Miguel Barnet: Biografía De Un Cimarrón

  • De lo que sí estoy seguro es que de allí me huí una vez; me reviré, carajo, y me huí. ¡Quién iba a querer trabajar! Pero me cogieron mansito, y me dieron una de grillos que si me pongo a pensar bien los vuelvo a sentir. Me los amarraron fuertes y me pusieron a trabajar, con ellos y todo. Uno dice eso ahora y la gente no lo cree. Pero yo lo sentí y lo tengo que decir.
  • Otros hacían el sexo entre ellos y no querían saibor nada de las mujeres. Esa era su vida: la sodomía. Lavaban la ropa y si tenían algún marido también le cocinaban. Eran buenos trabajadores y se ocupaban de sembrar conucos. Les daban los frutos a sus maridos para que los vendieran a los guajiros. Después de la esclavitud fue que vino esa palabra de afeminado, porque ese asunto siguió. Para mí que no vino de África; a los viejos no les gustaba nada. Se llevaban de fuera a fuera con ellos. A mí, para ser sincero, no me importó nunca. Yo tengo la consideración de que cada uno hace de su barriga un tambor.

  • niguas
  • los esclavos hacían sus necesidades en un excusado que la llaman. Estaba en una esquina del barracón. A ese lugar iba todo el mundo. Y para secarse el fotingo, después de la descarga, había que coger yerbas como la escoba amarga y las tusas de maíz.
  • juego de relajo
  • tusar
  • el jelengue.
  • Buscaban la división para que no hubiera molote de huidos.
  • A las mujeres preñadas les daban cuero igual, pero acostadas boca abajo con un hoyo en la tierra para cuidarles la barriga. ¡Les daban una mano de cuerazos! Ahora, se cuidaban de no estropearle el niño, porque ellos los querían a tutiplén.
  • Para enterrar a los esclavos se abría un hoyo en la tierra, se tapaba y se ponía una cruz amarrada con un alambre. La cruz esa era para alejar a los enemigos y al diablo. Hoy le dicen crucifijo. Todo el que se pone la cruz en el cuello es porque le han echado algún daño.
  • No quería yo ligarme otra vez a la esclavitud. Para mí eso era una repugnancia. Siempre me ha quedado la idea. La esclavitud era una pejiguera. Todavía hoy lo sigo pensando.
  • La verdad es que yo vivía bien de cimarrón; muy oculto, pero cómodo. Ni de los propios cimarrones me dejaba ver: “cimarrón con cimarrón, vende cimarrón”.
  • En el monte me acostumbró a vivir con los árboles. Ellos también tienen sus ruidos, porque las hojas en el aire silban. Hay un árbol que es grande como una hoja blanca. De noche parece un pájaro. Ese árbol para mí que hablaba. Hacía: “uch, uch, ui, ui, ui, uoh, uch”. Los árboles también echan sus sombras. Las sombras aún hacen daño, aunque por las noches, uno no debe pasar por encima de ellas. Yo creo que las sombras de los árboles son como el espíritu de los hombres. El espíritu es el reflejo del alma. Ese se ve.
  • Lo que sí los hombres no estamos dados a ver es el alma. No podemos decir que ella tenga tal o cual color. El alma es una de las cosas más grandes del mundo. Los sueños están hechos para el contacto con ella. Los congos viejos decían que el alma era como una brujería que uno tenía por dentro. Ellos decían también que había espíritus buenos y espíritus malos; o sea, almas buenas y almas malas. Y que todo el mundo las llevaba. A mi entender hay quien tiene el alma en el sentido de la brujería nada más. Otras personas la tienen en el sentido natural. Yo prefiero ésa, la natural, porque la otra tiene pacto con el diablo. Puede suceder que el alma se vaya del cuerpo. Eso es cuando una persona se muere o cuando está dormida. Ahí es donde el alma se sale con las suyas y empieza a recorrer el espacio. Lo hace para descansar, porque tanto litigio a todas horas no hay quien lo aguante.
  • El corazón es muy distinto. El nunca se va de su puesto. Con uno ponerse la mano en el lado izquierdo puede comprobar que está latiendo. Pero el día que se para se queda listo cualquiera. Por eso no hay que confiar en él.
  • El dinero es una cosa muy mala. El que se acostumbra a ganar mucho se echa a perder.
  • la gente iba a armar mucho brete y fajatina.
  • el molote de gente.
  • Aunque aquella era una fiesta religiosa, porque altares había hasta en los portales de las casas, yo nunca me ponía a rezar. NI vide tampoco muchos hombres que rezaran. Ellos iban a beber y a buscar mujeres. Las calles se llenaban de vendedores de frituras de maíz, de empanadas de dulces, de toronjas, de coco y de refrescos naturales.
