Azar Nafisi:Leer Lolita En Teherán

octubre de 2015

Somos tal como nos han formado los sueños de otros. Esas chicas, mis chicas, tenían una historia real y otra inventada. Aunque provenían de ambientes distintos, el régimen que las gobernaba había intentado convertir la identidad y la historia personal de cada una de ellas en algo irrelevante. Las había calificado de musulmanas y jamás se librarían de esa etiqueta.    Fuésemos quienes fuésemos, y sin que realmente importara a qué religión pertenecíamos, ni si deseábamos llevar velo u observábamos ciertas normas religiosas, nos habíamos convertido en las criaturas de los sueños de otro.

Para explicar este paradójico infierno de negación de la propia identidad, lo mejor que se me ocurre es una anécdota que, como muchas otras, desafía la ficción para convertirse en su propia metáfora. Quien fuera director de la censura cinematográfica en Irán hasta 1994 era ciego. Bueno, era casi ciego. Anteriormente había sido censor de teatro. Un amigo dramaturgo me contó que el censor se sentaba en el teatro con unas gruesas gafas que parecían ocultar más de lo que dejaban ver. Un ayudante se sentaba a su lado y le explicaba lo que sucedía en escena; él solo indicaba las partes que había que modificar. Después de 1994, el censor pasó a ser el director del nuevo canal de televisión. Allí perfeccionó sus métodos y les exigió a los guionistas que le dieran los guiones en casetes; tenían totalmente prohibido embellecerlos o escenificarlos en forma alguna. Luego, basándose en los casetes, se pronunciaba sobre los guiones. Más interesante resulta saber que su sucesor, que no era ciego, es decir, que físicamente no era ciego, siguió el mismo sistema.

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Un término ruso especial para eso: poshlust. Poshlust, explica Nabokov, «no es solo lo malo evidente, sino también lo falsamente importante, lo falsamente bello, lo falsamente inteligente, lo falsamente atractivo». Por supuesto que se pueden extraer muchos ejemplos de la vida cotidiana, como los edulcorados discursos de los políticos.

Una advertencia que yo solía hacer: «Nunca, bajo ningún concepto, se debe menospreciar una obra de ficción tratando de convertirla en un calco de la vida real; lo que buscamos en la ficción no es la realidad, sino la manifestación de la verdad».

«Manna —me dije— es de esa clase de personas que pueden experimentar el éxtasis, pero no la alegría.»

Le encantaban los juegos de palabras. Una vez nos contó que su obsesión por ellas era patológica:  «En cuanto descubro una palabra nueva, tengo que usarla como quien compra un vestido de noche y  está tan impaciente que se lo pone para ir al cine o a comer».

Lo que más me había intrigado de la historia básica de Las mil y una noches era los tres tipos de mujer que retrataba: todas ellas eran víctimas del gobierno irracional de un rey. Antes de que Scherezade entre en escena, las mujeres de la historia se dividen en las que primero traicionan y después son ejecutadas (como la reina) y las que son ejecutadas antes de que se les presente la oportunidad de traicionar (como las vírgenes). Estas, que a diferencia de Scherezade no tienen voz en la historia, casi no existen para la crítica. No obstante, su silencio resulta significativo. Entregan su virginidad y su vida sin protesta ni resistencia. Apenas llegan a existir, pues con su muerte anónima no dejan rastro. La infidelidad de la reina no despoja al rey de su autoridad absoluta, pero lo desestabiliza. Ambos tipos de mujer (la reina y las vírgenes) aceptan la autoridad pública del rey de manera tácita, moviéndose dentro de los límites de su poder y acatando sus leyes arbitrarias.    Al adoptar una forma de compromiso distinto, Scherezade rompe el ciclo de violencia. Ella no crea su universo con la fuerza física, como hace el rey, sino con la imaginación y la reflexión. Esto le da valor para arriesgar su vida, y a su vez, la distancia de los demás personajes de la historia.

Lo cierto es que «ipsilamba» era una de aquellas creaciones extravagantes de Nabokov, una palabra que él había inventado a partir de la ípsilon, la vigésima letra del alfabeto griego, y lambda, la undécima. Así que aquel primer día de nuestra clase particular, volvimos a dar rienda suelta a la imaginación e inventamos nuevos significados de nuestra propia cosecha.    Yo dije que «ipsilamba», para mí, estaba asociada con la alegría imposible de un salto que queda suspendido. Yassi, que parecía nerviosa por nada en concreto, explicó que siempre había creído que podía ser el nombre de un baile. Ya sabe, me dijo: «Vamos, nena, ipsilamba conmigo».

Invitado a una decapitación (1959), Nabokov

el delito de «vileza gnóstica»: en un lugar en el que todos los ciudadanos están obligados a ser transparentes, él es opaco.

Solo a través de esos rituales vacíos la brutalidad es posible.

