Munro Alice: WinuE

12 de octubre de 2014 23H02′ GMT+01:00

  • Su violencia parecía calculada, teatral: daban ganas de quedarte observándola, como si fuera un espectáculo; y sin embargo, cuando levantó la tapa de la estufa, no hubo ninguna duda de que la estrellaría contra mi cabeza si se lo proponía; es decir, si le parecía que la escena lo requería. Se observaba a sí misma, pensé, y en cualquier momento podría parar y quedarse con la mente en blanco o, como una cría, fanfarronear: «¿Has visto cómo te he asustado? Te he engañado, ¿eh?».

  • —De todos modos sé que tengo razón. —Es posible, pero eso no significa que puedas hacer algo al respecto.
  • Así, paralelo a nuestro mundo, estaba el mundo de tío Benny, como un perturbador reflejo distorsionado, que era lo mismo pero sin serlo del todo.
  • Era la primera persona que yo conocía que creía realmente en el mundo de los acontecimientos públicos y de la política, que no cuestionaba que él mismo formaba parte de todo ello. Aunque mis padres siempre escuchaban las noticias y se sentían desalentados o aliviados por lo que oían (sobre todo desalentados, porque era a comienzos de la guerra), yo tenía la sensación de que, para ellos así como para mí, todo lo que ocurría en el mundo estaba fuera de control, era irreal y, no obstante, desastroso.
  • la burla devastadora adornada de deferencia.
  • La petulancia
  • La ambición era lo que las alarmaba, porque ser ambicioso era cortejar el fracaso y exponerte al ridículo.
  • La seguí por la casa con el ceño fruncido, repitiendo incansablemente mis preguntas. Quería saber. No había protección como no fuera en el saber.
  • ¿Se levantó de un salto, arrojó los brazos al aire, gritó? ¿Cuánto duró? ¿Cerró los ojos, sabía lo que estaba ocurriendo? La habitual actitud positiva de mi madre pareció tambalearse; mi frío apetito de detalles la irritó. La seguí por la casa con el ceño fruncido, repitiendo incansablemente mis preguntas. Quería saber. No había protección como no fuera en el saber. Quería ver la muerte sujeta y aislada detrás de una pared de hechos y circunstancias particulares, y no flotando libremente alrededor, ignorada pero poderosa, lista para colarse en cualquier parte.
  • Mientras vivieran, casi todos se acordarían de que yo había mordido el brazo de Mary Agnes Oliphant en el funeral de tío Craig. Al pensar en ello, recordarían que era muy nerviosa e imprevisible, o que era una malcriada, o un caso de pocas luces. Pero no me echarían. No. Sería el miembro de la familia nervioso, imprevisible y malcriado, lo que es muy diferente.
  • Estar hecho de carne era la humillación.
  • —Tu madre sabe un montón de cosas —decían tía Elspeth y tía Grace con tono despreocupado, sin envidia. Y yo veía que para ciertas personas, tal vez para la mayoría, el saber era solo una excentricidad; resaltaba como las verrugas.
  • ¿Qué tiene de bueno leer a Platón si no limpias el retrete?,
  • pamplina (Del lat. *papaverina, y este de papaver, amapola).
  • Pero cuando pensaba en Major recibiendo un tiro, cuando imaginaba a mi padre cargando la escopeta tan lenta y ceremoniosamente como siempre, y llamando a Major, que jamás sospecharía nada, acostumbrado como estaba a ver hombres con escopeta, y los veía a los dos pasando por delante del cobertizo, mi padre buscando el lugar adecuado, volvía a visualizar el contorno de esa cara razonable y blasfema. Era la deliberación lo que me tenía obsesionada, la deliberada decisión de incrustar una bala en el cerebro del perro para detener el funcionamiento del organismo; en esa decisión y ese acto, por muy necesarios y razonables que fueran, estaba la aprobación de cualquier cosa. La muerte era posible. Y no porque no pudiera impedirse sino porque era lo que querían, sí, lo que querían todos esos adultos, capataces y verdugos de amable e implacable rostro.
  • Vi venir horrorizada la inevitable colisión entre la religión y la vida. Se levantó y se plantó frente a mí. —Rezar —dijo muy tenso—. ¿Cómo se hace? Empieza ya. —No puedo rezar por algo así. —¿Por qué no? ¿Por qué no? Porque no se reza para que pasen cosas o dejen de pasar, podría haberle respondido, sino para pedir fuerzas y la gracia para soportar lo que pasa. Una buena salida que destila un abominable olor a derrota.
  • ¿Podía existir un Dios que no estuviera contenido en la red de iglesias, que no hubiéramos hecho manejable por medio de ensalmos y cruces, un Dios verdadero, que estuviera verdaderamente en el mundo, y fuera extraño e inaceptable como la muerte? ¿Podía existir un Dios asombroso e indiferente más allá de la fe?
