Halldór Laxness. Gente independiente

—El tamaño no lo es todo, por cierto —dijo en voz alta a la perra, como si tuviera sospechas de que el animal abrigaba ideas demasiado elevadas—. Puedes creerme, la libertad es más importante que la altura de un cabrio. Yo tengo motivos para saberlo; la mía me costó dieciocho años de esclavitud. El hombre que vive de su propia tierra es un hombre independiente. Es su propio amo. Si logro mantener vivas mis ovejas durante el invierno y pagar todos los años lo convenido… entonces pago lo convenido y he mantenido vivas mis ovejas. No, es la libertad lo que todos buscamos, Titla. El que paga todo lo que necesita es un rey. El que mantiene vivas sus ovejas durante el invierno, vive en un palacio.

  • pegujaleros,
  • marjales
  • en verano, en que los hombres iban a pescar a los pies del Jókull, como en primavera, cuando los hombres acudían a Jókull desde lejos para comprar pescado seco.
  • Una nueva generación olvida los espectros que pueden haber atormentado a las antiguas.
  • —No —dijo este hombre desafiante. Era el que se dirigía a Albogastaðir del Páramo un siglo y medio después que el pegujal fuera destruido por última vez. Cuando pasó ante el túmulo de Gunnvór, en la montaña, escupió y gruñó vengativamente: —Maldita sea la piedra que logres conseguir de mí, perra vieja —y se negó a darle una piedra.
  • Dos hijos se ahogaron en un océano lejano y un hijo y una hija se dirigieron a una tierra más remota aún, América, que está más lejos que la muerte. Pero quizá la distancia no sea mayor que la que separa a los miembros de una familia pobre en el mismo país.
  • la mayoría de ellos se consideraban afortunados si podían renovar una o dos de las paredes de sus casas de barro una vez cada cinco años, y eso a despecho de los sueños de cosas más elevadas.
  • incluso podía llegar a ayudarles a comprar alguna tierra y entonces serían dueños de ella —al menos de nombre— y se les consideraría campesinos propietarios, por lo que respecta a la lista de la contribución y las cuentas de la iglesia. Y cuando murieran, serían anotados en el registro parroquial y podrían merecer la consideración de los genealogistas.
  • Estos hombres no eran de índole servil ni se creían parte del rebaño común. Se plantaban sobre sus propios pies; la independencia era su gran capital. Creían en la actividad privada y, si hubieran bebido un trago de aguardiente, habrían hecho citas de las Sagas y las Rimas. Eran hombres encallecidos por la torva, continua batalla por la existencia, hombres a quienes no desalentaba ningún esfuerzo físico, ni siquiera el de morir de hambre con sus familias hacia fines del invierno. Y sin embargo, no eran en modo alguno espiritualmente pobres, groseros materialistas que hicieran un dios de su vientre. Conocían muchas poesías, algunas de ellas escritas en la ingeniosa forma tradicional con rima en el medio y al final, además de aliteración, y uno o dos de ellos podían improvisar una cuarteta acerca de su vecino, de su pobreza, del peligro o de la naturaleza, o de esas esperanzas de días tolerables que sólo se cumplirán en el cielo. Oh, sí, incluso acerca del amor (versos obscenos).
  • venero
  • Lamentaba tener que decir que era en ella una pasión innata la de no perder jamás la oportunidad de alabar la nobleza de la vida del campesino. Es cierto que ella misma había nacido en una ciudad, pero la Providencia quiso que fuese la esposa de un agricultor, y por cierto que jamás lo lamentó, porque la naturaleza era la más elevada creación de Dios y la vida vivida en el seno de la naturaleza era la vida perfecta. En comparación con ella, cualquier otra vida era otro tanto de espuma y humo. —La gente de las ciudades —dijo— no tiene idea de la paz que concede Madre Natura, y, mientras no se consigue esa paz, el espíritu debe tratar de aplacar su sed con novedades efímeras. ¿Y
  • —Donde vive la oveja, allí vive el hombre —continuó el novio—. Es como solía decir mi padre: en cierto modo, las ovejas y los hombres son uno.
