Entre la ciencia y la conciencia

Del hecho al derecho, sin embargo, hay un buen trecho. Por mucho que la ciencia nos aproxime a un mejor conocimiento de los hechos, nunca de ellos se sigue natural-necesaria-unívocamente una opción moral o legal. Para juzgar una conducta hay que pasar (o mejor, saltar) personalmente de la ciencia a la conciencia, o a nivel colectivo, de la ciencia a la jurisprudencia que define los derechos de los demás. Y esta fue precisamente la posición defendida por los doctores Zack y Rosenberg ante el comité del Senado de EE UU: “La ciencia trata de explicar y predecir los acontecimientos de nuestro mundo físico y biológico para definir los códigos de conducta, la ley debe remitirse a los códigos morales de la sociedad y no a la ciencia”. En otros términos, no es lícito disfrazar nuestras opciones de constataciones; darlas por resueltas a partir de los datos inmediatos de la ciencia, ni aun cuando afectan a otros, de la conciencia. Veamos desde esta perspectiva nuestra responsabilidad respecto del nacimiento y muerte de nuestros semejantes.

Científicamente, el aborto puede ser un tema; moralmente es, y no dejará de ser, un problema.

(No deja de ser sorprendente, dicho sea de paso, la voluntad eclesiástica de delegar en el brazo secular el castigo de los pecados: ¿tan poco creen en la otra vida como para querer mandar a los pecadores a la cárcel ya en ésta? ¿Estaremos asistiendo a una reformulación ortodoxa del “por si las moscas” de Pascal?).

Con el desarrollo de los medios para mantener formas de vida precarias, cada vez son y serán más los casos como este en que no podemos ya dejar a la madre naturaleza el trabajo, y hemos de decidir nosotros cuándo dejamos morir a alguien. Lo que exigirá hacer una distinción entre el derecho a la vida y el derecho a ser mantenido en vida

Lejos de exonerarnos de nuestra responsabilidad, la ciencia y la tecnología moderna no hacen sino ampliar y multiplicar las situaciones en las que, sin coartadas ni legitimación objetiva alguna, hemos de asumir una responsabilidad personal por algo que antes formaba parte de nuestro destino inexorable. Con lo que comprobamos que el triunfo de la ilustración y el avance de la ciencia no elimina, sino que agudiza, la dimensión trágica de nuestra existencia

vía Entre la ciencia y la conciencia | Edición impresa | EL PAÍS.

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jueves, 6 de octubre de 1983
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Entre la ciencia y la conciencia

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“Yo soy yo y mi circunstancia”. Está claro y está bien. Lo malo es que esta circunstancia no quiere acabar de estarse quieta. Muchas cosas que constituían ayer el contexto fijo que enmarcaba nuestra acción han pasado a ser parte del texto o del cuadro mismo que hemos de componer nosotros. Lo que eran realidades fijas e inalterables -desde el código genético hasta el equilibrio ecológico- resultan hoy manipulables. Muchas referencias objetivas, desde las que juzgábamos o actuábamos, se nos transforman en realidades sobre las que podemos obrar y sobre las que debemos, por lo mismo, optar. Los hijos que nos daba o nos quitaba Dios son cada vez más los hijos que nos damos o nos quitamos nosotros mismos. El infanticidio y la infantería, dos modos convencionales de selección natural en tantas sociedades clásicas, no pueden seguir operando entre nosotros con su tradicional espontaneidad, y no nos queda más remedio que regular conscientemente su proceso.¿Pero cómo enfrentar esta nueva responsabilidad de una selección que deja de ser natural para hacerse, sin remisión, consciente o cultural? La solución más socorrida, claro está, es no enfrentarla, y para ello basta con pretender que existen ciertos derechos que se siguen natural y necesariamente de ciertos hechos. De este modo, nuestra responsabilidad parece quedar tan resguardada como cuando no teníamos posibilidad alguna de incidir o profundizar en ellos.

Las posiciones descritas o sustentadas por S. Martí y A. Pestaña en un artículo de EL PAIS en torno al origen de la vida reflejan perfectamente las distintas modalidades de esta solución. Unos pueden pensar que la ciencia muestra que la vida está ya en el zigoto, y que, por tanto, el aborto es simple y llanamente un asesinato, con el agravante, tal vez, de terrorismo (según Madrid) o de pecado contra la fe (según Roma). (No deja de ser sorprendente, dicho sea de paso, la voluntad eclesiástica de delegar en el brazo secular el castigo de los pecados: ¿tan poco creen en la otra vida como para querer mandar a los pecadores a la cárcel ya en ésta? ¿Estaremos asistiendo a una reformulación ortodoxa del “por si las moscas” de Pascal?). Otros pueden pensar, en el extremo opuesto, que la cuestión misma sobre el origen de la vida en el seno materno es falaz, ya que la vida no empieza en este o aquel momento del embarazo, sino que se transmite mediante ciclos reproductores. Un tercer grupo puede pensar aún que la cuestión será decidida por la ciencia el día en que pueda conocerse exactamente cuándo se inicia en el feto la función cerebral específica del área frontal, de la que sólo sabemos que ciertos rudimentos aparecen a partir del segundo mes del embarazo. En los tres casos, pues, es el conocimiento científico (actual o futuro) el que debería darnos la pauta y clave inequívoca para nuestra valoración moral del aborto.