…un término ruso especial para eso: poshlust. Poshlust, explica Nabokov, «no es solo lo malo evidente, sino también lo falsamente importante, lo falsamente bello, lo falsamente inteligente, lo falsamente atractivo». Por supuesto que se pueden extraer muchos ejemplos de la vida cotidiana, como los edulcorados discursos de los políticos.

A diferencia de otras novelas utópicas, las fuerzas del mal, en esta, no son omnipotentes; Nabokov también nos revela su fragilidad: son ridículas y pueden ser derrotadas, lo cual no disminuye la tragedia, el desperdicio. Invitado a una decapitación está escrita desde el punto de vista de la víctima, quien al final se da cuenta de la absurda farsa de sus acusadores y debe refugiarse en su interior para sobrevivir.

Para poder sobrevivir, debíamos burlarnos de nuestra propia desgracia. Instintivamente, también reconocíamos lo que era poshlust, no solo en los demás, sino en nosotros mismos. Esa fue una de las razones por las que el arte y la literatura pasaron a ser tan importantes en nuestras vidas, no como un lujo, sino como una necesidad. Lo que Nabokov reprodujo fue la textura de la vida en una sociedad totalitaria, donde el individuo se encuentra completamente solo en un mundo repleto de falsas promesas, ilusorio; donde ya no es posible distinguir al salvador del verdugo.

Somos tal como nos han formado los sueños de otros.

Para explicar este paradójico infierno de negación de la propia identidad, lo mejor que se me ocurre es una anécdota que, como muchas otras, desafía la ficción para convertirse en su propia metáfora. Quien fuera director de la censura cinematográfica en Irán hasta 1994 era ciego. Bueno, era casi ciego. Anteriormente había sido censor de teatro. Un amigo dramaturgo me contó que el censor se sentaba en el teatro con unas gruesas gafas que parecían ocultar más de lo que dejaban ver. Un ayudante se sentaba a su lado y le explicaba lo que sucedía en escena; él solo indicaba las partes que había que modificar. Después de 1994, el censor pasó a ser el director del nuevo canal de televisión. Allí perfeccionó sus métodos y les exigió a los guionistas que le dieran los guiones en casetes; tenían totalmente prohibido embellecerlos o escenificarlos en forma alguna. Luego, basándose en los casetes, se pronunciaba sobre los guiones. Más interesante resulta saber que su sucesor, que no era ciego, es decir, que físicamente no era ciego, siguió el mismo sistema.

Unos diputados del Parlamento iraní fundaron hace unos años una comisión investigadora para analizar el contenido de la televisión nacional. La comisión redactó un extenso informe en el que se condenaba la proyección de Billy Budd porque, al parecer, el Jume hacía proselitismo de la homosexualidad. Lo paradójico era que los programadores de la televisión iraní habían escogido especialmente esa película porque en ella no aparecían personajes femeninos.

Citas de Jomeini y de un grupo llamado Partido de Dios: los hombres que llevan corbata son lacayos de los americanos; el velo es la protección de la mujer.

la edad para contraer matrimonio se redujera, después de la revolución, de los dieciocho a los nueve años o porque la lapidación fuese, una vez más, el castigo para el adulterio y la prostitución?

Esas chicas, mis chicas, tenían una historia real y otra inventada. Aunque provenían de ambientes distintos, el régimen que las gobernaba había intentado convertir la identidad y la historia personal de cada una de ellas en algo irrelevante. Las había calificado de musulmanas y jamás se librarían de esa etiqueta.    Fuésemos quienes fuésemos, y sin que realmente importara a qué religión pertenecíamos, ni si deseábamos llevar velo u observábamos ciertas normas religiosas, nos habíamos convertido en las criaturas de los sueños de otro.

Aquella tía tenía cuatro hijas, todas eran mayores que Yassi y todas, de una manera o de otra, apoyaban a un grupo de oposición muy célebre entre la juventud religiosa iraní. Todas menos una fueron detenidas, torturadas y encarceladas. Al salir de la cárcel, se casaron al cabo de un año. Lo hicieron casi al azar, como para negar su antiguo yo rebelde. Yassi decía que habían

sobrevivido a la cárcel, pero que no podían escapar de las cadenas del matrimonio tradicional.

lita no tiene significado por sí misma; solo vive a través de los barrotes de su prisión.

Nabokov que dice que «la curiosidad es la insubordinación en su forma más pura»,

casi todas, de un modo o de otro, al menos habíamos tenido una pesadilla en la que nos habíamos olvidado del velo o no nos lo habíamos puesto; y en aquellos sueños, la persona que soñaba siempre estaba corriendo.

»Todo cuento de hadas ofrece la posibilidad de traspasar los límites presentes, así que, en cierta manera, el cuento de hadas ofrece libertades que la realidad niega. En todas las grandes obras de ficción, independientemente de la cruel realidad que presenten, hay una afirmación de la vida frente a la transitoriedad de esa vida, un desafío esencial. Esa afirmación reside en la forma en que el escritor controla la realidad contándola a su manera y, por lo tanto, crea un mundo nuevo.

la cuestión de si hacemos lo que está bien o si hacemos lo que queremos hacer.    —¿Y qué ocurre si decimos que está bien hacer lo que queremos hacer y no lo que la sociedad, o una figura autoritaria, nos dice que hagamos?