  • En la Colonia Española se vendían las mejores flores, claveles y rosas. Allí les daba por bailar la jota. La jota era para los españoles exclusivamente. Ellos trajeron ese baile a Cuba y no dejaron que nadie lo bailara. Para verlo, me paraba en los portales de la Colonia y miraba para adentro. La verdad es que la jota era bonita por los disfraces que se ponían para bailarla. Y por el sonido de las castañuelas. Levantaban los brazos y se reían como unos bobos. Así se pasaban toda la noche. Algunas veces los mismos españoles veían que la gente se apiñaba en las ventanas para mirar y entonces salían y le daban a uno vino, uvas y queso. Yo tomé mucho vino español con el cuento de pararme en el portal.
  • chusmería de negros.
  • Los curas iban por la mañana y empezaban a rezar. Rezaban largo. Yo aprendí poco. Casi ni ponía asunto. Y es que los curas nunca me han entrado por los ojos. Algunos eran hasta criminales. Gozaban de las blancas bonitas y se las comían. Eran carnívoros y santuarios.
  • para la faina y el silencio.
  • Entonces le dije: “no quiero más nada contigo, bruja”. Ella cogió su camino y no la vide más. Luego encontré otra que era negra; negra prieta de la tierra. Esa no era brujera pero tenía un carácter muy desenvuelto. A los dos o tres años de estar arrimado a ella, la dejé. Se me quiso hacer demasiado alegre. No era ella sola la alegre. En cuanto uno llegaba a un ingenio a trabajar las mujeres se acercaban. Nunca faltaba una que quisiera vivir con uno.
  • A las mujeres les gustaba que el hombre fuera bailador. Cuando un hombre era un buen manicero, las mujeres decían: “¡Cono, a mí me gusta ese hombre!” Y se lo llevaban para los cañaverales y a gozar, porque la paja de caña calientica, en tiempo de frío, sabe muy bien. Ese negocio de irse a gozar al campo era muy conocido.
  • Polavieja era gobernador por los años noventa. Nadie lo quería. El decía que los trabajadores eran bueyes. Tenía el mismo pensamiento de la esclavitud. Una vez le mandó a dar componte a los trabajadores que no tuvieran cédula. La cédula era un papelito, como un vale, donde escribían las señas del trabajador, Había que tenerlo arriba siempre. Y el que no lo tuviera recibía unos buenos mochazos en el lomo con vergajo, que era pisajo de res seco. Eso era el componte. Siempre lo daban en el cuartel, porque al que encontraban sin la cédula lo llevaban allí. Costaba veinticinco centavos y había que sacarla en el Ayuntamiento. Todos los años se renovaba.
  • ñañigos
  • En Cuba había muchos chinos. Eran los que habían llegado contratados. Se iban poniendo viejos con el tiempo y dejaban el campo. Como yo salía a cada rato del ingenio los vide mucho.
  • Los chinos tenían mucho gusto para las cosas y pintaban con colores muy vivos. En ese teatro hacían murumacas y se encaramaban unos arriba de otros. La gente aplaudía mucho y ellos saludaban con elegancia. Lo más fino que había en Cuba eran los chinos. Ellos lo hacían todo con reverencias y en silencio. Y eran muy organizados.
  • Yo mismo salía a los pueblos cuando tenía centenes. Si no, qué diablos iba a buscar a ningún lado. Me quedaba en los barracones y era mejor. Las mujeres seguían en lo mismo. Para ellas no existía el tiempo muerto. Seguían lavando la ropa de los hombres, zurcían y cosían.
  • El que se aburría era porque quería mucho jelengue de fiestas y parrandas.
  • Y yo digo que lo que hay es que no morirse, porque a los pocos días nadie se acuerda de uno, ni los mejores amigos. Es mejor no darle tanto cumplido a los muertos, como se hace ahora, porque la verdad que todo eso es hipocresía. Lo mismo antes que ahora. A mí, denme la fiesta en la vida.
  • El sombrero era la prenda de agarre, porque uno hacía mil gestos con él. Se lo ponía, se lo quitaba, saludaba a las mujeres, y les preguntaba: “Bueno, ¿y cómo le va?”
  • la cogioca.
  • Al hombre que se casaba con viudas le tocaban el fotuto y le sonaban en la cara latas viejas para burlarse de él. Se lo hacían, porque el viudo, como le decían, venía pareciéndose a un albañil; estaba tapando un hueco hecho por otro. Mientras más bravo se ponía el hombre, más latas y fotutos le sonaban. Si él decía: “Bueno, muchachos, a tomar”, entonces se callaban la boca y aceptaban la convidada. Eso era lo que hacían los hombres de experiencia, Pero un muchachón de éstos que se enamoraba de una viuda y no sabía nada de la vida, se enfurecía y se creía que era un animal, así se hacían odiar por los compañeros.
  • El buen carácter es importante en todo. Cuando uno vive solo no hace falta. Pero como uno siempre está rodeado de gente, lo mejor es ser agradable; no caer mal.
  • Un día se fue con otro para los matorrales y la cogieron. Cuando volvió, nadie le hizo amistad.
