Jovanka Vaccari Barba: Mamá, ¿por qué las mujeres son tan complicadas? 

mayo de 2015

Discusión y conclusiones: «Prudencia», dijo él; «acojono», dije yo, pues pensé que el problema no era que yo necesitara un espacio propio, sino que lo tenía ya. «Lo propio» nunca es cortesía de otro: es el botín de una guerra que se libra con una misma, y quien ha incursionado esos territorios está poco disponible para la sumisión, mucho menos la intelectual.

cómo están viviendo los hombres elegantes estas situaciones: con prudente acojono.

soy una hétero comprometida (me gustan los penes; algunos hombres también)

El caso del pejesapo abisal

estro

La promiscuidad es, pues, una verdadera opción sexual de la vida, una estrategia,

espermatozoides, descubiertos ahora al menos de 5 tipos, con distintas misiones bélico-operativas, que van abriendo paso a un candidato fecundador,

quien, a su vez, una vez alcanzado el territorio circundante al óvulo, es «narcotizado» por la mucosa uterina a la espera de que el óvulo, mediante un despertador químico-eléctrico, desaletargue al que le ha parecido mejor para fecundarse.

una apasionante erotosfera donde lo estrictamente biológico es una variable reduccionista.

En África del Sur habita una especie de escarabajo corto de vista. Al inicio de la primavera, con el deshielo, sale de su madriguera y, antes de acordarse de quién es, intenta aparearse… ¡con una orquídea! Los pétalos de la orquídea han adoptado el aspecto de la escarabajo hembra de esta especie, y las flores producen un aroma químicamente muy similar al perfume sexual emitido naturalmente por ellas.

al desaparecer la evidencia del celo, es decir, «aparentando» estar siempre en periodo fértil, la hembra obtiene del macho, para sí, una atención más sostenida y, para las crías, un padre en lugar de un laja.

el clímax, en la mujer, aumenta la fertilidad y, por tanto, la posibilidad de fecundarse: durante la cima orgásmica, vagina y útero se contraen y expanden rítmicamente, ayudando a transportar el semen hasta el útero, cerca de los óvulos.

A lo largo de la evolución, los hombres tendieron a dominar a las féminas gracias a su mayor estatura y fuerza física. Desaparecido el estro, la violación se convirtió en práctica masculina frecuente, pues aparentemente cualquier momento era bueno para intentar reproducirse. Y para asegurarse de que fuera su genoma el que se perpetuara y no el de otro, los machos dominantes asesinaban a las crías de las hembras y a otros machos potencialmente competidores. Así, en este clima de brutalidad masculina, la disponibilidad sexual y el fingimiento del orgasmo fueron convirtiéndose en estrategias cruciales para la pervivencia de la especie: haciéndole creer al macho indeseable que era el favorito, las hembras tuvieron una oportunidad de salvar su propio genoma y el del macho que les gustaba realmente.

Esta anécdota me recuerda otra: hace unos años, durante unos cursos de educación ambiental para chiquitines, se les preguntó de dónde venían las manzanas. Con gran seguridad y aplomo, y dispuestos a discutir si hacía falta, el grupo dividió en dos sus criterios: según unos, venían de la nevera; según otros, del supermercado.

se cree que la vida se originó en remansos de agua cálida y poco profunda, a partir de la formación de unas moléculas oleaginosas con capacidad de replicarse, las bacterias. En algún momento, éstas, probablemente para reparar el ADN de células afectadas por la radiación solar en una Tierra irreconocible, iniciaron una promiscua actividad de intercambio transgénico. Las bacterias, así, con su incontable número de tipos metabólico se igual número de tipos de intercambio, y obedeciendo el mandato termodinámico de pervivir, originaron el mandato biológico de reproducirse, es decir, de crear materia viva autosimilar pero no idéntica. ¡Quedaba inaugurado el sexo! ¡Y sin mala conciencia! Posteriormente, las bacterias practicaron el hipersexo, que no es una forma descomunal de hacer sexo, sino una forma simbiótica que contribuyó a la aparición de los primeros ancestros celulares con núcleo, los protoctistas. Éstos, a su vez, se entregaron al sexo meiótico, un tipo de fusión celular que reduce a la mitad el número de cromosomas, que requiere de la fecundación para volver a doblarlo y que ha devenido en modelo de reproducción humana.

