, más querido, mejor acompañado. En suma: nos convencemos de que nosotras vamos a poder cambiarlo, gracias a la varita mágica de nuestro cariño. Rescataremos y liberaremos al verdadero amado, que está preso dentro de sus traumas emocionales. Lo salvaremos de sí mismo. Las mujeres padecemos el maldito síndrome de la redención.
  • es profundamente injusto exigirle a un batracio que se convierta en otra cosa.
  • sufrir de mal de amores es como marearse en un barco: a la gente tu estado le parece divertido, pero tú te sientes morir.
  • El desamor derrumba y derrota.
  • Todas esas pequeñeces, en efecto, conforman a una persona.
  • Ella misma reconoció su disimulo en una carta que escribió a una amiga a los veinte años: «En cuanto a mí, estoy muy contenta, pues a menudo oculto riéndome mi absoluta falta de alegría. Es algo que aprendí a hacer cuando me di cuenta de que las criaturas que lo viven todo tan intensamente como yo y no son capaces de cambiar esta característica de su naturaleza, tienen que disimularla lo mejor posible.»
  • Paula Rego
  • En julio de 2011, la Organización Mundial de la Salud hizo público un estudio sobre la depresión que había realizado en colaboración con veinte centros internacionales, dos de ellos españoles. La investigación se hizo con 89.037 ciudadanos de dieciocho países, o sea que la muestra era verdaderamente grande. Es un trabajo muy interesante que compara todo tipo de factores: ingresos, cultura, sexo, edad. Pero lo que ahora me interesa, y por lo que lo saco a colación, es que descubrieron que estar separado o divorciado aumenta el riesgo de sufrir depresiones agudas en doce de los países, mientras que ser viudo o viuda tiene menos influencia en casi todas partes.
  • En 2009 la universidad húngara de Semmelweis publicó un fascinante estudio realizado por su Departamento de Psiquiatría. Tomaron a trescientos veintiocho individuos sanos y sin antecedentes de dolencias neuropsiquiátricas y les hicieron un test de creatividad. Luego comprobaron si los sujetos mostraban una determinada mutación en un gen del cerebro chistosamente llamado «neuregulin 1». Se calcula que el cincuenta por ciento de los europeos sanos lleva una copia de este gen alterado, un quince por ciento suma dos copias y el treinta y cinco por ciento restante no posee ninguna. Y resulta que este gen de nombre inverosímil parece guardar una relación directa con la creatividad: los más creativos tenían dos copias, y los menos, ninguna. Pero ahora viene lo mejor: poseer esta mutación también conlleva un aumento del riesgo a desarrollar trastornos psíquicos, así como una peor memoria y… ¡una disparatada hipersensibilidad a las críticas! ¿No te parece el perfecto retrato robot del artista? ¿Chiflado y patéticamente inseguro?
  • Hay gente que, en su pena, se construye una especie de nido en el duelo y se queda a vivir ahí dentro para siempre.
  • En la biografía que escribió sobre Pierre, Marie se enorgullece, con razón, de la complicidad e igualdad científica e intelectual que tenía con su marido: «Nuestra convivencia era muy estrecha: compartíamos los mismos intereses; el estudio teórico; los experimentos de laboratorio; la preparación de las clases y los exámenes.» Pero justo al lado, sin darse cabal cuenta de lo que dice, escribe: «Nuestros recursos eran muy limitados, así que yo debía de encargarme de la casa, además de cocinar.» O sea, lo compartían todo menos el trabajo doméstico.
  • ¿cuál fue el lugar de esa polaca tenaz en la historia de la ciencia? ¿Qué es lo mejor que hizo? Sarah Dry explica con didáctica elocuencia que la observación más importante de Marie fue llegar a la conclusión de que la radiactividad era una propiedad atómica de la materia. Justo en aquellos años se estaba empezando a venir abajo la visión newtoniana de los átomos como partículas «sólidas, macizas, duras e impenetrables». En 1897, J. J. Thomson había descubierto la primera partícula subatómica, el electrón; pero en la ciencia oficial todavía prevalecía la idea del átomo como una bola de billar, y cualquier cambio en la estructura a nivel atómico, dice Dry, «estaba considerado un sombrío concepto emparentado con la alquimia […] no una verdadera ciencia». De manera que Marie formaba parte de la pequeña vanguardia que predicaba la inestabilidad del átomo: «Nunca volvió a realizar una declaración tan profunda o tan inspirada como el salto intuitivo que dio al sugerir que los átomos de este nuevo elemento [el radio] eran, en sí mismos, responsables de la radiactividad que ella estaba midiendo. Su trabajo pionero había creado un puente entre la química y la física» (de nuevo Dry). Y Barbara Goldsmith dice: «En realidad su mayor logro fue emplear un método enteramente nuevo para descubrir elementos midiendo su radiactividad. En la década siguiente, los científicos que localizaron la fuente y la composición de la radiactividad realizaron más descubrimientos sobre el átomo y sobre su estructura que en todos los siglos anteriores. Como dijo el astuto científico Frederick Soddy, “el mayor descubrimiento de Pierre Curie fue Marie Skłodowska. El mayor descubrimiento de ella fue… la radiactividad”.»