  • mujeres salpiconas.
  • Pero había infelices que se quedaban ganando veinticuatro y hasta dieciocho pesos al mes. Los sueldos incluían la comida y el barracón. A mí eso no me convencía. Siempre estuve claro en que esa vida era propia de anímales. Nosotros vivíamos cromo puercos, de ahí que nadie quería formar un hogar o tener hijos. Era muy duro pensar que ellos iban a pasar las mismas calamidades.
  • el bagazo.
  • En los trapiches
  • La verdad es que el adelanto causa admiración. Cuando yo veía todas esas máquinas moviéndose a la vez, me admiraba. Y de veras parecían Ir solas. Yo nunca antes había visto tanto adelanto. Las máquinas eran inglesas o americanas. De España no vide ninguna. Ellos no sabían cómo se hacían.
  • besanas
  • surrupios
  • Se cultivó caña, pero se acabó con la belleza del país. Los culpables de eso fueron los colonos. Casi no hubo excepción de colonos que no fueran diente de perro.
  • Nadie se imagina cómo estaba la candela por aquellos años. La gente se pasaba la vida hablando de revueltas. La guerra se iba acercando. Pero para mí que todavía la gente no estaba segura de cuándo empezaba. Muchos decían que a España le quedaba poco; otros, se callaban el pico o metían la cabeza en un orinal. Yo mismo no decía nada, aunque me gustaba la revolución y admiraba a los hombres valientes y arriesgados. Los más populares eran los anarquistas. Estaban dirigidos desde España, pero querían que Cuba fuera libre. Ellos eran algo así como los ñañigos, porque estaban muy juntos y para todo tenían sus contubernios. Eran valentones. La gente se pasaba la vida hablando de ellos. Los anarquistas, después de la guerra, se impusieron en Cuba. Yo no los seguí más.
  • Nadie obligaba a nadie a robar. Lo malo se le pega al que es malo. Yo estuve en la guerra con unos cuantos degenerados y salí limpiecito. Aunque, para decir verdad, los bandoleros no eran asesinos. Si tenían que matar a alguien, lo mataban. Pero lo qué se dice asesino, eso no.

– Subrayado en la página 85 | Pos. 1303-5  | Añadido el sábado 7 de mayo de 2016 01H06′ GMT+02:00

  • No soy partidario de la brujería, pero tampoco digo sandeces por gusto. Más miedo le tengo a otras cosas que a la brujería. Ni siquiera a los bandoleros les temía. También es que yo era pobre, pelado, pelado de verdad y nadie me iba a secuestrar. Y había que ver lo que caminaba. Paseaba hasta cansarme.
  • Pero volviendo a lo del miedo. El miedo a los brujos; eso es bobería, y el miedo a los bandoleros, igual. Lo que sí era muy serio y ahí todo el mundo estaba de acuerdo, era la guardia española y los capitanes de Partido.
  • Cuando los negros comenzaron a revirarse contra España, los capitanes esos se dieron gusto. Un negro revolucionario no podía existir. A ese le daban muerte enseguida. Todavía si era blanco, bueno… Yo sé que es mejor ni acordarme de esa época. No hay nada peor que un vergajo de español zoquete. ¡Y tener que quedarse uno con el bembo cerrado!
  • Hubo un negro colorado que sí hizo historia en Cuba. Se llamaba Tajó. Vivía en el Sapo. Ese Tajó un día desarmó dos parejas de guardias civiles a la vez. Siempre estuvo fuera de la ley. De prófugo y de asaltador hasta que empezó la guerra. Tajó era diente de perro. La mujer que a él le gustaba, se la llevaba. Y cuidado con quejarse. Si por alguna casualidad el padre de la mujer venía a reclamarla, Tajó sacaba el machete para meterle miedo y el pobre hombre se retiraba. Así era de salao. Siempre se salió con las suyas. A las mismas hijas se las comía. Todo el mundo estaba enterado de eso, aunque no hicieran nada. Las pobres hijas se pasaban la vida metidas en la casa y no salían ni para coger sol. Parecían fantasmas de tanta encerradera. En los sitios la gente no sabía cómo eran ellas, si bonitas o feas, nada, él las quería para su gusto nada más. Nunca vide a esas niñas, sé que es positivo, porque todo el mundo lo contaba. A Ariosa llegaban las noticias como la espuma. Había quien decía que Tajó, después de comerse a las hembras de los pueblos por ahí, las mataba y las enterraba en un bibijagüero. Eso está exagerado aunque de ese cabrón no dudo nada. Sus entretenimientos eran criminales; un tipo de hombre que no pensaba en divertirse, ni en el juego. En nada que no fuera para daño.
