León Czolgosz, magnicida anarquista

A una de aquellas conferencias en que Goldman glorificaba el heroísmo de los anarquistas comprometidos en actos de violencia selectivos, asistió un joven que quedó totalmente fascinado y deslumbrado por el ímpetu de aquella mujer, a la que tuvo el atrevimiento de presentarse y pedirle recomendación sobre lecturas anarquistas y de la que se convirtió desde entonces en gran admirador (y quizá enamorado). Cuando un par de meses después, a principios de septiembre de 1901, Emma Goldman fue a comprar el periódico y leyó que un anarquista había disparado hiriendo de muerte al presidente de los Estados Unidos, William McKinley, reconoció en el retrato del asesino a uno de sus seguidores. No es nada probable que de forma intencionada Emma Goldman enviase, o quisiera lanzar a alguno de los que la escuchaban, a matar al presidente de la nación, pero no cabe duda de que a León Czolgosz, el asesino de McKinley, le impactaron las palabras de Goldman de exaltación del attentater como mártir de una causa elevada. La palabra alemana attentater era usada por los anarquistas para denominar al autor de un atentado ‘(attentat), un acto de violencia político, un asesinato selectivo destinado a despertar la conciencia de los obreros contra sus opresores. El attentater era un idealista de la violencia, por lo general desconocido o poco conocido en el movimiento anarquista, pero con un extraordinario coraje. Habitualmente autodidacta, no bebía una gota de alcohol, no fumaba, comía frugalmente y estaba por entero dedicado a la causa revolucionaria. Orgulloso de su misión, la llevaba a cabo a la luz del día, en público, tras la cual no trataba de escapar sino que asumía toda la responsabilidad de su acto y aceptaba su inevitable destino de cárcel, tortura y muerte, ya fuese mediante suicidio o ejecución, como supremo sacrificio por la causa. Era normal que mostraran una actitud estoica en el patíbulo. León Czolgosz (pronunciado Cholgosh) era un joven de veintiocho ..años listo e infeliz que vivía en Cleveland, Ohio, cuarto de los ocho hijos de padres inmigrantes polacos. Callado, introvertido, muy solitario, de pocos amigos, no bebía ni fumaba, siempre comía solo, nunca en la mesa con su familia, y no mantenía contactos sexuales; había estado o se creía enfermo, se especuló con que fuera un hipocondríaco o bien que padeciese sífilis. Probablemente creía que iba a morir pronto. Se quedaba de noche hasta muy tarde devorando panfletos y libros sobre anarquismo. Sólo había ido al colegio cinco años, había tenido que entrar a trabajar en una fábrica para contribuir a sostener la economía familiar. Su madre murió al dar a luz a su último hijo cuando él tenía doce años, su padre se volvió a casar y él desarrolló un odio tremendo hacia su madrastra. En realidad, era un historial común y normal entre las familias de los inmigrantes, que tenían muchos más hijos que los americanos nativos. Czolgosz usó el alias de Fred Nieman, apellido que significa Nadie y, en efecto, era un don Nadie, un perfecto desconocido. Quedó tremendamente impactado y seducido por Bresci, el inmigrante italiano, estampador de seda en Paterson, New Jersey, que embarcó rumbo a Italia y allí asesinó de un disparo al rey Humberto el 29 de julio de 1900 21. Estaba tan excitado con este asesinato que no podía dormir. Se dio cuenta de que era posible que alguien como él, un obrero corriente, asestase un golpe tremendo al sistema en aras de la justicia social. Guardó el recorte sobre el asesinato del rey de Italia y lo leía con frecuencia. La policía lo encontró entre sus pertenencias cuando lo detuvo. Leyó también en un periódico que el presidente McKinley iba a visitar la Exposición Pan-Americana en Buffalo, Nueva York, y consideró que ésa era una gran oportunidad para repetir la hazaña de Bresci. McKinley —que acababa de iniciar su segundo mandato en un país donde la industria y los negocios estaban en expansión, que tenía ya la economía más poderosa del mundo— era un hombre amigable al que le encantaba mezclarse con la gente, estrechar la mano de los ciudadanos y eso es lo que hacía el 6 de septiembre de 1901 en el Templo de la Música, un auditorio de la Exposición, donde una larga cola de miles de personas esperaba pacientemente el turno para saludarle. Tres agentes del Servicio Secreto escrutaban los movimientos de todos cuantos se acercaban al presidente22 pero en el momento en que le tocaba el turno a Czolgosz, estaban al parecer ocupados prestando atención a otro individuo que habían considerado sospechoso, lo que les distrajo del verdadero peligro. Czolgosz llevaba vendada la mano derecha con un pañuelo blanco en el que escondía una pistola igual a la usada por Bresci, pequeña y compacta, con la que disparó dos veces desde muy cerca al presidente. Durante ocho días McKínley se mantuvo con vida y al principio se creyó que se recuperaría de las heridas, pero los disparos, en el pecho y el estómago, le acabaron provocando una gangrena mortal23. El asesino, que había sido detenido en el acto, fue sometido a duros interrogatorios. La policía hizo una exhaustiva investigación en su entorno familiar y laboral para determinar sí estaba loco, pero no pudo dictaminarse nada concluyente. Czolgosz aseguró con orgullo que era anarquista; que, lejos de arrepentirse, creía haber cumplido con un deber, y que había actuado completamente solo, que nadie le contrató ni le pagó ni le dijo que lo hiciera, aunque Emma Goldman le había servido de inspiración. Los periódicos publicaron la foto de Goldman y afirmaron que habían sido sus palabras las que habían decidido al asesino a cometer el atentado. La policía aseguró que el asesino tenía cómplices y que detrás del atentado había un «complot» clandestino internacional. En Europa, siempre que ocurría un atentado anarquista, tanto la prensa como los gobiernos fomentaban esa idea del complot internacional, que les servía para emprender con más facilidad la persecución contra los anarquistas y, en muchas ocasiones, contra miembros de la oposición que distaban mucho de ser anarquistas. En realidad, todo indica que el asesinato de McKinley fue un acto aislado cometido por un solo individuo. No obstante, se habló mucho de una conspiración y las sospechas gubernamentales llevaron inmediatamente a Chicago, una de las ciudades de Estados Unidos con más tradición anarquista, donde se detuvo a los anarquistas más significados, unos cincuenta. Al conocer la suerte de sus camaradas de Chicago y saber que estaba siendo buscada por más de doscientos policías, Goldman fue hasta allí dispuesta a dar la cara. Fue detenida e interrogada durante dos semanas pero, al no disponerse de pruebas sobre su complicidad, fue puesta en libertad. También se detuvo y se condenó a un año de cárcel a Johann Most que tuvo la mala suerte de publicar el día antes en su periódico un artículo a favor del tiranicidio que, al enterarse del asesinato del presidente, no pudo, aunque lo intentó, retirar de la circulación