Una estudiante, una chica que el año anterior había regresado de Estados Unidos con su familia, fue conducida al despacho del director porque tenía las uñas demasiado largas. La directora en persona se las cortó, pero de una manera tan apurada que le hizo sangrar. Cuando las soltaron, Negar había visto a su compañera en el patio de la escuela, esperando para ir a casa, acariciándose el dedo culpable. El profesor de Moralidad estaba a su lado, impidiendo que las demás alumnas se le acercaran. Para Negar, el hecho de que ni siquiera pudiera acercarse a consolar a su amiga fue tan desagradable como todo el trauma del registro.

Al igual que todos los iraníes normales, éramos culpables y teníamos algo que esconder:

En Irán, nuestra relación con aquellas experiencias cotidianas, brutales y humillantes se caracterizaba por una curiosa sensación de lejanía.

Casi todas las chicas se expresaron con palabras. Manna se veía; como bruma, moviéndose sobre objetos concretos, adaptándose a su forma pero sin llegar a convertirse jamás en ellos. Yassi se describía como resultado de la imaginación. Nassrin, en una de sus respuestas, daba la definición de «paradoja» que figura en el diccionario Oxford. En casi todas las descripciones se podía leer entre líneas que se veían en el contexto de una realidad exterior que les impendía definirse claramente con precisión y por separado.

El peor crimen que cometen las ideologías totalitarias es que obligan a los ciudadanos, incluidas sus víctimas, a ser cómplices de sus crímenes. Bailar con el propio carcelero o participar en la propia ejecución son actos de extrema crueldad.

Invadían la intimidad e intentaban moldear cada gesto con el propósito de obligarnos a convertirnos en uno de ellos, lo que, en sí mismo, constituía otra forma de ejecución.

ciertamente, yo era más rebelde que activista,

Hezbolá, «Partido de Alá»

Y fue en esta ocasión en que por vez primera experimenté el placer desesperado y orgiástico de aquella forma de duelo público: era ese el único sitio en el que la gente se mezclaba y se tocaba, en el que compartía emociones sin reprimirse ni culparse. En el aire se palpaba un furor sexual, salvaje. Cuando más tarde vi una consigna de Jomeini que rezaba que la República Islámica sobrevive gracias a sus ceremonias fúnebres, habría podido testificar que era cierto.

Aquellos días fueron cruciales en la historia de Irán. En todos los ámbitos se libraba una guerra por la configuración de la Constitución y el espíritu del nuevo régimen. La inmensa mayoría estaba a favor de una constitución laica, incluyendo a clérigos importantes. En la oposición se estaban formando grupos poderosos, laicos y religiosos, para protestar por la tendencia autocrática de la élite gobernante. Los más fuertes eran el Partido Republicano Popular Musulmán, del ayatolá Shariatmadari, y el Frente Democrático Nacional, compuesto por progresistas laicos a la vanguardia de la lucha para proteger los derechos democráticos, incluyendo los derechos de las mujeres y la libertad de prensa. En aquella época gozaban de gran popularidad y en el duodécimo aniversario de la muerte del héroe nacionalista Mossadegh, arrastraron a un millón de personas a la aldea de Ahamad Abad, donde estaba enterrado Mossadegh. Llevaron a cabo una campaña férrea para la formación de una asamblea constituyente.    Ayandegan, el periódico más popular y progresista, había sido cerrado, lo que ocasionó una serie de protestas multitudinarias y violentas en las que los manifestantes fueron atacados por los grupos paramilitares que gozaban de protección gubernamental. Entonces era algo normal ver a aquellos matones en moto, con banderas y banderines negros, en ocasiones capitaneados por un clérigo montado en un Mercedes Benz blindado. A pesar de los oscuros presagios, el Partido Tudeh, comunista, y la Organización Fedayan, marxista, apoyaban a los reaccionarios radicales frente a los que ellos denominaban liberales. Así continuaron las presiones en contra del primer ministro Bazargan, sobre quien caían sospechas de simpatías con los estadounidenses.    La oposición era tratada con una violencia descarnada. «Los que llevan zuecos y turbante os han dado una oportunidad —advirtió Jomeini—. Después de toda revolución, se ejecuta en público a varios millares de elementos corruptos, se les incinera y se acaba la historia. No se les permite publicar periódicos.» Ponía como ejemplo la Revolución de Octubre y el hecho de que el Estado aún controlaba la prensa. Añadía: «Prohibiremos todos los partidos excepto uno o los pocos que obren como se debe […] todos cometemos errores. Creíamos tratar con seres humanos. Es evidente que no. Tratamos con animales salvajes. No lo permitiremos más tiempo».

