La escala de los mapas. Belén Gopegui

SI un hombre pequeño nos besa la mano y acto seguido empieza a describirnos una manivela, ¿qué hacer? Dada mi actividad profesional, no deberían planteárseme estas dudas. Admito, sin embargo, que durante los primeros minutos Sergio Prim me confundió. De pie frente a mí, hablaba de la pequeña pieza. Su voz grave, estremecida, porosa, fluía con una lentitud inusual en este tipo de pacientes. Era bastante más bajo que yo. Sus brazos se movían en una capa inferior del aire, quizá por eso apenas me fijé en ellos. El recuerdo, en cambio, destaca ahora ese manoteo de ilusionista tímido, única nota disonante en el reposado aspecto del señor Prim.
—Frente a mi mesa de trabajo hay una ventana que da a un patio interior —dijo en tono reservado—. Es una ventana antigua: marco de madera, falleba negra, vidrio esmerilado y amarillo. La falleba se abre haciendo girar una manivela que termina en un remate circular, digamos un punto grueso. Si ahora le pido ayuda es porque tal vez decida irme a vivir ahí.

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