Chinua Achebe – Todo se desmorona

Enero de 2015

  • Siempre decía que cuando le veía la boca a un muerto comprendía lo tonto que era no comer lo que se podía en vida.
  • Su pueblo respetaba la edad, pero reverenciaba el éxito.
  • Eso no era suerte. Lo máximo que se podía decir era que su chi o dios personal era bueno. Pero los ibos tienen un proverbio según el cual cuando un hombre dice sí, su chi también dice sí. Okonkwo decía sí muy fuerte; de manera que su chi estaba de acuerdo.

  • De noche nunca se mencionaba a la serpiente por su nombre, porque lo oiría. Se hablaba de una cuerda.
  • indolencia incipiente.
  • El Oráculo le dijo: «Tu difunto padre quiere que le sacrifiques una cabra.» Y, ¿sabéis lo que le dijo al Oráculo? Le dijo: «Pregúntale a mi difunto padre si cuando estaba vivo tuvo alguna vez ni un pollo.» Todos se echaron a reír a carcajadas, salvo Okonkwo, que se rió sin ganas porque, como dice el proverbio, la vieja siempre se siente incómoda cuando se mencionan huesos secos en un proverbio.
  • Es más difícil y resulta más amargo cuando se fracasa a rolar.
  • Okonkwo nunca mostraba ninguna emoción abiertamente, salvo la emoción de la cólera. El mostrar afecto era una señal de debilidad; lo único que merecía la pena mostrar era la fuerza.
  • —Escúchame —dijo cuando terminó de hablar Okonkwo—. No eres un recién llegado a Umuofia. Sabes igual que yo que nuestros antepasados ordenaron que antes de plantar nada en la tierra observáramos una semana en la que no se dice ni una palabra dura al vecino. Vivimos en paz con nuestros vecinos para honrar a nuestra gran diosa de la tierra, sin cuya bendición no crecerán nuestras cosechas.
  • La verdad era que Obiageli había estado haciendo inyanga con su recipiente. Se lo había colocado en la cabeza, había cruzado los brazos y se había puesto a cimbrear la cintura como una chica mayor. Cuando se le cayó el cántaro y se rompió se había echado a reír. No empezó a llorar hasta que llegaron cerca del árbol iroko frente a su recinto.
  • ¿Es verdad que Okonkwo casi te mata con su escopeta? —Sí que es verdad, amiga mía. Todavía no encuentro la lengua para contar la historia.
  • ¿Por qué se había retirado Okonkwo hacia la retaguardia? Ikemefuna sintió que se le doblaban las piernas. Y le dio miedo mirar hacia atrás. Cuando el hombre que había carraspeado sacó el machete y lo atravesó. Le daba miedo que lo considerasen débil. Ikemefuna gritaba: «¡Padre, me han matado!», mientras corría hacia él. Ciego de miedo, Okonkwo sacó el machete y lo atravesó. Le daba miedo que lo considerasen débil.
  • Volvían a casa con cestos llenos de ñames desde un campo distante al otro lado del río cuando oyeron la voz de un niño pequeño que gritaba en la selva. Cayó un silencio repentino sobre las mujeres, que habían estado hablando, y aceleraron el paso. Nwoye había oído decir que cuando había gemelos se los metía en cántaros de cerámica y se los tiraba al bosque, pero nunca se había encontrado con ellos.
  • —No habíamos pensado en bajar de treinta. Pero como dijo el perro: «Si yo caigo por, ti y tú caes por mí, entonces es que estamos jugando.» El matrimonio debe ser un juego y no una pelea; por eso volvemos a caernos —después de decir lo cual añadió diez palillos a los quince y le dio el montón a Ukegbu.