  • constatar una vez más la pequeñez de los humanos le quita gravedad a la muerte, o al menos la hace tan pequeña como nosotros.
  • constatar una vez más la pequeñez de los humanos le quita gravedad a la muerte, o al menos la hace tan pequeña como nosotros. Cuando uno se libera del espejismo de la propia importancia, todo da menos miedo.
  • Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria.
  • la literatura nos hace formar parte del todo y, en el todo, el dolor individual parece que duele un poco menos.
  • Hay dos cosas difíciles de entender en la biografía de Madame Curie. La primera es que, pese a todas las evidencias que se fueron sumando a lo largo de su vida, no llegara a ser consciente del peligro del radio.
  • ¡Qué inocentes y qué irresponsables fueron los Curie al manipularlo! Inocentes al principio, como todo el mundo, cuando nadie sabía las consecuencias. E irresponsables luego, cuando se negaron a reconocerlas.
  • La segunda cosa difícil de entender de Marie Curie es su completo silencio a la hora de hablar de los problemas añadidos a los que se tenía que enfrentar por ser mujer. Jamás mencionó, ni de refilón, el evidente y feroz machismo de la sociedad en la que vivía, y nunca resaltó las injusticias concretas que ella misma sufrió, que fueron muchas. Por ejemplo, en la lucha por el Nobel. En otoño de 1903, cuatro conocidos científicos redactaron una carta oficial proponiendo a Pierre Curie y a Henri Becquerel para el Premio Nobel de Física de ese año por el descubrimiento del polonio y del radio, sin hacer absolutamente ninguna mención a Marie. Informado del asunto, Pierre hizo lo que debía (pero que mucha gente en su lugar no hubiera hecho): escribió diciendo que, si la propuesta iba en serio, no podría aceptar el premio si no incluían a Madame Curie. Esta carta levantó ampollas y en la trastienda de los galardones hubo sus más y sus menos, pero al final añadieron el nombre de Marie, aunque el dinero que recibieron por el premio siguió siendo el correspondiente a una sola persona (Pierre y Marie obtuvieron setenta mil francos, la misma cantidad que sacó Becquerel). Y cuando les entregaron el galardón, el único que subió al escenario y el único que habló fue Pierre, por supuesto (aunque atribuyó todo el mérito a su esposa, que estaba sentada entre la audiencia). Lo del Nobel acabó bien, pero hubo otras peleas que se perdieron, como, por ejemplo, cuando la Academia de la Ciencia rechazó su candidatura en el año 1911.
  • Simone de Beauvoir llamaba mujeres pelota a aquellas que, tras triunfar con grandes dificultades en la sociedad machista, se prestaban a ser utilizadas por esa misma sociedad para reforzar la discriminación; y así, su imagen era rebotada contra las demás mujeres con el siguiente mensaje: «¿Veis? Ella ha triunfado porque vale; si vosotras no lo conseguís no es por impedimentos sexistas, sino porque no valéis lo suficiente.» ¿Fue Marie Curie una mujer pelota?
  • En 1902 le quisieron dar a Pierre la Legión de Honor, y él la rechazó con las siguientes palabras: «Por favor, agradezca al Ministro de mi parte e infórmele de que no siento la más mínima necesidad de ser condecorado, pero que estoy en la más aguda necesidad de un laboratorio.» Pues bien, ni con ésas. «Es bastante dura esta vida que hemos escogido», le confió Pierre a Marie un día de desaliento.
  • engarabitados
  • cardúmenes de apretados peces
  • Pero cómo, ¿el mundo sigue igual sin él? Tu cabeza lo entiende, pero tu corazón se queda atónito.
  • Quizá sea también el deseo de demostrar al mundo y sobre todo a mí misma que aquella a quien tú amaste realmente valía algo. Ah, qué tremenda esta entrada de su diario… Marie es la primera que tiene dudas. Su pelea contra el mundo pasa antes que nada por una pelea contra sí misma. Cuando todo el entorno y tu propia educación te están diciendo que no eres, que no sirves,
  • Fue la primera mujer que enseñó en la universidad.
  • eso no puede ser muy diferente. En los castillos medievales, en el enigmático Machu Picchu, en las vetustas pirámides de Egipto: la piel siempre tuvo que ser la piel y el ansia, el ansia.
  • estaba enamorada. Por entonces, Marie tenía cuarenta y dos años. Y hacía cuatro que había muerto Pierre. Bien podía permitirse que la vida le calentara de nuevo el corazón. El elegido era Paul Langevin, cinco años más joven que ella, un físico eminente (como curiosidad diré que inventó el sónar, aunque ha pasado a la historia por logros científicos mucho más importantes) […] estaba casado.

