César Rendueles. Capitalismo canalla

 

  • Casi todas las sociedades han conocido el comercio, sí, pero sólo como una realidad marginal con un peso muy limitado en su vida en común. El mercado era un lugar concreto —la plaza del mercado— al que se acudía unos días concretos —los de mercado— a intercambiar unos pocos bienes. En realidad, vivimos en una civilización única en la historia. Por primera vez una inmensa cantidad de personas basamos nuestro sustento material y nuestra organización social en la práctica generalizada de tratar de obtener ventaja de los demás.
  • Cada mañana, al salir de casa, nos enfrentamos a personas a las que tratamos de vencer en una sucesión sin fin de desafíos comerciales: venda caro, compre barato. La historia de la modernidad es, en primer lugar, la crónica de la subordinación de toda nuestra vida social a las relaciones comerciales. No fue un proceso automático o inesperado, sino el resultado de luchas políticas desesperadas y aún en curso.

  • escribió: «El nombre de Lampe ha de ser completamente olvidado»[1]. La gracia del asunto, claro, es que se trata de una especie de contradicción performativa.
  • En los años noventa del siglo XX la psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus diseñó un elegante experimento que demostró la posibilidad de implantar recuerdos falsos en personas adultas perfectamente normales sin recurrir a ninguna técnica agresiva de lavado de cerebro[2]. Loftus seleccionó a veinticuatro personas a las que entregó un informe en el que se relataban sucintamente cuatro recuerdos de su infancia: tres de ellos —obtenidos gracias a la complicidad de algún familiar— eran verdaderos, mientras que el cuarto nunca había tenido lugar (una historia acerca de cómo esa persona se había perdido de niña en un centro comercial). Loftus les pidió que dijeran si se acordaban o no de cada uno de los cuatro episodios y, en caso de que la respuesta fuera afirmativa, que hablaran sobre lo ocurrido. Lo sorprendente no fue tanto que el veinticinco por ciento de las personas que participaron en el experimento aseguraran que el recuerdo falso había sucedido realmente, sino que lo adornaron con toda clase de detalles y lo relataron con auténtica emoción. Otros experimentos similares alcanzaron porcentajes de hasta el cincuentapor ciento de éxito en la inducción de falsos recuerdos.
  • Cada día, sus dos hijos observaban fascinados los cambios en las mareas, que en el norte de España son muy vivas. A veces el mar apenas dejaba una pequeña franja de arena y otras mañanas el agua se había retirado más de cien metros. Un día nos preguntaron: «Pero aquí cuando el mar está normal, normal, ¿dónde está?».
  • Se dice que Luis XVI llevaba desde adolescente un diario donde reflejaba sus preocupaciones cotidianas. La caza era su actividad favorita, así que en sus cuadernos se describen minuciosamente los animales que abatió (concretamente, 189 251 piezas en trece años). También merecen su atención las audiencias que concedió y las enfermedades que padeció, como indigestiones, catarros y ataques de hemorroides. Cuando no salía a cazar, no tenía audiencias ni padecía ninguna enfermedad, Luis XVI se limitaba a escribir en su diario: «nada». Lo curioso es que en todas las fechas famosas de la Revolución francesa aparece esa palabra. Lo único que tiene que decir el monarca a propósito de algunas de las transformaciones políticas de mayor impacto de la historia de la humanidad es «nada»[4].
  • Perec escribió W
  • La idea de que la competición tiene un fuerte componente autodestructivo y debe estar limitada era un elemento básico de la organización social tradicional.
  • El sometimiento de todas las instituciones sociales al mercado ha requerido una enorme y complicadísima ingeniería social que se ha perfeccionado a lo largo de mucho tiempo. Seguramente por eso a los economistas les encanta el léxico deportivo-militar y hablan todo el rato de rigor y disciplina.
  • lo que Santiago Alba Rico ha llamado «la pedagogía del millón de muertos»: cada treinta años se mata a casi todo el mundo y después se deja votar a los supervivientes, que, naturalmente, tienen claro cuál es la opción adecuada si quieren evitar que se repita la carnicería[11].
