Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano

julio de 2014

de todos modos he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada.

Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha, va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define

  • Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre.
  • un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre.
  • de todos modos he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada.
  • Comer demasiado es un vicio romano, pero yo fui sobrio con voluptuosidad.
  • tabuco
  • Un príncipe carece en esto de la latitud que se ofrece al filósofo; no puede permitirse diferir en demasiadas cosas a la vez,
  • De un moralista espero cualquier cosa, pero me asombra que un cínico pueda engañarse así. Pongamos que unos y otros temen a sus demonios, ya sea porque luchan contra ellos o se abandonan, y que tratan de rebajar su placer buscando privarlo de su fuerza casi terrible ante la cual sucumben, y de su extraño misterio en el que se pierden.
  • todo movimiento sensual nos pone en presencia del Otro, nos implica en las exigencias y las servidumbres de la elección.
  • la ficción consistente en pretender que se seduce, cuando en realidad se domeña.
  • Tan total era el eclipse, que cada vez hubiera podido encontrarme siendo otro, y me asombraba —a veces me entristecía— el estricto ajuste que de tan lejos volvía a traerme a ese estrecho reducto de humanidad que era yo mismo.
  • La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros.
  • tabanco
  • En cuanto a la observación de mí mismo, me obligo a ella aunque sólo sea para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin, pero una familiaridad de casi sesenta años guarda todavía muchas posibilidades de error. En lo más profundo, mi autoconocimiento es oscuro, interior, informulado, secreto como una complicidad.
  • Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha, va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define:
  • Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define (a mi vida):
  • entre yo y los actos que me constituyen existe un hiato indefinible. La prueba está en que sin cesar siento la necesidad de pensarlos, explicarlos, justificarlos ante mí mismo.
  • infatuar (Del lat. infatuāre). tr. Volver a alguien fatuo. U. t. c. prnl. MORF. conjug. c. actuar.
  • charnela
  • el soldado eclipsaba por completo al estadista;
  • Me imaginaba a mí mismo tomando la simple decisión de seguir adelante por el sendero que reemplazaba nuestras rutas. Jugaba con esa idea… Estar solo, sin bienes, sin prestigio, sin ninguno de los beneficios de una cultura, exponiéndose en medio de hombres nuevos, entre azares vírgenes… Ni que decir que era un sueño, el más breve de todos. Aquella libertad que me inventaba sólo existía a la distancia; muy pronto hubiera recreado todo lo que acababa de abandonar. Más aún: en todas partes sólo hubiera sido un romano ausente.
  • ensueños de un joven ansioso de presente,
  • asaz
  • befado
  • trabucantes
  • me incomodaba que su cariño se inquietara por mi más de lo que me inquietaba yo mismo, y que jamás viera, bajo las agitaciones exteriores, a ese ser más tranquilo a quien en el fondo nada le importa y que por consiguiente puede sobrevivir a todo.
  • Pero el peor peligro de tan vastos planes era en el fondo su sensatez: como siempre, abundaban las razones prácticas para justificar el absurdo, para inducir a lo imposible.
  • no se trataba solamente de vencer, sino de vencer siempre, y nuestras fuerzas se agotarían en la empresa.
  • Mis inquietudes subsistían, pero las disimulaba como si fueran crímenes; tener razón demasiado pronto es lo mismo que equivocarse.
  • tanto el bien como el mal son cosas rutinarias,
  • Confesé mis temores: no me sentía más exento de crueldad que de cualquier otra tara humana;
  • grávida de un porvenir que parte ya es pasado;
  • plétora.
  • Toda ley demasiado transgredida es mala; corresponde al legislador abrogaría o cambiarla, a fin de que el desprecio en que ha caído esa ordenanza insensata no se extienda a leyes más justas.
  • lenocinios
  • un Ulises cuya Itaca es sólo interior.
  • se complace en recordarme los bellos versos donde el viejo Terpandro 111 definió en tres palabras el ideal espartano, el perfecto modo de vida que la Lacedemonia soñó siempre sin alcanzarlo: la Fuerza, la Justicia, las Musas. La Fuerza constituía la base, era el rigor sin el cual no hay belleza, la firmeza sin la cual no hay justicia. La Justicia era el equilibrio de las partes, el conjunto de las proporciones armoniosas que ningún exceso debe comprometer. Fuerza y Justicia eran tan sólo un instrumento bien acordado en manos de las Musas. Toda miseria, toda brutalidad, debía suprimirse como otros tantos insultos al hermoso cuerpo de la humanidad. Toda iniquidad era una nota falsa que debía evitarse en la armonía de las esferas.
  • nada era tan peligrosamente fácil como renunciar. El indio, más lógico, rechazaba la vida misma.
  • Tenía mucho que aprender de aquellos fanáticos puros, pero a condición de alterar el sentido de la 119 lección que me brindaban.
  • acendrar
  • acerba
  • Deucalión