  1. W. Adorno que me gustaba mucho: «La más alta forma de moralidad es no sentirte extraño en tu propio hogar».

Nombre: Omid Gharib    Sexo: varón    Fecha de la detención: 9 de junio de 1980    Lugar de la detención: Teherán    Centro de reclusión: prisión de Qasr, Teherán    Cargos: estar occidentalizado, haberse criado en una familia occidentalizada; pasar excesivo tiempo de estudios en Europa fumar Winston; tener tendencias izquierdistas.    Sentencia: tres años de prisión; muerte.

ningún musulmán puede ni debe tocar a una namahram, a una mujer que no sea su esposa, su madre o su hermana.

El doctor A. nos llevó a una exposición de fotografías de protestas y manifestaciones de la época del sah. Mientras caminaba delante de nosotros, señalaba las imágenes del primer año: «Decidme cuántos mulás veis manifestándose, enseñadme cuántos de esos hijos de… estaban en las calles pidiendo a gritos una República Islámica».

No deja de sorprenderme hasta qué punto puede convertirse todo en una rutina.

Contra los asesinatos nunca se protestaba, sino que se pedía más sangre.

Entre el 16 de enero de 1979, día en que el sah abandonó el país, y la vuelta de Jomeini a Irán, el 1 de febrero, hubo un breve periodo en que tuvimos un jefe de Gobierno nacionalista, el doctor Shahpour Bakhtiar. Él era quizá el político de ideas más democráticas y el que tenía más visiónde futuro de entre todos los líderes de la oposición de aquella época, y en lugar de apoyarle, habían luchado contra él y se habían unido a Jomeini. Bakhtiar había disuelto inmediatamente la policía secreta de Irán y liberado a los presos políticos. Tanto el pueblo de Irán como la intelectualidad habían cometido un grave error de cálculo, por no decir otra cosa, al despreciar a Bakhtiar y reemplazar la dinastía Pahlevi por un régimen mucho más reaccionario y despótico. No se me olvida que mientras todos los demás, yo incluida, solo pedíamos la destrucción de lo viejo, sin pensar demasiado en las consecuencias, Bijan había sido la voz solitaria que apoyaba a Bakhtiar.

Le hablé de mi abuela, la musulmana más devota que había conocido en mi vida, «mucho más que usted, señor Bahri», y aun así, ella rechazaba la política. A mi abuela le molestaba el hecho de que el velo, que para ella era símbolo de su relación sagrada con Dios, se hubiera convertido en un instrumento de poder, un instrumento que hacía que las mujeres que lo llevaban se transformaran en signos y símbolos políticos.

Casi todos los grupos revolucionarios estaban de acuerdo con el Gobierno en cuanto al tema de las libertades individuales, que ellos condescendientemente llamaban burguesas y decadentes.

A nosotros, los que vivimos en países antiguos, que tenemos pasado, el pasado nos obsesiona. Ellos, los americanos, tienen un sueño: sienten nostalgia del futuro prometido.

—Una novela no es una alegoría sino la experiencia sensorial de otro mundo. Si no entramos en ese mundo, si no contenemos la respiración con los personajes, si no nos involucramos en su destino, no habrá empatía. Y la empatía es la clave de la novela. Una novela se lee así: inhalando la experiencia. Así que empiecen a respirar. Solamente quiero que recuerden eso. Es todo. Fin de la clase.

El velo, en distintos aspectos, había adquirido un significado simbólico para el régimen. Su reinstauración podía simbolizar la victoria completa del aspecto islámico de la revolución, que en aquellos primeros años todavía no era concluyente. Decretada por el sah Reza en 1936, la prohibición del velo de las mujeres había sido un símbolo polémico de la modernización, un indicio evidente de la debilidad del poder religioso. Resultaba fundamental para los clérigos gobernantes recuperar aquel poder. Ahora puedo explicarme bien todo esto, a posteriori, pero en ese momento no lo tenía claro en absoluto.

 

un sueño que nunca tuvo más finalidad que ser un sueño.

Y así comenzó el juicio de la República Islámica de Irán contra El gran Gatsby.

Si nuestro imán es el pastor que guía el rebaño a los pastos, los perros guardianes que deben conducirlo observando las instrucciones del pastor son los escritores.

de la pureza de sus costumbres». También se habló de que una novela no es moral en el significado corriente de la palabra, y que es posible calificarla de moral si nos saca de la indiferencia obligándonos a revisar los valores en que creemos.

No es la primera vez que una novela, una novela no política, es juzgada por un Estado. —Dio media vuelta y la coleta la acompañó—.    ¿Recuerdan los sonados juicios contra Madame Bovary, Ulises, El amante de Lady Chatterley y Lolita? La novela ganó en todos los casos.

