Las cruzadas vistas por los árabes. Amin Maalouf

  • Las cruzadas vistas por los árabes abarca el periodo comprendido entre la llegada de los primeros cruzados a Tierra Santa en 1096 y la toma de Acre por el sultán Jalil en 1291

  • no hablan de cruzadas, sino de guerras o de invasiones francas. La palabra que designa a los francos se transcribe de forma diferente según las regiones, los autores y los períodos: farany, faranyat, ifrany, infranyat… Para unificar, hemos elegido la forma más concisa, la que sigue utilizándose, de forma preferente, en la actualidad en el habla popular para nombrar a los occidentales y, más concretamente, a los franceses: frany.
  • Sin turbante, con la cabeza afeitada en señal de luto, el venerable cadí Abu-Saad al-Harawi entra gritando en el espacioso diván del califa al-Mustazhir-billah. Lo acompaña una muchedumbre de acólitos, jóvenes y viejos. Éstos aprueban ruidosamente cada una de sus palabras y ofrecen, igual que él, el provocador espectáculo de una abundante barba bajo un cráneo rasurado. Algunos dignatarios de la corte intentan calmarlo, pero, apartándolos con gesto desdeñoso, avanza resueltamente hacia el centro de la sala y, a continuación, con la vehemente elocuencia de un predicador desde lo alto del púlpito, sermonea a todos los presentes, sin hacer distinción de rango: —¿Osáis dormitar a la sombra de una placentera seguridad, en medio de una vida frívola como la flor del jardín, mientras que vuestros hermanos de Siria no tienen más morada que las sillas de los camellos o las entrañas de los buitres? ¡Cuánta sangre vertida! ¡Cuántas hermosas doncellas por vergüenza, han tenido que ocultar su dulce rostro entre las manos! ¿Acaso los valerosos árabes se resignan a la ofensa y los ardidos persas aceptan el deshonor?
  • En efecto, el viernes 22 de shabán del año 492 de la hégira, el 15 de julio de 1099, los frany se han apoderado de la ciudad santa tras un asedio de cuarenta días.
  • Cuando, dos días después, cesó la matanza, ya no quedaba ni un solo musulmán dentro de las murallas.
  • los judíos enloquecieron. La comunidad entera, repitiendo un gesto ancestral, se reunió en la principal sinagoga para orar. Los frany bloquearon las salidas y, a continuación, apilando haces de leña todo alrededor, le prendieron fuego.
  • En su calidad de gran cadí de Damasco, Abu Saad al-Harawi recibió bondadosamente a los refugiados. Este magistrado de origen afgano es la personalidad más respetada de la ciudad; prodigó consejos y reconfortó a los palestinos. Según él, un musulmán no tiene que avergonzarse por haber tenido que huir de su tierra. ¿No fue el primer refugiado del Islam el mismísimo profeta Mahoma, que tuvo que abandonar su ciudad natal, La Meca, cuya población le era hostil, para buscar refugio en Medina, dónde la nueva religión tenía mejor acogida? ¿Y no fue acaso desde su ciudad de exilio desde dónde lanzó la guerra santa, el yihad, para liberar a su patria de la idolatría? Los refugiados, por tanto, deben ser muy conscientes de que son los combatientes de la guerra santa, los muyahidin por excelencia, tan venerados en el Islam que la emigración del Profeta, la hégira, se eligió como punto de partida de la era musulmana.
  • El saco de Jerusalén, punto de partida de una hostilidad milenaria entre el Islam y Occidente, no provocará, en el primer momento, sobresalto alguno. Habrá que esperar casi medio siglo a que el Oriente árabe se movilice frente al invasor y a que la llamada al yihad lanzada por el cadí de Damasco en el diván del califa se conmemore como el primer acto solemne de resistencia.
  • entrojar
  • Los turcos selyúcidas llegaron del Asia Central, con miles de jinetes nómadas de largos cabellos trenzados y se apoderaron en unos cuantos años de toda la región que se extiende desde el Afganistán hasta el Mediterráneo. A partir de 1055, el califa de Bagdad, sucesor del Profeta y heredero del prestigioso imperio abasida, no es más que una dócil marioneta entre sus manos. Desde Ispahán hasta Damasco, desde Nicea hasta Jerusalén, sus emires dictan la ley. Por primera vez desde hace tres siglos, todo el Oriente musulmán se halla reunido bajo la autoridad de una dinastía única que proclama su voluntad de devolverle al Islam su pasada gloria. Los rum, aplastados por los selyúcidas en 1071, jamás volvieron a levantar cabeza. Asia Menor, la mayor de sus provincias, está invadida; su propia capital ya no goza de seguridad; sus emperadores, y entre ellos el propio Alejo, no dejan de mandar delegaciones al papa de Roma, jefe supremo de Occidente, suplicándole que haga un llamamiento a la guerra santa contra este resurgir del Islam.
  • Entre primos selyúcidas no existe solidaridad alguna:
  • Descendiente de un pueblo esencialmente nómada, Kiliy Arslan sabe que su poder procede de los varios miles de guerreros que lo obedecen, no de la posesión de una ciudad,
  • jinetes ligeros que manejan admirablemente el arco.
  • La fuerza principal de su ejército reside en esas pesadas armaduras
  • sometidos, desde la llegada de los frany, a una doble opresión: la de sus correligionarios occidentales, que sospechan de su simpatía por los sarracenos y los tratan como a súbditos de rango inferior, y la de sus compatriotas musulmanes, que a menudo ven en ellos a los aliados naturales de los invasores. La frontera entre las adhesiones religiosas y nacionales es, en efecto, prácticamente inexistente. El mismo vocablo, rum, designa a bizantinos y sirios de rito griego, que se dicen siempre, por otra parte, súbditos del basileus; la palabra «armenio» se refiere a la vez a una iglesia y a un pueblo, y cuando un musulmán habla de «la nación», al-umma, se refiere a la comunidad de creyentes.
  • en la Siria del siglo XI, el yihad no es más que un lema que enarbolan los príncipes en apuros. Para que un emir acceda a socorrer a otro, tiene que ver en ello algún interés personal. Sólo entonces se le ocurre evocar los grandes principios.
  • En Siria, cuando llegan los frany, la vida política está envenenada por la «guerra de los dos hermanos», dos curiosos personajes que parecen haber salido directamente de la imaginación de un cuentista popular: Ridwan, rey de Alepo, y su hermano menor Dukak, rey de Damasco, que se tienen un odio tan tenaz
  • Naturalmente, ya no se trata de aplicar las tácticas tradicionales y de lanzar contra el enemigo oleadas sucesivas de jinetes arqueros. Los hombres de Ridwan se ven forzados a una lucha cuerpo a cuerpo en la que los caballeros cubiertos de armaduras logran sin dificultad una ventaja aplastante.
  • los príncipes selyúcidas han adquirido la costumbre de nombrar a sus más fieles y competentes esclavos para los puestos de responsabilidad. Los jefes del ejército, los gobernadores de las ciudades son a menudo esclavos, «mamelucos», y su autoridad es tal que ni siquiera tienen necesidad de que los liberten oficialmente. Antes de que concluya la ocupación franca todo el Oriente musulmán va a estar dirigido por sultanes mamelucos. Ya en 1098, los hombres más influyentes de Damasco, de El Cairo y de otras metrópolis son esclavos o hijos de esclavos.
  • Los frany se guarecen tras los muros de Antioquía; de sitiadores se han convertido en sitiados.
  • Está claro que el ejército musulmán no es una fuerza homogénea, sino una coalición de príncipes con intereses a menudo encontrados. Las ambiciones territoriales del atabeg no son un secreto para nadie, y Dukak no tiene dificultad alguna en convencer a sus pares de que su auténtico enemigo es el propio Karbuka. Si sale victorioso de la batalla contra los infieles, se proclamará salvador y ninguna ciudad de Siria podrá entonces escapar a su autoridad. Si, por el contrario, Karbuka sufre una derrota, el peligro que se cierne sobre las ciudades sirias quedará descartado. Frente a esta amenaza, el peligro franco es un mal menor. El que los rum quieran, con ayuda de sus mercenarios, recuperar su ciudad de Antioquía no tiene nada de dramático, dado que sigue siendo impensable que los frany creen sus propios Estados en Siria. Como dirá Ibn al-Atir, «el atabeg indispuso tanto a los musulmanes con sus pretensiones que éstos decidieron traicionarlo en el momento más decisivo de la batalla».
  • Abul-Ala al-Maari, fallecido en 1057. Este poeta ciego, librepensador, había osado criticar las costumbres de su época, haciendo caso omiso de las prohibiciones. Hacía falta atrevimiento para escribir: Los habitantes de la tierra se dividen en dos, los que tienen cerebro pero no religión, los que tienen religión pero no cerebro.
  • En Maarat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados. Esta confesión del cronista franco Raúl de Caen no la leerán los habitantes de las ciudades próximas a Maarat, pero se acordarán mientras vivan de lo que han visto y oído. Pues el recuerdo de estas atrocidades, difundido por los poetas locales así como por la tradición oral, fijará en las mentes una imagen de los frany difícil de borrar.
  • En Maarat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados. Esta confesión del cronista franco Raúl de Caen no la leerán los habitantes de las ciudades próximas a Maarat, pero se acordarán mientras vivan de lo que han visto y oído. Pues el recuerdo de estas atrocidades, difundido por los poetas locales así como por la tradición oral, fijará en las mentes una imagen de los frany difícil de borrar.
  • En Maarat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados. Esta confesión del cronista franco Raúl de Caen no la leerán los habitantes de las ciudades próximas a Maarat, pero se acordarán mientras vivan de lo que han visto y oído. Pues el recuerdo de estas atrocidades, difundido por los poetas locales así como por la tradición oral, fijará en las mentes una imagen de los frany difícil de borrar.
  • El cronista Usama Ibn Munqidh, nacido tres años antes de estos acontecimientos en la vecina ciudad de Shayzar, había de escribir un día: Cuantos se han informado sobre los frany han visto en ellos a alimañas, que tienen la superioridad del valor y del ardor en el combate, pero ninguna otra, lo mismo que los animales tienen la superioridad de la fuerza y de la agresión.
  • El episodio de Maarat va a contribuir a abrir entre los árabes y los frany un foso que no podrá cerrarse durante varios siglos.
  • Besa el brazo que no puedes romper y ruega a Dios que lo rompa El, dice un proverbio local.
  • Algunos dicen que cuando los señores de Egipto vieron la expansión del imperio selyúcida, se asustaron y pidieron a los frany que marcharan sobre Siria y establecieran un tapón entre ellos y los musulmanes. Sólo Dios sabe la verdad. Esta singular explicación dada por Ibn al-Atir
  • si bien es totalmente imaginario que los fatimitas hayan llamado a los frany, la alegría de los dirigentes de El Cairo a la llegada de los guerreros occidentales sí que es real.
  • Mientras los rum veían cómo se les iba de las manos Antioquía y Asia Menor, los egipcios perdían Damasco y Jerusalén, que les habían pertenecido durante un siglo. Entre El Cairo y Constantinopla, así como entre al-Afdal y Alejo, se ha establecido una firme amistad.
  • En julio, cuenta Ibn al-Qalanisi, se anunció que el generalísimo, emir de los ejércitos, al-Afdal, había salido de Egipto a la cabeza de un nutrido ejército y había puesto sitio a Jerusalén, donde se hallaban los emires Sokman e Ilghazi, hijos de Ortok. Atacó a la ciudad y se puso en batería los almajaneques. Los dos hermanos turcos que gobernaban Jerusalén acababan de llegar precisamente del norte, donde habían participado en la desafortunada expedición de Karbuka. Al cabo de cuarenta días de sitio, la ciudad había capitulado. Al-Afdal trató con generosidad a ambos emires y los puso en libertad a ellos y a su séquito.
  • basileus ya no ejerce control alguno sobre los frany.
  • la guerra santa para apoderarse de la tumba de Cristo
  • «¡Iremos a Jerusalén todos juntos, en orden de combate, con las lanzas en alto!». Es una declaración de guerra. El 19 de mayo de 1099,
  • siempre la ha llamado por su nombre corriente, Iliya, pero los ulemas, los doctores de la ley, le dan el sobrenombre de al-Quds, Beit-el-Maqdes o al-Beit al-Muqaddas, «el lugar de la santidad». Dicen que es la tercera ciudad santa del Islam, después de La Meca y Medina, pues aquí fue adonde condujo Dios al Profeta, durante una noche milagrosa, para que se reuniera con Moisés y con Jesús, hijo de María. Desde entonces, al-Quds es, para todo musulmán, el símbolo de la continuidad del mensaje divino. Muchos devotos vienen a orar a la mezquita al-Aqsa,
  • A la población de la Ciudad Santa la pasaron a cuchillo, y los frany estuvieron matando musulmanes durante una semana. En la mezquita al-Aqsa, mataron a más de setenta mil personas. E Ibn al-Atir, que evita citar cifras incomprobables, puntualiza: Mataron a mucha gente. A los judíos los reunieron en su sinagoga y allí los quemaron vivos los frany. Destruyeron también los monumentos de los santos y la tumba de Abraham —¡la paz sea con él! Entre los monumentos saqueados por los invasores se encuentra la mezquita de Umar, erigida en memoria del segundo sucesor del Profeta, el califa Umar Ibn al-Jattab, que había tomado Jerusalén a los rum en febrero de 638. Tras estos hechos, los árabes aprovecharán siempre que puedan la ocasión de evocar aquel acontecimiento con la intención de recalcar la diferencia entre su comportamiento y el de los frany. Aquel día, Umar había entrado montado en su célebre camello blanco, mientras el patriarca griego de la Ciudad Santa acudía a su encuentro. El califa había empezado por prometerle que se respetarían la vida y los bienes de todos los habitantes, antes de pedirle que lo acompañara a visitar los lugares sagrados del cristianismo. Mientras se hallaban en la iglesia de la Qyama, el Santo Sepulcro, como había llegado la hora de la oración, Umar le había preguntado a su anfitrión dónde podría extender su alfombra para prosternarse. El patriarca lo había invitado a permanecer donde estaba, pero el califa había contestado: «Si lo hago, los musulmanes querrán apropiarse mañana de este lugar diciendo: Umar ha orado aquí». Y, llevándose su alfombra, fue a arrodillarse fuera. Estuvo en lo cierto, pues en ese mismo lugar fue donde se construyó la mezquita que lleva su nombre. Los jefes francos, desgraciadamente, no son tan magnánimos. Celebran su triunfo con una matanza indescriptible y luego saquean salvajemente la ciudad que dicen venerar.
  • una de las primeras medidas que toman los frany es la de expulsar de la iglesia del Santo Sepulcro a todos los sacerdotes de los ritos orientales —griegos, georgianos, armenios, coptos y sirios—, que oficiaban en ella conjuntamente en virtud de una antigua tradición que habían respetado hasta entonces todos los conquistadores.
  • Godofredo de Bouillon, nuevo señor de Jerusalén.
  • Bagdad en la ciudad fabulosa de las mil y una noches. A comienzos del siglo IX, en los tiempos en que reinaba su antepasado Harún-al-Rashid, el califato era el Estado más rico y más poderoso de la tierra, y su capital el centro de la civilización más avanzada. Tenía mil médicos diplomados, un gran hospital gratuito, un servicio postal regular, varios bancos, algunos de los cuales tenían sucursales en la China, una excelente canalización de agua, un sistema de evacuación directa a la cloaca así como una fábrica de papel —los occidentales, que sólo utilizaban el pergamino a su llegada a Oriente, aprendieron en Siria el arte de fabricar papel a partir de la paja de trigo.
  • Harún ha muerto en 809. Un cuarto de siglo después, sus sucesores han perdido cualquier poder real, Bagdad está medio destruida y el imperio se ha desintegrado. No queda ya más que ese mito de una era de unidad, de grandeza y de prosperidad, que va a poblar para siempre los sueños de los árabes. Es cierto que los abasidas seguirán reinando durante cuatro siglos, pero ya no gobernarán. No serán ya más que rehenes en manos de sus soldados turcos o persas,
  • en realidad, cada provincia del imperio selyúcida es prácticamente independiente, y los miembros de la familia reinante están totalmente absortos en sus disputas dinásticas.
  • Bagdad
  • ha cambiado de manos ocho veces en treinta meses: ¡ha tenido un señor distinto cada cien días!
  • lítotes o litotes (Del b. lat. litŏtes, y este del gr. λιτότης). f. Ret. atenuación (‖ figura retórica).