  • Antínoo había muerto. Me acordaba de los lugares comunes tantas veces escuchados: se muere a cualquier edad, los que mueren jóvenes son los amados de los dioses. Yo mismo había participado de ese infame abuso de las palabras, hablando de morirme de sueño, de morirme de hastío. Había empleado la palabra agonía, la palabra duelo, la palabra pérdida. Antínoo había muerto. Amor, el más sabio de los dioses… Pero el amor no era responsable de esa negligencia, de esas durezas, de esa indiferencia mezclada a la pasión como la arena al oro que arrastra un río, de esa torpe inconsciencia del hombre demasiado dichoso y que envejece. ¿Cómo había podido sentirme tan ciegamente satisfecho? Antínoo había muerto. Lejos de haber amado con exceso, como Serviano lo estaría afirmando en ese momento en Roma, no había amado lo bastante para obligar al niño a que 167 viviera.
  • Mi duelo no pasaba de un exceso, de un grosero libertinaje; seguía siendo aquel que aprovecha, aquel que goza, aquel que experimenta; el bienamado me entregaba su muerte.
  • centón
  • como si la huella de un ser fuese lo mismo que su presencia.
  • pasamos toda una noche discutiendo el mandamiento que exige amar al prójimo como a uno mismo; yo lo encontraba demasiado opuesto a la naturaleza humana como para que fuese obedecido por el vulgo, que nunca amará a otro que a sí mismo, y tampoco se aplicaba al sabio, que está lejos de amarse a sí mismo.
  • Mi propósito era tan sólo el de reducir la frondosa masa de contradicciones y abusos que acaban por convertir el derecho y los procedimientos en un matorral donde las gentes honestas no se animan a aventurarse, mientras los bandidos prosperan a su abrigo.
  • Por lo regular me contentaba con satisfacer o engañar mis apetitos.
  • En otros momentos sentía frente a esos juegos una indiferencia de viejo.
  • Durante toda mi vida me había entendido muy bien con mi cuerpo, contando implícitamente con su docilidad y con su fuerza. Aquella estrecha alianza empezaba a disolverse; mi cuerpo dejaba de formar una sola cosa con mi voluntad, con mi espíritu, con lo que torpemente me veo precisado a llamar mi alma; el inteligente camarada de antaño ya no era mas que un esclavo que pone mala cara al trabajo. Mi cuerpo me temía; continuamente notaba en el pecho la oscura presencia del miedo, una opresión que no era todavía dolor pero sí el primer paso hacia él. Desde mucho tiempo atrás estaba acostumbrado al insomnio, pero ahora el sueño era aún peor que su ausencia; apenas dormido, me despertaba horriblemente angustiado.
  • molicie
  • No importa; no hace falta que me comprendas. Hay más de una sabiduría, y todas son necesarias al mundo; no está mal que se vayan alternando.
  • empíreo
  • logogrifos,
  • No me enojo ya con los médicos; sus tontos remedios me han condenado, pero nosotros tenemos la culpa de su presunción y su hipócrita pedantería; mentirían menos si no tuviéramos tanto miedo de sufrir.
  • Todo se nos escapa, y todos, y hasta nosotros mismos. La vida de mi padre me es tan desconocida como la de Adriano. Mi propia existencia, si tuviera que escribirla, tendría que ser reconstruida desde fuera, penosamente, como la de otra persona; debería remitirme a ciertas cartas, a los recuerdos de otro, para fijar esas imágenes flotantes. No son más que muros en ruinas, paredes en sombra. Ingeniármelas para que las lagunas de nuestros textos, en lo que concierne a la vida de Adriano, coincidan con lo que hubieran podido ser sus propios olvidos. *
  • Cuando dos textos, dos afirmaciones, dos ideas se oponen, esforzarse en conciliarlas más que en anular la una por medio de la otra; ver en ellas dos facetas diferentes, dos estados sucesivos del mismo hecho, una realidad convincente porque es compleja, humana porque es múltiple.
  • De alguna manera, toda vida narrada es ejemplar; se escribe para atacar o para defender un sistema del mundo, para definir un método que nos es propio. Y no es menos cierto que por la idealización o la destrucción deliberadas, por el detalle exagerado o prudentemente omitido, se descalifica casi toda biografía: el hombre así construido sustituye al hombre comprendido. No perder nunca de vista el diagrama de una vida humana, que no se compone, por más que se diga, de una horizontal y de dos perpendiculares, sino más bien de tres líneas sinuosas, perdidas hacia el infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue.
  • alguien que comparta con nosotros, con igual fervor, los goces del arte y de la vida, sus tareas siempre pesadas, jamás fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni 265 nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos. Hospes Comesque.
  • Nada más frágil que el equilibrio de los lugares hermosos. Nuestras fantasías de interpretación dejan intactos los textos mismos, que sobreviven a nuestros comentarios; pero la menor restauración imprudente infligida a las piedras, la menor carretera de asfalto que invade un campo donde creció la hierba durante siglos, determina para siempre lo irreparable. La belleza se aleja; la autenticidad también. )
  • Una reconstitución del género que acaba de leerse, es decir, escrita en primera persona y puesta en la boca del hombre a quien se trataba de retratar, próxima a la novela en algunos aspectos y en otros a la poesía, podría en rigor, prescindir de documentos justificativos; su valor humano aumenta sin embargo singularmente por obra de la fidelidad a los hechos.
  • los eromenes imperiales.
  • exedras
  • Encontrada de nuevo en un volumen de la correspondencia de Flaubert, releída y subrayada por mí hacia 1927, la frase inolvidable: «Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecía aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre». Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo.
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