En el principio, pues, fue la bacteria. Y en el final, se espera que también.

Más del 90% de los delitos con violencia, en todas las culturas, lo cometen hombres. El estudio biológico de su origen señala ominosamente a la testosterona como la causante de la virulencia del macho. Junto a la cólera, la ira, los celos sexuales o la vocación de dominación, el comportamiento violento ha constituido un dispositivo de supervivencia fundamental en la trayectoria evolutiva masculina y, por tanto, de la humana. Pero la cultura no se ha desarrollado en paralelo a los cambios evolutivos. Nuestra civilización ha reglado que la violencia irracional y algunas de sus manifestaciones no tienen lugar ni sentido en su seno; actualmente deplora la agresión sexual. Sin embargo, se encuentra con individuos innecesariamente violentos (crueles, abusones, innobles, violadores, maltratadores) a cuyo comportamiento adjudica causas estrictamente culturales (sistemas políticos salvajes, televisión, desarraigo familiar, indisciplina, desmotivación). No dudo de que nuestro modelo social no influya en la generación de actitudes violentas, pero tampoco creo que ninguna medida sociopolítica sea lo suficientemente profunda ni veloz como para «cambiar» a la gente violenta que nos asusta. Básicamente porque «la violencia» no es un problema, sino un mecanismo biológico que tendremos que ir mutando culturalmente, a ver qué pasa.

Como posibilidad orgásmica distinta, no sustitutiva.

refocile

el refocile

John Dobson,

Los genes nos han persuadido de que siguiendo sus dictados alcanzaremos la paz de lo inmutable, la libertad de lo infinito y la bienaventuranza de lo indiviso. Pero, en vez de eso, lo que tenemos al final es una familia».

—a pesar de parecer el vencedor, puede no ser el auténtico padre de la cría—; y, de ocurrir esto, la del pardillo —invirtiendo energía en la crianza y cuidado de un genoma que no es el suyo—. Es muy probable que los dos últimos detalles condicionaran la tendencia de los hombres a imponer la monogamia femenina: para garantizar su paternidad, los primeros machos del Homo Sapiens habrían apartado a sus hembras fértiles de la promiscuidad grupal, vigilándolas celosamente y dedicándose a una sola compañera.

La monogamia es una contraestrategia para evitar la competencia entre espermas, es decir, para eliminar la competencia sexual entre los machos. Aunque esta innovación puede haber fortalecido socialmente a los Sapiens de la sabana, también puede haber ido acompañada, en sus inicios, de un aumento de la agresividad masculina, de las acciones violentas y del espíritu de venganza;

En los guerreros masculinos los niveles de oxitocina en sangre se multiplican sólo por cinco durante el orgasmo. Y a diferencia de las mujeres, en ellos se elevan los niveles de cortisol y adrenalina, hormonas que incrementan la concentración de glucosa y la presión sanguínea. La diferencia entre unas y otros es notoria: el macho testosterónico tiene un comportamiento habitualmente amenazante y agresivo —excepto tras el acto sexual—, mientras que la madre lactante experimenta y transmite una sensación de calma y bienestar

La primera modalidad de matrimonio probablemente se originó hace unos 600.000 años, con la aparición de los primeros Homo Sapiens, cuando los machos, para garantizarse su propia reproducción, exigieron la monogamia femenina y nuestras antepasadas aceptaron: –Vale, yo te garantizo que me fecundaré sólo de ti, que perpetuaré tus genes… pero tú me garantizas nido, alimento y protección mientras cuidamos y criamos nuestro genoma.