  • Mercaderes del espacio, una novela publicada en 1953, Frederik Pohl y Cyril Kornbluth
  • La clase comercial no surgió paulatinamente en el seno de las sociedades agrícolas medievales, para las que el afán de lucro o la idea de vender la tierra para disponer de dinero resultaba absurda. El mercado fue un escándalo social. La Iglesia consideraba el comercio como una forma de usura y la búsqueda de beneficios se veía como una declinación de la avaricia. Como explicaba el historiador Henri Pirenne, el mercado irrumpió en Europa a partir del siglo X. La causa fue un aumento de la población que liberó del campo a un número cada vez más considerable de personas condenadas «a ese tipo de existencia errante y azarosa que, en todas las civilizaciones agrícolas, es el destino de aquellos que ya no pueden seguir trabajando en la tierra. Multiplicó la masa de vagabundos pululantes a través de la sociedad, viviendo de las limosnas de los monasterios, contratándose en épocas de cosecha, alistándose en el ejército en tiempos de guerra y no retrocediendo ante la rapiña y el pillaje cuando la ocasión se presentaba. Entre esta masa de desarraigados y aventureros hay que buscar sin duda alguna los primeros adeptos al comercio»[16].
  • En 2010 la Harvard Business School —un escuela de posgrado de élite donde estudiaron, entre otros, George W. Bush o Felipe Calderón— escogió la piratería somalí como el mejor modelo de negocio del año[18].
  • Jenofonte responde con una actitud más cosmopolita: «A cualquier sitio que vayamos, si no tenemos mercado, sea tierra bárbara o griega, no por arrogancia sino por necesidad, tomamos los víveres»[19]. El protocolo es más o menos que si se puede se compra y si no se rapiña. O al revés, tampoco está muy claro.
  • el principal promotor del mercado en la Grecia antigua fue el ejército,
  • Como recuerda Karl Polanyi, «el gobierno espartano enviaba una comisión civil de “vendedores de botín” junto con el rey que mandaba el ejército en el campo de batalla. Su misión era velar por que se subastasen en el acto los esclavos capturados y el ganado»[20].
  • Es verdad que a lo largo de los dos mil últimos años la profesión de mercader ha ido normalizándose. Hasta el punto de que en cierto momento, en torno al siglo XVIII, el comercio llegó a considerarse una alternativa a la guerra. Una especie de competición de baja intensidad que rebaja los conflictos a un nivel aceptable, por debajo de los miembros mutilados y las torturas rituales. Como explicó Albert Hirschman, en esa época algunos ilustrados empezaron a reivindicar el comercio como una forma de relación social poco virtuosa pero cuyos efectos colectivos y personales eran muy beneficiosos[22]. Pensaron que el mercado limitaría las pasiones políticas o religiosas más exaltadas, que habían convertido Europa en un campo de batalla durante los siglos anteriores, y generalizaría la cordialidad. La razón de este efecto del mercado, según los ilustrados, es que el propio interés egoísta característico del comercio dulcifica el comportamiento social, lo hace más apacible y civilizado. Elimina los sedimentos antropológicos que hacen tan pegajosas e incomprensibles las relaciones familiares, tribales o religiosas y las vuelve racionales, comprensibles y transparentes. La competencia comercial induce un vínculo comunitario rebajado, un interés mutuo por mantener unas mínimas normas de convivencia. Hace que la gente se conforme con una prosperidad razonable. Reduce las aspiraciones sociales a cierta mediocridad virtuosa.
  • La fe en la capacidad socializadora del comercio está incrustada en la arquitectura de las instituciones europeas. Por eso la integración política democrática de la UE está tan subdesarrollada en comparación con unas estructuras mercantiles hipertrofiadas. Las consecuencias han sido dramáticas, en especial para los países del sur de Europa.
  • En Empotrados, la novela de ciencia ficción de Ian Watson,
  • Los mismos países que afirman que el comercio sembrará las semillas de la paz y la prosperidad no dudan en recurrir a la violencia para proteger los intereses de sus empresas.