  • El nacimiento de sus hijos, que debería ser la mayor gloria de una mujer, se convirtió para Ekwefi en una mera agonía física carente de toda promesa. La ceremonia de ponerles el nombre al cabo de siete semanas de mercado se convirtió en un ritual huero. Su creciente desesperación encontró expresión en los nombres que ponía a sus hijos. Uno de ellos era un grito patético, Onwumbiko —«¡Muerte, te suplico!»—. Pero la Muerte no hizo caso y Onwumbiko murió al decimoquinto mes. La siguiente fue una niña, Ozoemena —«Que no vuelva a ocurrir otra vez»—. Murió en su undécimo mes, y después de ella otros dos. Entonces Ekwefi se puso desafiante y llamó a su siguiente hijo Onwuma —«Que la muerte haga lo que quiera»—. Y lo hizo.
  • —Érase una vez —empezó— que se invitó a todos los pájaros a una fiesta en el cielo. Estaban contentísimos y empezaron a prepararse para el gran día. Se pintaron las alas de camote rojo y se hicieron unos dibujos preciosos en ellas con uli. La Tortuga vio todos aquellos preparativos y en seguida descubrió de qué se trataba. Nunca se le escapaba nada de lo que pasaba en el mundo de los animales; era muy astuta. En cuanto se enteró de la gran fiesta en el cielo le empezó a picar la garganta nada más que de pensar en ella. Era una época de hambre y hacía dos lunas que la Tortuga no comía bien. En el caparazón vacío el cuerpo le claveteaba como un palo seco. De manera que empezó a pensar en cómo iría al cielo.» —Pero no tenía alas —dijo Ezinma. —Ten paciencia —contestó su madre—. Ese es el cuento. La Tortuga no tenía alas, pero se fue a ver a los pájaros y les pidió que la dejaran ir con ellos. —Ya te conocemos —dijeron los pájaros cuando la oyeron—. Eres muy astuta y eres desagradecida. Si te dejamos venir con nosotros en seguida empezarás a hacer maldades. —No me conocéis —dijo la Tortuga—. He cambiado mucho. He comprendido que quien crea problemas a los demás acaba por creárselos a sí mismo. La Tortuga sabía hablar muy bien y al cabo de poco rato los pájaros quedaron convencidos de que había cambiado mucho, y cada uno de ellos le prestó una pluma con las que se hizo dos alas. Por fin llegó el gran día y la Tortuga fue la primera en llegar al punto de la reunión. Cuando se juntaron todos los pájaros, se marcharon en un gran grupo. La Tortuga estaba muy contenta y charlaba mucho mientras volaba entre los pájaros, y pronto la eligieron para que fuese la oradora de la fiesta, porque hablaba muy bien. —Hay una cosa muy importante y que no debemos olvidar —dijo, mientras iban volando—. Cuando se invita a la gente a una fiesta así, toman nombres nuevos para la ocasión. Nuestros anfitriones del cielo esperarán que sigamos la costumbre. Ninguno de los pájaros había oído hablar de esa costumbre, pero sabían que la Tortuga, pese a sus defectos en otros sentidos, había viajado mucho y conocía las costumbres de diferentes pueblos. De forma que cada uno de ellos tomó un nombre. Cuando todos lo tuvieron, la Tortuga también tomó uno. Se iba a llamar Todos Vosotros. Por fin llegó el grupo al cielo y sus anfitriones se alegraron mucho de verlos. La Tortuga con su plumaje multicolor, se puso en pie y les dio las gracias por la invitación. Su discurso fue tan elocuente que todos los pájaros celebraron haberla traído y asintieron con las cabezas para mostrar su aprobación a todo lo que decía. Sus anfitriones creyeron que) era el rey de los pájaros, sobre