  • esparrancaba
  • no eran momentos para pensar en moverse de la casa, cocinando y halagándose el estómago; no eran momentos siquiera para pensar en dormir. Era el momento de arrimar el hombro y ganar en ingenio a los elementos, porque se trataba de la guerra de independencia de Bjartur de Casa Estival.
  • —Esa maldita familia jamás pudo mirar una cosa viviente sin sentir el deseo de obtener alguna ganancia de ella, de preferencia dándole muerte —dijo él. Luego volvió a dormirse.
  • —Para nosotros, los trabajadores solitarios —repuso Bjartur—, lo primero que es preciso tener en cuenta es el alimento para el ganado. La comida del hombre en verano tiene menos importancia que la salud de las ovejas en invierno.
  • Ahora había ante él tres días de búsqueda por los pastizales de las montañas y luego, inmediatamente después de la distribución de los animales en corrales, la marcha a la ciudad en compañía de otros granjeros.
  • En un instante parecía haberse despojado de toda la empecinada melancolía de la mujer de los páramos, para convertirse en una chiquilla capaz de demostrar sus sentimientos.
  • En estos días la tierra no puede abrigar la esperanza de competir con el mar, y supongo que Steini seguirá el mismo camino que los otros antes de que sea mucho mayor. Apenas se ha secado en sus labios la leche de la madre, y ya se han ido. La tierra es la tierra, el mar es el mar. Ahí tienen, por ejemplo, a Tórarinn de Uróarsel. ¿Cómo le fue a él? Tenía tres hijos, todos fuertes como caballos. No había comenzado a brotarles la barba y ya habían partido al mar. Uno se ahogó y los otros dos terminaron en América.
  • te amargan la vida para que las dejes ir a contratarse de criadas, especialmente en Reykjavik.
  • cascajo,
  • Alguien, algo; quizá nada.
  • cualquiera que tenga un poco de caletre
  • Pero ocurre que tengo por costumbre —le digo— pagar por todo lo que compro, como que mi opinión es que la libertad y la independencia dependen de que no se esté endeudado con nadie y de que se sea el propio amo. Y por eso le pido, doctor, que no vacile en decirme el precio de estas malditas píldoras suyas, porque sé que son píldoras buenas y saludables si me las da usted”».
  • —¿Nuestra Rosa? —preguntó la Señora con gran agitación—. ¿Estás diciéndonos que nuestra Rosa está muerta?… y era una jovencita. Bjartur inhaló su rapé con gran precisión. Luego, mirando con ojos inmóviles, humedecidos de lágrimas de tabaco, respondió con orgullo. —Sí. Y murió sola.
  • café lo suficientemente fuerte como para embrear a un morueco.
  • —Aquí no conseguirás otra cosa que las heces, hombre —dijo—, porque jamás pude ver que dedicases siquiera un pensamiento a tu salvación espiritual. Recorres tus propios e indiferentes caminos que te llevan a las cumbres de las montañas, no sólo con perfecta imprevisión, sino, además, con una palmaria dureza de corazón, y luego crees que puedes venir y decirle a un hombre cómo son las cosas.
  • aunque, para ser perfectamente franco, no tengo en general ninguna confianza hacia los discursos, ya sean para una cosa o para otra, y menos que nada hacia los discursos largos. —Si llego a pronunciar alguno —dijo secamente el cura—, será largo. Porque, una vez que uno comienza no hay fin para lo que es necesario decir, vista la forma que la gente se conduce hoy día entre sí y con respecto a la parroquia.
  • —Ya lo creo que son dueñas de tierras —declaró el sacerdote. Y luego, corriendo hacia la puerta, la abrió y gritó—: ¡Tráiganme a Finna y la vieja Hallbera, inmediatamente! ¡Hay aquí un hombre que quiere llevárselas!
  • Era tan cariagria como cualquiera que haya estado encerrado consigo mismo durante sesenta años, o más.
  • Los visitantes sacaron los cuchillos y comenzaron a raspar la nieve de sus vestimentas.