  • liminar,
  • un pecado que los griegos llamaban hybris y que se suele traducir como «soberbia» o «desmesura».
  • reflexiones luctuosas
  • la ética protestante que Max Weber identificó como la dimensión simbólica crucial de la cultura capitalista. Según Weber, los calvinistas creían que sólo unas pocas personas habían sido elegidas por Dios para salvarse y nada de lo que uno hiciera iba a cambiar esa predestinación. Para atenuar esa incertidumbre desarrollaron una doctrina que sostenía la existencia de signos de la gracia divina, en especial el éxito económico. Así que dedicaban grandes esfuerzos a triunfar en el comercio. No para obtener lujos o placeres pecaminosos, sino como un fin en sí mismo. Por eso reinvertían todo lo que obtenían, iniciando así la lógica que mucho después Karl Marx llamó «reproducción ampliada del capital». El fervor religioso se fue debilitando, pero la ética asociada perduró.
  • Viernes o los limbos del Pacífico, de Tournier.
  • es sin duda Viernes o los limbos del Pacífico, de Tournier. En ella Robinson evoca la capacidad civilizatoria y pacificadora del comercio universal, frente a los altos impulsos políticos, militares o religiosos que conducirían al enfrentamiento civil: «Desdichadamente, son casi siempre los hombres desinteresados los que hacen la historia y entonces el fuego lo destruye todo. Los grandes mercaderes de Venecia nos dan el ejemplo de la felicidad fastuosa que alcanza un Estado cuando está conducido por la sola ley del lucro mientras que los lobos encarnizados de la Inquisición española nos enseñan las infamias de que son capaces los hombres que han perdido el gusto por los bienes materiales»[27].
  • fingimos que vivimos en un mundo de escasez, de modo que la gente no tiene donde vivir en países llenos de casas vacías o incluso se muere de hambre mientras tiramos miles de toneladas de comida.
  • El proyecto de desencantar el mundo social reduciéndolo a relaciones transparentes a través del mercado y la racionalidad burocrática es una utopía, una nebulosa fantasmagórica incompatible con algunas características antropológicas duraderas.
  • mientras el norteamericano consagra a la circulación una cuarta parte del tiempo social disponible, en las sociedades no motorizadas se destina a este fin entre el 3 y el 8 por ciento del tiempo social. Lo que diferencia la circulación en un país rico y en un país pobre no es una mayor eficacia, sino la obligación de consumir en dosis altas las energías condicionadas por la industria del transporte[29].
  • El mercado libre generalizado y su ética no sólo produce injusticia y desigualdad. También inyecta en nuestra vida social dosis letales de fantasía e irracionalidad. Pues nos priva de la posibilidad de deliberar en común para tomar decisiones colectivas que no pueden ser el subproducto de la interacción individual egoísta.
  • es difícil exagerar en qué medida el trabajo asalariado constituye una extravagancia histórica.
  • En un célebre capítulo de El capital titulado «La acumulación originaria», Karl Marx daba una explicación más realista. La aparición de una oferta de fuerza de trabajo suficiente para cubrir las necesidades industriales fue el resultado de un proceso prolongado y violento de expropiación masiva de millones de personas pobres. A lo largo de varios siglos, un gigantesco ejército de campesinos fue despojado de sus medios de vida tradicionales, de modo que se vieron obligados a buscar un salario para sobrevivir.
  • Es una pauta increíblemente regular. A lo largo de los siglos y en contextos muy diferentes, la gente que procedía de sociedades tradicionales ha mostrado una gran resistencia a responder a las necesidades del mercado de trabajo. Los obreros mexicanos de principios del siglo XX se comportaban exactamente igual que los asalariados ingleses de finales del siglo XVIII. De hecho, en Europa hubo que esperar hasta bien entrado el siglo XIX para que el miedo al hambre y los incentivos salariales fueran suficientes para garantizar un suministro constante de mano de obra a los empleadores. En la época heroica del capitalismo, era habitual que la gente trabajara hasta que reunía algo de dinero para, a continuación, abandonar el empleo hasta que lo volvía a necesitar.
