Carolina del Olmo: ¿Dónde está mi tribu?. Maternidad y crianza en una sociedad individualista.

Cuando los cuidados dejan de ser invisibles la ficción de una vida independiente se desmorona. 112

El problema no son nuestros hijos, pero tampoco somos nos­otros. El problema es una sociedad cuyas exigencias son radical­mente incompatibles con las necesidades de los bebés y también con las de quienes cuidan de ellos. Lo que yo necesitaba y no en­contraba en los libros de crianza era un enfoque orientado a los ni­ños, que también tuviera en cuenta la vulnerabilidad de los padres y el peso excesivo que recae sobre sus espaldas. p.19

DATOS

  • 22% abuelos y abuelas que cuidan a nietos, con una dedicación de más de siete horas por jornada, entre niños de 0 a 3. 29
  • En países “desarrollados” 80% población reside en ciudades y más del 50% mundial en entornos urbanos. 34
  • En EEUU en 10970 26% madres amamantaban y en 2011 un 75%. 159

 

  • «Desinversión afectiva» Nancy Scheper-Hughes, antropóloga, sobre madres villas miserias brasileñas que no invierten cariño en sus hijos hasta que no han superado el periodo particularmente vulnerable de la primera infancia. 174
  • Natasha Walter contaba en su libro Muñecas vivientes. El regreso del sexismo, un ejemplo bastante delirante. En 2007, un estudio realizado en la Universidad de Newcastle, publicado en Current Biology y recogido en los medios británicos, concluía que la preferencia de las mujeres por los tonos rosados y la de los hombres por los tonos azulados era genética y tenía raíces evolutivas. Mientras los hombres desarrollaron una preferencia por el color azul del cielo despejado –buen tiempo para salir de caza–, las mujeres, que se ocupaban de la recolecta llegaron a sentirse atraídas por los tonos rosados y rojizos –una preferencia muy útil para recoger frutos maduros y evitar los verdes–. Por supuesto, se trata de una especulación más propia de la literatura de ficción que de la ciencia. Pero es que además basta remontarse apenas unas décadas para encontrar contraejemplos. Al parecer hasta finales del XIX la ropa de los bebés solía ser blanca, y cuando a principios del siglo XX empezó a utilizarse el rosa y el azul, lo habitual era que el azul fuera para las niñas, mientras que el rosa se reservaba para los niños…              176
  • La cultura no es como el panq U.E. sirve de tapa a un bocadillo y que podemos levantar para ver el jamón de la naturaleza. En tocaso se parece ma´s a la levadura, pro mucho que hurguemos no la vaos a encontrar ± 181
  • Raramente tenemos un conocimiento suficiente de qué es más natural y qué lo es menos. Pero aunque lo tengamos, ni siquiera entonces hay por qué aceptar que lo más natural es más conveniente. Una vez más, de un «es» no se sigue necesariamente ningún «debe». 181
  • Si es algo natural y tú l vives como problemático es que no estás siendo positiva, asertiva, buena madre. Lo natural se emplea como un dispositivo moralizador, como una forma de culpar a los padres y madres por sus propios problemas o los de sus hijos. 184
  • Prácticamente la única conclusión incontestable que cabe extraer del estudio de las distintas culturas es su diversidad. Sin embargo en los manuales y textos de divulgación sobre crianza la norma son las generalizaciones. 187
  • Hay explicaciones que “primero aíslan la díada madre-hijo de su entorno cultural y luego realizan afirmaciones de largo alcance sobre la conducta materna. Es decir, se empieza por eliminar del relato los factores no biológicos y sociales, para, a continuación, afirmar que los factores biológicos e individuales son cruciales”. 188
  • Si cabe inferir de nuestro pasado como especie a partir del relato de los antropólogos y de lo que nos enseña la arqueología, es que el cuidador principal de una cría se halla siempre incrustado en una densa red de interacción social, de ayuda, reciprocidad y cuidados mutuos, fuera de la cual puede que ni siquiera tenga sentido intentar definir o acotar una conducta. 189
  • A toro pasado, hacer que las piezas de la narración encajen en cualquier sentido es relativamente sencillo. Pero cuando se hacen estudios amplios, resulta imposible encontrar correlaciones significativas entre los distintos estilos de crianza y la personalidad de los niños, no digamos ya de los adultos. 196