  • al batey
  • Las sirenas eran otra visión. Salían en el mar. Sobre todo los días de San Juan. Subían a peinarse y a buscar hombres. Ellas eran muy zalameras. Se ha dado el caso muchas veces de sirenas que se han llevado a los hombres, que los han metido debajo del mar. Tenían preferencia con los pescadores. Los bajaban y después de tenerlos un cierto tiempo, los dejaban irse. No sé qué preparo hacían para que el hombre no se ahogara. Esa es de las cosas raras de la vida. De lo que queda obscuro.
  • Las brujas eran otra rareza de esas. En Ariosa yo vide como cogían a una. La atraparon con ajonjolí y mostaza y ella se quedó plantada. Mientras haya un granito de ajonjolí en el suelo, ellas no se pueden mover. Las brujas para salir dejaban el pellejo. Lo colgaban detrás de la puerta y salían así, en carne viva. Aquí se acabaron, porque la guardia civil las exterminó. No dejó ni rastro de ellas. Todas eran isleñas. Cubanas no vide ninguna. Volaban aquí todas las noches; de Canarias a La Habana en pocos segundos. Todavía hoy, que la gente no es tan miedosa, dejan una luz encendida en las casas donde hay niños chiquitos para que las brujas no se metan. Si no eso sería el acabóse, porque ellas son muy dadas a los niños.
  • Todo eso es espiritual y hay que darle el frente sin cobardía. Los vivos son más peligrosos. Yo nunca he oído decir que el espíritu de fulana le entró a palos a mengano. ¡Pero cuántos vivos no se están halando los pelos todos los días! Esa es la cosa. Hay que entenderlo así. Ni más ni más. Si el muerto se acerca a uno, no huir, preguntar: “¿Qué quiere usted, hermano?” El contestaría o lo llevará a uno a un lugar. Nunca virarles la cara. Después de todo no se puede decir que son enemigos.
  • Lo que no hago es ponerme a pensar mucho en eso, porque agota. El pensamiento agota. Hoy mismo hay gente que no cree en salidera de muertos, ni nada de eso. Y es que no han Visto nada. Los jóvenes que no creen es porque no han visto. Sin embargo, se agotan igual; piensan en otras cosas del tiempo moderno, de los pueblos del mundo, de las guerras y de todo lo demás. Gastan el tiempo en eso y no se recrean. Otros se ponen a nadar en vicios y en trucos. Entre los vicios y la manera de ponerse a pensar se acaba la vida. Aunque uno se los diga no hacen caso. Y no creen. Ni oyen.
  • Yo le hice el cuento del diablillo una vez a un joven y me dijo que eso era mentira. Pero aunque parezca mentira, es cierto. Un hombre puede criar un diablillo. Sí señor, un diablillo. Un congo viejo del ingenio Timbirito fue quien me enseñó a hacerlo. Se pasaba las horas hablando conmigo. No hacía más que decirme que yo tenía que aprender a trabajar palo, porque era serio y reservado. Había que oírlo en los cuentos. Lo había visto todo; lo de aquí abajo y lo de arriba también. En verdad que era un poco cascarrabias, pero yo lo entendía. Nunca le dije: “Usted no sabe lo que habla”. Ni me reí de él. Ese viejo era como un padre para mí. Pero bueno, volviendo a lo del diablillo. El me enseñó a hacerlo. Un día que yo estaba de paso por allí, me sentó solo en un lugar, me miró y empezó a decirme: “Criollo camina allá adonde yo te diga, que yo te va a regala a ti una cosa”. Yo me figuraba que era dinero o algún macuto, pero nada de eso. Siguió con su habladuría medio enredada: “Usté, criollo, son bobo”, y me señaló un pomo que se sacó del bolsillo. “Mire, usté ve eso, con eso usté consigue tó en cosa”. Ahí fue donde yo me di cuenta que era de brujería el asunto. Aprendí a hacer el diablillo, a criarlo y todo. Para eso hay que tener más corazón que nada. Un corazón duro como un pescado. No es difícil. Se recoge un huevo de gallina con miaja; tiene que ser con miaja, porque si no, no sirve. Se pone al sol dos o tres días. Después que está caliente se mete debajo del sobaco tres viernes seguidos. Y al tercer viernes nace un diablillo en vez de un pollito. Un diablillo color de camaleón. Ahora, ese diablillo se mete en un pomito chiquito y transparente para que se vea para adentro y se le echa vino seco. Luego se guarda en el bolsillo del pantalón, bien seguro para que no se escape, porque esos diablillos tienen tendencia de peleadores. Se mueven mucho por la colita. Así se consigue lo que uno quiere. Claro que no se puede pedir todo de un tirón. La cosa es poco a poco. Llega un tiempo del año en que hay que botar al diablillo porque es bastante lo que se ha caminado con él. Entonces se lleva al río por la noche y se tira allí, para que la corriente lo arrastre. Eso sí, el brujo que lo lleva no puede pasar por ese río otra vez. Si veinte veces pasa por allí, veinte veces le cae todo lo judío arriba. Lo bueno es hacer todos esos trabajos los martes, por lo menos yo lo he oído así. Cuando un brujo quería trabajar palo, palo monte judío sobre todo, escogía los martes. Los martes son los días del diablo, por eso son tan malos. Parece que el diablo tenía que escoger un día y se decidió por ése. A la verdad que cada vez que yo oigo esa palabra, martes, así nada más: martes, me erizo por dentro, siento el demonio en persona. Si iban a preparar una cazuela bruja de mayombe judío, la hacían los martes. Así tenía más fuerza. Se preparaba con carne de res y huesos de cristianos, de las canillas principalmente. Las canillas son buenas para los judíos. Luego se llevaba a un bibijagüero y se enterraba allí. Siempre los martes.
