León Trotsky(1931): La revolución española y la táctica de los comunistas

el descontento ya asaz profundo del pueblo.

Sin embargo, poco después de la victoria del orden, la crisis crónica se manifestaba nuevamente en una explosión aguda de indignación. Ninguno de esos regímenes que se derribaban mutuamente removía el terreno profundamente.

En sus sectores dirigentes, los republicanos españoles se distinguen por un programa social extremadamente conservador: su ideal lo ven en la Francia reaccionaria de hoy, creyendo que con la república vendrá la riqueza, y no están dispuestos, ni son capaces de ello, a seguir el camino de los jacobinos franceses: su miedo ante las masas es más fuerte que su odio a la monarquía.

La gran burguesía industrial de España, que ha llegado demasiado tarde, que depende del capital extranjero, que está adherida como un vampiro al cuerpo del pueblo, es incapaz de desempeñar, aunque sea por un breve plazo, el papel del caudillo de la “nación” contra las viejas castas. Los magnates de la industria española forman un grupo hostil al pueblo,

Durante los acontecimientos revolucionarios de 1854, Cánovas del Castillo escribía: “Aspiramos a mantener el trono, pero sin la camarilla que lo deshonra”.

en España! No está excluida, es cierto, una situación tal en que las clases poseyentes se vean obligadas a sacrificar la monarquía para salvarse a sí mismas (ejemplo, ¡Alemania!).

Pero mientras que el “separatismo” de la burguesía catalana no es para ella, en su juego con el gobierno de Madrid, más que un instrumento contra el pueblo catalán y español, el separatismo de los obreros y de los campesinos es la envoltura de su indignación social. Hay que establecer una distinción rigurosa entre estos dos géneros de separatismo. Ahora bien, precisamente para separar de su burguesía a los obreros y campesinos oprimidos nacionalmente, la vanguardia proletaria debe adoptar en la cuestión de la libre determinación nacional una actitud audaz y sincera. Los obreros defenderán hasta sus últimas consecuencias el derecho de los catalanes y de los vascos a organizar su vida en un Estado independiente en el caso de que la mayoría de la población de dichas naciones se pronuncie por la separación completa.

Debemos desenmascarar implacablemente el charlatanismo de la consigna de las Cortes Constituyentes en los labios de la burguesía de “izquierda”, la cual en realidad no quiere más que unas Cortes de conciliación por la gracia del rey y de Berenguer para hacer un trato con las viejas camarillas dirigentes y privilegiadas.

Sólo los pedantes pueden ver una contradicción en la combinación de consignas democráticas con otras transitorias y puramente socialistas. Un programa combinado así, que refleja la estructura contradictoria de la sociedad histórica, se desprende inevitablemente de la diversidad de problemas legados en herencia por el pasado.

Para que la fórmula teórica bien comprendida se convierta en hecho histórico vivo, hay que hacer pasar esta fórmula por la conciencia de las masas a base de la experiencia, de las necesidades y de las exigencias de las mismas. Para esto es preciso, sin perderse en detalles, sin distraer la atención de las masas, reducir el programa de la revolución a unas pocas consignas claras y simples y reemplazarlas según la dinámica de la lucha. En esto consiste la política revolucionaria.

Sin embargo, lo que en la etapa actual constituye la fuerza del movimiento -su carácter espontáneo- puede convertirse mañana en su debilidad. Admitir que el movimiento siga en lo sucesivo librado a sí mismo, sin un programa claro, sin una dirección propia, significaría admitir una perspectiva sin esperanzas. No hay que olvidar que se trata nada menos que de la conquista del poder. Aun las huelgas más turbulentas, y con tanto mayor motivo esporádicas, no pueden resolver este problema. Si en el proceso de la lucha el proletariado no tuviera la sensación en los meses próximos de la claridad de los objetivos y de los métodos, de que sus filas se cohesionan y robustecen, se iniciaría inevitablemente en él la desmoralización. Los anchos sectores, impulsados por primera vez por el movimiento actual, caerían en la pasividad.

Pero al mismo tiempo no debemos hacemos ninguna ilusión respecto a la suerte del anarcosindicalismo como doctrina y como método revolucionario. El anarcosindicalismo, con su carencia de programa revolucionario y su incomprensión del papel del partido, desarma al proletariado. Los anarquistas “niegan” la política hasta que ésta les coge por el pescuezo: entonces dejan el sitio libre para la política de la clase enemiga. ¡Así fue en diciembre!

Ciertamente, la palabra soviet ha adquirido ahora, después de 13 años de existencia del régimen soviético, un sentido considerablemente distinto del que tenía en 1905 o a principios de 1917, cuando los soviets surgían no como órganos del poder, sino únicamente como organizaciones combativas de la clase obrera. La palabra Junta, íntimamente ligada con toda la historia de la revolución española, expresa de un modo insuperable esta idea. La creación de Juntas obreras está a la orden del día en España.

Sea como sea, el partido debe ser creado. Dicho partido debe ser único y centralizado. La clase obrera no puede en ningún caso constituir su organización política de acuerdo con el principio federativo. El partido comunista, que no es el prototipo del régimen estatal futuro de España, sino la palanca de acero destinada a derrumbar el régimen existente, no puede ser organizado más que a base de los principios del centralismo democrático.

León Trotsky(1931):La revolución española y la táctica de los comunistas (marxists.org)

– Subrayado Pos. 19  | Añadido el miércoles 27 de mayo de 2015 22H56′ GMT

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