Enrique Vila-Matas. Aire de Dylan

  • Encajé la invitación con elegancia y sentido de la fatalidad, como si estuviera en un rincón de un gran escenario. Y me quedé sólo con una duda para las horas siguientes: ponerme la máscara de fracasado o continuar llevando mi vida normal de fracasado.
  • Por lo demás, señoras y señores, sepan que soy ocioso, inestable, geométrico, errabundo, aspirante a ideólogo de la desgana, volátil, y siempre ando soltando lastre.

  • una sonrisa triste.
  • O como la del cineasta Werner Herzog, que, si no entendí mal, centró todo su discurso en su fracaso rotundo como loco: un trágico y apasionante lamento, en definitiva, por no haber sabido perder la razón con la suficiente fuerza.
  • Necesitaba llevar a cabo su idea de convertir su narración en un grito, lanzado entre desconocidos en una ciudad extranjera, un intento de soltar lastre y arrojar su drama personal por la primera borda que encontrara; un intento de liberación o como mínimo de amortiguar su tragedia privada.
  • y centrarme en el Archivo General del Fracaso
  • Me gusta Oblomov. Y sobre todo la pulsión Oblomov. ¿Oyeron hablar de esa pulsión? Toma su nombre de las costumbres apáticas del personaje de una novela que un tal Goncharov escribió en Rusia hace siglo y medio. Oblomov es un joven y desvalido aristócrata, incapaz de hacer nada con su vida. Duerme muchas horas, lee de vez en cuando, bosteza sin parar. Encogerse de hombros es su gesto favorito. Es de esa clase de personas que tienen la costumbre de reposar antes de fatigarse. Estar tumbado cuanto más tiempo mejor parece su única aspiración, su modesta rebeldía. Oblomov es el indiferente al mundo por excelencia.
  • intuyo que no tardaré nada en convertirme en un indiferente sin fisuras y un ideólogo de la desgana.
  • Y luego, intentando dejarme aún más hundido, me decía que la lucha contra la dispersión era el motivo más oculto del coleccionista y que yo, con mi archivo, trataba de corregir esa dispersión, pero lamentablemente seguía marchando disperso, directo al desastre.
  • Al igual que Dylan, mi padre fue un raro. Y al igual que éste, consiguió que la gente lo adorara, sobre todo porque no sabían muy bien quién era y podían imaginarlo a su gusto.
  • ¿Fue mi padre prototipo del escritor contemporáneo escindido? Es muy posible. Pero espero no molestar a nadie si digo que a veces ser muchos personajes, como fue su caso, puede significar tan sólo haber sabido refugiarse en lo contemporáneo para reducir así el impacto doloroso del seguro fracaso que podía esperarle si saltaba a pecho descubierto sobre la arena de los clásicos.
  • —Eres inocente como nadie. Tienes una imaginaria genialidad, que sólo te ayudará a estrellarte. Es, además, una genialidad de otra época. Hace cuarenta años te habrían hecho caso. El mundo era mejor. Y un joven con talento podía hacer aún cosas. Hoy eres una rareza, un sinsentido. Hoy sólo eres un artista. Un autista, mejor dicho. Se ve que no sabes qué hacer con tu vida, y yo no pienso orientarte.
  • —Tú eres raro y yo soy torpe —dijo Max—. O simplemente mi ritmo, mi mundo, mi único mundo, es el de las historias de hora y media, el del cine americano clásico. Lo demás no lo entiendo bien. Sé quien es Kafka, pero no es de los míos. Y me gusta entender lo que me dicen, lo contrario me pone muy nervioso.
  • una verdadera ojeriza.
  • Tuve por momentos ganas casi irrefrenables de decirle que debía olvidarse de convertir la orfandad en una poética,
  • la realidad puede permitirse el lujo de ser increíble, inexplicable. Lamentablemente, una obra de ficción no puede permitirse las mismas libertades.
  • dijo entre otras cosas que, cuando escribía, lo que siempre estaba intentando expresar era su manera de estar en el mundo
  • por eso cada día se decantaba más por negarse a ser un eslabón más en la cadena del esfuerzo y el trabajo,
  • pasar el tiempo —fazer horas, que dicen los portugueses—
  • abandonar las tinieblas etílicas y querer darse de alta en la raza humana le había llevado a descubrir que no había tal raza humana. Dicho de otro modo, no había encontrado a muchas personas en Los Angeles.
  • —¿Quién soy? Me llamo Pedro Páramo como todo el mundo. Mi familia es aire y yo soy mezcla de las voces y recuerdos de distintos vivos y muertos. 2
  • cada día tengo más conciencia de haber hablado demasiado en esta vida
  • dijiste: «Nunca me he sentido hijo suyo, sino hijo de su leyenda.»