  • Como recuerdan los historiadores Peter Linebaugh y Marcus Rediker, en Inglaterra: «Los grandes terratenientes a finales del siglo XVI y principios del XVII respondieron a las nuevas oportunidades del mercado nacional e internacional. Cambiaron radicalmente las prácticas agrícolas al cercar los terrenos de cultivo, expulsando a los pequeños propietarios y desplazando a los arrendatarios rurales, echando así de la tierra a miles de hombres y mujeres, a los que se negó la utilización de terrenos comunales. A finales del siglo XVI había doce veces más personas sin propiedad que las que había habido cien años antes. En el siglo XVII casi la cuarta parte de los terrenos de Inglaterra estaban cercados»[36]. A veces, los cercamientos fueron el resultado directo de nuevos intereses económicos, como el auge de la ganadería en la Inglaterra moderna a causa del comercio de lana, el equivalente del siglo XVI del aceite de ballena en el XIX o el petróleo en el XX.
  • garduños
  • el principal efecto de la improvisación no es el desconcierto o el caos, sino el sopor.
  • Gamoneda dijo: «¿Para qué tantos árboles, si para colgarse basta con uno?».
  • cualquier forma de resistencia a la doma laboral te convierte en una especie de pirado estetizante.
  • ralean
  • Si se respetan esas condiciones, cualquier objeción al uso que de el empleador a nuestra fuerza de trabajo es perfectamente ociosa. Una vez que nuestra subsistencia queda abandonada al casino del mercado, una vez que no forma parte de una estructura antropológica cuyo sentido vaya más allá de la remuneración, cualquier resistencia que no esté basada en la posición de poder contractual del contratador y el empleado sólo puede entenderse como un narcisismo estético.
  • Es nuestra tierra. Nosotros la medimos y la dividimos. Nacimos en ella, nos mataron aquí, morimos aquí. Aunque no sea buena sigue siendo nuestra. Esto es lo que la hace nuestra: nacer, trabajar, morir en ella. Esto es lo que da la propiedad, no un papel con números. […]
  • alejaron[42].
  • cuando se hurga en los orígenes del capitalismo, la civilización más opulenta que ha conocido la historia, a menudo uno se encuentra con un ejército de homeless. Campesinos sin tierra, ni crédito ni profesión que se echan a los caminos. Si el origen del comercio tiene que ver con los buscavidas, el del trabajo asalariado está relacionado con los mendigos.
  • No es un siervo rural, sino un habitante urbano jurídicamente libre de vender su fuerza de trabajo. Pero eso no lo convierte en un proletario, sino en un vasallo desorientado.
  • Las leyes de pobres inglesas de los siglos XVI y XVII son famosas por su crueldad. Decenas de miles de vagabundos fueron azotados, se les cortaba las orejas, eran ahorcados, se les grababa a fuego una V en el pecho, eran condenados a esclavitud, a galeras o a un correccional. España no se quedó atrás y desde el año 1300 se promulgaron numerosas normas contra los «hombres baldíos». En la ley general contra el vagabundeo de 1369 se apremia a las autoridades a que «non consientan en los logares andar omes baldíos, mas que los apremien que labren por jornales, por los precios sobre dichos, e los que non lo quisieren fazer, que les den pena de azotes, e otras penas corporales». En Toledo, en 1400, se establece que a los vagabundos «por la primera vez se dará a cada uno de ellos cincuenta azotes públicamente […]; e por segunda vez que les cortarían las orejas; e por la tercera vez que los mandaran matar por ello»[45]. Los pensadores burgueses posteriores fueron conscientes de la necesidad económica de contar con una gran masa de pobres desposeídos dispuestos a trabajar y de la necesidad de emplear medios tan duros como fuera necesario para disciplinarlos.
  • En una nación libre en la que no se permite la esclavitud, la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos»[46]. Hoy lo llamamos devaluación interna y control de la inflación.