  • Judith Rich Harris (kEl mito de la educación) dic que los buenos niños tienden a producir buenos padres, y no al revés. 197
  • Un problema general de la corriente neorromántica, que tiende a considerar cualquier intento activo de modificar la conducta de un niño como una manipulación o incluso como violencia. 200
  • El enfoque centrado en los niños es ya claramente mainstream al menos entre las clases altas, cuyos estilos de vida están muy sobrerrepresentados en los medios de comunicación y tienen un gran impacto en el resto de la población. 18
  • La dicotomía entre el mundo competitivo y el refugio del hogar es un elemento central de la subjetividad moderna. 74
  • Defendí que la crianza se vive mejor como práctica colectiva. Se mire como se mire, las comunidades tradicionales –las aldeas, las familias extensas, incluso cierto tipo de barriada- no pueden confundirse en modo alguno con las figuras actuales d externalización del cuidado. Compartir la crianza con algunos miembros de la comunidad de la que nos sentimos parte no es lo mismo que externalizarla a través de instituciones formales o mercantiles dejándola en manos de profesionales y trabajadores de servicios. En realidad, más bien es lo contrario. […] pero incluso quienes pensamos que el Estado tiene la obligación de suministrar ayuda en la crianza y los cuidados a quien la requiera –mejor dicho, especialmente quienes pensamos así –deberíamos ser concienzudamente críticos con el ideal de crianza institucionalizado que se ha impuesto como un rodillo. 99
  • Cuando tenemos un hijo trasladamos a su cuerpecillo todo el edificio ideológico de la búsqueda de goce, convencidas de que en la búsqueda de su bienestar y en la anulación de cuanto antes fuimos está el cmaino. Simplemente sustituimos al individuo egoísta por otro y el primero para a ser altruista y sacrificado. Como ya he dicho, las teorías morales sobre la virtud contienn una lección imprescindible: lo verdaderamente opuesto de la conducta egoísta y competitiva no es el altruismo o el sacrificio, sino la cooperación, el compromiso, la reciprocidad, el cuidado mutuo. 102
  • Asun reivindica la maternidad como una decidida aceptación de la interdependencia humana. 105
  • “Era la voz del cuerpo la que hablabla. Es la misma voz que oyes cuando das a luz: una experiencia radical de tu propio cuerpo y lo que te pide”. 109
  • Cuando los cuidados dejan de ser invisibles la ficción de una vida independiente se desmorona. 112
  • Lo que las diferentes versiones de la vida buena tienen en común es que todas han de partir del reconocimiento de la codependencia, y eso es ya una base para preferir racionalmente unos valores y conductas frente a otros. 112
  • De poco sirven las políticas sectoriales que supuestamente apuntan a favorecer la conciliación cuando se promulgan a la vez otras políticas más generales que la socaban día a día. 121
  • Pandemia de insomnio en España: 6% población adulta diagnosticada, entre un 10 y un 15% que padece insomnio crónico con consecuencias diurnas y entre un 30 y un 40% de la población que expresa quejas de insomnio. 140
  • El significado de dormir, comer o portarse bien es contextual hasta la caricatura. 143
  • Hay quien apenas es capaz de mirar a un niño sin ver a un adulto en proyecto. 147
  • Eva Illouz: personalidad terapéutica. 206             … Por eso interpretamos como cuestiones médicas o psicológicas lo que, desde otro punto de vista, cabría considerar malestares sociales. 207
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El descubrimiento de las ambigüedades de la experiencia ma­terna puede resultar doloroso, sobre todo si se parte de una imagen mitificada de la maternidad como felicidad absoluta. Tener un hijo es, entre otras cosas, bastante agotador. Acostumbrarse a convivir con alguien que te necesita tantísimo no tiene por qué ser fácil, por mucho amor que haya. Y los almibarados cánticos a la maternidad a los que nuestra sociedad ha sido muy dada no constituyen una bue­na preparación para la experiencia. En los últimos años, se va ha­blando cada vez más abiertamente de las ambivalencias del proceso, y en el amplio escaparate para la intimidad que proporciona Internet abundan los testimonios y confesiones sobre la dureza del puerpe­rio. Sin embargo, rara vez se cruzan esos datos con el lema de que hace falta toda una aldea para criar a un hijo.