 

 

  • no hay nadie que escape a la ley general de la avería.
  • Pero el problema es que la felicidad es poco interesante, más bien aburridísima. La infelicidad, en cambio, es apasionante.
  • un hiperrealismo insoportable, antesala de la demencia.
  • Vilnius vino a estrecharme la mano y me dijo apresuradamente que lo comprendiera, pero que el asunto había terminado siendo tan teatral que andaba de pronto necesitado de un camerino, es decir, de un lugar para esconderse del público.
  • desde mi propio Hades, ese reino de los muertos privado que hay en cada uno de nosotros.
  • aquella sociedad infraleve, que era testimonio de la nada y por tanto espejo tímido del aire de nuestro tiempo: reflejo de una época en la que el drama de la sociedad moderna, su trágica inconsistencia y avance hacia el vacío, es ya un secreto a voces y un hecho brutal, al que ya nadie parece capaz de poner remedio.
  • se dedicaba una y otra vez a pensar que se estaba bien en la penumbra, siempre y cuando uno estuviera enamorado.
  • Pensaban que lo mejor sería adquirir de golpe el punto de vista de los que de viejos llegaron a sabios escépticos y ahorrarse falsas expectativas juveniles, pues cada día iba a hacerse más evidente en el mundo lo inútil que iba a ser esforzarse en mejorarlo cuando éste rodaba ya descerebrado hacia un final de copas envenenadas. —Llámame Cero —imaginó Vilnius que le decía a Débora en mitad de la noche. Era tal el desánimo que provocaba el caos del mundo que les parecía que lo mejor era apartarse, no colaborar en nada.
  • Montgomery, el protagonista de El libro de las pruebas, de John Banville: «Nunca me he acostumbrado a estar en esta tierra. Creo que nuestra presencia aquí es un error cósmico. Estábamos destinados a algún otro planeta lejano, al otro extremo de la galaxia.»
  • Vilnius no hacía mucho que había empezado a dar por sentado que el exilio era lo que definía mejor el espíritu humano. Si algo nos definía a todos, pensaba Vilnius, era el destierro, la imposibilidad de volver a casa, el conflicto.
  • Quién lo diría, dijo Débora, que este lugar llegó a ser centro de algo, hoy en día parece el hueco más irrelevante de la Tierra.
  • Y Débora dijo que en una época de crisis como la que les había tocado vivir, quizás lo más alto a lo que ellos podían aspirar fuera a encarnar el espíritu de la crisis. Obrarían siempre de forma tal que, en cuanto tuvieran una idea, se resistirían a llevarla a la práctica. No habría nadie en el mundo tan consciente de la desilusión que sigue a toda obra humana, y eso haría que se ahorraran cualquier acción para evitar el fracaso. Puesto que había crisis, ser la crisis misma les podía salvar de ella.
  • ¿No te bastan tus propios sueños?, terminó preguntándole
  • A veces llegaba incluso a preguntarme si no sería que había ido a parar a un lugar que algunos creen imaginario y otros lo contrario, pero que todos llaman el gran teatro del mundo. Quizás había llegado a ese lugar, pero sólo para descubrir que en realidad era un teatrillo en el que podía yo cambiar de lugar y de escenario cuando quisiera, pero en modo alguno salir de él, pues nada había tan evidente como que fuera de ese teatro no había nada, ninguna vida alternativa a la que pudiera incorporarme. Por decirlo de otro modo, ese teatrillo relacionado con mi vida era el único espectáculo que había en la cartelera.
  • —¿Cómo? ¿Yo? ¿Y qué culpa puedo tener de esto? ¿De qué me culpas? —De nada. Pero a mí no me engañas —sonrió—. Preguntas como las tuyas sólo las pueden hacer los culpables.
  • —No hacemos ya nada —insistió Débora tomándose un vaso de tequila de golpe—, aunque eso sí, no paramos de tener proyectos y por tanto somos imprescindibles.
  • Preferían tener una idea por día y ser infraleves como el aire y vivir tranquilos y cambiar todo el rato de pensamientos en medio de la atmósfera cultural vacía de su país, balancearse en la nada y no cometer el error de encadenarse durante meses o años a la elaboración de un libro, de una sinfonía, de una película. Querían tener una idea por día y normalmente ni siquiera llevarla a la práctica, tenerla y dejarla abandonada, catalogada como un fracaso más en el Archivo General de Vilnius. ¿Y qué pensaba yo de todo esto? No me lo preguntaron ellos, me lo preguntaba yo. La verdad es que estaba de acuerdo en algunas cosas; por ejemplo, en que mis jóvenes amigos vivían en medio de una atmósfera cultural vacía (jamás había existido tanta banalidad en la cultura catalana y española y eso a la larga se contagiaba) y me parecía hasta lógico que buscaran no hacer nada y no creer en nada a modo de salida posible a su asfixiante situación. En una tierra, en un país en el que a nadie le interesaba nada, lo mejor que podían hacer era no interesarse por nada y menos aún por sus imbéciles compatriotas. Lo mejor era que miraran hacia lados verdaderamente vacíos y descreídos.
  • todos conscientes de que, como decía Débora, ninguno de nosotros era una isla, ninguno era algo completo en sí mismo, sino un fragmento del continente, una parte del conjunto de nuestra sociedad de aire.
  • Es una frase que me recuerda a Bob Dylan al comienzo de No Direction Home: «Salí para encontrar el hogar que había dejado hacía tiempo, y no podía recordar exactamente en dónde estaba, pero se hallaba en el camino. Y al encontrar lo que me encontré en el camino todo era tal como lo había imaginado. En realidad, no tenía ninguna ambición, no creo que tuviera ambición para nada. Nací muy lejos de donde se supone que debo estar, y por lo tanto voy de camino a mi hogar.»
  • Yo nunca trato de regresar, sino que intento encontrar una casa en el camino.
  • Quizás por ello, por la noche tuve un sueño en el que pedía explicaciones al guionista de mi vida real. Le pedía toda clase de explicaciones por el absurdo suicidio de Max. El guionista se llamaba Harlem y yo le decía que no sabía de qué me sonaba su nombre.

 

 

 

– Subrayado en la página 3 | Pos. 31-33  | Añadido el miércoles 20 de julio de 2016 15H40′ GMT+02:00

Anuncios
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: