Usted no es Dios (…contra Paulo Coelho)

Y ahora debe preguntárselo, claro. Si Paulo Coelho, si los paulos coelhos, le han dicho en alguna ocasión eso mismo, que usted carece de unos medios hacia la felicidad que no están a su alcance. No, claro que no. Le han dicho exactamente lo contrario. Y así debe solucionar usted sus problemas, le han dicho. Sin medios, sin proyecto, sin ideología. Sin participar en lo colectivo, que no en vano usted trasciende con esa singularidad que se le atribuye, de propiedades esotéricas.

«No importa lo que haga, cada persona en la tierra juega un papel central en la Historia del Mundo. Y normalmente no lo sabe». Palabras de Paulo Coelho, no nuestras. Nosotros no le conocemos de nada y no damos un duro por usted, disculpe la sinceridad. Pero Paulo Coelho sí. Paulo Coelho asegura que usted juega nada menos que «un papel central en la historia del mundo». El mismo Coelho lo dice, «no importa lo que haga». Y tampoco importa lo que razone, se lo puede ahorrar. Si llega usted a su conclusión estará en lo cierto, pero si resuelve lo contrario le dará igual, porque el caso es que «no lo sabe».

Donde Coelho expone la teoría anteriormente expuesta, la de que usted lo peta muy fuerte. Además de otra tesis en la misma dirección, convertidas con el tiempo en líneas maestras de su pensamiento. Una de ellas, que «la mayor mentira del mundo» es que «en un determinado momento de nuestra existencia perdemos el control de nuestras vidas, que pasan a ser gobernadas por el destino». Y otra que «la gente es capaz, en cualquier momento de su vida, de hacer aquello con lo que sueña». Y la más célebre, por supuesto: «Cuando realmente quieres que algo suceda, el universo entero conspira para que tu deseo se vuelva realidad».

Samuel Johnson, al que frecuentemente se considera el mejor crítico literario de la historia inglesa, en una fecha tan pronta como 1791: «Decide no ser pobre. Tengas lo que tengas, gasta menos. La pobreza es la gran enemiga de la felicidad».

Todo lo que siempre quiso saber pero no se atrevió a preguntar sobre la felicidad lo dijo Samuel Johnson, al que frecuentemente se considera el mejor crítico literario de la historia inglesa, en una fecha tan pronta como 1791: «Decide no ser pobre. Tengas lo que tengas, gasta menos. La pobreza es la gran enemiga de la felicidad». Pum, pum, pum. Tres losas de granito se desploman en los salones de la obviedad. La felicidad no es una incógnita, o si lo era quedó despejada entonces, a finales del XVIII. Es una ecuación. Dinero = felicidad. Y punto. La mayoría de las adversidades pueden combatirse con dinero y si no es así, es que no tienen remedio. Y ya está. No hay pero posible, no hay matiz que lo enmiende. Es tan evidente que hasta tenemos un refrán para negarlo. La autoayuda nació precisamente para divulgar esta noción, plantada por Johnson y divulgada después por la escuela de Manchester, liberal y capitalista, a la que preocuparon singularmente los retos devenidos de la rápida industrialización en la Inglaterra del XIX y la emergencia de las nuevas clases trabajadoras. En 1859 Samuel Smiles, un liberal escocés, escribió y costeó con su propio bolsillo la edición de un breve manual sobre valores y conducta titulado precisamente así, Self Help, epónimo y texto fundacional del género. Fue el primer libro de autoayuda del mundo. Inciso: muchos libros anteriores presentan las características de la autoayuda, ojo. Empezando simplemente por las Meditaciones de Marco Aurelio o las Enseñanzas de Ptahhotep, un volumen egipcio con más de cuatro mil años. Pero Self Help fue la primera autoayuda moderna, la que conocemos usted y yo. La primera en articularse con la forma de un manual facilón específicamente dirigido a un lector iletrado —la versión inicial del texto, de 1854, fue una conferencia académica titulada La educación de las clases trabajadoras— y la primera en convertirse en un fenómeno de masas. Al año había vendido veinte mil ejemplares, una monstruosidad. Y para cuando Smiles murió, en 1904, llevaba más de un millón.

Pregunta: ¿cómo se vende un millón de copias de Self Help, o las sesenta y cinco de El alquimista? Piense, tic, tac, tic, tac. Respuesta: vendiéndoselo a los pobres, porque no hay tal número de ricos. Pum, otra losa menos y en su hueco, otra verdad como un templo. La autoayuda es una lectura de pobres. Es su característica verdaderamente distintiva, precisamente porque aquello que quiere atajar, la infelicidad, es un rasgo exclusivo de las clases trabajadoras. El rico no lee autoayuda, no la necesita; el rico no es infeliz, porque cuando tiene un problema compra su solución. El pobre no puede y por eso es infeliz, así que lee autoayuda buscando eso precisamente, ayuda. Y la única posible, nos dirá Smiles, es que el autor del volumen le cuente la verdad, que solo es una: que es infeliz porque es pobre, y que eso es lo que debe solucionar.

Smiles tampoco. En Ahorro, otro libro suyo de 1875, el autor ya anticipó la transformación inevitable de la autoayuda en una hidra cabalgada por vendemierdas. «El esnobismo no se limita a adular a los ricos», escribió, «sino que frecuentemente se transforma en adulación hacia los pobres. Ahora que las masas ejercen poder político, hay una tendencia creciente a complacerlas, a halagarlas, a no decirles más que palabras dulces. Se les acreditan virtudes a sabiendas de que no las poseen. Para ganar su simpatía frecuentemente se finge tener sus puntos de vista, aun a sabiendas de que eso conduce a la desesperanza. El agitador popular debe complacer a aquellos a quienes se dirige (…). Resulta muy raro que a estos oradores se les ocurra sugerir a quienes les escuchan que ellos mismos son los culpables de lo que les pasa o que carecen de unos medios hacia la felicidad que no están a su alcance».

Es mucho peor de lo que imagina. Convenciéndolo de que está alienado es como ellos lo alienarán.

Esas ruinas olvidadas rezan que al problema lo definen sus soluciones, que habitualmente son comer, huir o la quimioterapia. Y con frecuencia su no solución, el atributo universal del problema. Pero la solución sencilla no es un rasgo del problema, es un rasgo de la pamplina.

Así que el universo no conspira, no diga tonterías; conspira Coelho, conspiran los paulos coelhos, para que usted comulgue con semejante majadería.

Los que se coligen

Un mindundi de mierda.

Usted no es Dios (un breviario sentencioso contra Paulo Coelho). Publicado por Rubén Díaz Caviedes

– Subrayado Pos. 20  | Añadido el miércoles 2 de diciembre de 2015 11H17′ GMT+02:00


 

 

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