Nigel Barley: Una Plaga De Orugas Jn14

La ética de la antropología no es sencilla. Normalmente, el antropólogo trata de influir lo menos posible en el pueblo que está estudiando, aunque sabe que tiene algún efecto. En el mejor de los casos, tal vez devuelva a un pueblo desmoralizado y marginal cierto sentido de su propia valía y del mérito de su propia cultura. Pero, por el mero acto de redactar la monografía de rigor sobre cualquier pueblo, los presenta con una imagen de si mismos coloreada mediante sus propios prejuicios e ideas preconcebidas, puesto que no existe una realidad objetiva sobre un pueblo extranjero. El uso que hagan de su imagen es imprevisible. Pueden rechazarla y reaccionar contra ella. También pueden cambiar para ajustarse mejor a ella y convertirse en actores fosilizados de sí mismos. De cualquier modo, la inocencia, la sensación de que algo se hace porque las cosas no pueden ser de otro modo, se pierde.

cuando un pueblo pierde su identidad, lo que más lamenta el antropólogo es la pérdida de una visión particular del mundo, resultado de millares de años de interacción y pensamiento. Desde ese momento, nuestra visión de la gama de posibilidades humanas se ve disminuida. La importancia de un pueblo no tiene nada que ver con las cifras.

Los proyectos comunitarios de este tipo parecen siempre eminentemente sensatos. El que se niega a cooperar queda como egoísta e insensible. No obstante, suelen estar plagados de dificultades, tanto de índole práctica como moral. Y los motivos no acaban de estar nunca claros. El doctor, bastante lógicamente, esperaba erradicar de un solo golpe una parte importante de su volumen de casos. La mayoría de las enfermedades endémicas mortales o bien eran consecuencia directa del agua impura o bien ésta debilitaba de tal forma a los individuos que las infecciones más ligeras podían resultar fatales. Había desistido de tratar a los aldeanos, que volvían a infectarse en cuanto regresaban a casa. El suministro de agua potable era el único modo de romper el círculo vicioso. Resultaba evidente que el miembro del Cuerpo de Paz necesitaba un proyecto de envergadura dotado de presupuesto para justificar su propia existencia y congraciarse con sus superiores. Como fuente de dinero y de empleo, también le serviría para adquirir poder. Ciertamente, los misioneros velaban por la mejora material de la población, pero sin duda eran asimismo conscientes de que, controlando el agua, quebrarían el poder del jefe de la lluvia y en consecuencia dañarían las creencias paganas. Como antropólogo, yo era el que estaba más incómodo. Aunque la antropología estudia a las personas, lo hace desde cierta distancia, no tanto en su calidad de individuos como en la de representantes de una cultura colectiva. Estudiar el comportamiento de un pueblo y tratar de dirigir ese comportamiento son, en teoría, dos cosas distintas, aunque ningún antropólogo deja a su pueblo inalterado. Si bien no le deseaba enfermedades endémicas a nadie, dudaba de que el proyecto se llevara a cabo sin perjudicar a los doowayo, quienes considerarían que llevarse el agua de los montes a la ciudad era un robo del que les hacían objeto en beneficio de los invasores fulani. Normalmente, ni siquiera los propios doowayo podían beber el agua de ese río sin contar con la autorización expresa del jefe de la lluvia, puesto que le pertenecía a él. El agua era vital para la irrigación de las colinas y para el mantenimiento de las vacas enanas que constituían el orgullo del pueblo. Yo conocía la situación lo suficiente como para suponer que se esperaba que los doowayo proporcionaran la mayor parte de la mano de obra. Y ellos estarían bien poco dispuestos a hacerlo a no ser que fuera con sus propias condiciones. Por otra parte, el sous-préfet era un hombre enérgico que no toleraría oposición alguna a lo que evidentemente había de redundar en gran beneficio general. Si los doowayo no querían trabajar a las buenas, lo harían a las malas. Yo preveía una gran desdicha y numerosas complicaciones para el que, de forma inevitablemente paternalista, había acabado considerando «mi» pueblo. Es cierto que se hicieron declaraciones en favor de salvaguardar los derechos de acceso al agua por parte de los doowayo, pero resultaba difícil saber cuánto crédito cabía concederles.