  • Los ilustrados aspiraban a diferenciar los pobres verdaderos —aquellos que por su condición física no pueden trabajar— de los falsos indigentes, pobres de conveniencia que huyen del trabajo. Para ello idearon castigos, prisiones, procedimientos de inspección y, sobre todo, nuevas instituciones como los hospicios con fábricas anejas. Fue una práctica general en toda Europa aunque, de nuevo, el modelo más conocido es el inglés: la workhouse.
  • compadecido»[48]. Teóricamente, las workhouses debían servir para educar y enseñar un oficio útil a los indigentes. En realidad, eran terribles cárceles preventivas donde se realizaban trabajos brutales y alienantes y los pobres languidecían al borde de la inanición.
  • el campo de batalla donde tienen lugar los grandes conflictos sociales es el trabajo asalariado.
  • apocatástasis moral.
  • Renuncia al mundo y por eso su voluntad moral se vuelve ilimitada: «En medio del dolor que le causaba contemplar el mundo en aquel infame desarreglo, le sacudió el contento de poderse ver el pecho en el orden debido»[55].
  • La novela de Von Kleist ha tenido muchísimas versiones e interpretaciones. La mejor y más conocida tal vez sea Ragtime, una novela de los años setenta en la que E. L. Doctorow traslada la
  • Kohlhaas es el prototipo del rebelde restituidor, de un tipo de revuelta que aspira a restaurar el orden de un mundo cuyo sentido ha quedado herido de muerte por la injusticia.
  • Son intervenciones necesariamente trágicas. Pues las mismas condiciones históricas que las hacen posibles, el proceso de modernización, condenan al fracaso su propósito de restauración. Ya no hay vuelta atrás. Desde el capitalismo la emancipación sólo puede venir de un proyecto constructivo.
  • en cualquier caso, el fin de la explotación no es más que un manotazo para despejar la mesa, que deja todo lo importante por hacer.
  • Chevengur, una novela de Andréi Platónov
  • La respuesta oficial del socialismo soviético a las aporías de la construcción de un mundo nuevo fue el hombre nuevo. La idea es, aproximadamente, que los seres humanos somos pura plastilina histórica, animales sin naturaleza enteramente moldeables por la circunstancias cambiantes. De modo que una transformación radical en nuestras condiciones sociales daría lugar a una auténtica mutación antropológica.
  • O, peor aún: ¿Y si el hombre nuevo no es una fantasía futurista inofensiva, sino un proyecto cruel y salvaje, un nivel incrementado de atrocidad cuyos prolegómenos ya han comenzado,
  • Una comunidad política está unida por lazos de dependencia inextricables y con esas cartas son las que, para bien o para mal, hay que jugar. Lo contrario es puro narcisismo complaciente y peligroso.
  • el propio Iván Shatov: [Los modernizadores] nunca amaron al pueblo, ni sufrieron por él, ni le sacrificaron cosa alguna, aunque así lo imaginasen para su propia tranquilidad de ánimo […]. A ustedes no les bastó con dar esquinazo al pueblo, ustedes lo trataron con repugnante desprecio; y sólo porque entendían por pueblo únicamente al francés, mejor dicho, el parisiense, y les daba vergüenza que el pueblo ruso no fuera como él. ¡Esa es la pura verdad! ¡Y quien no tiene pueblo, no tiene Dios! Sepa usted que todos los que dejan de entender a su pueblo y pierden su vínculo con él pierden asimismo, y en igual medida, la fe paterna y acaban siendo ateos o indiferentes. ¡Digo la verdad! Este es un hecho demostrable. ¡He aquí por qué todos ustedes, y ahora todos nosotros, somos viles ateos o simple canalla depravada y escéptica[71]!
  • Han desaparecido los compromisos tácitos, basados en sentimientos compartidos, que son el fundamento último e inamovible de la vida en común. De ese modo, carecemos del tipo de presuposiciones que dan sentido a la bondad. El comportamiento virtuoso parece una elección como otra cualquiera. Una preferencia extravagante, propia de un loco… o un idiota.
  • los sometimientos o la superstición feudales, muy al contrario. Pero cree que sólo se pueden superar poniendo mucho cuidado en no arrasar con la comunidad de sentimiento que cimienta todo orden social, una red de afinidades que el socialismo o el capitalismo son incapaces de recrear.