  • Yo le hice el cuento del diablillo una vez a un joven y me dijo que eso era mentira. Pero aunque parezca mentira, es cierto. Un hombre puede criar un diablillo. Sí señor, un diablillo. Un congo viejo del ingenio Timbirito fue quien me enseñó a hacerlo. Se pasaba las horas hablando conmigo. No hacía más que decirme que yo tenía que aprender a trabajar palo, porque era serio y reservado. Había que oírlo en los cuentos. Lo había visto todo; lo de aquí abajo y lo de arriba también. En verdad que era un poco cascarrabias, pero yo lo entendía. Nunca le dije: “Usted no sabe lo que habla”. Ni me reí de él. Ese viejo era como un padre para mí. Pero bueno, volviendo a lo del diablillo. El me enseñó a hacerlo. Un día que yo estaba de paso por allí, me sentó solo en un lugar, me miró y empezó a decirme: “Criollo camina allá adonde yo te diga, que yo te va a regala a ti una cosa”. Yo me figuraba que era dinero o algún macuto, pero nada de eso. Siguió con su habladuría medio enredada: “Usté, criollo, son bobo”, y me señaló un pomo que se sacó del bolsillo. “Mire, usté ve eso, con eso usté consigue tó en cosa”. Ahí fue donde yo me di cuenta que era de brujería el asunto. Aprendí a hacer el diablillo, a criarlo y todo. Para eso hay que tener más corazón que nada. Un corazón duro como un pescado. No es difícil. Se recoge un huevo de gallina con miaja; tiene que ser con miaja, porque si no, no sirve. Se pone al sol dos o tres días. Después que está caliente se mete debajo del sobaco tres viernes seguidos. Y al tercer viernes nace un diablillo en vez de un pollito. Un diablillo color de camaleón. Ahora, ese diablillo se mete en un pomito chiquito y transparente para que se vea para adentro y se le echa vino seco. Luego se guarda en el bolsillo del pantalón, bien seguro para que no se escape, porque esos diablillos tienen tendencia de peleadores. Se mueven mucho por la colita. Así se consigue lo que uno quiere. Claro que no se puede pedir todo de un tirón. La cosa es poco a poco. Llega un tiempo del año en que hay que botar al diablillo porque es bastante lo que se ha caminado con él. Entonces se lleva al río por la noche y se tira allí, para que la corriente lo arrastre. Eso sí, el brujo que lo lleva no puede pasar por ese río otra vez. Si veinte veces pasa por allí, veinte veces le cae todo lo judío arriba. Lo bueno es hacer todos esos trabajos los martes, por lo menos yo lo he oído así. Cuando un brujo quería trabajar palo, palo monte judío sobre todo, escogía los martes. Los martes son los días del diablo, por eso son tan malos. Parece que el diablo tenía que escoger un día y se decidió por ése. A la verdad que cada vez que yo oigo esa palabra, martes, así nada más: martes, me erizo por dentro, siento el demonio en persona. Si iban a preparar una cazuela bruja de mayombe judío, la hacían los martes. Así tenía más fuerza. Se preparaba con carne de res y huesos de cristianos, de las canillas principalmente. Las canillas son buenas para los judíos. Luego se llevaba a un bibijagüero y se enterraba allí. Siempre los martes. Se dejaba en el bibijagüero dos o tres semanas. Un día, martes también, se iba a desenterrar. Ahí era donde venía el juramento, que consistía en decirle a la prenda: “Yo voy a hacer daño y a cumplir contigo”. Ese juramento se hacía a las doce de la noche, que es la hora del diablo. Y lo que el congo iba a jurar era un contrato con él. Complicidad con endo cui. El juramento no era juego ni cuento de camino. Había que cumplirlo bien, si no hasta se podía morir uno de repente.