 

La ocupación (1100-1128)

  • el anciano Saint-Gilles, que nunca ha ocultado sus aspiraciones sobre Trípoli, Homs y toda Siria, ha embarcado súbitamente hacia Constantinopla tras un conflicto con los demás jefes francos.
  • La sucesiva eliminación de Saint-Gilles, Godofredo y Bohemundo, los tres principales artífices de la invasión franca,
  • El cadí de Trípoli ha decidido deliberadamente salvar a Balduino, ya que cree que la principal amenaza para su ciudad procede de Dukak, quien también había actuado así en contra de Karbuka dos años antes. A ambos la presencia franca les ha parecido, en el momento decisivo, un mal menor. Pero este mal va a propagarse muy deprisa.
  • Balduino se proclama rey de Jerusalén
  • En mayo de 1101, el sultán se entera de que han cruzado el Bosforo más de cien mil hombres al mando de Saint-Gilles,
  • Su ejército no resulta nada impresionante. Unos cuantos cientos de caballeros que avanzan torpemente, doblados bajo el peso de unas armaduras recalentadas y, tras ellos, una abigarrada muchedumbre compuesta más por mujeres y niños que por auténticos combatientes. En cuanto la primera oleada de jinetes turcos se lanza al ataque, los frany huyen. No es una batalla sino una carnicería que se prolonga durante un día entero. A la caída de la noche, Saint-Gilles huye con sus allegados sin avisar siquiera al grueso del ejército.
  • la matanza de Merzifun
  • Nunca se recuperarán los frany de esta triple matanza. Con la voluntad de expansión que los anima en estos años decisivos, la afluencia de tan gran número de nuevos recién llegados, combatientes o no, hubiera debido permitirles sin duda colonizar el conjunto del Oriente árabe antes de que a éste le hubiera dado tiempo a reponerse.
  • Saint-Gilles los atacó con sus otros doscientos soldados, los venció y mató a siete mil. ¿Trescientos frany que vencen a varios miles de musulmanes? Todo parece indicar que el relato del historiador árabe se ajusta a la realidad. La explicación más probable es que Dukak quiso hacerle pagar al cadí de Trípoli la actitud que había tenido durante la emboscada de Nahr-el-Kalb. La traición de Fajr el-Mulk había impedido eliminar al fundador del reino de Jerusalén; la revancha del rey de Damasco va a permitir la creación de un cuarto estado franco: el condado de Trípoli.
  • la batalla de Harrán ha apartado del escenario de los hechos, y esta vez definitivamente, al principal artífice de la invasión. Sobre todo, y esto es lo más importante, ha atajado para siempre el empuje de los frany hacia el este.
  • a principios del mes de octubre de 1108,
  • ¿Podían imaginar quienes habían tomado parte en la gigantesca batalla de Antioquía que, diez años después, un gobernador de Mosul, sucesor del atabeg Karbuka, sellaría una alianza con un conde franco de Edesa y que ambos combatirían juntos, codo con codo, contra una coalición formada por un príncipe franco de Antioquía y el rey selyúcida de Alepo? ¡Decididamente, los frany no habían tardado mucho en convertirse en jugadores de pleno derecho en el pimpampum de los reyezuelos musulmanes! Los cronistas no parecen nada escandalizados.
  • Los hombres de Antioquía y de Alepo aventajan en seguida a los otros. Yawali huyó y gran número de musulmanes buscaron refugio en Tell Basher donde Balduino y su primo Jocelin los trataron con benevolencia; atendieron a los heridos, les dieron ropa y los devolvieron a su región. El homenaje que rinde el historiador árabe al espíritu caballeroso de Balduino contrasta con la opinión que tienen del conde los habitantes cristianos de Edesa. Al enterarse de que a éste lo había vencido y creyéndolo, sin duda, muerto, los armenios de la ciudad piensan que ha llegado el momento de liberarse de la dominación franca. Hasta tal punto que, a su regreso, Balduino halla su capital administrada por una especie de comuna. Preocupado por las veleidades independentistas de sus súbditos, manda detener a los principales notables, entre los que hay varios sacerdotes, y ordena que les saquen los ojos.
  • En cuanto a Tancredo, la victoria de 1108 lo ha llevado al apogeo de su gloria. El principado de Antioquía se ha convertido en una potencia regional temida por todos sus vecinos, ya sean turcos, árabes, armenios o francos. El rey Ridwan ya no es sino un aterrado vasallo. ¡El sobrino de Bohemundo exige que lo llamen «gran emir»!
  • En el espacio de diecisiete meses han tomado y saqueado Trípoli, Beirut y Saida, tres de las ciudades más famosas del mundo árabe, han asesinado o deportado a sus habitantes, han matado u obligado a exiliarse a sus emires, cadíes y hombres de leyes, han profanado sus mezquitas. ¿Qué fuerza puede impedir a los frany que, dentro de nada, estén en Tiro, en Alepo, en Damasco, en El Cairo, en Mosul? o —¿por qué no?— ¿en Bagdad? ¿Existe aún la voluntad de resistir? Entre los dirigentes musulmanes, seguro que no. Pero, entre la población de las ciudades más amenazadas, la guerra santa que libran sin tregua, a lo largo de los últimos trece años, los peregrinos combatientes de Occidente, empieza a surtir efecto: el yihad, que desde hacía mucho tiempo no era más que una consigna que servía para adornar los discursos oficiales, vuelve a hacer su aparición. De nuevo lo preconizan algunos grupos de refugiados, algunos poetas y algunos religiosos.
  • «¡El rey de los rum es más musulmán que el príncipe de los creyentes!» Pues sabe que no se trata de una acusación gratuita, sino que los manifestantes, guiados por Ibn al-Jashab, han aludido al mensaje que, días antes, ha llegado al diván del califa. Provenía del emperador Alejo Comneno e instaba a los musulmanes a unirse a los rum para luchar contra los frany y expulsarlos de nuestras tierras.
  • los vendedores de «sharab», esas bebidas frescas de fruta concentrada que los frany aprenderán de los árabes en su forma líquida, «jarabe», o helada, «sorbetes».
  • Sin embargo se equivoca, ya que, en contra de lo que se esperaba, las manifestaciones de febrero de 1111 en Bagdad producen el efecto pretendido por Ibn al-Jashab. Al sultán,
  • Cuando la poderosa expedición del sultán llega a Siria central en la primavera de 1115, la espera una gran sorpresa. Balduino de Jerusalén y Toghtekin de Damasco están allí, codo con codo, rodeados de sus tropas, así como de las de Antioquía, Alepo y Trípoli. Los príncipes de Siria, tanto los musulmanes como los francos, sintiéndose amenazados por igual por el sultán, han decidido coaligarse y el ejército selyúcida tendrá que realizar una afrentosa retirada al cabo de unos meses.
  • Tras los motines de Bagdad, la insurrección de Ascalón y la resistencia de Tiro, empieza a soplar un viento de rebelión. Hay un número creciente de árabes que odian por igual a los invasores y a la mayoría de los dirigentes musulmanes a los que acusan de incuria e incluso de traición. En Alepo, sobre todo, esta actitud rápidamente supera el simple arrebato de cólera. Dirigidos por el califa Ibn al-Jashab, los ciudadanos deciden tomar las riendas de su propio destino. Ellos mismos elegirán a sus dirigentes y les impondrán la política que han de seguir. Cierto es que vendrán muchas derrotas, muchas decepciones. La expansión de los frany no ha concluido y su arrogancia no tiene límites. Pero, en lo sucesivo, vamos a asistir a la lenta formación de un mar de fondo que ha nacido en las calles de Alepo y que, poco a poco, irá invadiendo el oriente árabe y llevará un día al poder a hombres justos, valerosos, sacrificados, capaces de reconquistar el territorio perdido.
  • Al llegar poco después de esta espectacular incursión por el Sinaí, la victoria de Sarmada se presenta como una revancha y, para algunos optimistas, como el principio de la reconquista.
  • En septiembre de 1122, Balak logra, mediante un brillante golpe de mano, apoderarse de Jocelin, quien ha sustituido a Balduino II como conde de Edesa. Según Ibn al-Atir, lo envolvió en una piel de camello que mandó coser y, a continuación, rechazando todas las ofertas de rescate, lo encerró en una fortaleza. He aquí, pues, tras la desaparición de Roger de Antioquía, otro estado franco que se ha quedado sin jefe. El rey de Jerusalén, preocupado, decide acudir personalmente al norte. Unos caballeros de Edesa lo llevan a visitar el lugar en que ha caído prisionero Jocelin, una zona pantanosa a orillas del Eufrates. Balduino II efectúa una breve visita de inspección y ordena que monten las tiendas para pasar la noche. Al día siguiente, se levanta muy temprano para practicar su deporte favorito, aprendido de los príncipes orientales, la cetrería, cuando, de repente, Balak y sus hombres, que se habían aproximado sin ruido, rodean el campamento. El rey de Jerusalén arroja las armas; a él también lo hacen prisionero.
  • la unión que se efectúa en 1125 entre Alepo y Mosul va a convertirse en el núcleo de un poderoso Estado, que pronto podrá replicar con éxito a la arrogancia de los frany.
  • Cuando nació Hasan, la doctrina chiita, a la que se adherirá, era dominante en el Asia musulmana. Siria pertenecía a los fatimitas de Egipto y otra dinastía, la de los boneyhidas, controlaba Persia y le decía lo que tenía que hacer al califa abasida en pleno corazón de Bagdad. Pero, durante la juventud de Hasan, la situación había cambiado por completo. Los selyúcidas, defensores de la ortodoxia sunní, se han apoderado de toda la región. El chiismo, antaño triunfante, no era por entonces sino una doctrina apenas tolerada y, a menudo, perseguida.
  • La serenidad con que los miembros de la secta aceptaban dejarse matar hizo creer a los contemporáneos que estaban drogados con hachís, lo que les valió el sobrenombre de «hashishiyun» o «hashashin», una palabra que se va a deformar en «asesino» y que no tardará en convertirse, en muchas lenguas, en un nombre común.
  • Su éxito es, además, fulminante. El primer crimen, ejecutado en 1092, dos años después de la fundación de la secta, es, por sí solo, una epopeya. Los selyúcidas están entonces en el apogeo de su poderío. Ahora bien, el pilar de su imperio, el hombre que ha organizado durante treinta años el dominio conquistado por los guerreros turcos en un auténtico estado artífice del renacimiento del poder sunní y de la lucha contra el chiismo, es un anciano visir cuyo nombre basta para evocar su obra: Nizam al-Mulk, el «Orden del Reino». El 14 de octubre de 1092, un adepto de Hasan le asesta una puñalada. Cuando asesinaron a Nizam al-Mulk —dice Ibn al-Atir—, se desintegró el Estado. De hecho, el imperio selyúcida jamás volverá a recobrar su unidad, su historia ya no estará jalonada de conquistas sino de interminables guerras de sucesión. Misión cumplida, habría podido decir Hasan a sus camaradas de Egipto. En lo sucesivo, está abierto el camino para una reconquista fatimita. Ahora le toca actuar a Nizar; pero, en El Cairo, la insurrección no prospera. Al-Afdal, que hereda el visirato de su padre en 1094, aplasta despiadadamente a los amigos de Nizar, al que empareda vivo.
  • los llaman los «batiníes», «los que se adhieren a una creencia distinta de la que profesan en público»;
  • Los mejores entre los creyentes tenían el corazón en un puño, pero se abstenían de hablar pues los batiníes habían empezado a matar a quienes se le resistían y a apoyar a quienes aprobaban sus desvaríos. ¡Nadie se atrevía ya a censurarlos en público, ni emires, ni visires, ni sultanes!
  • Nunca ha sido tan seria la amenaza de los asesinos. Ya no se trata de una simple empresa de hostigamiento, sino de una auténtica lepra que carcome el mundo árabe en un momento en que necesita toda su energía para hacer frente a la ocupación franca.