  • Los chicos se te echaban encima en sus bicicletas y hendían el aire por donde habías pasado, grandiosamente, sin piedad, como si lamentaran no tener cuchillos en las ruedas. Y decían cualquier cosa. Decían, en voz baja: «Hola, furcias». Decían: «Eh, ¿dónde tenéis el agujero de follar?», con un tono de alegre repugnancia. Decían cosas que te arrebataban la libertad de ser lo que querías, te reducían a lo que ellos veían, y eso solo bastaba para provocarles arcadas.
  • Pero a cualquier persona que se dedica al nacimiento y la muerte, que se encarga de ver y lidiar con lo que hay en ellos —una hemorragia, la carnosa placenta, una horrible disolución—, hay que escucharla, no importa las noticias que traiga.
  • Era muy poco probable, aunque no imposible, que la señorita Farris hubiera estado paseando por la orilla del río al norte de la ciudad, cerca del puente de cemento, y se hubiera resbalado y caído al agua, y no hubiera podido salvarse. Tampoco era imposible, como señaló el Herald-Advance de Jubilee, que una o varias personas desconocidas la hubieran sacado de su casa a la fuerza y llevado al río. Había salido de su casa por la tarde, sin cerrar la puerta con llave y dejando todas las luces encendidas. Algunas personas que se excitaban imaginando crímenes ocultos en mitad de la noche, siempre creyeron que había sido un asesinato. Otras, ya fuera por consideración o por miedo, sostuvieron que había sido un accidente. Esas fueron las dos posibilidades que se barajaron y discutieron. Los que creyeron que había sido un suicidio, y al final casi todo el mundo lo creyó, no estaban tan impacientes por hablar de ello; ¿por qué iban a estarlo? No había nada que decir. Era un misterio que se presentaba sin explicación y sin esperanzas de ser explicado, en toda su insolencia, como un cielo azul despejado. No había posibilidad de revelación.
  • Esa convicción la había compartido con mi madre, ella había sido mi aliada, pero ya no le hablaba de ello; era indiscreta, y sus expectativas se habían vuelto demasiado evidentes.
  • Pero estaba claro que veían la guerra desde distintas perspectivas. Mi padre la veía como un plan general dividido en campañas que tenían éxito o fracasaban. El señor Chamberlain, en cambio, la veía como una colección de anécdotas que no llevaban a ninguna parte. Solo las contaba para hacer reír.
  • La concupiscente progresión de los versos,
  • Habló con tono infantil. Con él, el mal nunca sería grandilocuente. Su voz daba a entender que era posible hacer cualquier cosa, cualquiera, y quitarle importancia diciendo que era broma, una broma a costa de toda la gente solemne y culpable, toda la gente moral y emotiva del mundo, la gente que «se tomaba a sí misma en serio».
  • Necesitaba, y daba por hecho, que se preocupara por mi vida, pero no podía soportar que lo expresara en palabras.
  • El amor no es para las chicas que no se depilan.
  • Me asombraba e intimidaba su nueva personalidad ensimismada. Parecía ir millas por delante de mí. A donde ella iba yo no quería ir, pero Molly parecía tener interés en que lo hiciera. Ella estaba haciendo progresos. ¿Podía decirse lo mismo de mí?
  • Se ofrecía a sí mismo sin fingir ser un chico corriente; haciendo todo lo que haría un chico corriente pero sabiendo que los resultados nunca serían aceptables, que la gente siempre se mofaría. No podía hacer otra cosa; era lo que parecía. Yo, que tenía unos límites naturales mucho más ambiguos y absorbía siempre que podía el color de lo que me rodeaba para camuflarme, empecé a comprender que podía ser un descanso ser como Jerry.
  • —Se debe a la endogamia. Los padres se acuestan con las hijas, los abuelos con las nietas, los hermanos con las hermanas, las madres con los padres… —¿Las madres se acuestan con los padres? —Oh, no sabes de lo que son capaces allí.
  • El sexo me parecía rendición, no de la mujer al hombre, sino de la persona al cuerpo, un acto de fe pura, la libertad en la humildad.
  • Los besos cambiaban mucho de antes a después; al menos lo hacían los de Garnet, pasando de apasionados a consoladores, de suplicantes a indulgentes.
  • Habíamos visto el uno en el otro lo que no podíamos soportar, y no teníamos ni idea de que la gente lo ve y continúa, y odia, pelea y trata de matarse de varias maneras, y luego se quiere un poco más.
  • me maravillaba que la persona que sufría fuera yo, porque no era yo; yo estaba observando.
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