  • Dostoievski plantea a los proyectos anticapitalistas un desafío desgarrador. La subordinación de las sociedades autoritarias y patriarcales es inaceptable, es cierto. Deseamos vivir nuestra vida individual con autonomía, como un proyecto que debemos construir y dotar de sentido. Pero, por otro lado, es imposible desarrollar un auténtico proyecto de emancipación política en un contexto social fragmentado. Las relaciones sociales débiles o puramente formales, como la ciudadanía, no son suficientes para que la democracia radical dé lugar a una vida buena digna de tal nombre. La transformación política liberadora tiene condiciones sociales que la propia liberación dinamita.
  • A los economistas les gusta imaginar la revolución industrial como el feliz maridaje de científicos de élite y empresarios audaces, pero la verdad es que fue un proceso en el que la tecnociencia no desempeñó un papel tan importante. Los primeros desarrollos industriales no superaban el nivel tecnológico en el que se movían los artesanos especializados. Hasta bien entrado el siglo XIX no se produjo un vinculo sistemático entre la ciencia aplicada y el desarrollo productivo. Las principales innovaciones de la revolución industrial tuvieron que ver con la organización del trabajo. Al menos en sus inicios lo característico del sistema fabril no era la centralidad de la maquinaria, sino la disciplina y la división extrema de las tareas. Las máquinas se introdujeron tanto por incrementar la productividad como para quebrar los consensos económicos tradicionales e imponer un nuevo orden laboral. Las condiciones de trabajo en las fábricas textiles, pioneras de la mecanización, eran atroces pero, por encima de todo, transformaban a los artesanos en trabajadores dependientes, privados del poder de negociación del que antes disponían.
  • de Frankestein[86]. La violencia del monstruo no tiene un origen tecnológico o natural, sino social. Comienza cuando descubre que carece de cualquier vínculo con los seres humanos, que vaga a la deriva entre personas que no lo reconocen como alguien con el que deberían mantener alguna clase de reciprocidad. El monstruo es más fuerte, más rápido, más resistente que cualquier humano. Pero esa potencia incrementada tiene un coste: la ausencia de un tejido compartido de normas comunes que dé sentido a su vida genera caos y destrucción.
  • La solución que encontraron los colonos del protocapitalismo para evitar estos problemas fue recurrir al trabajo forzado. Es una fuente laboral limitada: requiere de grandes dosis de coerción, su motivación es mínima y es difícil de emplear en procesos que requieren habilidades complejas. Sin embargo, servía bien en las plantaciones a gran escala de algodón, azúcar o tabaco. Allí el trabajo se podía dividir en tareas sencillas, muy duras y extremadamente repetitivas, de modo que los capataces podían concentrarse en exprimir al máximo la fuerza de trabajo de los esclavos. El esclavismo no es un residuo del mundo antiguo, sino un elemento central del desarrollo capitalista. En los inicios de la modernidad, el tráfico de esclavos no ocupaba un lugar central en las economías occidentales. Fue la economía industrial la que produjo una expansión sin precedentes del comercio de seres humanos. Entre el siglo XVII y finales del siglo XIX unos catorce millones de personas fueron esclavizadas y trasladadas a otros lugares del mundo donde se vieron obligadas a trabajar en condiciones atroces.
  • La palabra «trabajo» procede de tripalium, un yugo hecho con tres estacas a las que en la antigua Roma se ataba a los esclavos para torturarlos.
  • en el último cuarto del siglo XIX media docena de Estados se repartieron en un plazo increíblemente breve la cuarta parte de la superficie del planeta.
  • Lo opuesto a la alienación es esa sensación inimitable de estar siendo uno mismo. Eso que notamos al compartir algo importante con un amigo, al escribir, al realizar una acción loable, al correr, al jugar, al reír o al aprender… Esa experiencia de estar viviendo aquello que nos es más propio, lo que mejor nos identifica. La alienación es exactamente lo contrario: el sentimiento de que ciertas actividades nos son ajenas. Las realizamos, sí, pero parece como si al hacerlo fuéramos alguna otra persona.