  • Y no es que sintiese amargura hacia nadie, sino que le resultaba difícil hablar. Cada vez que abría la boca para decir algo era como si una cosa le aferrase súbitamente de la garganta. Parecía como que en cualquier momento estuviese a punto de romper a reír. Algo de idiota se asomaba a sus facciones, una disolución, como si la cara se le resquebrajara desde adentro y fuese a hacerse pedazos al más pequeño esfuerzo… incluso el de hacer la observación más trivial en punto al tiempo.
  • ganguear
  • De modo que el viejo lloriqueó el Padrenuestro, sin dejar de temblar, sin levantar la cabeza, sin quitarse el pañuelo de los ojos. Más de la mitad de las palabras quedaban ahogadas en sus sollozos; no era fácil distinguir lo que decía: Padre Nuestro que estás en los cielos, sí, tan infinitamente lejos que nadie sabe dónde estás, casi en ninguna parte, danos hoy unas migajas para comer en nombre de Tu Gloria y perdónanos que no podamos pagar al comprador y a nuestros acreedores y no dejes, sobre todo, que sintamos la tentación de ser felices, porque Tuyo es el Reino…
  • —¿Se ha hablado ya al caballo? —preguntó el anciano. Y como no se le había hablado, tomó una oreja del animal en cada mano y susurró en ellas, de acuerdo con la antigua costumbre, porque los caballos entienden esas cosas—: Hoy llevas un cadáver. Hoy llevas un cadáver. Y luego la procesión partió.
  • una senda expedita,
  • una golilla.
  • con desmañada cortesía,
  • Estos ronquidos no guardaban relación alguna con el mundo en que vivimos y despertamos. Eran una extraña excursión por un espacio inclinado, por un tiempo inmensurable, por extravagantes existencias. Sí, los caballos de esa cabalgata tenían poco en común con los de nuestro mundo,
  • ayuna de fervor
  • —Soy completamente distinto de lo que parezco —decía. Y con ello se refería a las canciones no cantadas y a los grandes países, distantes como los trechos del día entre sí, que le esperaban.
  • Los himnos nunca parecen tan largos como en la niñez y nunca es su mundo y su lenguaje tan ajeno al alma. Lo contrarío ocurre en la vejez: las horas son entonces demasiado cortas para los himnos. En esos piadosos versos antiguos, añejos, sagrados y salpicados de latines, que la vieja había aprendido de su abuela, en ellos estaba oculto su otro mundo.
  • —Hmm. ¿Qué quieres que le diga al gobernador si decide averiguar la cuestión? —Dígale que la gente del páramo está plantada sobre sus propios pies. —Sí, y está también metida hasta el cuello en sus propias tumbas
  • Bjartur se sentía sumamente orgulloso de su esposa, trece años después de su muerte. Estaba enamorado de su recuerdo y se había olvidado de sus defectos.
  • bisoja,
  • donde nada es ya posible.
  • Mi vida es hoy un tráfago sin alma.
  • pasaje de las Rimas de Bernótus en que el héroe, disfrazado, visita la alcoba de la princesa Faustina, que había sido honrada con el apodo de «Rosario perverso», se ruborizó. Bernótus decía: Mi corazón no pudo, noble dama, hallar descanso desde que te vi. Bueno es amar con un amor así. Ella le dijo: Escucha mi promesa: Amar sólo será una voz de tedio si no avivas la llama con tu cuerpo.
  • Uno pensaría que los aristócratas del país habrían desistido de sus intentos de hacer milagros ante ese pegujalero independiente, pero no era así.
  • Tú mismo, Bjartur, sabes que todo esto es cierto, y sería inútil tratar de adornar esta pobreza con colores agradables. Bien: te pregunto, como a un hombre honorable: ¿cuál es tu opinión sobre este despojo a toda una comunidad?». Bjartur: —Bien, para serte completamente franco, nunca tuve la costumbre de mirar cuando vosotros, los llamados burgueses, os salpicáis de lodo unos a otros. Jamás ha sido un espectáculo placentero. No me entrometo con el comprador. Sea cual fuere vuestro modo de vida, no es cosa mía, siempre que no tenga nada de qué acusaros. Lo único que sé, y lo único que me importa, es que mis ovejas progresan después del invierno y que no debo nada a Dios ni a los hombres. Tengo bastante dinero y mi familia, comparativamente hablando, está tan saludable como vosotros mismos, los de Útirauðsmyri, que supongo que no seréis otra cosa que simples mortales, y más saludables que la familia del comprador que, según me decís, es enviada todos los años al extranjero, a continentes distantes, en busca de médicos. Nosotros, los de los páramos, no tenemos deseos de cambiarnos por nadie.
