Albert Camus. La caida

  • ¡Admiro esa aplicación, esa paciencia metódica! Cuando uno no tiene carácter debe someterse a un método.
  • Gozaba de mi propia naturaleza y todos sabemos que en eso estriba la felicidad,
  • No se fíe usted demasiado, por lo demás, de mis enternecimientos ni de mis delirios. Son dirigidos.
  • ¡Ahora es ya demasiado tarde, siempre será demasiado tarde! ¡Felizmente!

  • el papel de pesquisante.
  • síndicos
  • Hay gente cuyo problema consiste en protegerse de los hombres o por lo menos en acomodarse a ellos.
  • A decir verdad, a fuerza de ser hombre, con tanta plenitud y sencillez, terminaba por sentirme un poco superhombre.
  • Yo aprendí a contentarme con la simpatía. La podemos encontrar más fácilmente y además la simpatía no compromete a nada. En el discurso interior, “Crea usted en mi simpatía” precede inmediatamente a “Y ahora ocupémonos de otra cosa”. Es un sentimiento propio de presidente de consejo. Se lo obtiene a bajo precio después de las catástrofes. En cambio, la amistad ya es algo menos sencillo. Tardamos en obtenerla y nos cuesta trabajo obtenerla. Pero, cuando la tenemos ya no hay manera de desembarazarse de ella. Hay que enfrentarla. Sobre todo, no vaya a creer usted que sus amigos le telefonearán todas las noches, como deberían hacerlo, para saber si no es precisamente ésa la noche en que usted decidió suicidarse, o sencillamente si no tiene necesidad de compañía, si no se dispone a salir.
  • ¿sabe usted por qué somos siempre más justos y más generosos con los muertos? La razón es sencilla. Con ellos no tenemos obligación alguna. Nos dejan en libertad, podemos disponer de nuestro tiempo, rendir el homenaje entre un cocktail y una cita galante; en suma, a ratos perdidos. Si nos obligaran a algo, nos obligarían en la memoria, y lo cierto es que tenemos la memoria breve. No, en nuestros amigos, al que amamos es al muerto reciente, al muerto doloroso; es decir, nuestra emoción, o sea, ¡a nosotros mismos, en suma!
  • Hay un muerto y el espectáculo por fin comienza. Tienen necesidad de la tragedia, qué quiere usted. Ésa es su pequeña trascendencia, es su aperitivo.
  • a una casquivana,
  • Se aburría como la mayor parte de la gente. Entonces se había creado, a toda costa, una vida de complicaciones y de dramas.
  • ¡Es menester que pase algo en nuestra vida! Aquí tiene usted la explicación de la mayor parte de los compromisos humanos. Es menester que pase algo, aunque sea el sometimiento sin amor, aunque sea la guerra o la muerte. ¡Vivan, pues, los entierros!
  • En general me gustan todas las islas. En ellas es más fácil reinar.
  • Por lo menos sabía que no estaba del lado de los culpables,
  • Unos gritan: “¡Ámame!”; los otros: “¡No me ames!” Pero cierta clase de hombres, la más desdichada, dice: “¡No me ames, pero permanéceme fiel!”.
  • Los mártires, querido amigo, tienen que elegir entre ser olvidados, ser ridiculizados, o bien utilizados. En cuanto a que se los comprenda, eso nunca.
  • Cada cual pretende ser inocente a toda costa, aunque para ello sea menester acusar al género humano y al cielo.
  • Comprendí entonces, a fuerza de hurgar en mi memoria, que la modestia me ayudaba a brillar; la humanidad, a vencer, y la virtud, a oprimir. Hacía la guerra por medios pacíficos y obtenía, por fin, gracias al desinterés, todo lo que deseaba.
  • los únicos lugares en que me siento inocente.
  • irrisión general.
  • comprendí que la literatura del corazón, que enseñaba tan bien a hablar de amor, no enseñaba, empero, a practicarlo.
  • Verá entonces cómo el verdadero libertinaje es liberador, porque no crea ninguna obligación. En el libertinaje uno no posee sino su propia persona. Es, pues, la ocupación preferida de los grandes enamorados de sí mismos. El libertinaje es una selva virgen, sin futuro ni pasado y, sobre todo, sin promesas ni sanciones inmediatas.
  • Cada exceso disminuye la vitalidad y, por lo tanto, el sufrimiento.
  • ¿Exagero? No, pero me extravío.
  • y por fin pude creer que la crisis había terminado. Ahora se trataba sólo de envejecer.