  • Ese congo de Timbirito me ha contado a mí mucho de sus encuentros con el diablo. El lo veía cada vez que quería. Yo pienso que el diablo es un aprovechado. Para hacer daño y darse gusto obedece cuando lo llaman. Pero que no lo llamen para el bien, porque ¡ñinga! El que quiera tener complot con él que coja un martillo y un clavo grande. A mí me lo contó ese viejo. Un martillo y un clavo nada más. Se busca una ceiba joven en los descampados y en el tronco se dan tres martillazos fuertes para que él los oiga. En cuanto el muy cabrón oye ese llamado, viene. Viene tranquilito y guapetón, como el que no quiere tas cosas. A veces se viste elegante como los hombres. Nunca llega de diablo. No le conviene meter miedo, porque él es raro y temible al natural. Llega rojo todo como una llama de candela, con la boca llena de fuego y una lanza en forma de garabato en una mano. Cuando llega se le puede hablar normalmente. Lo que sí hay que tener mucha claridad en lo que se dice, porque para él los años son días. Y si uno le promete que va a hacer un trabajo en tres años, él entiende tres días. El que no sabe ese truco está jodido. Yo lo sabía desde la esclavitud. El diablo calcula en forma distinta al hombre. Tiene otro proceso. Nadie se presta más para el daño que él. No sé ahora cómo estará, pero, antes ayudaba en todo. Proporcionaba todas las facilidades para las evoluciones.
  • El que no cree en milagros hoy, cree mañana.
  • El catolicismo siempre cae en el espiritismo. Eso hay que darlo por sentado. Un católico solo no existe. Los ricos de antes eran católicos pero hacían caso, de vez en cuando, a la brujería. Los mayorales, ni hablar. Tenían el ojo puesto a los negros brujos del miedo que les tenían. Sabían bien que si los brujos, querían, les podían partir el carapacho. Hoy mismo hay mucha gente que te dice a uno: “Yo soy católico y apostólico.” ¡Qué va!, ese cuento que se lo hagan a otro. Aquí el que más y el que menos tiene su librito, su regla. Nadie es puro así de llano. Todas las religiones se han mezclado aquí en esta tierra. El africano trajo la suya, la más fuerte, y el español también trajo la suya, pero no tan fuerte. Hay que respetarlas todas. Esa es mi política.
  • Todas las fiestas tienen su relajo, si no no son fiestas.
  • Los gitanos eran los mejores. Eran cómicos y serios. Cuando salían de sus funciones eran serios y no les gustaba mucho la confianza. Usaban los trajes más guarabeados. Los hombres eran un poco sucios. Se ponían chalecos y pañuelos amarrados en la cabeza, cubriéndoles la frente. Pañuelos rojos sobre todo. Las mujeres se vestían con sayones largos y coloreados. En los brazos se adornaban con manillas y los dedos se los cubrían con sortijas. El pelo lo tenían negro como azabache, estirado y largo hasta la cintura. Les brillaba al natural. Los gitanos venían de su país. Yo la verdad es que no me acuerdo de qué país, pero era un país lejano. Hablaban español, eso sí. No tenían casas. Vivían con el sistema de los toldos de campaña. Con cuatro palos y una tela gruesa hacían su cobija. Total, ellos dormían en el suelo, como quiera. En Remedios acampaban en solares vacíos o en el portalón de alguna casa desolada. Allí estaban pocos días. Nada más que iban a las fiestas. La vida de ellos era así; corredera y tragos. Cuando les gustaba algún lugar querían quedarse y metían a toda la comitiva con niños y animales. A veces tenía que venir la policía del gobierno a botarlos. Entonces no formaban escándalos. Cargaban sus palos y sus cajones y a coger rumbos nuevos. Eran despreocupados hasta para la comida. Bueno, cocinaban en el suelo. A mí me simpatizaron siempre. Como los brujos, adivinaban la suerte. La adivinaban con barajas. Las mujeres salían a trabajar en la adivinación y casi obligaban a la gente a oírlas. Y convencían, porque sabían mucho de tanto caminar por el mundo. Los gitanos tenían monos, perritos y pájaros. A los monos los enseñaban a bailar y a estirar la mano para pedir quilos. Eran monos flacos, faltos de comida. Los perritos también bailaban y se paraban en dos. Yo creo que todavía hay gitanos de esos en Cuba. De caminantes que son puede que anden perdidos por ahí. Por los pueblos chiquitos.
  • anafe
  • Yo fui padrino dos veces, pero no me acuerdo de mis ahijados. Todo se revuelve en la vida y unos se acuerdan de unos y otros no se acuerdan de otros. Así es. Contra eso no se puede hacer nada. La ingratitud existe y existe.
  • la ayuda de la gente que se reunía en una junta para trabajar.
  • Yo iba allí a fiestar.
  • jicotera 1. f. Méx. jicote (‖ panal). 2. f. coloq. Méx. bullicio (‖ alboroto).
  • jifería (De jifero). f. Oficio de matar y desollar las reses. jifero, ra (De jifa). 1. adj. Perteneciente o relativo al matadero. 2. adj. coloq. Sucio, soez. 3. m. Cuchillo con que se matan y descuartizan las reses. 4. m. Oficial que mata las reses y las descuartiza.