  • Ésos eran bellos días. Eran días serenos y poco expresivos, como los mejores días de la vida. El chico jamás los olvidó. No ocurre nada; uno no hace más que vivir y respirar y no desear nada más, y nada más.
  • Del mundo Víspera de San Juan. Los que se bañen en el rocío podrán formular un deseo. Joven y esbelta caminaba ella junto al arroyo, a los marjales, y pisaba, descalza, el barro tibio de los pantanos. Mañana iría al pueblo y vería el mundo con sus propios ojos. Durante muchas semanas la perspectiva había llenado sus ensueños diurnos de agradable expectativa. Todas las noches desde el invierno había dormido en un duermevela atestado de fantasías del viaje prometido. A la luz del día o en sueños, se veía partir cien veces, y más tarde se mostraba tan poco dispuesta a perder tiempo durmiendo, que permanecía despierta hasta las primeras horas de la mañana, saboreando la delicia que vendría. Ese día las horas pasaban como una brisa distante; tenía las yemas de los dedos insensibles, las mejillas calientes, no oía nada de lo que se decía. Se había tejido ropa interior de suave hilo gris azulado, ropa que guardó para esa excursión; sólo la miraba los domingos. Y se tejió unas faldas castañas, con dos franjas sobre el borde, una azul y otra roja. Y pocas horas antes su padre había abierto el arcón de las ropas, que era el único receptáculo de la casa que tenía cerradura, y extraído de él un vestido floreado envuelto en su chaqueta dominguera. —Aunque quizá seas un poco delgada para que te siente —dijo él—, es hora de que comiences a usar el mejor vestido de tu madre. A mi hija no le faltará nada, ni por fuera ni por dentro, el día que salga a ver el mundo. Ella enrojeció de placer, con los ojos centelleantes. Era un momento solemne. El vestido estaba arrugado, claro, la tela estaba rígida y delgada de tan vieja, pero ni las polillas ni la humedad la habían tocado. Tenía impresa la fértil vegetación de países extraños y numerosos volantes en el pecho. Pero, aunque Asta SóUilja había crecido a un ritmo increíble en esos últimos meses y su figura comenzaba a redondearse con las juveniles curvas de la vida, era aún una mozuela toda piernas y demasiado delgada como para llenar por completo el vestido. Le pendía flojamente en torno, cayéndole desde los flacos hombros, y se hinchaba ampliamente en la cintura. —Es como el espantapájaros del prado de Útirauðsmyri —dijo Helgi, y su padre le hizo salir corriendo escaleras abajo. Aparte de su tamaño, el vestido le sentaba admirablemente.
  • El helado aislamiento del páramo reinaba sobre los dos viajeros, y ambos caminaban en silencio. La triste monotonía del paisaje les embotaba los sentidos. Ella comenzó a sentir hambre y ya no buscaba las cosas que le eran extrañas ni se deleitaba con ellas.
  • —Un grupo de ganapanes fumadores de cigarrillos —replicó.
  • Los habitantes del pueblo y los viajeros, los caballos de carga y los carros se apeñuscaban en la calle, los barcos en el mar.
  • No se acordó del hecho de que la gente de las ciudades dice cosas que en el campo serían consideradas faltas de la necesaria meditación.
  • —No sé —dijo Bjartur—. Pero mientras yo no ambicione las ganancias de otras personas, no quiero, por cierto, pagar sus deudas.
  • Puede del hombre el saber miserable propiciar discursos muy hermosos, mas en la nación es más aprovechable usar libros de versos generosos.