  • «Los indígenas no funcionan sino a estacazos, conservan esa dignidad, mientras que los blancos, perfeccionados por la instrucción pública, andan solos. La estaca acaba cansando a quien la maneja, mientras que la esperanza de llegar a ser poderoso y rico con que están atiborrados los blancos no cuesta nada, absolutamente nada. ¡Que no vengan a alabarnos el mérito de Egipto y de los tiranos tártaros! Estos aficionados antiguos no eran sino unos maletas petulantes en el supremo arte de hacer rendir al animal vertical su mayor esfuerzo en el currelo»[98]. Céline
  • Conque, a fuerza de renunciar, poco a poco, me convertí en otro… Un nuevo Ferdinand[99].
  • Malcom Lowry de pacotilla.
  • En nuestra sociedad el trabajo es una maldición. La sociedad, como el Dios del Génesis, castiga con el trabajo, ¿a quién? A los pobres, porque el único delito social es la miseria. La miseria se castiga con trabajos forzados. El taller es el presidio. Las máquinas son los instrumentos de tortura de la inquisición democrática. Hemos envenenado el trabajo. Le hemos hecho temer y odiar. Lo hemos convertido en la peor de las lepras.
  • Incluso cuando había luchas violentas —entre obreros y patrones, por ejemplo— el campo de batalla era inteligible. La vida en común discurría en un terreno organizado en torno a la economía industrial, el libre comercio y una concepción rígida y estamental de las diferencias de clase.
  • Este conflicto durará decenas, tal vez cientos de años. En los intermedios habrá tratados de paz, y en general toda clase de poesías bucólicas. Podrá cambiar de forma. A veces, como los arroyos, se ocultará bajo tierra, y recordará hasta la repugnancia a la conmovedora paz. […] La guerra no se parecerá desde ahora a sí misma, y sabrá introducirse sutilmente en los corazones: la muralla de la ciudad, la valla de la casa, el umbral de la habitación se convertirán en los nuevos frentes.
  • la intuición de que el origen de aquellos conflictos desgarradores era la centralidad que había ido adquiriendo la competencia mercantil en sus vidas, la forma en la que el siglo anterior había atribuido a la economía la potestad de responder a las preguntas sobre lo que era posible, imposible, deseable o valioso.
  • Intuyeron que las relaciones laborales libres y no impuestas se erigían en realidad sobre una estructura de coacciones basada en la desposesión de la mayoría, en su dependencia de las élites industriales para sobrevivir.
  • Trilogía marciana (1992-1997), Kim Stanley Robinson
  • Así que supongo que la razón por la que me cautivó En el camino a los catorce años es la misma por la que hoy me espanta. Kerouac consigue convertir en una sensación privada de intensificación subjetiva lo que, en realidad, es una derrota política colectiva en toda regla.
  • Así que supongo que la razón por la que me cautivó En el camino a los catorce años es la misma por la que hoy me espanta. Kerouac consigue convertir en una sensación privada de intensificación subjetiva lo que, en realidad, es una derrota política colectiva en toda regla. Creo que hoy nadie puede leer esa novela sin notar que esa exaltación adolescente es un rito de paso hacia una vida gris, limitada y codificada, donde incluso la subversión nihilista está regulada,
  • «vsjò ravnò», todo igual[122].
  • Creía que había un terreno de confluencia entre el cambio político emancipatorio y ese espacio antropológicamente conservador y socialmente denso.
  • Los personajes subproletarios de sus dos primeras novelas se habían extinguido para ser reemplazados por imitaciones grotescas de la burguesía.
  • En cierta ocasión, le preguntaron a Margaret Thatcher cuál había sido su principal logro político. Respondió: «Tony Blair y el nuevo laborismo». Tenía toda la razón.
  • Todo a nuestro alrededor está diseñado para que nuestros gustos mediados por el mercado sean nuestras principales señas de identidad:
  • la tecnología, la música, la ropa, los viajes, la comida… Nos concebimos como agregados de preferencias cuyo único fundamento es que han sido elegidas por nosotros.