 

 

 

La reacción (1128-1146)

 

  • una rebelión de los árabes contra los turcos,
  • a Zangi se le va a alabar algún día, no sin razón, como el primer gran combatiente del yihad contra los frany. Antes de él, los generales turcos llegaban a Siria acompañados de tropas impacientes por entregarse al saqueo y volver a marcharse con paga y botín. El efecto de su victoria quedaba anulado rápidamente por la derrota siguiente. Desmovilizaban a las tropas para volver a movilizarlas al año siguiente. Con Zangi cambian las costumbres; durante dieciocho meses, este infatigable guerrero va a recorrer Siria e Irak, durmiendo entre paja para protegerse del barro, luchando con unos, pactando con otros, intrigando contra todos. Nunca piensa en fijar su residencia y vivir apaciblemente en uno de los numerosos palacios de sus vastas posesiones.
  • A diferencia de los otros ejércitos que han tenido que combatir a los frany, el suyo no lo manda una multitud de emires autónomos dispuestos en todo momento a traicionar o a dividirse entre sí. Reina una estricta disciplina
  • Dicen que ha nacido la discordia entre los frany, cosa desacostumbrada en ellos —Ibn al-Qalanisi no sale de su asombro—. Hasta hay quien afirma que han luchado entre sí y que ha habido varios muertos. Pero el pasmo del cronista no es nada comparado con el que siente Zangi el día que recibe un mensaje de Alicia, la hija de Balduino II, rey de Jerusalén, ¡proponiéndole una alianza contra su propio padre! Este extraño asunto comienza en febrero de 1130, cuando el príncipe Bohemundo II de Antioquía, que ha ido a guerrear al norte, cae en una emboscada que le tiende Gazhi, el hijo del emir Danishmend que había capturado a Bohemundo I treinta años antes. Menos afortunado que su padre, Bohemundo II muere en el combate y su rubia cabeza, primorosamente embalsamada y metida en una caja de plata, se le envía de regalo al califa. Cuando llega a Antioquía la noticia de su muerte, su viuda, Alicia, organiza un auténtico golpe de Estado. Con el apoyo, según parece, de la población armenia, griega y siria de Antioquía, se hace con el control de la ciudad y se pone en contacto con Zangi. Curiosa actitud que anuncia el nacimiento de una nueva generación de frany, la segunda, que ya no tiene mucho en común con los pioneros de la invasión. De madre armenia, la joven princesa no ha conocido nunca Europa, se siente oriental y como tal actúa. Informado de la rebelión de su hija, el rey de Jerusalén marcha inmediatamente hacia el norte a la cabeza de su ejército. Poco antes de llegar a Antioquía, encuentra por casualidad a un caballero de aspecto deslumbrante cuya cabalgadura, de un blanco inmaculado, lleva herraduras de plata y va bardado, desde las crines hasta el pecho, con una soberbia armadura cincelada. Es un regalo de Alicia a Zangi, acompañado de una carta en que la princesa pide al atabeg que acuda en su auxilio, prometiéndole reconocer su soberanía. Tras haber mandado ahorcar al mensajero, Balduino prosigue su camino hacia Antioquía, cuyas riendas vuelve a tomar rápidamente. Alicia capitula tras una resistencia simbólica en la Ciudadela. Su padre la exilia al puerto de Latakia. Pero poco después, en agosto de 1131, muere el rey de Jerusalén. Una señal de que los tiempos cambian es que el cronista de Damasco le dedica un elogio fúnebre en debida forma. Los frany no son ya, como en los primeros tiempos de la invasión, una masa informe en la que apenas se distingue a unos cuantos jefes. La crónica de Ibn al-Qalanisi se interesa ahora por los detalles y esboza incluso un análisis.
  • En razón de su higiene más que primitiva, así como de su falta de adaptación a las condiciones de la vida de Oriente, los occidentales padecen una muy elevada tasa de mortalidad infantil que afecta, en primer lugar y según una archiconocida ley natural, a los niños. Sólo con el tiempo aprenderán a mejorar su situación utilizando regularmente el baño y recurriendo con mayor frecuencia a los servicios de los médicos árabes.
  • Tal bloqueo no hubiera tenido consecuencias si los sitiados hubieran sido árabes, ya que éstos utilizaban desde hacía siglos la técnica de las palomas mensajeras para comunicarse de una ciudad a otra. Todos los ejércitos en campaña llevaban consigo palomas que pertenecían a distintas ciudades y plazas fuertes musulmanes. Las habían adiestrado para que volvieran siempre a su nido de origen.
  • Sin embargo, rum y frany se reconcilian antes de lo previsto. Para calmar al basileus, los occidentales le prometen devolverle Antioquía al comprometerse Juan Comneno a entregarles, a cambio, varias ciudades musulmanas de Siria. Ello desencadena, en marzo de 1138, una nueva guerra de conquista. Los lugartenientes del emperador son dos jefes francos: el nuevo conde de Edesa, Jocelin II, y un caballero llamado Raimundo que acaba de hacerse cargo del principado de Antioquía al casarse con Constanza, una niña de ocho años, la hija de Bohemundo II y de Alicia.
  • partidas de dados. Este juego, conocido ya en el Egipto faraónico, en el siglo XII está tan extendido en Oriente como en Occidente. Los árabes lo llaman «azzahr», una palabra que los frany adoptarán para designar no el juego en sí sino la suerte, el «azar».
  • para los árabes del siglo XII, la justicia era algo serio. Los jueces, los cadíes, eran unos personajes sumamente respetados que, antes de dictar sentencia, tenían la obligación de atenerse a unos procedimientos muy concretos que fija el Corán: requisitoria, defensa, testimonios. El «juicio de Dios» al que los occidentales recurren con frecuencia, les parece una farsa macabra. El duelo que describe el cronista no es sino una de las formas de ordalía, la prueba del fuego es otra, y también está el suplicio del agua que descubre Usama con horror: Habían instalado una enorme cuba llena de agua. Al joven sospechoso, lo ataron, lo colgaron por los omóplatos de una cuerda y lo arrojaron a la cuba. Si era inocente, decían, se hundiría con el agua y lo sacarían tirando de esa cuerda. Si era culpable, no conseguiría hundirse en el agua.
  • La opinión del emir sirio sobre los «bárbaros» sigue siendo prácticamente la misma cuando habla de sus conocimientos. En el siglo XII los frany están muy atrasados en relación con los árabes en todos los campos científicos y técnicos. Pero es en medicina donde la diferencia es mayor entre el Oriente desarrollado y el Occidente primitivo.
  • Si la caída de Jerusalén, en julio de 1099, ha marcado el final de la invasión franca y la de Tiro, en julio de 1124, el término de la fase de ocupación, la reconquista de Edesa perdurará en la historia como la culminación de la reacción árabe ante los invasores y el comienzo de la larga marcha hacia la victoria.
  • 1144, la ciudad de Edesa,
  • El relato más conmovedor de la conquista de Edesa es el que hace un testigo ocular, el obispo sirio Abul-Faray Basilio, que se ha visto mezclado directamente en los acontecimientos. Su actitud durante la batalla es un buen ejemplo del drama de las comunidades cristianas orientales a las que pertenece. Al ver atacada su ciudad, Abul-Faray participa activamente en su defensa pero, al propio tiempo, sus simpatías se dirigen más al ejército musulmán que a sus «protectores» occidentales, a los que no tiene excesiva estima.
  • En una nota sutilmente satírica, Ibn al-Qalanisi se disculpa ante sus lectores por haber escrito en su crónica «el sultán Fulano de Tal», «el emir» o «el atabeg», sin añadir los títulos completos. Pues, explica, desde el siglo X hay tal inflación de sobrenombres honoríficos que su relato se habría tornado ilegible si hubiera querido citarlos todos. Añorando discretamente los tiempos de los primeros califas que se conformaban con el título, soberbio dentro de su sencillez, de «príncipe de los creyentes», el cronista de Damasco cita varios ejemplos para ilustrar lo que dice y, entre ellos, precisamente el de Zangi. Ibn al-Qalanisi recuerda que, cada vez que menciona al atabeg, debería escribir textualmente: El emir, el general, el grande, el justo, el ayudante de Dios, el triunfador, el único, el pilar de la religión, la piedra angular del Islam, el ornamento del Islam, el protector de las criaturas, el asociado de la dinastía, el auxiliar de la doctrina, la grandeza de la nación, el honor de los reyes, el apoyo de los sultanes, el vencedor de los infieles, de los rebeldes y de los ateos, el jefe de los ejércitos musulmanes, el rey victorioso, el rey de los príncipes, el sol de los méritos, el emir de los dos Irak y de Siria, el conquistador de Irán, Bahlawan Yihan Alp Inasay Kotlogh Toghrulbeg atabeg Abu-Said Zangi Ibn Aq Sonqor, sostén del príncipe de los creyentes.
  • el atabeg toma las riendas de la situación, ejecuta a los partidarios del antiguo conde y, para reforzar el partido antifranco en el seno de la población, instala en Edesa a trescientas familias judías con cuyo apoyo puede contar incondicionalmente. Esta alarma convence a Zangi de que más vale renunciar, al menos de momento, a extender sus dominios y dedicarse a consolidarlos.
  • la arrebatiña.
  • La victoria (1146-1187) Dios mío, concede la victoria al Islam y no a Mahmud. ¿Quién es el perro Mahmud para merecer la victoria? NUR AL-DIN MAHMUD Unificador del Oriente árabe (1117-1174)
  • Nur al-Din consigue, desde que aparece en escena, presentarse como un hombre piadoso, reservado, justo, respetuoso con la palabra dada y totalmente entregado al yihad contra los enemigos del Islam. Y algo aún más importante, y en ello estriba su genio, convertirá sus virtudes en temible arma política. Comprende, a mediados del siglo XII, el insustituible papel que puede desempeñar la movilización psicológica y crea un auténtico aparato propagandístico. Varios cientos de letrados, religiosos en su mayoría, tendrán la misión de ganar para él la activa simpatía del pueblo forzando así a los dirigentes del mundo árabe a alistarse bajo sus banderas.
  • Los principios que defiende son sencillos: una sola religión, el Islam sunní, lo que implica una encarnizada lucha contra todas las «herejías»; un solo Estado, para cercar a los frany por todas partes; un solo objetivo, el yihad, para reconquistar los territorios ocupados y sobre todo, liberar Jerusalén. Durante los veintiocho años de su reinado, Nur al-Din incitará a varios ulemas a que escriban tratados que alaben los méritos de la ciudad santa, al-Quds,
  • Pero este culto a la personalidad es tanto más hábil y eficaz cuanto que está paradójicamente basado en la humildad y la austeridad del hijo de Zangi.
  • la propaganda de Nur al-Din resalta continuamente las supresiones de impuestos que efectúa
  • Con el tiempo se irá volviendo cada vez más estricto en lo que a los preceptos religiosos se refiere. No contento con prohibirse el alcohol a sí mismo, se lo prohíbe por completo a su ejército, «así como el tamboril, la flauta y otros objetos que desagradan a Dios», especifica Kamal al-Din, el cronista de Alepo,
  • Tales demostraciones de humildad van a granjearle la simpatía de los débiles y de las personas piadosas, pero los poderosos no vacilarán en decir que se trata de hipocresía. Sin embargo, parece cierto que sus convicciones eran sinceras, aun cuando su imagen externa fuera, en parte, un montaje. Sea como fuere, ahí están los resultados: es Nur al-Din quien va a convertir al mundo árabe en una fuerza capaz de aplastar a los frany y es su lugarteniente Saladino quien recogerá los frutos de la victoria.
  • la segunda invasión franca, provocada por la caída de Edesa, en principio parece una nueva edición de la primera. Innúmeros combatientes irrumpen en Asia Menor en el otoño de 1147 llevando, una vez más, cosidos a la espalda, trozos de tela en forma de cruz. Al cruzar Dorilea, donde había acontecido la histórica derrota de Kiliy Arslan, el hijo de éste, Masud, los espera para vengarse con cincuenta años de retraso. Les tiende una serie de emboscadas y les inflige golpes particularmente duros. No dejaban de anunciar que su número iba disminuyendo, de forma que los ánimos se tranquilizaron algo.
  • ¿Atacar Damasco? ¿Atacar la ciudad de Muin al-Din Uñar, el único dirigente musulmán que tiene un tratado de alianza con Jerusalén? ¡No podían prestarle mejor servicio los frany a la resistencia árabe! Sin embargo, retrospectivamente, parece que los poderosos reyes que mandaban aquellos ejércitos de frany juzgaron que sólo la conquista de una ciudad prestigiosa como Damasco justificaba su desplazamiento hasta Oriente.
  • Conrado, emperador de los alemanes, y no mencionan para nada la presencia del rey de Francia, Luis VII, aunque es cierto que se trata de un personaje de escasa envergadura.
  • Decididamente, los frany ya no son lo que eran. La incuria de los dirigentes y la desunión de los jefes militares parece no ser ya el triste privilegio de los árabes. Los damascenos están estupefactos: ¿es posible que la poderosa expedición franca que hace temblar a Oriente desde hace meses esté en plena descomposición tras menos de cuatro días de combate? Pensaron que estaban preparando una trampa dice Ibn al-Qalanisi. Pero no hay tal. La nueva invasión franca ha terminado por completo.
  • Sin combate, sin derramar sangre, Nur al-Din ha conquistado Damasco más por la persuasión que por las armas. La ciudad que llevaba resistiendo desde hacía un cuarto de siglo a cuantos intentaban dominarla, ya fuesen los asesinos, los frany o Zangi, se había dejado seducir por la suave firmeza de un príncipe que prometía a la vez garantizar su seguridad y respetar su independencia. No lo lamentará y vivirá, gracias a él y a sus sucesores, uno de los períodos más gloriosos de su historia.
  • Por vez primera desde el principio de las guerras francas, las dos grandes metrópolis sirias, Alepo y Damasco, se hallan reunidas en el seno de un mismo Estado, bajo la autoridad de un príncipe de treinta y siete años firmemente decidido a consagrarse a la lucha contra el ocupante.