  • 28

Mi impresión es que el olvido pertinaz de las circunstancias que rodean al par madre/hijo está contribuyendo a acuñar una imagen de la maternidad que no tiene por qué corresponderse con la reali­dad. Bien está que dejemos de fingir que todo es estupendo pero, ¿acaso tenemos que dar por sentado que los malvivires que muchas experimentamos son consustanciales a la maternidad? ¿No será más acertado considerarlos efectos perversos de las inapropiadas condi­ciones que nuestra civilización impone a madres, padres y niños?

  • 32

Se trata de un asunto bien conocido y muy característico de las sociedades contemporáneas, pero en su momento fue un fenómeno muy sorprendente. De hecho, una estrategia habitual para describir la transición histórica de las sociedades tradicionales a las modernas consiste en analizar esta disolución de las redes sociales. Los habi­tantes de las grandes ciudades del siglo XTX asistieron con preocupa­ción a una creciente atomización de la vida urbana, al auge de un individualismo que deshilachaba el tejido social transformando ra­dicalmente las prácticas cotidianas, las trayectorias vitales, los valo­res compartidos y la cultura dominante. De alguna forma, esta es­pecie de vértigo que produce encontrarse solos en la ciudad constituye la experiencia por antonomasia de la modernidad. En tor­no a ella han girado buena parte de la literatura, el arte y el pensa­miento de los dos últimos siglos. Karl Marx lo expresó con agudeza en una frase bien conocida: con el capitalismo, escribió en El mani­fiesto comunista, «todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo que era sagrado es profanado».

  • 34

Esta ambigüedad es uno de los rasgos más propios de nuestra cultura. De un lado, añoramos una vida social densa, basada en | ciones estables cargadas de componente afectivo y en la que la gente se sentía protegida por su comunidad. De otro, rechazamos los so­metimientos que esa vida entrañaba y apreciamos la libertad y la movilidad que ofrecen los Vínculos inestables y fríos de la sociedad de mercada Por algo el lema de la Revolución Francesa era libertad, igualdad… y fraternidad.

  • 39

Es como si para muchas mujeres de esta generación, la materni­dad tradicional formara parte de un conjunto de herencias del pasa­do que siguen obstaculizando su realización más plena como perso­nas. Esther me cuenta que su madre, una profesional entregada a su trabajo, divorciada una vez que sus hijos hubieron abandonado su primera infancia, deploraba las temporadas vacacionales porque se veía obligada a asumir las tareas del hogar que solía realizar una asis­tenta mientras ella trabajaba. Se da el caso de que Esther puede con­siderarse algo así como el modelo mismo de liberación posmoderna, alguien que ha dado unos pasos que a la generación anterior le hubieran parecido inimaginables: militante feminista muy activa,