«Una historia de amor: Madame Curie y el profesor Langevin». Se decía que la mujer de Langevin poseía cartas que los incriminaban y que Marie era una comehombres

 

en la misma semana en que salió la noticia en Le Journal, Marie recibió un telegrama en el que se le comunicaba que le habían concedido el Premio Nobel de Química.

 

Lo más interesante y más desesperante es comprobar cómo la mala de la historia era Marie; nadie le pedía a Langevin que abandonara la universidad, aunque en realidad el adúltero era él.

 

Entonces Marie recibió un escrito de los Nobel en el que se le pedía que no fuera a Suecia a recoger su premio. Era un texto brutal que mencionaba las cartas de amor publicadas y «el ridículo duelo de Langevin», y añadían: «Si la Academia hubiera creído que las cartas […] podían ser auténticas, es muy probable que no le hubiera concedido el premio.» La respuesta de Marie, en esos momentos tan terriblemente duros, fue grandiosa: «La acción que usted me recomienda me parece que sería un grave error por mi parte. En realidad el premio ha sido concedido por el descubrimiento del radio y el polonio. Creo que no hay ninguna conexión entre mi trabajo científico y los hechos de la vida privada… No puedo aceptar, por principios, la idea de que la apreciación del valor del trabajo científico pueda estar influida por el libelo y la calumnia acerca de mi vida privada. Estoy convencida de que mucha gente comparte esta misma opinión. Me entristece profundamente que no se cuente usted entre ellos.» ¡Guau! Me siento tentada de levantarme de la silla y ponerme a aplaudir. Qué dignidad y qué temple. Naturalmente, fue a recoger su Nobel.

 

Cayó en una profunda depresión, la peor, la más negra de su vida. «Marie fue empujada al borde del suicidio y de la locura», escribe Ève. La internaron en un hospital con una crisis renal y,

 