  • Reinaldo de Chátillon, ese caballero que desde 1153 dirige los destinos del principado de Antioquía, hombre brutal, arrogante, cínico y despectivo, que un día va a simbolizar para los árabes toda la maldad de los frany y al que Saladino jurará matar con sus propias manos. El príncipe Reinaldo, el «brins Arnat» de los cronistas, ha llegado a Oriente en 1147 con la mentalidad ya anacrónica de los primeros invasores: sediento de oro, de sangre y de conquista.
  • En lo que a Manuel se refiere, tras esta expedición, su autoridad es cada vez mayor. Consigue imponer su soberanía tanto en el principado franco de Antioquía como en los Estados turcos de Asia Menor y vuelve a dar, de esta manera, un papel determinante al imperio en los asuntos de Siria. Este resurgir del poderío militar bizantino, el último de la Historia, trastoca, a corto plazo, los platos del conflicto que enfrenta a los árabes con los frany. La constante amenaza que representan los rum en sus fronteras impide a Nur al-Din lanzarse a la ambiciosa empresa de reconquista que deseaba.
  • En lo que a Manuel se refiere, tras esta expedición, su autoridad es cada vez mayor. Consigue imponer su soberanía tanto en el principado franco de Antioquía como en los Estados turcos de Asia Menor y vuelve a dar, de esta manera, un papel determinante al imperio en los asuntos de Siria. Este resurgir del poderío militar bizantino, el último de la Historia, trastoca, a corto plazo, los platos del conflicto que enfrenta a los árabes con los frany. La constante amenaza que representan los rum en sus fronteras impide a Nur al-Din lanzarse a la ambiciosa empresa de reconquista que deseaba. Al mismo tiempo, como el poder del hijo de Zangi impide a los frany cualquier veleidad de expansión, la situación en Siria se encuentra, por así decirlo, bloqueada. Sin embargo, como si las contenidas energías de los árabes y de los frany intentaran desfogarse de golpe, el peso de la guerra se va a desplazar a un nuevo teatro de operaciones: Egipto.
  • En realidad, si Saladino destaca pronto como el gran beneficiario de la expedición egipcia, no va a desempeñar el papel principal. Tampoco Nur al-Din, a pesar de que el país del Nilo se conquista en su nombre. Esta campaña, que dura desde 1163 hasta 1169, tendrá como protagonistas a tres personajes asombrosos: un visir egipcio, Shawar, cuyas intrigas demoníacas asolarán la región, un rey franco, Amalrico, tan obsesionado por la idea de conquistar Egipto que invadirá este país cinco veces en seis años, y un general kurdo, Shirkuh, «el león», que se impondrá como uno de los genios militares de su tiempo.
  • Nur al-Din vacila, no tiene deseo alguno de dejarse arrastrar hacia el resbaladizo terreno de las intrigas cairotas, sobre todo porque, al ser un ferviente sunní, siente una no disimulada desconfianza por todo lo que se refiere al califato chiita de los fatimitas, pero, por otra parte, no quiere que Egipto, con sus riquezas, se incline del lado de los frany, que se convertirían, de ese modo, en la mayor potencia de Oriente.
  • La campaña relámpago de Shirkuh es un modelo de eficacia militar. El tío de Saladino está muy orgulloso de haber conquistado Egipto en tan poco tiempo, prácticamente sin pérdidas, y de haber burlado así a Morri. Pero Shawar, nada más recuperar el poder, sufre un asombroso cambio. Olvidando las promesas que le había hecho a Nur al-Din, conmina a Shirkuh a que salga de Egipto a la mayor brevedad. Pasmado ante tamaña ingratitud y completamente furioso, el tío de Saladino comunica a su antiguo aliado su decisión de quedarse pase lo que pase. Al verlo tan resuelto, Shawar, que realmente no se fía de su propio ejército, envía una embajada a Jerusalén para pedir ayuda a Amalrico contra el cuerpo expedicionario sirio. El rey franco no se hace de rogar. ¿Podría pasarle algo mejor a él, que andaba buscando un pretexto para intervenir en Egipto, que una llamada procedente el propio señor de El Cairo? Ya en julio de 1164, el ejército franco se interna en el Sinaí por segunda vez.
  • Al morir Shirkuh —contará Ibn al-Atir—, los consejeros del califa il-Adid le sugirieron que escogiera a Yusuf como nuevo visir porque era el más joven y parecía el más inexperto y el más débil le los emires del ejército. De hecho, se convoca a Saladino
  • La primera crisis grave estalla durante el verano de 1171, cuando Nur al-Din le exige al joven visir la abolición del califato fatimita. Como musulmán sunní, el señor de Siria no puede admitir que la autoridad espiritual de una dinastía «hereje» siga ejerciéndose en una tierra que depende de él. Envía pues varios mensajes en este sentido a Saladino, pero éste se muestra reticente. Teme ir en contra de los sentimientos de la población, chiita en gran parte, y enfrentarse a los dignatarios fatimitas. Por otra parte, no ignora que su autoridad legítima como visir le viene del califa al-Adid y teme perder, si lo destrona, aquello que garantiza oficialmente su poder en Egipto, en cuyo caso volvería a ser un simple representante de Nur al-Din.
  • La primera crisis grave estalla durante el verano de 1171, cuando Nur al-Din le exige al joven visir la abolición del califato fatimita. Como musulmán sunní, el señor de Siria no puede admitir que la autoridad espiritual de una dinastía «hereje» siga ejerciéndose en una tierra que depende de él. Envía pues varios mensajes en este sentido a Saladino, pero éste se muestra reticente. Teme ir en contra de los sentimientos de la población, chiita en gran parte, y enfrentarse a los dignatarios fatimitas. Por otra parte, no ignora que su autoridad legítima como visir le viene del califa al-Adid y teme perder, si lo destrona, aquello que garantiza oficialmente su poder en Egipto, en cuyo caso volvería a ser un simple representante de Nur al-Din. Además, ve en la insistencia del hijo de Zangi más una tentativa de refrenarlo políticamente que un fervoroso acto religioso.
  • De repente, el viernes 10 de septiembre de 1171, un habitante de Mosul que está visitando El Cairo entra en una mezquita y, subiendo al púlpito antes que el predicador, reza la oración en nombre del califa abasida. Curiosamente nadie reacciona, ni en el momento ni durante los días siguientes. ¿Se trata de un agente enviado por Nur al-Din para poner en un aprieto a Saladino? Es posible. En cualquier caso, tras este incidente, el visir, independientemente de sus escrúpulos, ya no puede diferir su decisión. Al viernes siguiente se dan órdenes de no volver a mencionar a los fatimitas en las plegarias. Al-Adid yace a la sazón en su lecho de muerte, medio inconsciente, y Yusuf prohíbe a todo el mundo que le comuniquen la nueva. «Si se cura —les dice—, tiempo tendrá de enterarse. Y si no, dejadlo morir en paz». De hecho, al-Adid se extinguirá poco tiempo después sin haberse enterado del triste fin de su dinastía. La caída del califato chiita, tras dos siglos de un reinado en ocasiones glorioso, va a suponer, como era de esperar, una prueba inmediata para la secta de los asesinos que, como en tiempos de Hasan as-Sabbah, esperaba de nuevo que los fatimitas salieran de su letargo para inaugurar una nueva edad de oro del chiismo. Viendo que ese sueño se esfumaba para siempre, sus adeptos se quedaron tan desorientados que su jefe en Siria, Rashid al-Din Sinan, «el viejo de la montaña», envía un mensaje a Amalrico para anunciarle que está dispuesto, junto con sus partidarios, a convertirse al cristianismo. Los asesinos poseen en ese momento varias fortalezas y aldeas en el centro de Siria, donde llevan una vida relativamente tranquila, y parece que han renunciado, desde hace años, a las operaciones espectaculares. Evidentemente Rashid al-Din dispone aún de equipos de criminales perfectamente entrenados, así como de devotos predicadores, pero muchos adeptos de la secta se han convertido en bondadosos campesinos que, con frecuencia, se ven obligados a pagar un tributo regular a la orden de los Templarios. Al prometer la conversión, el «viejo» espera, entre otras cosas, que sus fieles queden exentos del tributo que sólo obliga a los no cristianos. Los Templarios, que no se toman sus intereses financieros a la ligera, siguen con preocupación esos contactos entre Amalrico y los asesinos. En cuanto empieza a perfilarse el acuerdo, deciden hacerlo fracasar. Un día de 1173, cuando los enviados de Rashid al-Din vuelven de una entrevista con el rey, los Templarios les tienden una emboscada y los matan. Nunca más volverá a hablarse de la conversión de los asesinos. Dejando este episodio aparte, la abolición del califato fatimita tiene una consecuencia tan importante como imprevista: le proporciona a Saladino una dimensión pública que no poseía hasta el momento. Está claro que Nur al-Din no se esperaba tal resultado. La desaparición del califa, en lugar de reducir a Yusuf al papel de un simple representante del señor de Siria, lo convierte en el soberano efectivo de Egipto y en el legítimo guardián de los caudalosos tesoros acumulados por la depuesta dinastía. A partir de ese momento, las relaciones entre ambos hombres no dejarán de enconarse.
  • En general, Saladino tuvo buen cuidado de no ser insolente: pero lo que sí es insolente es su suerte. Eso es lo que irrita a sus adversarios; pues ese oficial kurdo de treinta y seis años
  • Lega el reino de Jerusalén a su hijo, Balduino IV, un joven de trece años afligido por la más terrible de las maldiciones: la lepra. No queda ya en todo Oriente más que un monarca que pueda oponerse a la irresistible ascensión de Saladino, y es Manuel, el emperador de los rum, que sueña con convertirse algún día en el soberano de Siria y quiere invadir Egipto en colaboración con los frany. Pero, precisamente, como para completar la serie, el poderoso ejército bizantino que había paralizado a Nur al-Din durante cerca de quince años sufrirá una total derrota en septiembre de 1176 ante Kiliy Arslan II, nieto del primero, en la batalla de Miriokéfalon. Poco después morirá Manuel, condenando al imperio cristiano de Oriente a hundirse en la anarquía. ¿Puede reprocharse a los panegiristas de Saladino que hayan visto en esta serie de acontecimientos imprevistos la mano de la Providencia?
  • guerra con la que Saladino comienza la conquista de la Siria musulmana. Cuando envía su mensaje, en octubre de 1174, el señor de El Cairo ya está camino de Damasco
  • El 22 de mayo de 1176, cuando Saladino ha iniciado una nueva campaña en la región de Mepo, un asesino irrumpe en su tienda y le asesta una puñalada en la cabeza. Afortunadamente, el sultán, que permanece alerta desde el último atentado, ha tomado la precaución de llevar un cubrecabezas de malla bajo el fez. El criminal se ensaña entonces con el cuello de su víctima. Pero también ahí encuentra un obstáculo la hoja, ya que Saladino lleva una larga túnica de grueso tejido cuyo alto cuello va reforzado con una malla. Acude entonces uno de los emires del ejército, que coge el puñal con una mano y con la otra hiere al batiní, que cae desplomado. A Saladino aún no le ha dado tiempo a levantarse cuando otro criminal se lanza sobre él, y luego otro más. Pero ya han llegado los guardias, que eliminan a los asaltantes, Yusuf sale de la tienda espantado, titubeante, pasmado de estar aún indemne. Nada más recuperar la calma, decide ir a atacar a los asesinos a su guarida del centro de Siria, donde Sinan controla unas diez fortalezas. Saladino sitia la más temible de ellas, Masiaf, encaramada en la cumbre de un escarpado monte. Pero lo que acontece en ese mes de agosto de 1176 en el país de los asesinos seguirá siendo sin duda un misterio. Una primera versión, la de Ibn al-Atir, dice que Sinan envió, al parecer, una carta al tío materno de Saladino, jurando que mandaría matar a todos los miembros de la familia reinante. Viniendo de la secta, sobre todo tras los dos intentos de asesinato dirigidos contra el sultán, esta amenaza no puede tomarse a la ligera. Y, en consecuencia, parece ser que levantaron el sitio de Masiaf.
  • es un hecho que Saladino decidió repentinamente cambiar por completo de política en lo referente a los asesinos. A pesar de su aversión por los herejes de todo tipo, nunca más va a intentar amenazar el territorio de los batiníes. Antes bien, a partir de ese momento va a intentar atraerlos, privando así a sus enemigos, tanto musulmanes como frany, de un precioso auxiliar, ya que el sultán está decidido a poner todas las bazas de su parte en la batalla por el control de Siria.
  • el 18 de junio de 1183, Saladino entra solemnemente en Alepo. A partir de ese momento, Siria y Egipto son un todo, no nominalmente,
  • el nacimiento de este poderoso Estado árabe, que los va rodeando cada vez más no hace que los frany demuestren mayor solidaridad. Antes bien, mientras que el rey de Jerusalén, horriblemente mutilado por la lepra, se hunde en la impotencia, dos clanes rivales se disputan el poder. El primero, partidario de un acuerdo con Saladino, lo dirige Raimundo, conde de Trípoli. El segundo, extremista, tiene como portavoz a Reinaldo de Chátillon, el antiguo príncipe de Antioquía.
  • El viajero andaluz Ibn Yubayr, que visita Damasco aquel año, muestra su sorpresa al ver que, a pesar de la guerra, las caravanas van y vienen con facilidad de El Cairo a Damasco cruzando el territorio de los frany. Los cristianos —observa— cobran a los musulmanes una tasa que se aplica sin abusos. Los comerciantes cristianos pagan, a su vez, derechos por sus mercancías cuando cruzan el territorio de los musulmanes. Se entienden a la perfección y se respeta la equidad. Los guerreros se ocupan de la guerra, pero el pueblo permanece en paz.