21 Bresci afirmó que su acción era un acto reparador que vengaba los trágicos sucesos de Milán de mayo de 1898 tras los cuales el rey había condecorado al general Fiorenzo Bava Beccaris, comandante de la plaza y responsable de la brutal represión y masacre de muchos civiles inermes (80 muertos y 450 heridos), agradeciéndole los servicios prestados «a las instituciones y la ciudadanía». Bresci dijo también que había actuado solo y sin cómplices, pero resulta poco probable. Aunque no se sabe con certeza, muchos indicios apuntan a que tuvo ayuda. Desde luego, el incentivo logístico e ideológico lo encontró en Paterson, la capital del anarquismo italiano en Estados Unidos, donde trabó amistad con Malatesta y el grupo que editaba el famoso periódico anarquista La Questione Sociale.

22 Dos presidentes norteamericanos habían sido asesinados por disparos antes de McKínley, Abraham Lincoln (1865) y James A. Garfield (1881), en una época en que no existían aún medidas de seguridad en torno al presidente.

23 Fisher, Stolen Glory. The McKínley Assassination, 2001. El autor, médico de profesión, presta mucha atención a las decisiones tomadas por el equipo médico local de Buífalo que le operó de urgencia y que, cuando el presidente murió, fue muy criticado por parte de la prensa y de otros colegas médicos por una actuación que se juzgó errónea.La mayoría de los anarquistas, dada la psicología nerviosa y compulsiva de Czolgosz, lo consideraron un lunático sin un verdadero compromiso con el anarquismo y sin ninguna preparación anarquista sólida

Era un hombre al que nadie en el movimiento anarquista conocía, aunque en alguna ocasión había hecho comentarios cuya ingenuidad había suscitado el recelo de algún camarada que había llegado a sospechar que fuese un espía. Incluso Alexander Berkman consideró que el atentado contra el presidente carecía de necesidad social y no podía ser entendido por las masas, utilizando el mismo argumento de Most para referirse al atentado del propio Berkman unos años antes.

Avilés, Juan y Herrerín, Ángel (Coords.): (nihilismo y violencia revolucionaria) El nacimiento del terrorismo en Occidente (Anarquía)

Vídeo de la ejecución de Czolgosz: https://srdelapalisse.wordpress.com/2016/03/15/ejecucion-de-l-czolgosz-un-magnicida-video-de-1901

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