  • jigüe (Voz indígena). 1. adj. coloq. Hond. Dicho de una persona: De raza negra. U. t. c. s. 2. adj. Hond. Dicho de una persona: Que dice o hace cosas que denotan falta de inteligencia, de listeza o de rapidez. U. t. c. s. 3. m. Cuba. sabicú. 4. m. Cuba. En la tradición popular campesina, duende enano que aparece en los ríos.
  • El entretenimiento de los viejos era hacer cuentos. Chistes y cuentos. Hacían cuentos a todas horas, por la mañana, por la noche, siempre tenían el ánimo de contar sus cosas. Eran tantos cuentos que muchas veces no se podía prestar atención porque mareaban. Yo fingía que estaba oyendo, pero la verdad era que todo el final lo tenía revuelto en la cabeza.
  • Bueno, para no perderme con los cuentos de Ma’Lucía… lo del elefante era muy extraño; cuando ella veía un circo de esos que andaban por los pueblos, de los que traían elefantes y monos, decía: “Usté, criollo, no sabe qué son lifiante, ese que usté vé aquí en circo no son lifiante, lifiante mi tierra son mayore, come corazón de palma”. Yo no podía contestar. Eso sí, me parecía muy exagerado, porque luego decía que los elefantes de su tierra pesaban veinte o veinticinco arrobas. Los muchachos nos teníamos que echar a reír, aunque ocultándonos de ella. Muchas cosas eran mentiras, pero otras eran verdades. Bueno, yo digo que eran mentiras para mí porque ellos lo creían de verdad. ¡Dios libre decirle a una vieja de ésas que estaba equivocada!
  • Por eso todo lo que los viejos contaban no era mentira, lo que pasaba era que nosotros no habíamos visto las cosas y dudábamos o nos reíamos. Hoy, después de tanto tiempo, yo me pongo a pensar y la verdad es que llego a la conclusión de que el africano era un sabio de todas las materias. Hay quien dice que ellos eran del monte y se comportaban como los animales. No falta un blanquito por ahí que lo diga. Yo pienso distinto porque los conocí. De brutos no tenían un pelo. A mí me enseñaron muchas cosas sin saber leer ni escribir. Las costumbres, que son más importantes que los conocimientos. Ser educado, no meterse en problemas ajenos, hablar bajito, respetar, ser religioso, buen trabajador… todo eso me lo inculcaron a mí los africanos. Me decían: “a la hoja de malanga le cae el agua pero no se moja”. Eso para que yo no me buscara pleitos. Que oyera y estuviera enterado para poderme defender, pero que no hablara demasiado. El que habla demasiado, se enreda. ¡A cuántas gentes no tienen que caerles bichos en la boca por la lengua tan suelta!
  • Por suerte yo he sido callado. A mí no se me olvidan las palabras de los viejos. ¡Qué va! Y cuando oigo a la gente hablando de bozalones, me echo a reír. ¡Vamos a ver quién es el bozalón! Les decían bozales por decirles algo, y por que hablaban de acuerdo con la lengua de su país. Hablaban distinto, eso era todo. Yo no los tenía en ese sentido, como bozales; al contrario, yo los respetaba.
  • Ahora, la mayoría de ellos hecho cuerpo en la Independencia. Yo mismo sé que la guerra mata la confianza de los hombres, se mueren hermanos al lado de uno y nada se puede hacer. Luego vienen los acaparadores y se cogen los puestos. De todos modos hay que fajarse. El que se acobarda y se arrincona pierde la dignidad para siempre. Estos viejos, con el recuerdo de la otra guerra fresco todavía, se metieron en la Independencia. El papel que hicieron fue bueno, pero sin entusiasmo. Ellos sí habían perdido el entusiasmo. No la fuerza ni la valentía, pero sí el entusiasmo. Además, ¡quién carajo sabia a qué se iba a lanzar!
  • Siempre que veo a un negro de éstos en mi memoria, lo veo fajado. Ellos no decían a qué iban ni por qué. Nada más se fajaban. Para defender la vida, claro. Cuando alguien les preguntaba que cómo se sentían, ellos decían: “Cuba Libre, yo soy un libera”. Ninguno quería seguir bajo el dominio español. A eso se le puede poner el cuño. Ninguno quería verse en los grillos otra vez, ni comiendo tasajo, ni cortando caña por la madrugada. Por eso se iban a la guerra. Tampoco querían quedarse solos, porque un negro viejo que no iba a la guerra se quedaba solo y no podía vivir. Se morían de tristes. Los negros de nación eran simpáticos, jaraneros, cuenteros, pillos. ¡Qué iban a empotrarse en un barracón sin hablar con nadie!
  • Si los africanos no sabían a qué iban, los cubanos tampoco. La mayoría, quiero decir. Lo que sucedía era que aquí había una revolución, un salpafuera en el que todo el mundo cayó. Hasta el más pinto. La gente decía: “¡Cuba Libre! ¡Abajo España!”; luego decían: “¡Viva el Rey!” ¡Qué sé yo! Aquello era el infierno. El resultado no se veía por ninguna parte. Quedaba un solo camino, y era la guerra.