  • En marzo de 1185, el rey leproso muere a los veinticinco años dejando el trono a su sobrino Balduino V, un niño de seis años, y la regencia al conde de Trípoli, que, sabiendo que necesita tiempo para consolidar su poder, se apresura a enviar emisarios a Damasco para solicitar una tregua. Saladino, que sabe que está en perfectas condiciones de iniciar un combate decisivo con los occidentales, prueba, al aceptar la firma de una tregua de cuatro años, que no pretende el enfrentamiento a toda costa. Pero, cuando muere el rey niño un año después, en agosto de 1186, todo el mundo se cuestiona el papel del agente. La madre del pequeño monarca —explica Ibn al-Atir— se había enamorado de un frany que acababa de llegar de Occidente, un tal Guido. Se había casado con él y, a la muerte del niño, puso la corona sobre la cabeza de su marido, hizo venir al patriarca, a los sacerdotes, a los monjes, a los Hospitalarios, a los Templarios, a los barones, les anunció que le había transmitido el poder a Guido y les hizo jurar que lo obedecerían. Raimundo se negó y prefirió entenderse con Salah al-Din. Este Guido es el rey Guido de Lusignan, hombre guapo y totalmente insignificante, carente de cualquier capacidad política o militar, siempre dispuesto a estar de acuerdo con la opinión del último de sus interlocutores. De hecho, no es más que una marioneta en manos de los «halcones», cuyo jefe es el «brins Arnat», Reinaldo de Chátillon. Tras su aventura chipriota y sus abusos en el norte de Siria, este último ha pasado quince años en las cárceles de Alepo antes de que lo liberara, en 1175, el hijo de Nur al-Din. La cautividad le ha agravado los defectos: más fanático, más ávido, más sanguinario que nunca, Arnat va a provocar él solo más odio entre los árabes y los frany que decenios de guerras y matanzas. Tras su liberación, no ha conseguido recuperar Antioquía, donde reina su yerno Bohemundo III. Se ha instalado, pues, en el reino de Jerusalén, donde le ha faltado tiempo para casarse con una joven viuda que le ha aportado como dote los territorios situados al este del Jordán, ante todo las poderosas fortalezas de Kerak y Shawbak. Aliado de los Templarios y de muchos caballeros que acaban de llegar, ejerce en la corte de Jerusalén una creciente influencia que sólo Raimundo consigue contrarrestar durante un tiempo. La política que pretende imponer es la de la primera invasión franca: combatir sin tregua contra los árabes, saquear y matar sin consideraciones, conquistar nuevos territorios. Para él, cualquier conciliación o compromiso es una traición; no se siente obligado por tregua alguna. ¿Qué valor tiene, por otra parte, un juramento prestado a infieles?, explica con cinismo.
  • En 1180, se había firmado un tratado entre Damasco y Jerusalén que garantizaba la libre circulación de bienes y hombres por la región. Unos meses después, una caravana de ricos comerciantes árabes que cruzaba el desierto de Siria en dirección a La Meca sufría el ataque de Reinaldo, que se apoderaba de la mercancía. Saladino se quejó a Balduino IV, pero éste no se atrevió a castigar a su vasallo. En el otoño de 1182 ocurría algo más grave: Arnat decidió realizar una razzia en la propia ciudad de La Meca. Se embarcó en Elat, a la sazón pequeño puerto de pesca árabe situado en el golfo de A’qaba, e hizo que lo guiaran unos piratas del Mar Rojo. La expedición descendió siguiendo la costa y atacó Yanbu, puerto de Medina, y luego Rabigh, no lejos de La Meca. Por el camino, los hombres de Reinaldo hundieron un barco de peregrinos musulmanes que se dirigía a Yidda. A todo el mundo lo pillaba de sorpresa —explicaba Ibn al-Atir— pues las gentes de aquellas regiones no habían visto nunca un frany, ni comerciante ni guerrero. Ebrios de éxito, los asaltantes se tomaron las cosas con calma y llenaron los barcos de botín. Y, mientras el propio Reinaldo volvía a sus tierras, sus hombres pasaron muchos meses surcando el Mar Rojo, el hermano de Saladino, al-Adel, que gobernaba Egipto en su ausencia, armó una flota y la envió a perseguir a los saqueadores, a los que aplastó. A algunos los llevaron a La Meca para decapitarlos en público, castigo ejemplar concluye el historiador de Mosul para aquellos que han intentado violar los santos lugares. Evidentemente las noticias de esta insensata expedición dieron la vuelta al mundo musulmán, donde Arnat simbolizará a partir de ese momento lo más repulsivo que la imaginación pueda concebir entre los enemigos francos.
  • El prudente Raimundo lo ha neutralizado por algún tiempo pero, con la llegada, en septiembre de 1186, del rey Guido,
  • Pero, a corto plazo, el sultán se esfuerza en contemporizar. Envía emisarios a Reinaldo para pedirle, como estipulan los acuerdos, la liberación de los cautivos y la devolución de sus bienes. Al negarse el príncipe a recibirlos, estos últimos se dirigen a Jerusalén, donde los recibe el rey Guido, que dice que lo escandaliza la forma de actuar de su vasallo, pero no se atreve a entrar en conflicto con él. Los embajadores insisten: ¿así que los rehenes del príncipe Arnat van a seguir pudriéndose en los calabozos de Kerak a pesar de todos los acuerdos y todos los juramentos? El incapaz Guido se lava las manos. La tregua queda rota; a Saladino, que la habría respetado hasta que expirara, no le preocupa en absoluto que se reanuden las hostilidades.
  • la estación de los combates acaba en otoño, sus vasallos y sus aliados se vuelvan a casa con sus tropas antes de que haya podido conseguir la victoria decisiva.
  • Pero los frany son guerreros extremadamente cautos. ¿No intentarán evitar el combate al ver a las fuerzas musulmanas reagrupadas? Saladino decide tenderles una trampa al tiempo que reza a Dios para que caigan en ella. Se dirige hacia Tiberíades, ocupa la ciudad en un solo día, ordena que provoquen numerosos incendios y pone sitio a la ciudadela, ocupada por la condesa, esposa de Raimundo, y por un puñado de defensores. El ejército musulmán es perfectamente capaz de aplastar su resistencia, pero el sultán contiene a sus hombres. Hay que incrementar lentamente la presión, simular que se está preparando el asalto final y esperar las reacciones. Cuando los frany se enteraron de que Salah al-Din había ocupado e incendiado Tiberíades —cuenta Ibn al-Atir—, celebraron un consejo. Algunos propusieron ir al encuentro de los musulmanes para combatir contra ellos e impedir que se apoderasen de la ciudadela, pero Raimundo intervino: «Tiberíades es mía —les dijo— y es mi propia esposa la que está sitiada. Pero estoy dispuesto a aceptar que tomen la ciudadela y que capturen a mi esposa si ahí se detiene la ofensiva de Saladino. Pues, por Dios que he visto en el pasado muchos ejércitos musulmanes y ninguno era tan grande ni tan poderoso como este del que ahora dispone Saladino. Evitemos, pues, medir nuestras fuerzas con él. Siempre podremos recuperar Tiberíades más adelante y pagar un rescate para liberar a los nuestros». Pero el príncipe Arnat, señor de Kerak, le dijo: «Intentas asustarnos al describirnos las fuerzas de los musulmanes porque los quieres y prefieres su amistad, de otro modo no pronunciarías semejantes palabras. Y, si me dices que son muchos, yo te contesto: el fuego no se deja impresionar por la cantidad de leña que tiene que quemar». El conde dijo entonces: «Soy uno de vosotros, haré lo que queráis, pelearé a vuestro lado, pero ya veréis lo que va a pasar». Una vez más había triunfado entre los occidentales la razón del más extremista. A partir de ese momento todo está listo para la batalla.
  • Los musulmanes se apoderaron de la verdadera cruz. Esto fue para los frany lo peor de las pérdidas
  • Según el Islam, Cristo sólo fue crucificado en apariencia, pues Dios amaba demasiado al hijo de María para permitir que se le infligiera tan atroz suplicio.
  • Salah al-Din —cuenta— invitó al rey a sentarse a su lado y, cuando entró Arnat, lo instaló cerca de su rey y le recordó sus fechorías: «¡Cuántas veces has jurado y luego has violado tus juramentos, cuántas veces has firmado acuerdos que no has respetado!» Arnat le mandó contestar al intérprete: «Todos los reyes se han comportado siempre así. No he hecho nada más de lo que hacen ellos». Mientras tanto, Guido jadeaba de sed, cabeceaba como si estuviera borracho y su rostro traslucía un gran temor. Salah al-Din le dirigió palabras tranquilizadoras y mandó que trajeran agua helada que le ofreció. El rey bebió y luego le tendió el resto a Arnat que apagó la sed a su vez. El sultán le dijo entonces a Guido: «No me has pedido permiso antes de darle de beber. No estoy obligado, por tanto, a concederle la gracia». Según la tradición árabe, un prisionero a quien se ofrece bebida o comida debe salvar la vida, compromiso que Saladino, evidentemente, no podía adquirir con el hombre a quien había jurado matar con sus propias manos. Imad al-Din sigue diciendo: Tras haber pronunciado estas palabras, el sultán salió, montó a caballo y luego se alejó, dejando a los cautivos presa del terror. Supervisó el regreso de las tropas y luego volvió a su tienda. Una vez allí, mandó traer a Arnat, avanzó hacia él con el sable en la mano y lo golpeó entre el cuello y el omóplato. Cuando Arnat cayó al suelo, le cortaron la cabeza y luego arrastraron su cuerpo por los pies ante el rey, que se echó a temblar. Al verlo tan impresionado, el sultán le dijo con tono tranquilizador: «Este hombre sólo ha muerto por su maldad y su perfidia».
  • las diferentes plazas fuertes de Palestina. Uno tras otro, los asentamientos francos de Galilea y Samaría se rinden en horas o en días.
  • sólo los habitantes de Jaffa corrieron tal suerte. De hecho, en todos los demás lugares la reconquista se realiza sin violencias.
  • La defensa, dentro de la ciudad sitiada, la organiza «Balian de Ibelin», señor de Ramleh, un señor que, según Ibn al-Atir, tenía entre los frany una categoría más o menos igual a la del rey. Había podido salir de Hattina poco antes de la derrota de los suyos y luego se había refugiado en Tiro. Como su mujer estaba en Jerusalén, le había pedido a Saladino, por el verano, permiso para ir a buscarla prometiéndole no llevar armas y no pasar más que una noche en la Ciudad Santa. Sin embargo, cuando llegó le suplicaron que se quedara, pues ninguna otra persona tenía suficiente autoridad como para dirigir la resistencia. Pero Balian, que era hombre de honor y no podía aceptar defender Jerusalén y a su pueblo sin traicionar el acuerdo con el sultán, se había remitido al propio Saladino para saber qué debía hacer, y el sultán, magnánimo, le había liberado de su compromiso. ¡Si el deber lo obligaba a permanecer en la Ciudad Santa y a llevar armas, que lo hiciera! ¡Y como Balian, demasiado ocupado en organizar la defensa de Jerusalén ya no podía llevar a su mujer a lugar seguro, el sultán le procuró a ésta una escolta que la llevara a Tiro!
  • Saladino se muestra inflexible. ¿Acaso no les ha propuesto a los habitantes, mucho antes de la batalla, las mejores condiciones de capitulación? ¡Ahora ya no es momento de negociar, pues ha jurado que tomará la ciudad con la espada como hicieron los frany! El único modo de liberarlo de su juramento es que Jerusalén le abra sus puertas y se entregue por completo a él sin condiciones. Balian insiste para conseguir una promesa de que salvarán la vida —cuenta Ibn al-Atir—, pero Salah al-Din no promete nada. Intenta enternecerlo en vano. Entonces le dice las siguientes palabras: «Oh sultán, has de saber que hay en esa ciudad una muchedumbre de gente cuyo número sólo Dios conoce. Dudan en seguir el combate, pues esperan que preservarás sus vidas como lo has hecho con otros muchos, porque aman la vida y odian la muerte. Pero si vemos que la muerte es inevitable, entonces por Dios que mataremos a nuestros hijos y a nuestras mujeres, quemaremos cuanto poseemos, no os dejaremos de botín ni un solo dinar, ni un solo dirhem, ni un solo hombre, ni una sola mujer que podáis llevaros cautiva. Luego destruiremos la Roca sagrada, la mezquita al-Aqsa y otros muchos lugares, mataremos a los cinco mil prisioneros musulmanes que tenemos y exterminaremos a todas las cabalgaduras y a todos los animales. Al final saldremos y combatiremos contra vosotros como se combate para defender la vida. Ninguno de nosotros morirá sin haber matado a varios de los vuestros».
  • El viernes 2 de octubre de 1187, el 27 de rayab del año 583 de la hégira, el mismo día en que los musulmanes celebran el viaje nocturno del profeta a Jerusalén, Saladino entra solemnemente en la Ciudad Santa. Sus emires y soldados han recibido órdenes estrictas: no hay que maltratar a ningún cristiano, sea franco u oriental. De hecho, no habrá matanzas ni saqueo.
  • la mayor parte de los frany se han quedado en la ciudad. Los ricos se dedican a vender sus casas, sus comercios o sus muebles antes de exiliarse y los compradores suelen ser cristianos ortodoxos o jacobitas que piensan quedarse. Después se venderán otros bienes a las familias judías que instalará Saladino en la Ciudad Santa.
  • Cierto es que no se le puede reprochar al sultán la magnanimidad con la que ha tratado a los vencidos. La repugnancia que siente por derramar sangre inútilmente, el estricto respeto de sus compromisos, la conmovedora nobleza de todos sus gestos tiene, para la Historia, al menos tanto valor como sus conquistas. Es innegable, sin embargo, que ha cometido un grave error político y militar. Al apoderarse de Jerusalén sabe que está desafiando a Occidente y que éste va a reaccionar. Permitir, en tales condiciones, a decenas de miles de frany atrincherarse en Tiro, la plaza fuerte más poderosa de la costa, es preparar una cabeza de puente ideal para una nueva invasión. Tanto más cuanto que los caballeros han encontrado, durante la ausencia del rey Guido, que sigue cautivo, un jefe particularmente tenaz, el hombre que los cronistas árabes llaman «al-Markish», el marqués Conrado de Montferrato, recién llegado de Occidente.