  • En Diario de una buena vecina, Doris Lessing habla del descubrimiento de una forma de compromiso relacionada con el cuidado que no es ni una carga impuesta ni una elección a la que se pueda renunciar cuando se quiera. Un tipo de relación incomprensible desde nuestro erial social.
  • Agustín García Calvo sobre la segunda estación del vía crucis que, en realidad, habla del trabajo y la muerte. Te la echaron al hombro, señor Jesús, la herramienta de tu muerte, y como era tu cruz, ni esbirros ni sirvientes de la Justicia que la llevaran: tenías que ser tú. Y te decían «¡Sús, arriba y caminando!, y que no lo pienses más: ésa es tu vía: ya sabes adónde vas». «Sé ya el que serás: carga con tu destino, y gánate la eternidad que es como es, que lo manda la Ley», así le dicen a cada crío que va naciendo: apenas sabe el A B C, le ponen de mañanita el nombre de su muerte, lo cargan con él, y según va caminando, más y más en las carnecitas se le hinca la fe. Ya sabe adónde, ya sabe a qué, ya va cargadito con su ataúd. Di tú que no, Jesús, que no, que no, que no: ¡sacúdetela tu cruz! No andes esa vía, hombre, no trabajes por tu muerte tú. ¡Tírala al suelo, tírala! y libéranos, Jesús[149].
  • Cuidar de los demás no te hace necesariamente mejor persona, es cierto. Pero nos ayudó a ver que buena parte de nuestra vida estaba basada en mentiras. No teníamos una carrera laboral, sino una mierda de trabajo. No vivíamos en un mundo repleto de excitantes innovaciones culturales, sino que éramos zombis del mercado del entretenimiento. Los coches, la ropa, los smartphones, las series, las videoconsolas… no eran más que basura inminente. Exactamente igual que nuestros contratos.
  • El mero sentido común nos enfrenta a los dementes trajeados que desde los parlamentos y los consejos de administración tratan de arrasar nuestras vidas.
  • Asediar usureros y con rara paciencia convencerles sin asco.
  • unas palabras de Esperanza Aguirre, que en verano de 2014 dijo que era urgente modificar la ley electoral para evitar que una «coalición de perdedores» se hiciera con el poder. Creo que es la mejor definición de la democracia que he oído nunca.
  • La democracia es la expresión política de la intuición, fascinante y repleta de claroscuros, de que una vida mejor —más justa, libre y plena— sólo se puede dar entre iguales que descubren, transforman y comparten aquello que tienen en común.
  • [2] El experimento se describe en Lauren Slater, Cuerdos entre locos. Grandes experimentos psicológicos del siglo XX, Alba, Madrid, 2006, pp. 239 y ss.<<
  • [14] Barbara Ehrenreich, Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo, traducción de María Sierra, Turner, Madrid, 2011, p. 126.
  • [20] Karl Polanyi, «Aristóteles descubre la economía», en Los límites del mercado, traducción de Isidro López, Capitán Swing, Madrid, 2014, p.
  • [33] Citado en Rafael Sánchez Ferlosio, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, Alianza, Madrid, 1986, p.
  • P. Thompson,
  • [39] Antonio Gamoneda,
  • [70] J. M. Coetzee, El maestro de Petersburgo, traducción de Miguel Martínez-Lage, Mondadori,
  • [71] Fiódor Dostoievski, Los demonios, traducción de Juan López-Morillas, Alianza,
  • [105] Ilya Ehrenburg, Las extraordinarias aventuras de Julio Jurenito, traducción de Lina Buzarra, Akal, Madrid, 1987, p.
  • [109] Horace McCoy, ¿Acaso no matan a los caballos?, traducción de José Rovira y Pilar Giralt,
  • [134] Sue Townsend, El diario secreto de Adrian Mole, traducción de Barbara McShane, Planeta,
  • [130] Chimamanda Ngozi Adichie, «La celda uno», en Algo alrededor de tu cuello, traducción de Aurora

– Subrayado en la página 2 | Pos. 25-26  | Añadido el miércoles 23 de marzo de 2016 19H42′ GMT+02:00

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