—Si criticar la despreocupación es un delito —dije con cierto titubeo—, entonces estoy en buena compañía. Esa despreocupación, la falta de empatía, se muestra en los personajes negativos de Austen: en lady Catherine, en la señora Norris, en el señor Collins o en los Crawford. El tema se repite en las novelas de Henry James y en los héroes monstruosos de Nabokov: Humbert, Kinbote, Van y Ada Veen. La imaginación, en todas estas obras, es equivalente a la comprensión. No es posible que podamos experimentar todo lo que a los demás les ha ocurrido, pero incluso podemos entender a los personajes más monstruosos de la literatura. Una novela buena es la que enseña la complejidad de las personas y abre un espacio para que estos personajes tengan voz. De este modo, una novela es democrática, no por el hecho de que defienda la democracia, sino porque lo es por su propia naturaleza. La empatía es esencial en Gatsby, como en muchas otras grandes novelas. No darse cuenta de las dificultades y sufrimientos de los demás es el mayor pecado. No verlos es como negar su existencia

 

Una gran novela nos aguza la sensorialidad y la sensibilidad ante lo complejo

 

estaban convencidos de que los escritores eran los guardianes de la moralidad. Esta visión equivocada de los escritores, paradójicamente, los colocaba en un lugar sagrado y a la vez los ataba de manos. El precio a pagar por la nueva superioridad era una forma de impotencia estética.

»La lealtad de Gatsby hacia Daisy se conecta con la lealtad de él a la idea imaginaria de sí mismo. “Hablaba extensamente del pasado y yo comprendí que anhelaba recuperar algo, quizá la idea de sí mismo por la que finalmente amaba a Daisy.

 

¿Cuántos sucesos hay dentro de ese momento inesperado y decisivo en el que te despiertas una mañana y descubres que fuerzas ajenas a tu control han cambiado para siempre tu existencia?

 

cada acto social comportaba, a la vez, una lealtad simbólica. El nuevo régimen había ido mucho más allá del simbolismo romántico que, en cierta manera, predomina en todo sistema político para ocupar el dominio del mito puro, cuyas consecuencias son devastadoras. La República Islámica, además de que estaba modelada de acuerdo al orden que había establecido el profeta Mahoma cuando gobernaba en Arabia, también era el régimen del profeta por antonomasia. La guerra entre Irán e Iraq era la misma que había librado contra los infieles el tercer y más belicoso imán, el imán Hussein, y los iraníes estaban dispuestos a conquistar Kerbala, la ciudad santa de Iraq, en la que se encontraba el santuario del imán Hussein.

 

Hashemi Rafsanjani, en aquella época portavoz del Parlamento, en un esfuerzo por tranquilizar a una población atemorizada aseguró, en la oración del viernes, que «los bombardeos no habían causado ningún daño real hasta entonces, ya que las víctimas eran ricos arrogantes y subversivos», que tarde o temprano, de todas formas, habrían sido ejecutados. También recomendó a las mujeres que se acostaran correctamente vestidas, pues así no quedarían «indecentemente expuestas a ojos extraños» si una bomba caía en sus casas.

Algunas veces, de manera casi inconsciente, escondía las manos en las amplias mangas y me palpaba las piernas, o el estómago. «¿Existen? ¿Existo yo? ¿Este estómago, esta pierna, estas manos?», me preguntaba.

 

Mi padre, que durante toda mi infancia me leyó a Ferdowsi y a Rumi, a veces decía que en nuestra poesía estaba nuestra verdadera patria, nuestra verdadera historia.

«Quien con monstruos lucha —había dicho Nietzsche—, ándese con ojo, no vaya también a convertirse en un monstruo. Cuando miramos el fondo del abismo, este también mira en nuestro interior.»

 

¿Debería dar las gracias a mi buena estrella por haber escapado con una simple línea garabateada en papel barato?    Entonces entendí a qué se referían cuando decían que aquella universidad y mi departamento en particular eran más «liberales». No se referían a que allí se tomaban medidas para impedir incidentes de esa clase. Significaba que no tomarían medidas contra mí a cuenta de ellos.

— Gracias a Dios que es usted un fracasado, ¡por eso lo trato con tanta deferencia! Hoy en día, todo lo demás es demasiado horroroso. Mire a su alrededor, fíjese en los triunfadores. ¿De veras le gustaría ser así?

 

el protagonista de Los embajadores de James, pronuncia

individuos que eligen voluntariamente el fracaso porque así conservan su sentido de la integridad. Gracias a su elevado criterio, son más elitistas que pretenciosos.

 

eximia

»Nada más caer las bombas, y antes de que llegaran las ambulancias, aparecieron de ninguna parte seis o siete motos y empezaron a dar vueltas alrededor de la zona. Todos los motoristas vestían de negro y llevaban una cinta roja en la frente. Empezaron a gritar consignas: “¡Muerte a Estados Unidos! ¡Muerte a Saddam! ¡Viva Jomeini!”. La gente estaba muy callada y solo se limitó a mirarlos con odio. Algunos trataron de ayudar a los heridos, pero aquellos matones no dejaban que nadie se acercara. No paraban de gritar: “¡Guerra! ¡Guerra! ¡Hasta la victoria!”. ¿Cómo cree que nos sentíamos mientras estábamos allí mirándolos?    »Era la costumbre: después de los bombardeos, aquellos emisarios de la muerte evitaban cualquier señal de duelo o protesta.