  • Se sentó en un banco del rincón del comedor, como un objeto toscamente terminado,
  • Las opiniones separaron a los discutidores en los dos grupos habituales, uno acalorado en sus alabanzas de los que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para ayudar a los agricultores, el otro poniéndose de parte de los que hacían lo posible para hundirles. Se discutió que todo el país debería formar cooperativas de consumo
  • Los terratenientes habían tomado ya las cooperativas a su servicio,
  • Pero los protagonistas estaban todos endeudados, porque cada uno de ellos era dueño de una vaca, como era de esperarse, y no tenían tiempo que perder con un hombre independiente y sin cargas como era Bjartur. La cuestión no era si uno debía estar endeudado o no, sino con quién debían contraerse deudas,
  • Y ella apretó su cuerpo apasionada y fieramente, con ambas manos, en la borrachera de ese egoísmo impersonal y apremiante que en un corto lapso había borrado todo lo que su memoria contenía.
  • ¿Qué le había hecho ella? ¿Y por qué tuvo ella que hacer lo que hizo? ¿Cómo podía haber sospechado que cosas tan espantosas e incomprensibles se agazapaban detrás de algo tan bueno e inocente como pegar la cara a la garganta de él? ¿Qué pasó por ella? ¡Papá, papaíto! ¿Qué te he hecho? ¿Es que soy tan mala?
  • Después comenzaron los
  • había sido maldecida con la posesión de una lengua tan procaz que pocos podían tolerarla durante tiempo alguno. Jamás se supo que viviese en armonía con sus superiores,
  • No era corriente pagarle jornal alguno a la mujer, excepto en la mitad del verano, pero ese estío el alcalde dispuso que Bjartur tuviese opción a sus servicios y que le pagara unas coronas por semana, de las cuales la mitad serían en su equivalente en lana.
  • estaban ellos más lejos que nunca y los párpados les pesaban tanto como las penas.
  • Para los niños era un día de trabajo de dieciséis horas, interrumpido dos veces para una comida y una vez para un trago de café, con unos minutos de sueño bajo el cielo abierto, a mediodía.
  • bajo la implacable lluvia, y durante horas y horas, los niños no oían otra señal de vida que los ruidos sordos de su propio estómago, porque no sólo estaban calados hasta los huesos e infinitamente cansados, sino que también se hallaban muertos de hambre
  • Grande es la tiranía de los hombres. —No importa que me mate, el demonio, porque, como Dios y cualquier persona pueden decírtelo, estoy condenada de antemano… esclavizada a muerte cien veces y viviendo del socorro de la parroquia. Pero nunca estuve en tan mala situación que no tuviese algo para abrigarme de la lluvia a pesar del fraude, la tiranía y la muerte. Y toma nota de mis palabras, hijo: puedes estar seguro de que le habrá arrancado la vida a tu pobre madre antes de que Dios le conceda otro verano, el maldito negrero. Ése era su texto.
  • —¡Como si no conociese a esta maldita escoria de pequeños propietarios, después de ser su esclava y su felpudo por un par de generaciones! No es la primera vez, ni mucho menos, que les veo sacrificar la poca inteligencia que poseen a sus ovejas corroídas por las lombrices. Siempre puedes reconocer al Malo por su pata hendida. Y, además, todos ellos quieren enriquecerse. No carecen de ambición. No viven de la ayuda de la parroquia, no; ellos son hombres libres. Independencia, y a carretadas. Pero ¿dónde está la independencia que tienen, si puedo preguntarlo? ¿No se encuentra la mayor parte de ellas en las entrañas de las ovejas, cuando ellos se mueren de hambre en la primavera de cada año? ¿Es que su libertad vale tanto como las lombrices que se alimentan, de eternidad en eternidad, de los sacos de piel y huesos que ellos llaman sus ovejas? Y permíteme que vea el reino de que son dueños, hijo, en el café descolorido y el pescado maloliente de este mundo o el próximo. No es de extrañar que Kólumkilli les sorba el tuétano a los lamentables rapazuelos que, según se supone, ellos deben criar.
  • Era algo nuevo para ellos ver que su desdicha y su esclavitud eran relacionadas con fuentes perceptibles. En la locuacidad irresponsable de la anciana se agazapaban argumentos contra el aplastante yugo de la vida. Era la voz de la misma emancipación la que de esa extraña guisa unía fuerzas con sus propios pensamientos subconscientes.