  1. b) De la economía, la ecología. Total, una y otra tienen la misma raíz, Eco. Lo que difiere es el sufijo, o sea, la actitud hacia dicho fundamento, que en el caso masculino aplica nomos, la rígida norma, y en el caso femenino logos, la comprensión de la naturaleza y su mecánica para un aprovechamiento sostenible de sus frutos.

¿Qué podemos aprender de los mangayos? Verán. Al llegar a la pubertad, sobre los 12 o 13 años, los varones mangayos deben pasar por una serie de ritos de iniciación que les permite inaugurar su vida adulta. Parte de esa iniciación consiste ¡oh, envidia! en aprender métodos para estimular a las mujeres, de modo que éstas alcancen máximo placer sexual.

Tanto es así que, de las mujeres mangayas, se espera que consigan al menos un orgasmo en cada relación sexual. En caso contrario —no me digan que no son buenas ideas— el varón que no ha logrado complacerla pierde su estatus social. Así, durante un par de semanas, los jóvenes son adiestrados en el arte de dar satisfacción sexual a las mujeres por una mujer adulta experimentada que maneja más información de la anatomía femenina que una cuadrilla de nóbeles europeos en medicina. ¿Por qué? Pues porque los mangayos —las diosas me los bendigan— no consideran el placer sexual femenino como una gratificación, sino como una necesidad. Esta «primitiva» expectativa cultural sobre la función del orgasmo femenino ha obtenido elevados índices de orgasmos y de señoras satisfechas, lo que confirma que el gozo de la mujer está en función no sólo de la biología, sino del aprendizaje erótico y las expectativas culturales de la sociedad.

a diferencia de la mangaya, tan poco puritana, nuestra sociedad tiene que sufragar a toda una red de expertólogos —psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, sexólogos, sociólogos y hasta sexósofos— ocupándose de «patologías femeninas individuales» cuando, en realidad, deberían de ser entendidas como patologías sociales, pues es la sociedad la que no concede un valor claro al orgasmo femenino.

La explicación evolutiva más sencilla es que unos pechos grandes, en algún momento, empezaron a significar «madre potencialmente saludable», dejando el camino abierto para que los hombres comenzaran a considerarnos sexualmente atractivas. Pero esto sigue sin explicar por qué se hicieron tan grandes. La respuesta puede estar en que unos pechos hinchados y la ocultación de signos externos del periodo de ovulación ayudaron a las mujeres a sufrir menos el acoso sexual de los machos, permanentemente desesperados por reproducirse. La paradoja está en que, al mismo tiempo, tuvo que ir desarrollándose en los machos «un gusto» por los pechos grandes ya que, de no aparearse, la especie podía desaparecer. Pero si las hembras poseían unos pechos que les cautivaban aun cuando eso sugiriera que no estaban en celo, los machos podían ver distraída su atención y mostrase menos proclives a monopolizar el cuerpo de la hembra en un sistema de monogamia femenina impuesto por la dominación masculina. A la luz de esta hipótesis, tres serían los beneficios directos que obtuvieron las mujeres con los pechos engañosos y con la ovulación oculta: 1) el genético, escapando al control de un mantenedor posesivo el tiempo suficiente para poder engendrar de otro varón mejor; 2) el material, escapando —siempre escapando— de los machos posesivos para intercambiar con otros sexo por bienes sin tener que preñarse en el proceso; y 3) el pre-consciente, obteniendo un mayor control sobre el propio cuerpo.

amplexo

¿Sabían que ni chimpancés ni orangutanas ni gorilas ni otras parientas muestran nada parecido al himen? ¿Que qué significa? Pues que esta estructura evolucionó al mismo tiempo que nuestras antepasadas homínidas se convertían en humanas y que, en consecuencia, es algo específicamente nuestro. De eso hace entre cuatro millones de años y cuarenta mil, tarde más tarde menos. El himen es una membrana en forma de media luna que, a modo de solapa, bloquea la entrada de la vagina. Su génesis es tan oscura y su utilidad fisiológica tan improbable que bien puede haber sido un defecto menor de nacimiento —como los dedos palmeados de algunas personas—

Algunas hembras de peces e insectos experimentan desgarramientos genitales inmediatamente después de haberse apareado. Las teorías evolucionistas interpretan este comportamiento como un medio —cruel, pero qué sabe la naturaleza de moral— de impedir el acceso a posteriores y posibles fecundadores. Bueno, pues el himen funciona exactamente a la inversa: asegura la fidelidad antes de la relación sexual en lugar de después.