Casaban a las vírgenes con los guardias, quienes más tarde las ejecutaban. La filosofía que había detrás de aquello era que si eran ejecutadas siendo vírgenes, iban al cielo.

Durante la Guerra de Secesión, cuando James estaba descubriendo cuál era su vocación, en parte se puso a escribir para compensar su incapacidad para participar en la guerra. Después, ya al final de su vida, se lamentaba de que las palabras, frente a semejante inhumanidad, fueran impotentes. En una entrevista publicada el 21 de marzo de 1915 en el New York Times, dijo: «La guerra ha consumido las palabras: se han debilitado, se han gastado como los neumáticos de un coche; al igual que ha ocurrido con millones de cosas, se ha abusado de ellas durante los últimos seis meses, se las ha maltratado, se ha borrado, más que en el resto de la historia de la humanidad, su alegre aspecto, y ahora nos enfrentamos a una depreciación de todos los términos o, por decirlo de otra forma, a una merma de su capacidad expresiva y a un aumento de su vacuidad, que hace que nos preguntemos qué fantasmas quedarán en circulación».

 

encontré dos citas sobre las experiencias de James durante la guerra. Las había escrito para Nassrin, pero jamás se las enseñé. La primera era de una carta a Clare Sheridan, una amiga de James cuyo marido (estaban recién casados) había muerto en el frente. «No me atrevo a decirle que no se aflija ni que se rebele —escribió—, porque si en algo tengo experiencia es en la imaginación y porque soy incapaz de decirle que no sienta. Sienta, sienta, le digo, sienta todo lo que pueda, aunque parezca que vaya a morir en el empeño, porque es la única forma de vivir, sobre todo de vivir bajo esta terrible presión, y la única manera de honrar y conmemorar a esos seres maravillosos que son nuestro orgullo y nuestra inspiración.»

Su afinidad con Inglaterra y Europa, en general, procedía de esa idea de civilización, de una tradición de cultura y humanidad. Pero ahora también conocía la depravación de Europa, el cansancio que arrastra por el peso de su propio pasado, su naturaleza depredadora y cínica.

 

 

Un héroe es el que salvaguarda, casi a cualquier precio, su integridad individual.

 

esta definición del mal, bastante cercana a sus propias experiencias. La falta de empatía, según pensaba, era el pecado principal del régimen y del cual surgían todos los demás pecados.

 

veleidoso pretendiente,

 

Puede creerse que James reivindica una «literatura catastrófica»: al final, muchos de sus protagonistas son infelices, y aun así les confiere un aura de victoria. Ello se debe a que los personajes dependen hasta tal punto de su propio sentido de la integridad que la victoria, para ellos, no tiene nada que ver con la felicidad. Tiene que ver, más que nada, con un pacto con uno mismo, con un movimiento hacia dentro que los completa. La recompensa no es la felicidad, palabra importante en las novelas de Austen y que apenas se utiliza en el universo de James. Lo que sus personajes ganan es la autoestima.

 

A la noche siguiente se anunció que Iraq, si le dejaban disparar el último misil, aceptaría un alto el fuego. Parecía un juego de niños: lo más importante era quién decía la última palabra.    El alto el fuego solamente duró dos días.

“fuliginoso”.

Es una tirana en el sentido de un mal novelista, que modela sus personajes según su propia ideología o sus deseos y que jamás les proporciona espacio para que sean ellos mismos. Se necesita valor para morir por una causa, pero también para vivir por ella.»

 

entonces no estaba de moda pensar que nuestra cultura era incompatible con la democracia moderna, ni que había una versión occidental y otra islámica de la democracia y de los derechos humanos. Todos queríamos libertad y oportunidades. Por eso apoyamos el cambio revolucionario; porque exigíamos más derechos, no menos.

La diferencia entre aquella revolución y las demás revoluciones totalitarias del siglo xx era

que llegaba en nombre del pasado, que constituía su fuerza y su debilidad.

 

»Los protagonistas de Austen son individuos privados que se mueven en lugares públicos. Su deseo de intimidad y reflexión debe adaptarse continuamente a su situación, en una comunidad muy pequeña que los observa constantemente. En ese mundo, el equilibrio entre lo público y lo privado es esencial.

 

Quizá se había casado tantas veces porque en Irán era más fácil tener un marido que un novio.

 

el expolio, a manos del régimen, de sus momentos más íntimos y de sus aspiraciones privadas.