Había aprendido a no contrariar nunca a ningún funcionario africano. Al final siempre se tardaba más y se invertía más esfuerzo que si se actuaba con simple aquiescencia pasiva. Este recurso me lo había enseñado un viejo colono francés, quien lo definía como «adaptar la realidad a la burocracia».

estaba glauco de ceniza de cigarrillo,

personas que miran hacia arriba desde la sombra de su choza de barro y jamás han pensado en ir más allá de treinta kilómetros del lugar donde nacieron. Vivirán y morirán con la misma montaña en el horizonte.

algunos africanos no hayan sido grandes viajeros. Los diarios de escritores del siglo XVIII como Gustavus Vassa hablan de viajes, desde África a las Indias Occidentales,

 

— He leído este libro de la hija de Gandhi. Dice muchas cosas buenas de los males del colonialismo.

Uno puede preguntarse por qué está tan extendida la circuncisión en el mundo y por qué parece que los antropólogos están tan obsesionados con ella. Podría pensarse que la deformación de los genitales resulta tan dolorosa y desagradable que debería ser lo último que la gente quisiera mutilar. Cuando se leen descripciones de ciertas prácticas habituales relativas a los órganos sexuales resulta difícil resistirse a la opinión de que tales mutilaciones se realizan precisamente porque son dolorosas. A veces se practican agujeros en el pene. Otras se frota regularmente con cristal para limpiarlo. En algunas tribus se corta de arriba abajo para que se abra como una flor cuando esté erecto. Los testículos se aplastan o cortan a hachazos. No se excluye nada. Los antropólogos han seguido cayendo bajo la fascinación de tales prácticas como parte de su conocimiento de las «características diferenciales» de los pueblos exóticos. Si es posible «explicar» tales prácticas y relacionarlas con nuestros propios modos de vida, esa «diferencia» queda eliminada y tenemos la sensación de haber alcanzado una idea más universal de lo que representa ser humano. Parece que si las teorías antropológicas son capaces de explicar las costumbres sexuales, serán capaces de explicar cualquier cosa. Una «explicación» común de la extendida extirpación del prepucio es que se considera una especie de elemento femenino que no tiene cabida en un verdadero hombre. La pasión por extirpar el clítoris femenino se explica mediante teorías similares: éste se considera residuo de un pene que no tiene razón de ser en las mujeres. La cultura ha tenido que actuar para pulir las costuras de una naturaleza imperfecta. Según mis propios estudios de los doowayo, aunque la circuncisión de los varones es un elemento bastante importante de su cultura, están bastante dispuestos a combinar varios enfoques explicativos. Sin duda, consideran la circuncisión el equivalente masculino de la menstruación. Un hombre estará obligado a compartir bromas durante el resto de su vida con los hombres con quienes fue circuncidado — sus «hermanos de circuncisión» —, mientras que una mujer deberá compartir las bromas con las niñas que empezaron a menstruar el mismo año que ella — sus «hermanas de menstruación».

Habían abandonado aquel lugar maligno. Ahora estaban siendo mala gente en otro sitio.

había elaborado una especie de filosofía del tamaño. La gente sólo veía la realidad cuando era grande. Mediante una simple magnificación se podría transformar el mundo. ¿Acaso no había cambiado la lupa nuestra percepción de las cosas? La cámara todavía lo haría más. De forma bastante gratuita, yo me acordé de unos dibujos animados que había visto sobre un conejo enorme que tumbaba los rascacielos de Nueva York. Un subtítulo rezaba así: «Si se tratara de un gorila, la gente estaría preocupada.»

la contribución del antropólogo a las gentes que lo han aguantado. Proporciona un frívolo divertimento, es un bufón de pantalones cortos.

En antropología, el grado de disfrute suele interpretarse como medida de la comprensión alcanzada. Si a un antropólogo no le gusta nada de lo que encuentra en un pueblo extraño, se trata de etnocentrismo. Si desaprueba algo, se debe a que aplica unos criterios erróneos. Con frecuencia no se tiene presente que la cultura que el etnógrafo suele apreciar menos es la propia, la que debería conocer mejor. Sin embargo, el placer no suele ser objeto de tales restricciones. Un etnógrafo a quien le guste alguna faceta de la cultura que está estudiando no es jamás acusado de etnocentrismo ni de aplicar criterios erróneos. Este curioso hecho ha conducido a un extraño sesgo en las monografías sobre la materia, en las cuales se representa al trabajador de campo revolcándose en un deleite total por las cosas que experimenta. Seguramente, a esto se debe que la experiencia real del trabajo de campo resulte un golpe tan fuerte para el principiante y aparentemente ponga en cuestión su dedicación al tema.