  • ¿Para qué acumular conquistas si nada garantiza que se pueda disuadir al enemigo de una nueva invasión? El propio sultán muestra una serenidad a toda prueba. «¡Si los frany vienen de allende los mares, corren la misma suerte que los de aquí!», clama cuando se presenta una flota siciliana ante Latakia. En julio de 1188, no vacila en liberar a Guido, no sin haberle hecho jurar solemnemente que nunca más tomará las armas contra los musulmanes. Este último regalo le va a costar caro. En agosto de 1189, el rey frany incumple su palabra y pone sitio al puerto de Acre. Dispone de fuerzas modestas, pero no paran de llegar navíos que van dejando en la costa sucesivas oleadas de combatientes occidentales. Tras la caída de Jerusalén —cuenta Ibn al-Atir—, los frany se han vestido de negro y se han ido allende los mares a pedir ayuda por todas las comarcas, sobre todo en Roma la Grande. Para incitar a la gente a la venganza, llevaban un dibujo que representaba al Mesías, la paz sea con él, ensangrentado y golpeado por un árabe. Decía: «¡Mirad! ¡Ved al Mesías y ved a Mahoma, profeta de los musulmanes, que lo golpea hasta matarlo!» Conmovidos, los frany se reunieron, incluidas las mujeres, y los que no podían venir pagaron los gastos de los que iban a combatir en su lugar. Uno de los prisioneros enemigos me ha contado que era hijo único y que su madre había vendido la casa para proporcionarle los pertrechos. Las motivaciones religiosas y psicológicas de los frany eran tales que estaban dispuestos a superar cualquier tipo de dificultad para conseguir sus fines. De hecho, en los primeros días de septiembre las tropas de Guido reciben más y más refuerzos. Comienza entonces la batalla de Acre, una de las más largas y penosas de todas las guerras francas.
  • En octubre de 1189, cuando la batalla de Acre está en todo su apogeo, Saladino recibe un mensaje de Alepo que le comunica que el «rey de los Alman», el emperador Federico Barbarroja, se acerca a Constantinopla, camino de Siria, llevando de doscientos a doscientos sesenta mil hombres.
  • La única diferencia es que Saladino, al no querer el estorbo de los prisioneros, los había soltado, mientras que Ricardo prefiere exterminarlos. Reúnen ante los muros de la ciudad a dos mil setecientos soldados de la guarnición de Acre, junto con cerca de trescientas mujeres y niños de sus familias. Atados con cuerdas para que no formen más que una única masa de carne, quedan a merced de los combatientes francos que se ensañan en ellos con sus sables, sus lanzas, e incluso a pedradas hasta que cesan todos los gemidos.
  • Siente que está viviendo la hora más sombría de su trayectoria. Aunque está muy afectado, se esfuerza por preservar los ánimos de sus súbditos y de sus allegados. Ante estos últimos, reconoce que ha sufrido graves reveses, pero explica que él y su pueblo están allí para quedarse mientras que los reyes francos se limitan a participar en una expedición, que terminará tarde o temprano. ¿Acaso no ha dejado Palestina en agosto el rey de Francia tras haber pasado cien días en Oriente? ¿No ha repetido el de Inglaterra, con frecuencia, que le corre prisa volver a su lejano reino?
  • Ricardo intenta continuamente establecer contactos diplomáticos. En septiembre de 1191, cuando sus tropas acaban de conseguir algunos éxitos, sobre todo en la llanura costera de Arsuf, al norte de Jaffa, le insiste a al-Adel para llegar a un acuerdo rápido. Ha muerto gente nuestra y gente vuestra —le dice en un mensaje—, el país está en ruinas y el asunto se nos ha ido por completo a todos de las manos. ¿No te parece que ya basta? En lo que a nosotros se refiere, sólo hay tres temas de discordia: Jerusalén, la cruz verdadera y el territorio. En lo que a Jerusalén se refiere, es nuestro lugar de culto y nunca aceptaremos renunciar a ella aunque tengamos que luchar hasta el último hombre. En lo referente al territorio, querríamos que se nos devolviera el que está al oeste del Jordán. En cuanto a la cruz, no representa para vosotros más que un trozo de madera, mientras que para nosotros es de un valor inestimable. Que el sultán nos la devuelva y pongamos fin a esta agotadora lucha. Al-Adel se remite en el acto a su hermano, que consulta a sus principales colaboradores antes de dictar su respuesta: La Ciudad Santa es tan nuestra como vuestra: es incluso más importante para nosotros, pues hacia ella realizó nuestro profeta su milagroso viaje nocturno y en ella se reunirá nuestra comunidad el día del juicio final. Queda, pues, descartado que la abandonemos. Los musulmanes no lo admitirían nunca. En lo referente al territorio, siempre ha sido nuestro y vuestra ocupación es sólo pasajera. Habéis podido instalaros en él porque los musulmanes que entonces lo ocupaban eran débiles, pero, mientras dure la guerra, no os permitiremos disfrutar de vuestras posesiones. En cuanto a la cruz, representa una gran baza en nuestras manos y sólo nos separaremos de ella si conseguimos a cambio una importante concesión que favorezca al Islam. La firmeza de ambos mensajes no debe engañarnos. Cada cual presenta sus exigencias máximas, pero está claro que no se ha cerrado la vía del acuerdo. De hecho, tres días después de este intercambio, Ricardo le hace al hermano de Saladino una propuesta muy curiosa. Al-Adel me convocó —cuenta Baha al-Din— para informarme de los resultados de sus últimos contactos. Según el acuerdo que se estaba considerando, al-Adel se casaría con la hermana del rey de Inglaterra. Ésta estaba casada con el señor de Sicilia que había muerto. El inglés había traído, pues, consigo a su hermana a Oriente y proponía que se casara con al-Adel. La pareja residiría en Jerusalén. El rey le daría las tierras que están bajo su control, desde Acre hasta Ascalón, a su hermana que se convertiría en reina del litoral, del «sahel». El sultán le cedería sus posesiones del litoral a su hermano, que se convertiría en rey del sahel. Se les confiaría la cruz y se liberaría a los prisioneros de ambos bandos. Luego, al quedar establecida la paz, el rey de Inglaterra se volvería a su país allende los mares. Está claro que a al-Adel le gusta la idea. Recomienda a Baha al-Din que haga todo lo posible para convencer a Saladino. El cronista promete poner gran empeño en ello. Me presenté, pues, ante el sultán y le repetí lo que había oído. De entrada, me dijo que no veía inconveniente alguno, pero que pensaba que el propio rey de Inglaterra no aceptaría jamás tal arreglo y que sólo se trataba de una broma o de una trampa. Le pedí tres veces que confirmara su aprobación, cosa que hizo, volví, pues, donde estaba al-Adel para anunciarle la aprobación del sultán. Se apresuró a enviar a un mensajero al campamento enemigo para transmitir la respuesta. ¡Pero el maldito inglés le mandó decir que su hermana se había puesto furiosa cuando le había hecho la propuesta: había jurado que nunca se entregaría a un musulmán! Como había adivinado Saladino, Ricardo intentaba tenderle una trampa. Esperaba que el sultán rechazara el plan por completo, cosa que habría desagradado profundamente a al-Adel. Al aceptar, Saladino obligaba, por el contrario, al monarca franco a desvelar su doble juego. En efecto, desde hacía varios meses Ricardo se estaba esforzando por entablar unas relaciones excepcionalmente buenas con al-Adel; lo llama «hermano» y halaga su ambición para intentar utilizarlo contra Saladino.
  • En agosto de 1192, los nervios de Ricardo no resisten más. Se encuentra gravemente enfermo, numerosos caballeros lo han abandonado reprochándole el no haber intentado recuperar Jerusalén, lo acusan del asesinato de Conrado, sus amigos le apremian para que regrese sin tardanza a Inglaterra;
  • Y, a principios de septiembre de 1192, se firma una paz para cinco años. Los frany conservan la zona costera que va de Tiro a Jaffa y reconocen la autoridad de Saladino sobre el resto del territorio, incluida Jerusalén. Los guerreros occidentales, que han obtenido salvoconductos del sultán, se abalanzan hacia la Ciudad Santa para orar sobre el sepulcro de Cristo.
  • Es cierto que los frany han recuperado el control de algunas ciudades y han conseguido, así, una tregua de casi cien años; pero nunca más volverán a ser una potencia capaz de dictarle su ley al mundo árabe. Ya no controlarán auténticos Estados, sólo asentamientos.
  • Como pasa con todos los grandes dirigentes musulmanes de su época, el inmediato sucesor de Saladino es la guerra civil.
  • A partir de 1202, al-Adel es, a los cincuenta y siete años, el dueño indiscutible del imperio ayyubí. No tiene ni el carisma ni el genio de su ilustre hermano, pero es mejor administrador. El mundo árabe vive, bajo su égida, una era de paz, de prosperidad y de tolerancia. Creyendo que la guerra santa ya no tiene razón de ser tras la recuperación de Jerusalén y el debilitamiento de los frany, el nuevo sultán adopta respecto a estos últimos una política de coexistencia y de intercambios comerciales; fomenta incluso la instalación en Egipto de varios cientos de mercaderes italianos. En el frente franco-árabe va a reinar, durante varios años, un período de calma sin precedentes.
  • En 1202 recomienda a su hijo al-Kamel, «el Perfecto», virrey de Egipto, que entable conversaciones con la serenísima república de Venecia, principal potencia marítima del Mediterráneo. Como ambos Estados hablan el lenguaje del pragmatismo y de los intereses comerciales, se llega rápidamente a un acuerdo. Al-Kamel garantiza a los venecianos el acceso a los puertos del delta del Nilo, como Alejandría y Damieta, y les ofrece toda la protección y la asistencia necesarias; a cambio, la República de los dux se compromete a no apoyar ninguna expedición occidental contra Egipto. Los italianos, que, con la promesa de una fuerte suma, acaban de firmar con un grupo de príncipes occidentales un acuerdo que prevé precisamente el transporte de casi treinta y cinco mil guerreros francos hacia Egipto, prefieren guardar en secreto este tratado. Como hábiles negociadores que son, los venecianos están decididos a no romper ninguno de sus compromisos.
  • Cuando los caballeros llegan a la ciudad del Adriático dispuestos a embarcarse, los recibe calurosamente el dux Dándolo. Era —nos dice Ibn al-Atir— un hombre muy anciano y ciego y, cuando montaba a caballo, necesitaba que un escudero le guiase la cabalgadura. A pesar de la edad y la ceguera, Dándolo anuncia su intención de participar personalmente en la expedición bajo el estandarte de la cruz. Sin embargo, antes de partir, exige a los caballeros la suma convenida, y cuando éstos solicitan que se retrase el pago, sólo acepta a condición de que la expedición comience con la ocupación del puerto de Zara que desde hace unos años compite con Venecia en el Adriático. Los caballeros se resignan a ello no sin vacilaciones, ya que Zara es una ciudad cristiana que pertenece al rey de Hungría, fiel servidor de Roma, pero no les queda elección: el dux exige ese pequeño favor o el pago inmediato de la suma prometida. Por tanto, en noviembre de 1202, atacan Zara y la saquean. Pero los venecianos aspiran a más. Ahora intentan convencer a los jefes de la expedición de que den un rodeo por Constantinopla para instalar en el trono imperial a un joven príncipe favorable a los occidentales. Evidentemente, el objetivo final del dux es proporcionar a su república el control del Mediterráneo, pero los argumentos que alega son hábiles. Sirviéndose de la desconfianza de los caballeros hacia los «herejes» griegos, haciendo relucir ante ellos los inmensos tesoros de Bizancio, explicándoles a los jefes que el control de la ciudad de los rum les permitirá lanzar ataques más eficaces contra los musulmanes, los venecianos consiguen salirse con la suya. En junio de 1203, la flota veneciana llega ante Constantinopla. El rey de los rum huyó sin combatir —cuenta Ibn al-Atir— y los frany instalaron a su joven candidato en el trono. Pero del poder sólo tenía el nombre, pues todas las decisiones las tomaban los frany. Impusieron a las gentes pesados tributos y cuando no pudieron pagar cogieron todo el oro y las joyas, incluso lo que había sobre las cruces y las imágenes del Mesías, ¡la paz sea con él! Entonces los rum se rebelaron, mataron al joven monarca y luego, expulsando a los frany de la ciudad, atrancaron las puertas. Como tenían pocas fuerzas, le mandaron un mensajero a Suleiman, hijo de Kiliy Arslan, señor de Konya, para que viniera a ayudarlos. Pero no fue capaz de ello. Efectivamente, los rum no estaban en condiciones de defenderse. No sólo su ejército estaba formado en gran parte por mercenarios francos, sino que numerosos agentes venecianos actuaban contra ellos desde el interior mismo de las murallas. En abril de 1204, tras una semana escasa de combate, se produjo la invasión de la ciudad que, durante dos días, fue víctima de saqueos y matanzas. Se robaban o destruían iconos, imágenes, libros, innumerables objetos de arte testimonios de las civilizaciones griega y bizantina, y se degollaba a miles de habitantes. Mataron o despojaron de sus pertenencias a todos los rum —cuenta el historiador de Mosul—. Algunos de sus notables intentaron refugiarse en la gran iglesia que llaman Sofía, perseguidos por los frany. Un grupo de sacerdotes y de monjes salieron entonces, llevando cruces y evangelios, para suplicar a los atacantes que respetasen sus vidas, pero los frany no atendieron sus ruegos: los mataron a todos y luego saquearon la iglesia. Se cuenta también que una prostituta que había venido con la expedición franca se sentó en el trono del patriarca entonando canciones subidas de tono mientras que unos soldados borrachos violaban a las monjas griegas en los vecinos monasterios. Tras el saco de Constantinopla, uno de los hechos más degradantes de la historia, se entronizó, como ha dicho Ibn al-Atir, a un emperador latino de Oriente, Balduino de Flandes, cuya autoridad, como es lógico, jamás reconocerán los rum. Los supervivientes de la corte imperial irán a instalarse a Nicea, que se convertirá en la capital provisional del imperio griego hasta la nueva toma de Bizancio, cincuenta y siete años después.
  • Lejos de reforzar los asentamientos francos en Siria, la insensata expedición de Constantinopla les asesta un duro golpe. En efecto, para todos estos caballeros que, en gran número, vienen a buscar fortuna a Oriente, la tierra griega ofrece ahora mejores perspectivas. Hay feudos de los que apoderarse, riquezas que atesorar, mientras que la estrecha franja costera de los alrededores de Acre,
  • En su mayoría, los frany de Siria querrían que se prolongase la paz, pero allende los mares, y sobre todo en Roma, sólo se piensa en la reanudación de las hostilidades.
  • En abril de 1218 comienza una nueva invasión franca: su objetivo es Egipto. Al-Adel se queda sorprendido