  • 41

De algún modo, la rebelión contra una vida dañada cuyo’ único horizonte era la devaluación del trabajo doméstico parece haber lle­vado a algunas mujeres a rechazar los cuidados como posible fuente de realización, a concebirlos como equivalentes al autosacrificio o, en el mejor de los casos, como un mal menor. Tener un bebé implica, sin duda, una cierta limitación de las opciones vitales. Los bebés en­cajan mal en las diferentes versiones de desarrollo personal; autorrealización y autonomía más celebradas en nuestra cultura. No hay bebés en los anuncios de moda con jóvenes semianoréxicos de mi­rada extraviada, no hay cambiadores en los lavabos de las galerías de arte, el llanto de un niño nunca interrumpe un afterwork de pro­fesionales de éxito ni un seminario internacional sobre nuevas tec­nologías. .. Pero, ¿y qué? ¿Llevar una vida plena consiste necesaria o exclusivamente en disponer del mayor número posible de opciones de forma permanente? ¿Es la experiencia de relativa sumisión a las imperiosas necesidades de un bebé una vivencia enteramente negativa?

  • 43

Muchas de las madres mayores que yo con las que comenté esto, algunas de ellas ya abuelas jóvenes y activas, rechazaron mi actitud sinceramente horrorizadas. Les parecía tan absurdo y atávico como si defendiera el sometimiento a un marido o a un jefe como vía de realización personal. Puede que esté siendo injusta, pero mi impre­sión es que su huida del cuidado como destino femenino les impedía comprender el cuidado como algo distinto del sacrificio. Era como si para ellas la relación con un ser dependiente solo pudiera ser en­tendida como una grave limitación de las opciones de vida. Como si emanciparse equivaliera a reclamarse totalmente independiente y autónomo; como si aceptar una relación de dependencia y filiación fuera lo mismo que caer en las redes de la opresión.

  • 43-4

Tal vez tendemos a dar por sentadas las cosas que otros antes que nosotros tuvieron que pelear. O tal vez hoy estamos «n mejor situación para percibir los límites de una normalidad heredada que no es solo perfectible, sino profundamente inaceptable. Exigimos una habitación propia. Salimos del hogar para compartir con los hombres ese mundo donde pasan las cosas importantes. Pero en lu­gar de encontrarnos en el agora deliberando sobre nuestra vida en común nos hemos encontrado compitiendo con ellos en un espacio público muy extraño llamado mercado laboral, donde lo que se nos ofrece no es independencia y realización personal, sino la esclavitud del salario y la obligación de vender nuestro tiempo y nuestra alma a cambio de nuestra manutención. Y descubrimos también que si queremos hacer algo más, como tener hijos o cuidar de nuestros fa­miliares, tenemos que encajarlo en los ratos libres o bien externalizar ese cuidado, delegándolo en terceras personas. Al fin y al cabo ahora son solo opciones.

¿Realmente era aquí a donde queríamos llegar? Y ahora, ¿se trata solo de avanzar unos pasos más por la vía de la igualdad de género y la conciliación familiar? ¿Son solo unos desajustes que se resolverán aumentando un poco el gasto social?

Un proyecto de vida no se construye siempre a través de un con­junto de elecciones inmediatas y reversibles que permitan hacer el cálculo de costes y beneficios. Decidir lo que uno quiere llegar a ser no es como meter productos en el carrito de un supermercado. Hay decisiones complejas y comprometidas que deberíamos tomar no por sus resultados, inmediatos o a largo plazo, sino en virtud del tipo de de persona en la que nos convierten.

  • 44

Como ironizaba hace años la feminista Gloria Steinem, «algunas de noso­tras nos estamos convirtiendo en los hombres con los que nos gusta­ría casarnos».

  • 49

fenómenos como el opting out: El rechazo a compatibilizar el trabajo remunerado con la crianza dice mucho más sobre las servi­dumbres del mercado laboral y la carga que supone el trabajo domés­tico y de cuidados, que sobre una difusa ideología con cierto aire neo-conservador.

p. 45. en EE UU, el 84% de las madres tra­bajadoras consultadas consideraban que quedarse en casa cuidando a sus hijos era un lujo económico al que aspiraban pero no se podían permito. Son las mismas mujeres que hace pocos años lo apostaban todo a su carrera profesional, esas ejecutivas competitivas a la par que femeninas que la prensa y la ficción cinematográfica ensalzaban aun cuando tampoco eran representativas de nada, las que ahora es­tán «volviendo a casa» a cuidar de sus hijos en un movimiento ines­perado, que refleja una conmoción digna de atención.