Los procesos técnicos no sólo originan objetos; también nos ofrecen modelos para pensar en otras cosas, principalmente en nosotros mismos. La invención de la bomba nos ofreció nuevos modos de ver el corazón humano. La invención del ordenador nos ha proporcionado recientemente nuevas maneras de pensar en el cerebro, desplazando los modelos basados en los sistemas de telefonía. Para los doowayo, el proceso de fabricar una vasija constituye un modelo para pensar en la maduración del ser humano a lo largo del tiempo y de las estaciones del año. El sistema ritual es bastante complejo pero se advierten en seguida las líneas maestras. Los humanos nacen con la cabeza blanda. Los objetos calientes y los animales son peligrosos para ellos y pueden causar fiebres. En la circuncisión, un muchacho está en el momento más húmedo cuando se arrodilla en el río y sangra sobre el agua. Luego se seca mediante la aplicación de fuego mientras también el tiempo se va haciendo más seco. Los diversos procesos culminan en la cocción de las cabezas de los muchachos, amontonándolos y encendiendo ramas sobre ellos. A partir de entonces se considera que los muchachos tienen la cabeza dura y que las cabezas (glandes) de sus penes también se han secado y son ya propiamente masculinas. De forma similar, se considera que los diversos cambios que tienen lugar tras la muerte van secando la cabeza hasta que se convierte en un cráneo limpio de carne. El uso del modelo de la alfarería está bastante claro en el sistema ritual, pero jamás se expresa con palabras. Por lo tanto, para mí era una importante prueba confirmatoria que los herreros y las alfareras unieran en su vocabulario técnico los procesos de maduración humana y de fabricación de vasijas de barro.

los complejos ritos que usan los doowayo para hacer acceder a los muertos a la categoría de antepasados.

fracasados heroicos

El cruce era la materialización de la encrucijada que tan importante es para los rituales. Nuestra cultura no es la única en la que las encrucijadas están asociadas a todo tipo de creencias. Lógicamente, revisten importancia por el hecho de que son un lugar pero no tienen extensión, como un punto en geometría, pues pertenecen simultáneamente a varios caminos diferentes.

Ahí es donde los doowayo se deshacen de muchos objetos peligrosos, como si se tratara de un cómodo «ninguna parte» cultural donde se pueden tirar los trajes de luto y los despojos humanos contaminantes, tales como el pelo.

digno de asombro pero no susceptible de imitación.

Los doowayo tienen épocas malas y épocas buenas, como todo el mundo. Esperan una mezcla de buena y mala fortuna, y no buscan demasiado lejos las causas últimas de la desgracia. Han creado toda una serie de dispositivos que explican de forma más o menos libre las complejidades de lo que nosotros llamamos suerte. Un hombre puede tener buena suerte si toma las pócimas mágicas adecuadas o usa amuletos y hechizos. La mala fortuna puede tener origen en la brujería de otros o en la intervención de antepasados hostiles. Todo esto se mezcla para hacer el mundo difícil de interpretar. Los antepasados pueden intensificar la brujería de un rival vivo. También pueden interferir en la operación de adivinar, que normalmente es el único medio de determinar qué factores intervienen en un suceso determinado. No se espera demasiada seguridad. Lo sorprendente es el grado en que, en un período muy corto de tiempo, puede cambiar el modo como se contemplan los mismos acontecimientos. Una vez se ha manifestado la sospecha de brujería, se generan automáticamente todas las pruebas necesarias para confirmar tal creencia.

La primera crisis tuvo lugar al cabo de sólo unas semanas. Su hija pequeña cayó enferma. No hay nada como la enfermedad para penetrar las capas de fingimiento con que la gente esconde su idea del respeto a sí misma. Todos los amigos africanos de Bob sugerían potentes filtros purgantes y abundante sangría de la niña haciendo ventosa con cuernos. Bob quería un médico americano, alguien que tuviera el instrumental esterilizado y una tranquilizadora bata blanca.

