Pramoedya Ananta Toer: La Joven De La Costa. My14

Cuando la joven vivía en su pueblo le habían enseñado a respetar y honrar a los marineros duros y fuertes capaces de recorrer los mares y atrapar cientos de peces con sus redes. Y los pescadores que pescaban el pez más grande se convertían en héroes. El pez no se vendía: la carne se repartía entre el vecindario y la espina se colocaba sobre la puerta de entrada a la casa, como símbolo de la proeza lograda.

«Odio a los nobles y sus horrendas casas, esos edificios de piedra a los que llaman “hogar”. Lugares en los que no se oye el llanto de los demás.»

—¿Qué quiere que le cuente, joven señora?    —Explícame una historia en la que todo el mundo es rico o todo el mundo es pobre.    —Eso es imposible, joven señora. Ni siquiera debería imaginarlo. ¡Es una blasfemia!

En la casa de sus padres sólo había un espejo pequeño. El tamaño del espejo era un símbolo de prestigio. Por eso los espejos se encontraban siempre en un lugar visible de las casas. Las visitas valoraban el grosor y el tamaño del espejo.

¿Me has comprendido? No olvides nunca mis palabras. Sólo el diablo habla de oro. Aléjate de él. No pongas en peligro a todo el pueblo…

un grupo de rebeldes liderados por el príncipe Diponegoro.

—¿Cómo podemos saber lo que alberga un corazón? Ni siquiera el demonio puede adivinarlo.

la Kartini, una joven de Java que creó escuelas para mujeres, y de su muerte y posterior entierro.

¿Cuántas veces ha subido al barco de su padre, joven señora?    La joven de la costa reflexionó unos instantes y, después, contestó con dulzura:    —Tres veces, por lo menos. Tal vez más.    —Entonces, ha estado a salvo en una isla tres veces. ¿Lo recuerda?    —Recuerdo que vivimos en una isla muy pequeña.

«Aun siendo fuerte, uno no debe mirar a la muerte a los ojos si no es imprescindible».

En el mar hay más peces grandes que pescadores.

 

—No piense en mí, joven señora. No soy nadie, estoy tan abajo que si me caigo ni siquiera me hago daño. Recuerde que cuanto más alta sea la posición de alguien, más dura es la caída.

—Le contaré una historia, joven señora. Seguramente será la última que le cuente. ¿Recuerda cuándo le expliqué que mi abuelo había seguido al príncipe Diponegoro en su guerra contra los holandeses? ¿Sabe a qué me refiero, verdad? Pues bien, el jefe de la ciudad en la que estaban le dio a mi abuelo un consejo muy valioso. Le explicó que no podía ponerse a su servicio porque probablemente él moriría antes y entonces, ¿a quién serviría?, ¿a otro señor? Le sugirió que sirviese a la tierra. Le comentó que la tierra proporcionaba sustento y bebida. Pero por desgracia, los antiguos reyes, príncipes y regentes habían entregado la sagrada tierra de Java a los holandeses. Y para recuperarla era preciso combatir al ejército enemigo. Y no era tarea sencilla.    »Se requeriría el esfuerzo de varias generaciones. Sólo después de derrotar a los señores feudales podrían combatir a los holandeses. Todos sabían que tendrían que sacrificarse varias generaciones para conseguirlo, pero aun así empezaron el trabajo.    La joven apretó la mano de la criada.    —No sé qué tratas de decirme, Mbok. Lo único que sé es que no quiero que te vayas. Si te vas, me iré contigo.    —No, joven señora, no puede hacer eso. No tardará en comprender la sabiduría que encierra el consejo que recibió mi abuelo. Mi padre me lo contó y yo, ahora, se lo transmito a usted. Puede que aún no lo entienda, pero la vida no tardará en enseñárselo.

Mañana irás a la ciudad para convertirte en la esposa de un hombre importante. Conseguirás lo que quieras con sólo pedirlo. Elige cuál de los dos mundos prefieres».    «¡Oh, papá!», repitió la joven. Empezó a hablar como si tuviese a su padre a su lado.    —Aquí me tienes, en el mundo que me ofreciste. Sí, es un mundo cómodo, en el que soy libre de elegir y obtener lo que desee, pero mi corazón carece de libertad. Papá, no requiero tantos bienes. Necesito estar cerca de los seres a los que quiero, que me abren su corazón, que se ríen y sonríen. Quiero un mundo sin miedo y sin pena, papá. Qué lástima, enviar a tu hija a la ciudad para que se convirtiese en la concubina de un noble.

—Si su caballo fuese un representante del gobierno…    —¡Ea! Le doy gracias al cielo de que no lo sea, señora. De lo contrario, no ganaría lo suficiente para alimentarlo. Yo como gracias a la mala suerte de este animal. Me he podido casar y he tenido todos esos nietos de los que hablábamos antes gracias a este caballo. De no existir él, yo tendría que trabajar como un animal. ¡Mírele! ¡Ea!

—¿Qué quiere decir «ea»?    —Nada, pero se queda uno estupendamente después de decirlo, señora. El alma pesa menos y la garganta se aclara.

—Las personas como yo, Mardinah, la gente de pueblo, no tenemos nada que perder. Sólo tenemos derecho a soñar. ¿Qué podemos perder, nuestros sueños? —aclaró con dulzura.

—Las perlas son muy caras, aunque nuestro trabajo no esté bien pagado. Sólo las elegidas pueden usar perlas. Las personas que bucean para encontrarlas no las llevan.

«Sucio», «pobre», «paganos» «Demonios»… Antes de vivir en la ciudad no había oído tan a menudo esas palabras.

 

– 45 | Pos. 675-77 | Añadido el miércoles 21 de mayo de 2014 01H53′ GMT+01:00

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