¿Quién teme a la sátira lesbofeminista?

Las provocaciones desde los márgenes nos ofrecen excelentes oportunidades para revisar nuestro lugar en el mundo.

Sátira y humor opresivo. Aunque los confundamos a menudo, la sátira y el humor opresivo son espacios diametralmente distintos, que no responden siquiera a las mismas lógicas. La sátira es una práctica de resistencia desde los márgenes, desde la disidencia y es una respuesta, a través de la risa y la burla, a las violencias ejercidas de manera estructural. Para ser sátira debe apuntar hacia arriba o hacia dentro. Reirse del sistema y del poder, burlarse de la hegemonía, vengarse de la invisibilización, de los oprobios y las miserias cotidianas a las que la se nos nos condenan. Los chistes sobre opresiones ajenas (sobre bolleras formulados por heteros, sobre personas negras formulados por blancas…) alimentan la idea de que las situaciones de desigualdad son divertidas o intrascendentes

La sátira es un desafío contra el poder, pues logra desactivarlo en la esfera de lo simbólico, desestabilizarlo, minimizarlo a través de la mirada ridícula y ridiculizante. Su potencia está allí: en lo simbólico. De regreso a lo tangible, el mundo sigue estando en manos del poder, y a los y las comediantas solo nos queda la risa. La sátira, en tanto que herramienta de transformación, es un acto político. El humor opresivo es una herramienta del poder para reafirmarse y es una forma de violencia simbólica que sí alimenta la violencia cotidiana y la legitima. Se formula desde el privilegio y apunta hacia abajo, inferiorizando a quien ya está inferiorizada. Es humor sin riesgo alguno y es pernicioso porque alimenta la idea de que las situaciones de desigualdad son divertidas o son intrascendentes.

La burla que nace del privilegio y que apunta hacia abajo, que ridiculiza desde la mirada poderosa, que se burla de las opresiones ajenas – nunca de las propias –, no es sátira: es simplemente otra forma de opresión.

los discursos, también desde las disidencias, que confunden los sistemas con las prácticas, las identidades con las personas, y que establecen una jerarquía a la inversa, donde lo lgtbi es mejor tan solo por ser lgtbi, son simplistas, sin más. Pero hay una gran diferencia entre un discurso simplista y un discurso opresor.

Todos y todas somos una amalgama de posiciones que se cruzan e interactúan entre ellas. Es lo que Patricia Hill Collins llamó «matriz de dominación».

«La matriz de dominación hace referencia a la organización total de poder en una sociedad. Hay dos características en cualquier matriz: a) cada matriz de dominación tiene su particular disposición de sistemas de intersección de la opresión; b) la intersección de sistemas de opresión está específicamente organizada a través de cuatro dominios de poder interrelacionados: estructural, disciplinario, hegemónico e interpersonal. La intersección de vectores de opresión y de privilegio crea variaciones tanto en las formas como en la intensidad en la que las personas experimentan la opresión» Dentro de esta matriz, tan interesante es reconocerse en las opresiones como en los privilegios, porque precisamente nuestra propia zona de privilegio es la que nos da la mayor y más útil información para interactuar con los demás, pues es una zona ambigua. Por un lado es el espacio cómodo por excelencia en el que habitar, pero también es el espacio del oprobio, de la vergüenza, de la culpabilidad.

¿Quién teme a la sátira lesbofeminista? (pikaramagazine.com)

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