  • 1912 fue un año quemado, desesperado. El año de la devastación. Luego, su increíble valor y su entereza consiguieron ponerla nuevamente en pie. En 1913 ya estaba otra vez trabajando en su laboratorio, pero de alguna manera nunca volvió a ser la misma. Creo que decidió envejecer.
  • Sí, hay que hacer algo con la muerte. Hay que hacer algo con los muertos. Hay que ponerles flores. Y hablarles. Y decir que les amas y siempre les has amado. Mejor decírselo en vivo; pero, si no, también puedes decírselo después. Puedes gritarlo al mundo. Puedes escribirlo en un libro como éste. Pablo, qué pena que olvidé que podías morirte, que podía perderte. Si hubiera sido consciente, te habría querido no más, pero mejor. Te habría dicho muchas más veces que te amaba. Habría discutido menos por tonterías. Me habría reído más. Y hasta me habría esforzado por aprenderme el nombre de todos los árboles y por reconocer todas las hojitas. Ya está. Ya lo he hecho. Ya lo he dicho. En efecto, consuela.
  • Y es raro porque, aunque pase el tiempo, el dolor de la pérdida, cuando se pone a doler, te sigue pareciendo igual de intenso.
  • Pero ya digo que la recuperación no existe: no es posible volver a ser quien eras. Existe la reinvención, y no es mala cosa. Con suerte, puede que consigas reinventarte mejor que antes. A fin de cuentas, ahora sabes más.
  • Como una de mis heroínas preferidas, Minna Keal. Minna nació en Londres en 1909, hija de emigrantes judíos rusos. Le encantaba la música y empezó a estudiar en la Real Academia, pero su padre murió y tuvo que abandonar la carrera a los diecinueve años para ponerse a trabajar. En 1939 entró en el partido comunista y en 1957 se salió tras la invasión de Hungría; se casó dos veces, tuvo un hijo. Durante la guerra, montó una organización para sacar niños judíos de Alemania. La mayor parte de su vida trabajó de secretaria en diversos y aburridos empleos administrativos; a los sesenta años se jubiló y decidió retomar las clases de música y después estudiar composición. Su primera sinfonía fue estrenada en 1989 en los BBC Proms, unos prestigiosos conciertos anuales que se celebran en el Royal Albert Hall de Londres. Fue un clamoroso éxito. Minna Keal tenía ochenta años. A partir de entonces, y hasta su muerte, sucedida una década después, Minna se dedicó intensamente a la música y se convirtió en una de las más notables compositoras contemporáneas europeas. «Creí que estaba llegando al final de mi vida, pero ahora siento como si estuviera empezando. Es como si estuviera viviendo mi vida al revés», dijo tras estrenar en los Proms.
  • Ramachandran
  • En un tiempo récord, Madame Curie convenció de su proyecto a las autoridades, se apropió de los aparatos de rayos X que había en las universidades o en las consultas de los médicos movilizados, consiguió que le cedieran suficientes vehículos de motor en los que instalar los equipos y creó las «unidades móviles», que enseguida empezaron a ser denominadas popularmente «las pequeñas Curie». Instruyeron a toda prisa técnicos y enfermeras que supieran manejar el material, y la misma Marie aprendió a conducir y estuvo llevando coches y haciendo radiografías junto a las trincheras.
  • El compromiso humanista de Marie y de Pierre ya se había manifestado muchos años atrás, cuando decidieron no patentar su método de extraer el radio.
  • Pierre Curie explicó lúcidamente ese dilema entre la pureza y el acomodo con su formidable y limpia lógica: Debemos ganarnos la vida y esto nos obliga a convertirnos en un engranaje de la máquina. Lo más doloroso son las concesiones que nos vemos forzados a hacer a los prejuicios de la sociedad en la que vivimos. Debemos hacer más o menos concesiones dependiendo de que nos sintamos más débiles o más fuertes. Si uno no hace suficientes concesiones, lo aplastan; si hace demasiadas, es innoble y se desprecia a sí mismo. No creo que se pueda expresar mejor. La vida mancha.
  • Debe de costar sonreír cuando siempre te encuentras tan cansada.
  • Nathaniel Hawthorne «Wakefield»,
  • Al final, en efecto, es una cuestión de narración. De cómo nos contamos a nosotros mismos. Aprender a vivir pasa por la #Palabra.
  • un conocido refrán norteamericano, «hacerse mayor no es para blandengues» (growing old is not for sissies: el original es bastante homofóbico, porque sissy viene a ser como mariquita).
  • Un hombre afortunado, de John Berger, en Alfaguara, Madrid, 2008; Ayudar a morir, de la doctora Iona Heath, en Katz difusión, Madrid, 2008, y El enterrador, de Thomas Lynch, en Alfaguara, Madrid,

APÉNDICE Diario de Marie Curie 30 de abril de 1906

  • Diario de Marie Curie 30 de abril de 1906
    Querido Pierre, a quien ya no volveré a ver aquí, quiero hablarte en el silencio de este laboratorio, donde no imaginaba tener que vivir sin ti. Y quiero empezar acordándome de los últimos días que vivimos juntos.
  • Te llevaste el ramo a París la mañana siguiente, y todavía seguía vivo cuando tú habías muerto.
  • garbera,
  • no entendían que para nosotros se trataba de transmitir a los niños un gran amor por la naturaleza, por la vida, y al mismo tiempo la curiosidad por conocerla.
  • Ayer estuve en el cementerio. No podía entender las palabras «Pierre Curie» grabadas en la piedra.
  • Mañana del 11 de mayo de 1906 Pierre mío, me levanto después de haber dormido bien, relativamente tranquila, apenas hace un cuarto de hora de todo eso y, fíjate, otra vez tengo ganas de aullar como un animal salvaje.
  • Soporto la vida, pero no creo que nunca más pueda disfrutar en lo que me queda.
  • Ya no quiero pensar más en vivir para mí misma, ya no tengo el deseo ni la facultad para ello, ya no me siento para nada viva ni joven, ya no sé qué es la alegría ni el placer.

 

– Subrayado en la página 4 | Pos. 54  | Añadido el miércoles 14 de septiembre de 2016 08H55′ GMT+02:00

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