Quizá entre nuestros antepasados hubo varones que, desafiando la condición promiscua de la vida y, por tanto, evitando la competencia reproductiva, protegieron o mantuvieron a hembras jóvenes cuyos hímenes testimoniaran castidad previa. En este sentido, el himen puede haber representado una victoria para los intereses reproductores masculinos en la batalla de los sexos:

Será así pero, sin excluir lo anterior, no puedo dejar de pensar que el himen, en paralelo a la aparición de la consciencia, nos protegió de embarazos jóvenes, concediéndonos tiempo para un desarrollo desconocido en otros animales.

Durante el clímax femenino, el útero se abre y se «sumerge» en la vagina varias veces. Este acontecimiento, en combinación con otros, proporciona la clave de las principales consecuencias de la masturbación: 1) La fase de excitación incrementa temporalmente el flujo de mucosidad producida por las glándulas uterinas. Siempre hay flujo, pero la estimulación acelera el goteo y el orgasmo produce el efecto de un estornudo: ¡¡aaaa… fuera, leñe!!, dejando las paredes vaginales lubricadas para un próximo acto sexual pero, sobre todo, llevándose consigo desechos como células muertas, espermatozoides viejos y organismos portadores de enfermedades. 2) La masturbación aumenta la acidez de la mucosa debido a los movimientos uterinos de succión. Cuando los espasmos orgásmicos concluyen, una parte de esa mucosidad es expulsada junto a otro puñado de organismos infecciosos, pero otra parte se quedará en el cuello del útero. ¿Parece repetido? Parece, pero toda estrategia es poca para deshacerse de inquilinos indeseables: ni espermatozoides ni bacterias gustan de sobrevivir en un medio ácido. ¿Y qué momentos son los «preferidos» por las mujeres para masturbarse?

A la luz de la biología, cuando quieren las hormonas: el impulso de masturbarse es mayor durante la fase fértil del ciclo menstrual, más o menos una semana antes de la ovulación, pues es cuando más ganancias pueden obtenerse de estar lubricada para el sexo y limpita para la fecundación.

La muerte no siempre existió. Se calcula que ésta evolucionó hará solamente unos 1000 millones de años, cuando 2 primitivos organismos —bautizados por la tradición hebrea como «adán» y «eva»— practicaron por primera vez el sexo de fusión, esto es, cuando recombinaron genes procedentes de fuentes diferentes para producir un nuevo individuo. Hasta entonces, la muerte era ajena a los primeros cuerpos (microbios y bacterias) que, en origen, eran inmortales, como refleja acertadamente el relato bíblico. La reproducción uniparental sin sexo fue la única modalidad durante los primeros 2000 millones de años de la vida en la Tierra. Una molécula de ADN creaba otra molécula idéntica a ella por división celular, pudiendo multiplicarse ilimitadamente sin que por allí apareciera ningún cadáver. Teniendo energía, agua, alimento y espacio suficientes, todas las bacterias y otros organismos son, literalmente, inmortales.

La vejez y la muerte natural, tal como las conocemos los mamíferos, evolucionaron en protoctistas arcaicos (unos descendientes de las bacterias). Estas diminutas células individuales tuvieron que fundir sexualmente sus núcleos para sobrevivir. Como consecuencia, partes de las células, duplicadas por la fusión, se hicieron redundantes e innecesarias. La muerte se hizo inevitable, y la conexión sexo/muerte también.

Todavía siguen creyendo que el sexo oral es sólo para penetrarnos mejor después.

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