  • 51

Una diputada que lleva a su bebé al Parlamento y lo amamanta en un escaño se convierte en comidilla de todos y recibe tanto criti­cas como elogios, según el ambiente. En cambio, la mujer que se reincorpora a su trabajo cuatro meses después del parto sin más muestra visible de haber dado a luí que unos pocos kilos de más —o ni eso- no sucio generar comentarios, ni a favor ni en contra. ¿No hay algo perverso en esta situación? Madonna y Angelina Jolie acarreando en brazos a sus retoños nos pueden resultar pesadas o em­palagosas. Pero, ¿y una Ministra de Defensa pasando revista a las tropas pocos días después de haber parido? ¿Es ese el ejemplo a imitar? Aunque, por otro lado, ¿se puede criticar a una madre por hacer lo que los padres hacen a diario? ¿No es esa la actitud de las madres del tea party que reivindican su abnegado papel de amas de casa y madres y defienden con uñas y dientes la santidad bíblica del hogar?

 

  • 57

Se habla constantemente de libertad, de auto­nomía, de realización personal y de búsqueda de la felicidad, pero vivimos atados a las cadenas del trabajo asalariado y el consumismo y nos encontramos más perdidos y solos que nunca. Valoramos las relaciones personales y el amor por encima de todo y, temerosos del mundo hostil y competitivo que encontramos en el trabajo, en la política y en las calles, construimos refugios en los que querernos, cuidamos y protegemos, pero nos encontramos con que la agresivi­dad del mundo exterior se cuela en estos refugios y va minando nuestros proyectos vitales.

Santiago Alba Rico, en su hermoso libro Leer con niñas, cuenta cómo a la insensata pregunta de «¿para qué sirven los niños?», Blan­ca, de tres años, dio una sensatísima respuesta: «Para cuidarlos». Y es que de eso se trata, precisamente. Alba Rico añade:

“Si preguntamos por la utilidad de los niños la única respuesta posi­ble es su existencia misma, que hay que limpiar, alimentar y sostener […]. Si la pedagogía no ha dejado de explorar la influencia que la presencia y la educación de los padres tienen sobre los hijos, no se ha fundado todavía una pedagogía invertida que explique la influen­cia que la presencia y la educación de los niños ejercen sobre los hombres. ¿Para qué sirven los niños? Para cuidarlos; es decir, para volvernos cuidadosos”

 

  • 59

Gema es ingeniera de montes. Cuando se reincorporó a su puesto de trabajo, dieciséis se­manas después de haber tenido a Alonso, su bebé, habló con su jefe de una posible reducción de jomada -de 40 a 35 horas semanales- y de una menor disponibilidad para los viajes y las horas extra. Su jefe le respondió: «Pero, a ver, ¿tú qué quieres ser? ¿Quieres seguir siendo una profesional o has decidido ser una mamá?». Al parecer, Gema, sin ni siquiera ser consciente de ello, optó por ser una mamá y no una profesional, porque la despidieron dos meses después de haber­se incorporado.

  • 60

La crisis de los cuidados

Estas «inclemencias comunes de la existencia», como las llama Tere­sa —nuestra vulnerabilidad y dependencia—, se van Haciendo más y más difíciles de gestionar a medida que se agudiza la disolución de las redes comunitarias. Constantemente se nos habla de conciliación de la vida familiar y laboral, pero lo cierto es que la entera organiza­ción social parece obstinada en dar la espalda a esta realidad. Las ta­reas de cuidados que se desempeñan en el hogar y que siguen asu­miendo predominantemente las mujeres son uno de los pilares de la economía. El modelo de trabajador en torno al cual órbita todo nuestro sistema laboral es, básicamente, un varón adulto, bien ali­mentado, limpio y con un mínimo de equilibrio psíquico que le per­mita asumir su tarea. El trabajo y las habilidades que entrañó su crianza, los cuidados que recibe cuando tiene gripe, el apoyo emo­cional que le reconforta cuando está triste o preocupado y quien le hace la comida o le plancha la camisa son puntos ciegos, zonas de invisibilidad que nuestro sistema económico soslaya. Sin estos apo­yos no solo el trabajador no podría llegar a su empleo cada mañana en las condiciones apropiadas, sino que no habría trabajador ni sis­tema económico.