  • —Querer estar seco no es más que una maldita excentricidad —decía—. Yo he estado mojado durante más de la mitad de mi vida y nunca me resentí una pizca por ello.
  • El humo tenía un aroma como de filipéndula,
  • dondequiera le pluguiese,
  • Su poesía era tan compleja técnicamente que jamás podía alcanzar contenido alguno digno de mención. Y así sucedía en la vida.
  • —También están pensando en abrir una caja de ahorros en Fjóróur, para que el dinero de la gente dé intereses. —¿Intereses? —Sí, es una especie de descendencia que le nace al dinero, si lo pones en una caja de ahorros. Algún hombre digno de confianza lo pide prestado al banco y luego lo devuelve, abonando intereses.
  • La perra gañía junto a la trampilla,
  • Nunca es tan potente el invierno como en esos días de la primavera.
  • majadas
  • Su suministro era ya escasamente suficiente para la familia, aunque ésta había tomado por costumbre —en modo alguno extraordinaria en primavera— hacer una sola comida al día. Los hombres y los animales pasaban hambre.
  • Y en alguna otra parte del mundo hay un huerto y un palacio.
  • lavazas,
  • —Cuando mi madre fue sepultada, el sacerdote siguió hablando y hablando, lo sé. Pero al cabo se detuvo. Cuando el sacerdote comienza a sentir ganas de beber un poco de café, se calla por su propia voluntad. Siempre supe que alguna vez tendría que callarse.
  • raleadas
  • Y eso tenía que sucederle a él, Bjartur de la Casa Estival, de entre todas las personas, un hombre que ni siquiera creía en el alma, para no hablar de demonios y fantasmas. Pero esta vez se burló de ello en la casa, diciendo que había tenido que matar a un cordero que comió lana. Nadie, y menos sus hijos, descubriría grieta alguna en su coraza de escepticismo que desde el comienzo le confirió más grande fortaleza moral que la que poseía hombre alguno.
  • había llegado a la edad del peinado del cabello. A veces calentaba agua y se lavaba los pies y las piernas hasta un poco más arriba de las rodillas, y el cuello y, por atrás, un poco de la espalda. Y el pecho. Y él no podía prohibírselo. Este furor higiénico se manifiesta en el sexo femenino a una cierta edad y dura unos años. Es la juventud, es la flor… ¿Acaso las hierbas no absorben el rocío mientras crecen? Luego, al cabo de algunos años, dejan de lavarse: cuando los hijos comienzan a llegar.
  • Algunos se quejan de la monotonía… esas quejas son los signos de la inmadurez. A la gente sensata no le agrada que sucedan cosas.
  • Pero yo digo: heme aquí, Bjartur de la Casa Estival, un hombre libre en la tierra, un islandés independiente desde el día de la colonización hasta esta hora y momento. Podéis dejar caer la montaña sobre mí. Pero nunca os daré una piedra.
  • Lo más gracioso de vosotros es que os negáis a creer en nada que suceda a más de cien metros de las puertas de vuestros corrales.
  • No dais crédito a una cosa, física o espiritual, aparte de las que podáis ver o no ver en vuestros desdichados establos.
  • La característica más desagradable de mediados del invierno no es su oscuridad. Más desagradable, quizás, es que nunca haya la suficiente oscuridad como para que uno se olvide de lo infinito del cual esa oscuridad es el símbolo,
  • Y aunque una madre yazga en su ataúd y los niños sean plantados en el cementerio, la justicia, pese a todo, reside en las ovejas y sólo en las ovejas.
  • —Yo sería la última en quejarme de algo —musitó la anciana— y, de todos modos, sé que mi Hacedor hará conmigo lo que más le plazca. Soy algo así como nada, como cualquiera puede ver, y, aunque aparentemente no puedo morirme, difícilmente podría afirmar que estoy viva. A veces necesito de todo el tiempo de que dispongo para saber quién soy.