 

Manna acostumbraba a decir que hay dos Repúblicas Islámicas: la de las palabras y la de la realidad. En la primera, la década de los noventa empezó con promesas de paz y de reformas. Una mañana los iraníes nos levantamos y supimos que el Consejo de los Guardianes, después de haber liberado bastante, había elegido al antiguo presidente Hojat-ol-Eslam Ali Jamenei como sucesor del ayatolá Jomeini. La posición política de Jamenei, antes de su elección, era dudosa, pues estaba vinculado a algunos de los grupos más conservadores y reaccionarios de la minoría gobernante, aunque también era conocido como mecenas de las artes. Había confraternizado con poetas y Jomeini le había hecho un duro reproche por haber suavizado el tono de la fetua contra Salman Rushdie.    Pero esa misma persona, el nuevo Jefe Supremo, que ahora ostentaba el más alto título político y religioso del país, que exigía el mayor respeto, era todo un farsante. Tanto él como nosotros sabíamos que lo era, y lo que es peor, sus propios colegas y sus amigos del clero que lo habían elegido también lo sabían. Los medios de comunicación y la propaganda del gobierno habían omitido el hecho de que aquel hombre, de la noche a la mañana, había sido elevado al rango de ayatolá; más que recibido, ese título debe merecerse, de modo que aquel nombramiento era una clara violación de la normativa del clero. Jamenei optó por unirse al bando de los más reaccionarios. No solo influyeron sus creencias religiosas en aquella decisión: también lo hizo por necesidad, por buscar apoyo y protección política, y para compensar la falta de respeto que por él sentían sus propios colegas. Pasó de ser un liberal poco entusiasta a partidario irremediable de la línea dura de la noche a la mañana. En un momento de franqueza poco habitual, la señora Rezvan había dicho: «Los conozco mejor que usted; cambian de razones más a menudo que de ropa. El islam se ha convertido en un negocio —continuó—. Como el petróleo para Texaco. Todos los que negocian con el islam quieren presentarlo mejor que sus predecesores. Y no tenemos más remedio que cargar con ellos.

 

Pensaba en la vida, en la libertad y la búsqueda de la felicidad, en el hecho de que mis chicas no son felices. Me refiero a que se sienten condenadas a ser infelices.    —¿Y cómo piensas hacerles entender que tienen ese derecho? —preguntó—. No será animándolas a comportarse como víctimas; deben aprender a luchar por su felicidad.

 

¿Recuerdas aquello que decías con respecto a que la primera lección para luchar contra la tiranía era ir a lo tuyo y cumplir con la propia conciencia? —añadió pacientemente. No dejas de hablar de espacios democráticos, de la necesidad de espacios personales y creativos. ¡Pues vamos a crearlos, mujer!

sofá. Nos estaba contando su última aventura con un galán (así lo llamaba ella). Todos la presionaban para que se casara; sus mejores amigas y primas cercanas ya estaban casadas o comprometidas—. Tanto su familia como la mía estaban de acuerdo en que antes de tomar una decisión debíamos conocernos. Así que fuimos al parque. Se suponía que teníamos que conocernos íntimamente paseando y hablando durante una hora —dijo con el mismo tono sarcástico, pero con una cara que sugería que se estaba divirtiendo—. Él y yo íbamos delante, seguidos por mis padres, mi hermana mayor y dos hermanas suyas. Aún casi puedo oírlas: hacían como que hablaban de todo tipo de cosas y nosotros fingíamos que estábamos solos. Le pregunté cuál era su trabajo: ingeniero mecánico. ¿Estaba leyendo algo interesante? No tiene tiempo de leer. Siento que quiere mirarme, pero no puede. Cuando fue a casa de mi tío para pedir oficialmente mi mano, estuvo todo el tiempo con la cabeza gacha; así es imposible echar un buen vistazo. De modo que estuvimos paseando hombro con hombro, con la mirada clavada en el suelo. A mí solo se me ocurrían pensamientos absurdos. Pensaba, por ejemplo: «¿Cómo sabe un hombre que la mujer con la que quiere casarse no está calva?».    —Eso es fácil —dijo Nassrin—, en los viejos tiempos, las mujeres de la familia del marido inspeccionaban a la futura novia. Hasta la dentadura le examinaban.    —Gracias a Dios, tengo todos los dientes. En fin, así íbamos pasando el rato, cuando de pronto se me ocurrió una idea brillante: empecé a andar más deprisa, cogiéndolos a todos por sorpresa, y cuando ya se habían adaptado a mi ritmo, me detuve sin aviso y casi los obligué a chocar con nosotros. Mi galán estaba sorprendido, pero procuró disimularlo andando a la misma velocidad que yo. Hice algunos vanos intentos de captar su mirada. Y esto fue lo que se me ocurrió: si el galán lo entiende y se ríe, le daré una oportunidad. Si no, se acabó; no voy a perder el tiempo. Sabía que todos mis tíos me habrían seguido el juego. —Dicho lo cual, guardó silencio.    —Bien. ¿Qué pasó?    —Ah —dijo como si despertara de un trance—, nada.    —¿Nada?    —No. El muy idiota ni siquiera preguntó por qué estaba andando más deprisa. Lo único que hizo, por educación, fue tratar de mantenerse a mi ritmo. Al poco rato me cansé del juego y nos despedimos.