todo porque parecía distinguirse en algo de los demás. Después de sacar y comer nueces de cola, las gentes del cielo pusieron ante sus invitados los platos más deliciosos que jamás había visto ni soñado la Tortuga. Trajeron una sopa caliente del fuego y en la misma olla en la que se había hecho. Estaba llena de carne y de pescado. La Tortuga empezó a resoplar muy hondo. Había ñame molido y además potaje de ñame cocinado con aceite de palma y pescado fresco. También había cántaros de vino de palma. Cuando estuvo todo puesto ante los invitados, uno de los anfitriones del cielo se adelantó a probar un poco de cada olla. Después invitó a los pájaros a comer. Pero la Tortuga se puso en pie de un salto y preguntó: —¿Para quién habéis preparado todo esto? —Para todos vosotros —respondió el anfitrión. La Tortuga se volvió hacia los pájaros y les dijo: —Recordad que ahora me llamo Todos Vosotros. Aquí la costumbre es servir primero al orador y después a todos los demás. Os servirán a vosotros cuando haya terminado yo de comer. Empezó a comer y los pájaros empezaron a gruñir enfadados. La gente del cielo pensó que debían tener la costumbre de darle toda la comida a su rey. De manera que la Tortuga se comió casi toda la comida y después se bebió dos ollas de vino de palma, así que se llenó de comida y de bebida y el cuerpo se le infló y le llenó la concha. Los pájaros se reunieron a comer lo que quedaba y a picotear los huesos que la Tortuga había dejado por el suelo. Algunos de ellos estaban tan enfadados que no quisieron comer. Prefirieron volver volando con el estómago vacío. Pero antes de marcharse cada uno recuperó la pluma que le había prestado a la Tortuga. Esta, que era una tortuga macho, pidió a los pájaros que le llevaran un recado a su esposa, pero todos se negaron. Al final, el Loro, que había estado más enfadado que los demás, cambió de pronto de opinión y aceptó llevar el recado. —Dile a mi esposa —dijo la Tortuga— que saque todas las cosas blandas que hay en mi casa y que las ponga por todo el recinto, de forma que pueda llegar de un salto desde el cielo y no hacerme daño. Y el Loro prometió llevar el recado y se echó a volar. Pero cuando llegó a la casa de la Tortuga le dijo a su esposa que sacara todas las cosas más duras que había en la casa. De forma que la esposa sacó las azadas, los machetes, las lanzas, las escopetas y hasta el cañón de su marido. La Tortuga miró desde el cielo y vio que su esposa sacaba cosas, pero estaba demasiado alto para ver lo que eran. Cuando le pareció que ya había sacado todo dio el salto. Cayó y cayó y cayó hasta que empezó a temer que se iba a pasar la vida cayendo. Y después cayó en el recinto con un ruido como el de su cañón.» —¿Y se murió? —preguntó Ezinma. —No —respondió Ekwefi—. Se le hizo pedazos la concha. Pero en el vecindario había un gran chamán. La esposa de la Tortuga envió a buscarlo y él recogió todos los trozos de concha y los pegó. Por eso tiene tantos pedazos la concha de la Tortuga.
  • La tierra de los vivientes no estaba muy alejada del dominio de los antepasados. Entre ambos mundos había constantes idas y venidas, especialmente en los festivales, y también cuando moría un anciano, porque los ancianos estaban muy cerca de los antepasados. La vida de un hombre, desde el nacimiento hasta la muerte, era una serie de ritos de transición que lo acercaban cada vez más a sus antepasados.