  • 61

“El modelo mediante el cual se resolvían las necesidades de cuida­dos se tambalea. Las mujeres, que habían dedicado todo su tiempo y energías a este trabajo no remunerado, se empiezan a incorporar masivamente a un mercado laboral masculino, cuya estructura está diseñada para personas que no tienen que cuidar de nadie. De este modo, la tensión entre la lógica del mercado y la lógica del cuidado emerge con gran intensidad y las mujeres empiezan a experimentar esta tensión en su propio cuerpo, que se convierte en lugar de batalla entre las exigencias de uno y otro escenario. Este hecho, que no pasa desapercibido para casi nadie, pretende solventarse con políticas y leyes denominadas de «conciliación». Pero difícil­mente puede conciliarse lo irreconciliable. En este caso, la centralidad de los mercados en la organización social se traduce en la priorización absoluta de los imperativos del mercado laboral fren­te a cualquier otro argumento. Sus necesidades productivas orga­nizan el tiempo social y son inapelables frente a las necesidades de cuidados”.

Sira del Río, «La crisis de los cuidados. Precariedad • flor de piel», Rescoldos Revista de diálogo social, n° 9, segundo semestre 2003.

 

  • 65

Esa intimidad esencial de la relación madre-hijo o, a lo sumo, padres-hijos ha llevado muchas veces a descuidar el papel fundamental que desempeñan el resto de relaciones que establecen tanto las madres y los padres como los propios niños. Y por supuesto, una vez que desaparece de hecho la oportunidad de entablar esas otras rela­ciones sociales, las sensaciones de intimidad y de «fusión» madre-hijo se disparan, alimentando la impresión de que esas otras interacciones sociales apenas cuentan. Se trata de una idea tan arraigada en nuestro universo conceptual que durante mucho tiempo influyó decisivamente en los estudios sobre el comportamiento de diversos animales. La antropóloga y primatóloga Sarah Blaffer Hrdy explica cómo este sesgo, que llevaba sistemáticamente a conclusiones erróneas, se pudo corregir gracias a la perspectiva de género que aportó la incorporación de las mujeres a la investigación biológica y otras disciplinas científicas, así como a la generalización de los estudios de campo. En efecto, mientras los estudios se hicieron con animales en cautividad, se aislaba a las hembras con su prole cuando se quería observar el comportamiento maternal. Según Hrdy, las hembras de rata, una vez encerradas en jaulas con sus crías como única compa­ñía, se comportaban de una forma muy parecida a las amas de casa norteamericanas de los años cincuenta, con sus obsesiones y sus neu­rosis.

  • 66

Otro tanto ha ocurrido con el estudio de las sociedades humanas. Hoy sabemos que en la mayoría de las sociedades existentes los cuidados que los niños reciben de personas distintas de sus progenitores son, si no la norma, sí al menos muy significativos. Sin embargo, la mayoría de las investigaciones clásicas en tomo a la socialización de los niños no incluyen prácticamente ninguna referencia i esta clase de cuidados no parentales. Por supuesto, el estudio del» socialización de los niños, la psicología del desarrollo y los manuales de crianza son productos culturales relativamente recientes, surgidos en las naciones industriales en un momento en el que los cuidadores distintos de la madre comenzaban a estar menos disponibles que en ningún otro lugar y época del mundo, por lo que el sesgo es fácil de comprender. Sin embargo, lo cierto es que esta es una situación prácticamente inédita: el cuidado materno exclusivo rara va a sido una opción en cualquier fase de la historia humana. unir a ios hombres en alguna visión nueva de las posibilidades hu­manas que cambie el mundo de los varones en el que tanto han pe­leado por entrar?