 

La expulsión (1244-1291)

  • «Hay que arrasar todas las ciudades —decía Gengis Khan— para que el mundo entero vuelva a ser una inmensa estepa donde madres mogolas amamanten a hijos libres y felices».
  • a Hulagu pronunciar su nombre en las mezquitas de Bagdad y concederle el título de sultán, pero es demasiado tarde: el mogol ha optado definitivamente por la fuerza. Tras algunas semanas de valiente resistencia, el príncipe de los creyentes se ve forzado a capitular. El 10 de febrero de 1258 va en persona al campo del vencedor y le hace prometer que perdonará la vida a todos los ciudadanos que acepten deponer las armas. No sirve de nada, ya que exterminan a los combatientes musulmanes en cuanto quedan desarmados. Luego la horda mogola se dispersa por la prestigiosa ciudad, derribando los edificios, incendiando los barrios, matando sin piedad a hombres, mujeres y niños, cerca de ochenta mil personas en total. Sólo se salva la comunidad cristiana de la ciudad gracias a la intervención de la mujer del khan. Al propio príncipe de los creyentes lo ejecutarán por asfixia unos días después de la derrota. El trágico fin del califato abasida sume en el estupor al mundo musulmán. Ya no se trata de un combate militar por el control de una ciudad o de un país, sino de una lucha desesperada por la supervivencia del Islam.
  • cuando muere Baybars, envenenado, en julio de 1277, las posesiones francas en Oriente no son más que un rosario de ciudades costeras rodeadas por doquier por el imperio mameluco. Su poderosa red de fortalezas está totalmente desmantelada y la tregua de que disfrutaron en tiempos de los ayyubíes ha concluido definitivamente: su expulsión resulta inevitable.
  • Es curioso que la expulsión de los frany transcurra en un clima que recuerda al que había caracterizado su llegada, casi dos siglos antes. Las matanzas de Antioquía de 1268 parecen una repetición de las de 1098 y el ensañamiento con Trípoli lo van a presentar los historiadores árabes de los siglos siguientes como una tardía respuesta a la destrucción, en 1109, de la ciudad de los Banu Animar. Sin embargo, será en la batalla de Acre, la última gran batalla de las guerras francas, donde la revancha se convertirá realmente en el tema dominante de la propaganda mameluca.
  • Se reconquistó la ciudad de Acre —especifica Abul-Fida— a mediodía del decimoséptimo día del segundo mes de yumada del año 690. Y se da el caso de que exactamente el mismo día, a la misma hora, en 587, los frany habían arrebatado Acre a Salah al-Din y habían capturado y matado a todos los musulmanes que allí se encontraban. ¿No es ésta una curiosa coincidencia? Siguiendo el calendario cristiano, esta coincidencia no resulta menos asombrosa pues la victoria de los frany en Acre había acontecido en 1191, cien años antes, casi el mismo día de su derrota final.
  • Con estas conquistas —concluye Abul-Fida—, todas las tierras del litoral volvieron íntegras a los musulmanes, resultado inesperado. De esta forma, los frany que habían estado antaño a punto de conquistar Damasco, Egipto y otras muchas comarcas, fueron expulsados de toda Siria y de las zonas de la costa.
  • Si Occidente pretendía, con sus sucesivas invasiones, contener el empuje del Islam, el resultado fue precisamente el contrario. Los musulmanes no sólo habían arrancado de raíz los Estados francos de Oriente tras dos siglos de colonización, sino que, además se habían recuperado tan bien que se aprestaban a lanzarse de nuevo, bajo el estandarte de los turcos otomanos, a la conquista de la propia Europa. En 1453, Constantinopla caía en sus manos; en 1529, sus jinetes estaban acampados ante las murallas de Viena. Decíamos que se trataba de una simple apariencia, pues desde la perspectiva histórica se comprueba que en la época de las cruzadas, el mundo árabe, desde España hasta Irak, es aún, intelectual y materialmente, el depositario de la civilización más avanzada del planeta. Después, el centro del mundo se desplaza de forma decidida hacia el oeste. ¿Se da aquí una relación de causa a efecto? ¿Puede llegarse a afirmar que las cruzadas dieron la señal para el auge de Europa occidental —que iba a dominar el mundo de forma progresiva— y fueron el toque de difuntos de la civilización árabe? Esta opinión no es falsa, pero hay que matizarla. Los árabes padecían, desde antes de las cruzadas, determinadas «taras» que la presencia franca desveló y quizá agravó, pero que no creó de la nada. El pueblo del Profeta había perdido, ya desde el siglo IX, el control de su destino. Prácticamente todos sus dirigentes eran extranjeros. ¿Quiénes eran árabes entre esa muchedumbre de personajes que hemos visto desfilar a lo largo de dos siglos de ocupación franca? Los cronistas, los cadíes, algunos reyezuelos locales —Ibn Amar, Ibn Muqidh— y los inútiles califas. Pero los depositarios reales del poder e incluso los principales héroes de la lucha contra los frany —Zangi, Nur al-Din, Qutuz, Baybars, Qalaun— eran turcos; al-Afdal era armenio; Shirkuh, Saladino, al-Adel, al-Kamel eran kurdos. Cierto es que la mayor parte de esos hombres de Estado eran árabes cultural y efectivamente, pero no olvidemos que hemos visto en 1134 al sultán Masud discutir con el califa al-Mustarshid utilizando un intérprete porque el selyúcida, transcurridos ochenta años desde la toma de Bagdad por su clan, seguía sin hablar una palabra de árabe. Lo que es más grave aún: gran número de guerreros de las estepas, sin ningún vínculo con las civilizaciones árabes o mediterráneas, se iban integrando de forma regular en la casta militar dirigente. Dominados, oprimidos, despreciados, extraños en su propia tierra, los árabes no podían proseguir su florecimiento cultural que había comenzado en el siglo VII. Cuando llegan los frany, ya han dejado de progresar y se conforman con vivir de las rentas del pasado, y, aunque es cierto que todavía iban claramente por delante de esos invasores en casi todos los aspectos, ya había empezado su ocaso. La segunda «tara» de los árabes, que no deja de tener relación con la primera, consiste en su incapacidad para crear instituciones estables. Los frany consiguieron crear, nada más llegar a Oriente, verdaderos Estados. En Jerusalén, generalmente la sucesión se producía sin tropiezos; un consejo del reino ejercía un control efectivo en la política del monarca y el clero desempeñaba un papel reconocido en el juego del poder. En los Estados musulmanes no sucede nada de esto, toda monarquía estaba amenazada a la muerte del monarca, toda transmisión del poder provocaba una guerra civil. ¿Hay que echarle toda la culpa de este fenómeno a las sucesivas invasiones que volvían a cuestionar constantemente la propia existencia de los Estados? ¿Hay que responsabilizar de ello a los orígenes nómadas de los pueblos que dominaron esta región, se trate de los propios árabes, de los turcos o de los mogoles? En este epílogo no se puede zanjar tal cuestión. Contentémonos con dejar sentado que se sigue planteando, en términos casi iguales, en el mundo árabe de finales del siglo XX.
  • La ausencia de instituciones estables y reconocidas no podía dejar de tener consecuencias en lo tocante a las libertades. Entre los occidentales, el poder de los monarcas se rige, en la época de las cruzadas, por principios que es difícil vulnerar. Usama hace la observación, durante una visita al reino de Jerusalén, de que «cuando los caballeros dictan una sentencia, el rey no puede modificarla ni anularla». Aún más significativo es el siguiente testimonio de Ibn Yubayr en los últimos días de su viaje a Oriente: Al salir de Tibnin (cerca de Tiro), hemos cruzado una ininterrumpida serie de casas de labor y de aldeas con tierras eficazmente explotadas. Sus habitantes son todos ellos musulmanes pero viven con bienestar entre los frany ¡Dios nos libre de las tentaciones! Sus viviendas les pertenecen y les han dejado todos sus bienes. Todas las regiones controladas por los frany en Siria se ven sometidas a este mismo régimen: las propiedades rurales, aldeas y casas de labor han quedado en manos de los musulmanes. Ahora bien, la duda penetra en el corazón de gran número de estos hombres cuando comparan su suerte con la de sus hermanos que viven en territorio musulmán. Estos últimos padecen la injusticia de sus correligionarios mientras que los frany actúan con equidad. Hace bien en preocuparse Ibn Yubayr, pues acaba de descubrir, en los caminos del actual sur del Líbano, una realidad preñada de consecuencias: aun cuando el concepto de la justicia entre los frany presente algunos aspectos que podrían calificarse de «bárbaros», como destaca Usama, su sociedad tiene la ventaja de ser «distribuidora de derechos». Es cierto que aún no existe la noción de ciudadano, pero los feudales, los caballeros, el clero, la universidad, los burgueses e incluso los campesinos infieles tienen todos unos derechos claramente establecidos. En el Oriente árabe, el procedimiento de los tribunales es más racional; sin embargo, no existe límite alguno para el poder arbitrario del príncipe. Ello sólo podía suponer un retraso para el desarrollo de las ciudades comerciales así como para la evolución de las ideas.