  • ¿Puedes decirme, Okonkwo, por qué es que uno de los nombres que con más frecuencia le ponemos a nuestras hijas es el de Nneka, o «la Madre es Suprema? Todos sabemos que el cabeza de familia es el hombre, y que las esposas hacen lo que él les manda. El niño pertenece al padre y su familia, y no a la madre y su familia. El hombre pertenece al país de su padre, y no al país de su madre. Y, sin embargo, decimos Nneka: «La Madre es Suprema». ¿Por qué? —se produjo un silencio—. Quiero que me responda Okonkwo —dijo Uchendu. —No sé la respuesta —contestó Okonkwo. —¿No sabes la respuesta? O sea, que ya ves que eres un niño. Tienes muchas esposas y muchos hijos, más hijos que yo. Eres un gran hombre en tu clan. Pero sigues siendo un niño, niño mío. Escúchame y te lo explicaré. Pero antes tengo que hacerte otra pregunta. ¿Por qué ocurre que cuando muere una mujer se la llevan a casa para que se la entierre entre sus propios parientes? No se la entierra con los parientes de su marido. ¿Por qué ocurre eso? A tu madre la trajeron a mi casa y la enterraron con mi gente. ¿Por qué? —Okonkwo sacudió la cabeza—. Tampoco eso lo sabe —dijo Uchendu—, y sin embargo está lleno de pena porque ha venido a vivir en la tierra de su madre durante unos años —rió silenciosamente y se volvió a sus hijos y sus hijas—. ¿Y vosotros? ¿Sabéis responder a mi pregunta? —todos ellos negaron con la cabeza—. Entonces, escúchame —dijo y carraspeó—. Es cierto que los hijos pertenecen a los padres. Peto cuando un padre le pega a su hijo, éste busca consuelo en la cabaña de su madre. Un hombre pertenece al país de su padre cuando las cosas van bien y la vida es dulce: Pero cuando hay pena y amargura, encuentra refugio en la tierra de su madre. Tu madre está ahí para protegerte. Está enterrada ahí. Y por eso decimos que la madre es suprema. ¿Está bien que tú, Okonkwo, vayas ante tu madre con cara de pena y rechaces que se te consuele? Ten cuidado, porque puedes desagradar a los muertos. Tienes el deber de consolar a tus esposas y a tus hijos y de volver a llevarlos a la tierra de tus padres al cabo de siete años. Pero si dejas que los pesares te abrumen y te maten, morirás en el exilio —hizo una larga pausa—. Ahora, éstos son tus parientes —con un gesto hacia sus hijos y sus hijas—. Tú te crees que tus sufrimientos son los mayores del mundo. ¿No sabes que hay hombres a quienes se exilia de por vida?
  • —Nunca hay que matar a un hombre que no dice nada. Esos hombres de Abame fueron idiotas. ¿Qué sabían de aquel hombre? —volvió a rechinar los dientes y contó una historia para explicar lo que acababa de decir—: Una vez la Madre Milana envió a su hija en busca de comida. Se fue y trajo un pauto. «Muy bien hecho», dijo la Madre Milana a su hija, «pero, dime ¿qué dijo la madre de este gatito cuando te lanzaste y le agarraste a su hijo?» «No dijo nada», respondió la milana chica. «Se marchó y nada más.» «Tienes que devolverle el gatito», dijo la Madre Milana. «Detrás de ese silencio se esconde algo de mal agüero.» De forma que la Hija Milana devolvió el gatito y volvió con un pollo en su lugar. «¿Qué dijo la madre de este pollo?», preguntó la milana vieja. «Gritó y se encolerizó y me insultó», dijo la milana joven. Entonces nos podemos comer el pollo», dijo su madre. «Cuando alguien se pone a gritar no hay nada que temer.» Esos hombres de Abame fueron unos idiotas.
  • Ninguno de ellos era un hombre con título. Eran sobre todo del tipo de personas a las que se califica de efulefu, nulidades, hombres hueros. La representación de un efulefu en el idioma del clan era la de un hombre que vendía su machete e iba al combate con la vaina vacía.
  • Los misioneros habían llegado a Umuofia. Allí habían construido su iglesia, convertido a un puñado de gente y ya estaban enviando catequistas a los pueblos y las aldeas de los alrededores. Aquello apenaba mucho a los jefes del clan; pero muchos de ellos creían que aquella fe tan rara y el Dios de los hombres blancos no durarían mucho. Ninguno de sus conversos era un hombre cuya voz se escuchara en la asamblea del pueblo.
  • —Si dejamos a nuestros dioses y seguimos a tu dios —preguntó otro hombre—, ¿quién nos va a proteger contra la ira de nuestros dioses y nuestros antepasados abandonados?