  • Debía someterme y reconocer mi culpabilidad, debía vivir en la mazmorra estrecha. ¡Ah, es verdad, usted no sabe lo que es esa celda que en la Edad Media llamaban la mazmorra estrecha! En general, se olvidaba en ella a un prisionero para toda la vida. Esa celda se distinguía de las otras a causa de sus ingeniosas dimensiones. No era suficientemente alta para que uno pudiera permanecer de pie; pero tampoco lo bastante amplia para que pudiera uno acostarse en ella. Había que mantenerse en una posición incómoda, vivir en diagonal. El sueño era una caída. La vigilia, un estarse agachado. Querido amigo, había genio, y peso bien mis palabras, en este hallazgo tan sencillo. Cada día, en virtud de la inmutable coacción que anquilosaba su cuerpo, el condenado se daba cuenta de que era culpable y de que la inocencia consiste en extenderse alegremente. ¿Puede usted imaginar en semejante celda a un aficionado a las cimas y a los puentes superiores de los barcos?
  • -¡ah, quién hubiera creído que el crimen no consiste tanto en hacer morir como en no morir uno mismo!-,
  • Pero mucha gente sube ahora a la cruz únicamente para que se la vea desde más lejos, aun cuando sea necesario patear al que se encuentra en ella desde hace tanto tiempo.
  • – Nota en la página 66 | Pos. 999 | Añadida el miércoles 13 de enero de 2016 05H36′ GMT+02:00
  • mal mujeres
  • cristo
  • Un profeta vacío, para épocas mediocres. Un Elías sin Mesías, lleno de fiebre y alcohol, con las espaldas pegadas a esta puerta enmohecida, con el dedo levantado hacia un cielo bajo, cubriendo de imprecaciones a hombres sin ley, que no pueden soportar ningún juicio. Porque, en efecto, no lo pueden soportar, mi muy querido amigo; ahí, está toda la cuestión.
  • Pero el mayor de los tormentos humanos consiste en que lo juzguen a uno sin ley. Sin embargo, padecemos precisamente de ese tormento. Privados de su freno natural, los jueces, desencadenados al azar, lo despachan a uno en un santiamén. Entonces, ¿no le parece?, hay que procurar actuar más rápido que ellos. Y así se produce un gran desorden. Los profetas y los curanderos se multiplican, se apresuran para traernos una buena ley o una organización impecable, antes de que la tierra quede desierta. ¡Felizmente yo llegué! Yo soy el principio y el comienzo, yo anuncio la ley. En suma, que soy juez penitente.
  • desdeñosos
  • Habiéndose separado la justicia definitivamente de la inocencia,
  • En filosofía, lo mismo que en política, soy, pues, partidario de toda teoría que niega la inocencia del hombre y de toda práctica que lo trata como culpable.
  • En mi está viendo usted, querido amigo, un partidario ilustrado de la servidumbre.
  • No sabía que la libertad no es una recompensa ni una condecoración que se celebra con champán; ni tampoco un regalo, una capa de golosinas destinada a satisfacer la gula. ¡Oh, no! por el contrario, con ella uno es un vasallo de digno servicio y debe emprender una carrera total, solitaria, extenuante.
  • Y como no quieren saber nada de la libertad ni de sus sentencias, piden que les golpeen en los dedos, inventan reglas terribles, corren a construir piras para reemplazar las iglesias,
  • Pero únicamente creen en el pecado; nunca en la gracia.
  • Claro está que piensan en ella. Eso es precisamente lo que quieren: la gracia en sí, el abandono, la felicidad de ser.
  • Entonces, insensiblemente, paso en mi discurso del yo al nosotros. Cuando llego a declarar “Esto es lo que somos”, el juego está hecho y entonces puedo decirles la verdad. Yo soy como ellos, desde luego. Todos estamos hechos de la misma tela. Sin embargo, tengo una superioridad, la de saberlo, y esa superioridad es la que me da derecho a hablar. Estoy seguro de que aprecia usted la ventaja. Cuanto más me acuso más derecho tengo a juzgarlo a usted. Más aún, lo proceso a que se juzgue usted mismo, lo cual alivia mi trabajo.
  • Sí, usted es un cliente difícil, lo advertí a primera vista. Pero ya se avendrá a esto; es inevitable. La mayor parte de los hombres es más sentimental que inteligente. En seguida se los desorienta. Con los inteligentes es una cuestión de tiempo. Pero basta explicarles el método a fondo. Ellos no lo olvidan, reflexionan. Un día u otro, a medias por juego, a medias por confusión, se muestran. abiertamente.
  • Lo esencial es poder permitírselo todo, aun a costa de declarar, de cuando en cuando y a voz en cuello, la propia indignidad.
  • No puedo prescindir, no puedo privarme de esos momentos en los que uno de ellos se desploma, con la ayuda del alcohol, y se golpea el pecho.
  • Sí, perdimos la luz, perdimos las mañanas, la santa inocencia de quien se perdona a sí mismo.

 

– Subrayado en la página 4 | Pos. 53  | Añadido el sábado 9 de enero de 2016 08H26′ GMT+02:00

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