El amor es el amor, pero hay muchas formas de expresarlo.

 

—Me gusta porque en el mundo no hay nadie con quien pueda hablar como con él —dijo Manna encogiéndose de hombros.    —Pobre Nima —exclamó Yassi.    —No tan pobre —Manna estaba feroz aquel día—: él tampoco tiene a nadie más con quien hablar. A la desdicha le gusta la compañía… y puede ser una fuerza tan poderosa como el amor.

 

Lo que motivaba aquella manera indiferente e impersonal de afrontar tanta tristeza no era valentía; era una clase especial de cobardía, un mecanismo de defensa destructivo, que obligaba a los demás a oír las experiencias más horribles y a negarles el momento de empatía: no lo sienta por mí, no hay nada que no pueda soportar, no pasa nada, de verdad.

Más que nada, lo que echo de menos es la esperanza. En la cárcel teníamos la esperanza de salir, de ir a la universidad, de divertirnos, de ir al cine. Tengo veintisiete años y no sé qué significa amar; no quiero estar escondida para siempre. Quiero saber, saber quién es esta Nassrin. Supongo que usted lo llamaría la terrible prueba de la libertad —concluyó con una sonrisa.

 

En el aeropuerto de Damasco la habían humillado por lo que se suponía que era, y cuando regresó a Teherán se sentía furiosa por lo que podría haber sido. Estaba enfurecida por los años que había perdido, por su cuota perdida de sol y viento, por los paseos que no había dado con Hamid.

«Vivir en la república islámica es como tener relaciones sexuales con un hombre al que aborreces»[…]   «Bueno, pues así es; si te obligan a acostarte con alguien que te disgusta, dejas la mente en blanco y finges estar en otra parte, tiendes a olvidar tu cuerpo; lo detestas. Eso es lo que hacemos aquí: fingimos constantemente que estamos en otra parte… planeándolo o soñándolo. Desde que se han ido mis chicas, no pienso en otra cosa.»

«Cuando estás a punto de abandonar un lugar —le dije—, tienes una sensación extraña, como que no solo vas a echar de menos a la gente que quieres, sino también a la persona que eres aquí y ahora, porque nunca más volverás a ser así.»

«Esas tonterías puedes decirlas en la intimidad de estas cuatro paredes; soy tu amigo y te perdono, pero jamás escribas eso en tu libro». Contesto: «Pero es la verdad». «Mujer —dice—: no necesitamos tus verdades, sino tu imaginación; si escribes bien, quizá puedas dejar caer alguna verdad, pero ahórranos tus verdaderos sentimientos.»

Iraj Pezeshzad, autor de una de mis novelas iraníes favoritas, Mi tío Napoleón,

El filósofo alemán Theodor Adorno dijo que la mayor forma de moralidad es no sentirse en casa en tu propia tierra.

 

una poetisa iraní contemporánea, Foroguh Forokhzad;

 

En realidad ese es el tema principal del libro: el papel de la imaginación a la hora de crear espacios abiertos, de resistir a la tiranía tanto de la política como del tiempo.

 

cuando los lectores occidentales leen a Nabokov, advierten la conmoción del reconocimiento, se dan cuenta de que tanto lo mejor como lo peor que representan sus personajes pueden existir dentro de sí mismos.

 

una cita de Saúl Bellow sobre los personajes que sobrevivieron a la terrible experiencia del Holocausto: «¿Sobrevivirán la dura experiencia de la libertad?». Bellow habla en sus libros de que lo que amenaza a Occidente es su «conciencia dormida». Creo que lo más peligroso para los lectores occidentales es dar la libertad por sentada, sentirse demasiado cómodos, no mirarse a sí mismos a través de los ojos de los demás.

 

Y eso es lo que ocurre con los sueños: deberíamos tener cuidado con ellos. Es maravilloso tener un sueño, ir tras él. Pero imponer un sueño a una realidad es algo muy peligroso. Así que, aunque estoy totalmente enamorada de la imaginación, y creo que sin ella la realidad no existe, al mismo tiempo creo que deberíamos tener cuidado de no imponer nuestros sueños a nuestra propia realidad o a la realidad de los demás.

Un aspecto de la República Islámica que se presenta en nombre de la religión es la confiscación de la religión y su uso como ideología.

Para ella el velo era un símbolo de fe, pero si todas las mujeres estaban obligadas a llevarlo,

tanto si eran creyentes como si no, entonces se convertía en un símbolo de fuerza y un símbolo político del Estado.

¿He dejado suficientemente claro que la gente, independientemente de su procedencia, desea ser libre? ¿Que la libertad no es un concepto occidental?

Cuando explicas tu propia historia, tomas control de la realidad. En Irán, la realidad tenía poder sobre nosotros. Una forma de negar ese control es relatar tus propias historias. Cuando cuentas tu historia desde tu punto de vista, ellos pierden su poder.

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