Del hecho al derecho, sin embargo, hay un buen trecho. Por mucho que la ciencia nos aproxime a un mejor conocimiento de los hechos, nunca de ellos se sigue natural-necesaria-unívocamente una opción moral o legal. Para juzgar una conducta hay que pasar (o mejor, saltar) personalmente de la ciencia a la conciencia, o a nivel colectivo, de la ciencia a la jurisprudencia que define los derechos de los demás. Y esta fue precisamente la posición defendida por los doctores Zack y Rosenberg ante el comité del Senado de EE UU: “La ciencia trata de explicar y predecir los acontecimientos de nuestro mundo físico y biológico para definir los códigos de conducta, la ley debe remitirse a los códigos morales de la sociedad y no a la ciencia”. En otros términos, no es lícito disfrazar nuestras opciones de constataciones; darlas por resueltas a partir de los datos inmediatos de la ciencia, ni aun cuando afectan a otros, de la conciencia. Veamos desde esta perspectiva nuestra responsabilidad respecto del nacimiento y muerte de nuestros semejantes.

Partiendo del principio liberal de que el único límite del propio derecho a la vida o la libertad es el derecho del otro, habrá que decidir qué derechos, si algunos, estamos dispuestos a otorgar a ese otro que llamamos feto. Y ello en el bien entendido que otorgar a algo (a una planta o un país, a un animal o un embrión) un derecho no supone necesariamente reconocer su carácter humano o personal: supone tan sólo aceptar que en determinadas circunstancias ese algo merece un tratamiento no meramente instrumental. Veremos entonces que los nuevos descubrimientos científicos y médicos, lejos de ofrecernos una coartada objetiva con la que arropar nuestras opciones, no han hecho sino aumentar el nivel de nuestra responsabilidad. Responsabilidad en este caso de decidir entre los derechos de la madre sobre su propio cuerpo (o, si se quiere, del Estado sobre su propio crecimiento demográfico) y los de un feto a cuyos estados de desarrollo, que conocemos cada vez mejor, no podemos tampoco dejar de intentar responder más adecuadamente.

En la alternativa, parece razonable decidir que los derechos de la madre (y en general de toda forma de vida superior, más evolucionada, consciente y personal) priman sobre los de una forma de vida incipiente que aparece al pronto como mera pulsión

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biológica. Pero una cosa es decidirlo y otra querer afirmar o generalizar científicamente este argumento, lo que nos llevaría a sostener que cualquier interés de una forma de vida inferior puede ser siempre sacrificado a cualquier interés de una forma de vida más consciente o desarrollada. Hay que reconocer, sin embargo, que existen situaciones en las que esto no está claro en absoluto. ¿Importa más la vida de un animal o la libertad de quien lo tortura o mata por placer? (Invirtiendo el planteamiento podríamos también preguntarnos si importa más la libertad de los norteamericanos cuando dan a sus perros más carne de la que consumen todos los hombres de África juntos, o el derecho de éstos a no morir de inanición). ¿Importa más la buena alimentación de los hijos sanos, o la sobrevivencia del subnormal profundo? ¿Unas vacaciones de la madre (o del padre), o la vida del feto? Me parece difícil negar que estas son cuestiones reales a las que ninguna ciencia va a dar respuesta objetiva. Científicamente, el aborto puede ser un tema; moralmente es, y no dejará de ser, un problema.

La regulación de la muerte

Como lo va a seguir siendo, en el otro extremo, el problema, no ya de a quién dejamos nacer, sino de a quién dejamos morir. Conocida es la polémica surgida en Estados Unidos en relación con el niño Doe, nacido con un esófago incompleto y el síndrome de Down, indicador éste de un retraso mental seguro. Gracias a los progresos en la medicina neonatal los médicos podían salvar la vida del niño conectando su estómago a su esófago, pero nada podía hacerse para evitar el retraso mental. Lo que situaba a los padres ante el dilema desgarrador de solicitar la operación o dejar morir de hambre al niño…

Con el desarrollo de los medios para mantener formas de vida precarias, cada vez son y serán más los casos como este en que no podemos ya dejar a la madre naturaleza el trabajo, y hemos de decidir nosotros cuándo dejamos morir a alguien. Lo que exigirá hacer una distinción entre el derecho a la vida y el derecho a ser mantenido en vida. Ahora bien, ¿quién va a decidir el momento en que se interrumpen las terapias fútiles que mantienen vegetativamente vivos a los enfermos terminales en condiciones vergonzosas y humillantes? ¿Los médicos, familiares, el moribundo, el Gobierno? ¿Y qué criterios deberán privilegiarse: el dolor del paciente, la calidad de la vida que puede recuperar, los costes económicos o usos alternativos de los aparatos que lo mantienen con vida, el interés científico del caso?

Lejos de exonerarnos de nuestra responsabilidad, la ciencia y la tecnología moderna no hacen sino ampliar y multiplicar las situaciones en las que, sin coartadas ni legitimación objetiva alguna, hemos de asumir una responsabilidad personal por algo que antes formaba parte de nuestro destino inexorable. Con lo que comprobamos que el triunfo de la ilustración y el avance de la ciencia no elimina, sino que agudiza, la dimensión trágica de nuestra existencia: que las luces no aumentan la claridad sin ampliar también la penumbra, la perplejidad, la soledad. Desde ellas, y sin ninguna garantía, hemos de atrevernos hoy a mirar de frente -a asumir personalmente y a administrar socialmente- la muerte o sobrevivencia de nuestros semejantes.

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