  • Al principio nadie explicó la revolución. Uno se metía de porque sí. Yo mismo no sabía del porvenir. Lo único que decía era: “¡Cuba Libre!” Los jefes fueron reuniendo a la gente y explicándoles.
  • A decir verdad, la guerra hacía falta. Los muertos se iban a morir igual y sin provecho para nadie. Yo quedé vivo de casualidad.
  • cuando la malanga se puso dura, empezaron a echar para atrás.
  • Tajó tiene que haberse muerto. El infierno es poco para él, pero ahí debe estar.
  • manigua
  • Hubo contentura, pero mucha confusión.
  • Hay que quedarse callado o contar la verdad. Pero como a uno muy poca gente le cree, pues uno se calla. Y si no se calla se complica, o se complicaba, mejor dicho, porque hoy nadie le aguanta la boca a la gente.
  • una charamusca seria.
  • El molote fue horroroso.
  • Con la alegría y la contentura
  • Como yo no era muy fiestero me las quería llevar enseguida para el otro fandango.
  • Yo me sentía contentó. Nunca pensé que la guerra se podía terminar. Me pasaba igual que en el monte, cuando la abolición. Esas cosas no eran fáciles de creer. En la guerra yo me habla acostumbrado a estar desnudo, viendo bayonetas casi todos los días y huyéndole a las guerrillas. Cuando me dijeron que se había dado el armisticio[17]16 me quedé como si nada. No lo creí. En La Habana me convencí completamente. El mundo parecía que se iba a acabar. A Máximo Gómez lo aplaudían en las calles y le besaban el chaleco. No había un solo cubano que no gritara: “¡Viva Cuba Libre!”
  • La capital tenía un manejo muy raro. Uno veta las cosas más chillonas y más vulgares. Para el novato esto era lo mejor del mundo. De tanta diversión se ponían bobos, entretenidos; la borrachera y todo lo demás… Yo me solté bastante con las gallinas. Así y todo tuve calma. ¡Vamos, que no me revolví! En pocos días no se podía confiar de nadie.
  • Después la mayoría de la gente dice que los americanos eran lo más podrido. Y yo estoy de acuerdo; eran lo más podrido. Pero hay que pensar que los blancos criollos fueron tan culpables como ellos, porque se dejaron mangonear en su propia tierra. Todos, los coroneles y los limpia pisos. ¿Por qué la población no se rebeló cuando lo del Maine? Y nada de cuentos de camino, aquí el más pinto sabía, que el Maine lo hablan volado ellos mismos para meterse en la guerra. Sí ahí la gente se hubiera revirado todo hubiera sido distinto. No hubieran ocurrido tantas cosas. Pero a la hora de los mameyes nadie echó cuerpo ni palabra. Máximo Gómez, que para mí que sabía algo, se calló y murió con el secretó. Yo pienso así y que me caiga muerto si digo mentira.
  • A decir verdad yo prefiero al español que al americano; pero al español en su tierra. Cada uno en su tierra. Ahora, al americano no lo quiero ni en la suya.
  • Los americanos se cogieron a Cuba con engatusamientos. Es verdad que no hay que echarles la culpa de todo. Fueron los cubanos, los que los obedecieron, los verdaderos culpables. Ahí hay muchos terrenos que investigar. Yo estoy seguro que el día que se descubra toda la maraña que hay oculta, se va a acabar el mundo. Se tiene que acabar, porque ahora mismo es y ellos han metido la mano dondequiera.
  • Fue patriota de negocio, no de manigua.
  • charamusca: Pelea.
  • leggua: Deidad yoruba. Dios de los caminos, y el destino.
  • guásima: Árbol usado para ajusticiar por colgamiento = La Justicia.
  • Annotation El cimarrón de estas memorias vivió en la esclavitud, peleo en las guerras de la independencia cubana, a fines del siglo XIX y es un testigo privilegiado de la vida en la isla, de sus costumbres, de los últimos años coloniales y los primeros de la independencia. Memoria implacable, este viejo de 105 años contó no sólo su vida sino la de su pueblo. La recopilación cuidadosa y llena de respeto de Miguel Barnet rescata lo mejor de su lenguaje coloquial, lleno de sabor local, preciso y tan vigoroso como sus recuerdos.
  • al Hogar del Veterano, donde estaba albergado Esteban Montejo. Hallamos un hombre muy serio, sano y de cabello completamente blanco. Le conversamos largamente en aquella primera ocasión.
  • Preferimos que el libro fuese un relato en primera persona, de manera que no perdiera su espontaneidad, pudiendo así insertar vocablos y giros idiomáticos propios del habla de Esteban.
  • La historia aparece porque es la vida de un hombre que pasa por ella.

 

– Subrayado en la página 9 | Pos. 134-37  | Añadido el martes 16 de febrero de 2016 01H00′ GMT+02:00

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