  • El temor al temor de lo que realmente no fue nada. El temor de que aún no había sido perdonada. El temor de que algo no la había perdonado aún por algo. Y de que ese algo seguiría tan horriblemente innominado entre ella y él, entre él y ella.
  • un hombre encuentra lo que busca, y el que cree en los fantasmas encontrará, con seguridad, un fantasma.
  • le amó porque había huido.
  • Por lomas, valles, por helados mares, me alejé del paisaje de la infancia. La paz huía de mí. La hallé dormida en estas arboledas desoladas.
  • El relato de cómo creó el mundo les despertó inmediatamente el interés, aunque no recibieron respuesta alguna a la pregunta de por qué tuvo que crearlo.
  • —El pecado… el pecado es el don más precioso de Dios.
  • no se atrevió a preguntarle qué era inevitable, porque es mejor, pensó, no conocer lo inevitable antes de que ocurra,
  • acémilas
  • Él era el dueño del razonamiento, que poseía en común con Hrollaugur de Keldur, que toma las cosas estrictamente en el orden en que llegan, sin investigar su origen o su naturaleza. Fue el primero en formular un deseo.
  • En la sangre de algunas personas bulle un único deseo, y esas personas son hijas de la dicha, porque la vida tiene las dimensiones exactas para un solo deseo, no para dos.
  • En adelante el día le será ajeno, cada uno de los días, todos los días. Y más que ajenos: un problema insoluble, un laberinto, el caso.
  • Y la vida, una no tenía culpa de la vida, una vivía.
  • Se veía impulsada a la más completa desesperación, porque, en fin de cuentas, hay un límite para la cantidad de ética cristiana que la naturaleza puede soportar.
  • y siempre consideró que su libertad estaba implícita en el remotísimo cambio que consistía en no matarse eternamente para el mismo ladrón.
  • Llevaba un par de gruesos guantes, prácticamente nuevos, y se quitó el de la mano derecha y se lo arrojó al cadáver porque se considera una descortesía abandonar un cadáver que se ha encontrado sin hacerle antes algún pequeño servicio.
  • Dios es un enemigo del alma.
  • es maravilloso que existan las cosas que una vive para ver…
  • —Cada vez se parece más a sí misma, bendita sea
  • repentinamente recordó que no era su padre, sino un trol.
  • Esta llamada Guerra Mundial, quizá la más bienhechora bendición que Dios envió a nuestro país desde que las guerras napoleónicas salvaron a la nación de las consecuencias de la Gran Erupción y elevaron nuestra cultura de las ruinas por medio de una creciente demanda de pescado y de aceite de ballena,
  • Porque si los ideales no tienden a mejorar la suerte del género humano en la tierra, sino a matar a los hombres por millones, uno está en el caso de preguntarse si no sería más digno de mención carecer por completo de ideales, aunque, naturalmente, una vida así sería vacía.
  • En su caso, la riqueza era el resultado de seguir haciendo algo, en lugar de sentarse afuera, en el empedrado, a barbotar tonterías sin sentido, o de dejarse llevar por la fuerza de sueños tontos, o incluso por los fantasmas, como hicieron sus hermanos.
  • consuntivo
  • Muchas veces he pensado que, si alguna vez se me presenta la oportunidad, la aprovecharé, y lo mismo, estoy seguro, les sucede a todos, ya tengan mi edad o sean mayores. Uno no se atreve a pensar en nada en voz alta, ni a esperarlo, de modo que continúa haciendo algo, y algunos continúan haciendo algo hasta que se mueren.
  • —Tengo miedo de que te traten mal, hijito —replicó él—. Matan a todos los que tienen un poco de decencia. Pero si te hubieras quedado, te habrías convertido en un hombre independiente como yo. Abandonas tu propio reino para ser sirviente de otros hombres. Pero es inútil quejarse. Me quedaré solo aquí, eso es todo. Y me quedaré tanto tiempo como me quede.