  • durante todas las cruzadas, los árabes se negaron a abrirse a las ideas llegadas de Occidente. Y, probablemente, éste es el efecto más desastroso de las agresiones de que fueron víctimas. Para el invasor aprender la lengua del pueblo conquistado constituye una habilidad: para este último, aprender la lengua del conquistador supone un compromiso, incluso una traición. De hecho, muchos frany aprendieron el árabe mientras que los indígenas, salvo algunos cristianos, permanecieron impermeables a los idiomas de los occidentales. Se podrían multiplicar los ejemplos pues, en todos los terrenos, los frany han aprendido de los árabes, tanto en Siria como en España o en Sicilia. Y lo que de ellos aprendieron era indispensable para su ulterior expansión.
  • cénit, nadir, acimut, álgebra, algoritmo o, sencillamente, «cifra»! En lo tocante a la industria, los europeos tomaron, antes de mejorarlos, los procedimientos que utilizaban los árabes para fabricar papel, trabajar el cuero y los tejidos, destilar el alcohol y el azúcar —otras dos palabras tomadas del árabe. Tampoco se puede olvidar hasta qué punto se ha enriquecido también la agricultura europea en contacto con Oriente: albaricoques, berenjenas, escaloñas, naranjas, sandías… La lista de palabras «árabes» es interminable.
  • ¿Era necesario afirmar la propia identidad cultural y religiosa rechazando ese modernismo cuyo símbolo era Occidente? ¿Era necesario, por el contrario, emprender resueltamente el camino de la modernización corriendo el riesgo de perder la propia identidad? Ni Irán ni Turquía ni el mundo árabe han conseguido resolver este dilema;
  • En un mundo musulmán víctima de perpetuas agresiones, no se puede impedir que salga a flote un sentimiento de persecución que adquiere, en algunos fanáticos, la forma de una peligrosa obsesión: ¿acaso no vimos al turco Mehemet Ali Agka disparar al papa el 13 de mayo de 1981 tras haber explicado en una carta: He decidido matar a Juan Pablo II, comandante supremo de los cruzados? Más allá del hecho individual, está claro que el Oriente árabe sigue viendo en Occidente un enemigo natural. Cualquier acto hostil contra él, sea político, militar o relacionado con el petróleo, no es más que una legítima revancha; y no cabe duda de que la quiebra entre estos dos mundos viene de la época de las cruzadas, que aún hoy los árabes consideran una violación.
  • El origen de los selyúcidas está rodeado de misterio. El epónimo del clan, Selyuk, tenía dos hijos llamados Mikael e Israel, lo que permite suponer que la dinastía que unificó el Oriente musulmán era de origen cristiano o judío. Tras su islamización, los selyúcidas cambiaron algunos de sus nombres. En particular, «Israel» se adaptó al turco bajo la forma de «Arslan».
  • Los relatos que se refieren a los actos de canibalismo cometidos por los ejércitos francos en Maarat en 1098 son numerosos —y concuerdan— entre los cronistas francos de la época. Hasta el siglo XIX, aún aparecen con todo detalle en los escritos de historiadores europeos. Tal es, por ejemplo, el caso de la Histoire des croisades, de Michaud, publicada en 1817-1822. Véase tomo I, páginas 357 y 577, y Bibliographie des croisades, páginas 48, 76, 183, 248. Por el contrario, en el siglo XX estos relatos —¿misión civilizadora obliga?— generalmente se ocultan. Grousset, en los tres volúmenes de su Histoire, ni siquiera los menciona; Runciman se limita a una alusión: «reinaba el hambre… el canibalismo parecía la única solución» (op. cit., tomo I, p. 261).
  • La primera fuente legal de ingresos para los príncipes —incluido Nur al-Din— era su parte del botín ganado al enemigo: oro, plata, caballos, cautivos vendidos como esclavos.
  • Oriundos del norte de Africa, los fatimitas gobernaron Egipto desde 966 hasta 1171. Fueron ellos quienes fundaron El Cairo. Decían descender de Fátima, hija del Profeta y esposa de Alí, inspirador del chiismo.
  • Según la fe musulmana, Dios llevó al Profeta una noche en un viaje milagroso de La Meca hacia la mezquita al-Aqsa y luego a los cielos. Hubo un encuentro con Jesús y Moisés, símbolo de la continuidad de las «religiones del libro».
  • Cronología Antes de la invasión
    622 Emigración —«hégira»— del profeta Mahoma de La Meca a Medina; comienzo de la era musulmana. 638 El califa Umar toma Jerusalén. Siglos VII y VIII: Los árabes construyen un inmenso imperio que se extiende desde el Indo hasta los Pirineos. 809 Muerte del califa Harún al-Rashid; apogeo del imperio árabe. Siglo X: Aunque siguen teniendo una civilización floreciente, los árabes viven una decadencia política. Sus califas han perdido el poder en beneficio de los militares persas y turcos. 1055 Los turcos selyúcidas son los dueños de Bagdad. 1071 Los selyúcidas aplastan a los bizantinos en Mantzikert y se apoderan de Asia Menor. Pronto controlan todo el Oriente musulmán, excepto Egipto. La invasión 1096 Kiliy Arslan, sultán de Nicea, aplasta a un ejército invasor franco que manda Pedro el Ermitaño. Primera gran expedición franca. Cae Nicea y a Kiliy Arslan lo derrotan en Dorilea. Los frany toman Edesa y Antioquía y vencen a un ejército de ayuda musulmán que está al mando de Karbuka, señor de Mosul. Casos de canibalismo en Maarat. Caída de Jerusalén, seguida de matanzas y saqueos. Derrota de un ejército de ayuda egipcio. El cadí de Damasco, al-Harawi, va a Bagdad encabezando una delegación de refugiados para denunciar la pasividad de los dirigentes musulmanes frente a la invasión. La ocupación 1100 Balduino, conde de Edesa, escapa de una emboscada cerca de Beirut y se proclama rey de Jerusalén. 1104 Victoria musulmana en Harrán que detiene el avance franco hacia el este. Curiosa batalla cerca de Tel-Basher: dos coaliciones franco-islámicas frente a frente. Caída de Trípoli tras dos mil días de asedio. Caída de Beirut y de Saida. El cadí de Alepo, Ibn al-Jashab, organiza un motín contra el califa de Bagdad para exigir una intervención contra la ocupación franca. Resistencia victoriosa de los tirios. 1115 Alianza de los príncipes musulmanes y francos de Siria contra un ejército enviado por el sultán. 1119 Ilghazi, señor de Alepo, aplasta a los frany en Sarmada. Los frany se apoderan de Tiro: ya ocupan toda la costa excepto Ascalón. Los asesinos matan a Ibn al-Jashab. La reacción 1128 Fracaso de un golpe militar de los frany contra Damasco. Zangi señor de Alepo. 1135 Zangi intenta, sin éxito, apoderarse de Damasco. Zangi captura a Foulques, rey de Jerusalén, y a continuación lo libera. Zangi mantiene a raya a una coalición franco-bizantina: batalla de Shayzar. 1140 Alianza de Damasco y Jerusalén contra Zangi. 1144 Zangi se apodera de Edesa, destruyendo el primero de los cuatro Estados francos de Oriente. 1146 Asesinato de Zangi. Su hijo Nur al-Din lo sucede en Alepo. La victoria 1148 Derrota ante Damasco de una nueva expedición franca a las órdenes del emperador de Alemania Conrado y del rey de Francia Luis VII. 1154 Nur al-Din se hace con el control de Damasco, unificando la Siria musulmana bajo su autoridad. 1163-1169 Lucha por Egipto. Shirkuh, lugarteniente de Nur al-Din, acaba venciendo. Proclamado visir, muere al cabo de dos meses. Lo sucede su sobrino Saladino. 1171 Saladino proclama el final del califato fatimita. Como dueño y señor de Egipto, entra en conflicto con Nur al-Din. 1174 Muerte de Nur al-Din. Saladino se apodera de Damasco. 1183 Saladino se apodera de Alepo. Egipto y Siria quedan en lo sucesivo unidos bajo su égida. 1187 Año de la victoria. Saladino aplasta a los ejércitos francos en Hattina, cerca del lago Tiberíades. Reconquista Jerusalén y la mayor parte de los territorios francos. Pronto los ocupantes no conservarán en su poder más que Tiro, Trípoli y Antioquía. La tregua 1190-1192 Fracaso de Saladino ante Acre. La intervención del rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León permite a los frany reconquistar varias ciudades del sultán, pero no Jerusalén. 1193 A los cincuenta y cinco años muere Saladino en Damasco. Al cabo de unos cuantos años de guerra civil el imperio se reunifica bajo la autoridad de su hermano al-Adel. 1204 Los frany se apoderan de Constantinopla. Saqueo de la ciudad. 1218-1221 Los frany invaden Egipto. Toman Damieta y se dirigen hacia El Cairo, pero el sultán al-Kamel, hijo de al-Adel, consigue rechazarlos. 1229 Al-Kamel entrega Jerusalén al emperador Federico II de Hohenstaufen, provocando una tempestad de indignación en el mundo árabe. La expulsión 1244 Los frany pierden Jerusalén por última vez. 1248-1250 El rey Luis IX de Francia invade Egipto y es vencido y capturado. Caída de la dinastía ayyubí, a la que reemplazan los mamelucos. 1258 El jefe mogol Hulagu, nieto de Gengis Khan, saquea Bagdad, matando a la población y al último califa abasida. 1260 El ejército mogol, que acaba de ocupar Alepo y Damasco, es derrotado en la batalla de Ain Yalut, en Palestina. Baybars a la cabeza del sultanato mameluco. 1268 Baybars se apodera de Antioquía, que se había aliado con los mogoles. Destrucciones y matanzas. 1270 Luis IX muere cerca de Túnez durante una invasión fallida. 1289 El sultán mameluco Qalaun se apodera de Trípoli. 1291 El sultán Jalil, hijo de Qalaun, toma Acre, poniendo fin a dos siglos de presencia franca en Oriente.

 

  • En 1993 recibió el Premio Goncourt por su novela La roca de Tanios. En 2004, publicó un notable libro de memorias: Orígenes.

 

 

– Subrayado en la página 1 | Pos. 3-4  | Añadido el jueves 16 de junio de 2016 10H26′ GMT+02:00

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