Puesto que los padres de Bob se habían dedicado al servicio doméstico, él rechazaba firmemente todas las ofertas de lavanderos, jardineros, reparadores, conductores y similares porque, en su ansia por eliminar los grilletes de una servidumbre anticuada, era reacio a imponer a sus semejantes la indignidad de las tareas serviles. Una vez más, sus vecinos se tomaron a mal aquella actitud, que vició todos sus intentos de mantener buenas relaciones. En África suele ser deber del rico proporcionar empleo al pobre; así es exactamente como se lo explicaron a la esposa de Bob. Los habitantes del barrio se negaban a comprender la mala disposición de Bob a ayudarlos. La única razón posible era su notoria tacañería. La tacañería está mucho peor considerada en las culturas en que se predican las virtudes paganas, aunque no siempre se practiquen, que en la nuestra. Allí donde unos derechos y obligaciones de generosidad recíproca difícilmente exigibles mantienen unido todo el tejido social, un hombre mísero supone una amenaza para el mundo.

La imagen que tenía Bob de África, de sí mismo y de la América negra se salvó gracias a una visión romántica. No es de extrañar, entonces, que buscara refugio en la literatura en lugar de adentrarse en la antropología. En cuanto a Irma, lloró desconsoladamente cuando lo vio marchar, pero al menos le quedó alguien con quien soñar. Seguramente, eso era todo lo que buscaba. Desde ese día, no volvió a hacerle ningún caso a Matthieu.

En una sociedad acéfala no hay nadie que organice estas cosas, nadie con poder y autoridad para imponer su voluntad. Los asuntos de trascendencia pública se dejan a su aire hasta que las circunstancias obligan a emprender alguna acción o hasta que haya pasado el momento oportuno para emprenderla, de modo que no se hace nunca nada. Es reconfortante saber que este sistema ha funcionado tan bien; prueba de que gran parte del frenesí y la diligencia del mundo es fútil.

Nuestra alegría se vio algo menguada cuando nos topamos con el esqueleto de una gran cabra cornuda que se estaba descomponiendo en medio de un riachuelo junto a un vado. Aplastada y sanguinolenta, era evidente que se había caído de uno de los senderos que discurrían más arriba. Los augurios afectan mucho a los doowayo. Al parecer, se trataba de un presagio especialmente malo. Su interés no se centraba en el hecho de que algo que había estado alto estuviera ahora bajo, ni en el marcado contraste entre un macho cabrío de sexualidad exuberante y su impotencia en la muerte; se centraba más bien en el hecho evidente de que aquello había sucedido hacía tanto tiempo que la carne estaba demasiado putrefacta para que se la comieran los doowayo, aunque están habituados a consumir una carne que sólo con cortés prudencia podría ser calificada de «pasada». Tales incidentes asaltan constantemente al antropólogo. ¿Podía ello ser el puente que llevara a algún descubrimiento fundamental sobre una cultura extraña o sobre la naturaleza básica de la mente humana? Casi con seguridad no, pero es imposible predecir con antelación qué será importante y qué no lo será. Después de todo, los antropólogos han tenido iluminaciones en el cuarto de baño, mientras jugaban al críquet o disecaban pulpos. Lo más sensato es archivarlo en un cuaderno donde encontrarlo años después, con la tinta corrida por las salpicaduras de los ríos y las letras manchadas de dedos marrones. La enfurecedora sensación que se tiene es: «Esto es algo que un antropólogo podría explicar.» Y esto va casi siempre asociado a: «No tengo ni idea de qué puede querer decir.»

En un espléndido derrumbamiento medieval de microcosmos y macrocosmos, una de mis alumnas declaró: «La sangre da veinticuatro vueltas al cuerpo en un día.»

Escribir un informe es tarea peligrosa. Una vez escrito se convierte en trabajo de campo per se y adquiere vida propia. Se hace imposible pensar en lo que uno ha hecho de ninguna otra manera. La experiencia está empaquetada y sellada.

Sin embargo, los antropólogos saben que las propuestas de investigación son obras de ficción. Casi todas se reducen a una sencilla petición: «Creo que tal cosa podría ser interesante. ¿Podría darme dinero para ir a comprobarlo?» El hecho de que tantos regresen a partes del mundo bastante incómodas y a veces peligrosas es una elocuente prueba no sólo de la brevedad de la memoria humana sino también de la debilidad del sentido común ante la pura curiosidad.

– 1 | Pos. 11-13 | Añadido el miércoles 11 de junio de 2014 03H22′ GMT+01:00

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