  • En esa época ir a América ya no se consideraba un acto de ignominia y vergüenza, comparable a pedir la ayuda de la parroquia o ser encerrado en la cárcel, ni era tenido como una cosa digna únicamente de la morralla. La acción estaba rodeada casi de la misma dignidad que la de emprender un viaje de placer. Los emigrantes no eran ya denominados vagabundos y ociosos crónicos, ni vistos como malas mercancías exportadas con alegría por los concejos parroquiales. No, eran hombres con dinero en el bolsillo que iban a visitar a sus parientes y amigos, gente magnánima. Los islandeses de América se habían convertido de pronto en gente magnánima, ya que se informaba, por fuentes dignas de crédito, que tenían cantidades de dinero.
  • Lo que había ganado en fuerza lo había perdido en sensibilidad.
  • el potro descendió la colina a paso de ambladura,
  • el creciente interés por la política parecía indicar que el público comenzaba a creer que sus asuntos eran administrados desde aquí, en la tierra, y no desde el cielo.
  • ¿Tendría que hacer un esfuerzo para mirarla cuando pasara y enviarle una comente
  • Lo de mandarse mutuamente al infierno en una hermosa mañana de domingo, como hacéis los poderosos y encumbrados aristócratas hoy en día, no es, en mi opinión, la mejor forma de discutir cuestiones vitales. Tantos denuestos no habrían sido considerados argumentos en los viejos tiempos, cuando había grandes hazañas y gloriosas proezas, y cuando la tierra era habitada por hombres poderosos, de famoso valor, hombres que se desafiaban mutuamente a regular combate, o reunían a sus partidarios y luchaban en grandes ejércitos, hasta que los cadáveres yacían en montículos más elevados que la cima de las colinas.
  • El hombre libre de los años de hambre se había convertido en el esclavo de los intereses de los años de auge.
  • —Papá —dijo ella. Y nada más. —Mi opinión ha sido siempre ésta —dijo él—: que nunca tienes que rendirte mientras vivas, aunque te hayan robado todo lo que poseas. Aunque no te quede nada más, siempre podrás considerar como tuyo el aire que respiras, o al menos podrás afirmar que lo has recibido en préstamo. Sí, muchacha, ayer por la noche comí pan robado y dejé a mi hijo entre unos hombres que usarán los mangos de sus picos contra las autoridades, de modo que pensé que esta mañana podía visitarte.
  • esa noche sintió que no era demasiado vieja como para poder contemplar el futuro en un sueño,
  • El trabajador solitario no escapará jamás a su eterna vida de pobreza. Continuará existiendo en la miseria mientras el hombre no sea el protector del hombre, sino su peor enemigo.
  • La historia de Bjartur de la Casa Estival es la de un hombre que sembró toda su vida, día y noche, el campo de su enemigo. Tal es la historia del hombre más independiente del país. Páramos. Más páramos.
  • Los islandeses gustan de considerarse a sí mismos una nación literaria desde sus mismos orígenes a finales del siglo IX. De la Edad Media procede la riquísima tradición de las Eddas, más tarde las baladas y las rímur, un tipo de complejísima poesía al estilo antiguo, cantada en melodías que, a quien las oye, inmediatamente le hacen pensar en la más que contemporánea y universal cantante Bjork,
  • Laxness fue también un innovador formal: fíjese el lector en cómo en toda la historia no abandona ni un momento a Bjartur; si acaso, hacia el final, por su hijo y supuesto sucesor (en realidad, no lo será, pues ha de seguir los nuevos rumbos de los tiempos). Nunca sabemos qué dicen, qué piensan, qué hacen en Utirauðsmyri, o en cualquier otro sitio: en cierto modo, la historia es independiente, libre, igual que Bjartur, a quien está permanentemente ligada: como el destino de Islandia al de sus más humildes ciudadanos. Observe la dificultad, a veces, para saber quién está narrando; considere al autor y su relación con su obra, vea cómo, de vez en cuando, sin que se note mucho, se entromete en la historia misma y la convierte en relato.
  • no me sorprendió la referencia al hombre más fuerte del mundo, ya que en la historia de este concurso, que empezó a celebrarse a nivel mundial en 1977, varios islandeses han inscrito su nombre.

 

– Subrayado en la página 3 | Pos. 44  | Añadido el sábado 27 de agosto de 2016 08H57′ GMT+02:00

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