  • bálago
  • —En nuestras costumbres no entra el luchar por nuestros dioses —dijo uno de ellos—. No vayamos a hacerlo ahora. Si alguien mata a la Pitón sagrada en el secreto de su choza, el asunto está entre él y el dios. Nosotros no lo hemos visto. Si nos interponemos entre el dios y su víctima, es posible que nos caigan encima los golpes destinados al delincuente. ¿Qué hacemos cuando alguien blasfema? ¿Le cerramos la boca? No. Nos metemos los dedos en las orejas para no oírlo. Eso es lo prudente.
  • Se le dio la nuez de cola para que la rompiera, y rezó a los antepasados. Les pidió salud e hijos. «No pedimos riqueza, porque el que tiene salud e hijos también tendrá riqueza. No rezamos para tener más dinero, sino para tener más parientes. Somos mejor que los animales porque tenemos parientes. Un animal se frota el flanco contra un árbol cuando le pica, pero un hombre pide a su pariente que se lo rasque.»
  • —Si digo que no esperábamos una fiesta tan grande, sería sugerir que no sabíamos lo generoso que es nuestro hijo Okonkwo. Todos lo conocemos y esperábamos una gran fiesta. Pero ha resultado ser todavía mayor de lo que esperábamos. Gracias. Que todo lo que nos has dado te sea devuelto decuplicado. Está bien en estos tiempos en que la generación joven se cree más inteligente que la de sus padres ver que un hombre hace las cosas al estilo antiguo, a lo grande. Un hombre que da una fiesta a sus parientes no lo hace para que no se mueran de hambre. Todos tienen comida en sus propias casas. Cuando nos reunimos en la plaza de la aldea a la luz de la luna no es por la luna. Cada uno la puede ver desde su propio recinto. Nos reunimos porque es bueno que los parientes se reúnan. Podéis preguntaron por qué digo todo esto. Lo digo porque temo por la nueva generación, por vosotros —dijo con un gesto hacia donde estaban sentados casi todos los jóvenes—. En cuanto a mí, me queda poco tiempo de vida, igual que a Uchendu, y a Unachukwu y a Emefo. Pero temo por vosotros, los jóvenes, porque no comprendéis lo fuerte que es el vínculo del parentesco. No sabéis lo que es hablar con una sola voz. Y, ¿cuál es el resultado? Se ha asentado entre vosotros una religión abominable. Ahora hombre puede separarse de sus padres y sus antepasados. Puede maldecir los dioses de sus padres y sus antepasados, como el perro de un cazador que de pronto se vuelve rabioso y se vuelve contra su dueño. Temo por vosotros; temo por el clan —se volvió otra vez a Okonkwo, y le dijo—: Gracias por llamarnos a reunirnos.
  • —¿Entiende el hombre blanco nuestras costumbres acerca de la tierra? —¿Cómo va a entenderlas, cuando ni siquiera habla nuestro idioma? Pero dice que nuestras costumbres son malas, y nuestros propios hermanos que han adoptado su religión también dicen que nuestras costumbres son malas. ¿Cómo crees que podemos luchar, cuando nuestros propios hermanos se han vuelto contra nosotros? El hombre blanco es muy listo. Llegó aquí tranquilo y pacífico, con su religión. Nos reímos de sus tonterías. Y le dejamos quedarse. Ahora se ha llevado a nuestros propios hermanos y nuestro clan ya no puede actuar unido. Ha metido un cuchillo en las cosas que nos mantenían unidos y nos hemos derrumbado.
  • Fue de familia en familia pidiendo a la gente que enviara a sus hijos a la escuela. Pero al principio no enviaron más que a sus esclavos o a sus hijos más perezosos. El señor Brown rogó y discutió y profetizó.
  • La misión del señor Brown no hacía más que crecer, y dado su vínculo con la nueva administración, adquirió un nuevo prestigio social.
  • política del señor Brown de avenencia y transacción.
  • Veía las cosas en blanco y negro. Y lo negro era lo malo.
  • Había un dicho en Umuofia en el sentido de que, según bailara un hombre, así se le tocarían los tambores. El señor Smith bailaba con furia, de forma que los tambores enloquecieron.
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