  • 67

A pesar de su alcance limitado para el conocimiento de nuestro pasado, los estudios de los grupos de ca­zadores-recolectores actuales han mostrado que las madres reciben una cantidad variable, aunque siempre importante, de ayuda de otros hombres y mujeres, asi como de niños mayores. Estas figuras ayudantes, a las que la sociobiologia ha llamado alomadres (del pre­fijo griego allo, otro), no solo protegen y alimentan a los más peque­ños, también pueden sostener a los niños y transportarlos, incluso desde el primer día, como se ha observado entre los grupos de pig­meos Efe y Aka de África Central. Entre los Efe, un bebé de tres se­manas pasa con sus alomadres una media del 40% del tiempo diario. A las dieciocho semanas, los bebés pasan más tiempo con alomadres que con sus propias madres biológicas, siendo fundamental el cui­dado y porteo de niños mayores, que colaboran de este modo dejan­do que la madre pueda asumir otro tipo de tareas productivas para las que estos niños mayores aún no están preparados.

Estos datos procedentes de sociedades tradicionales podrían su­gerir que los humanos somos -o hemos sido- lo que en biología se llama una especie de crianza cooperativa, es decir, una especie en la que los individuos proveen cuidados a crías que no son las suyas. También desde este punto de vista, pues, el marco íntimo de crianza que se ha consolidado en Occidente en los últimos doscientos años constituye una anomalía histórica. El modelo de una madre dedica­da en exclusiva al cuidado de sus hijos y aislada en el hogar es fruto de un proceso social sin precedentes y muy posiblemente fallido. Pero probablemente también lo es cualquier forma de crianza que no esté basada en una tupida red comunitaria

 

tipo muy distinto de las zancadillas interesadas del mundo mer­cantil.

Esta dicotomía entre el mundo competitivo y el refugio del ho­gar es un elemento central de la subjetividad moderna y está pre­sente en un gran número de manifestaciones culturales, artísticas y filosóficas. Todo un subgénero de Hollywood -la comedia románti­ca- está dedicado monográficamente a este asunta El tenjajoyaria ble de esta clase de películas son las dificultades a las el héroe o, más frecuentemente, la heroína para con sentimental estable -un hogar, en sentido amplio hostil. Pero esta dualidad también constituye una pi muy cuestionable, de la sociología académica. Una de rízaciones que se explican en las primeras lecciones de cd curso de introducción a la sociología es la distinción entre g sociales primarios y secundarios. Los primeros son pequeñas a paciones cuyos miembros entablan relaciones personales duradera Pensamos en los grupos primarios de los que formamos parte corrí un fin en sí mismo, no como un medio para conseguir otros objeti­vos, y consideramos a sus miembros irremplazables. En n ciedades la familia es prácticamente el único grupo pi imario <fj| persevera de forma generalizada. Por el contrario, los gnBps secu: darios son grandes asociaciones impersonales cuyos mierri 1 aciónan entre sí para conseguir un objetivo concreto. Los emocionales y los lazos de lealtad que nos unen a los otros mi de los grupos secundarios de los que formamos parte son más débiles que en el caso de los grupos primarios. El eje digmático de grupo secundario es una relación laboral En realidad, uno podría preguntarse a quién le int cer una distinción eomo esta, que sitúa los vínculos so en la solidaridad y el afecto en el ámbito privado, mieni relaciones laborales a la esfera de los vínculos utilitario!

  • 38

Son mujeres que hoy rondan los sesenta y tantos años | cuya vida ejemplifica lo que se ha dado en llamar la «segunda transición demográfica». Se trata de un gran cambio social que se produjo en la mayor parte de los países occidentales en tomo a los años da-cuenta del siglo XX, y algo más tarde en España. Trajo consigo el final del modelo familiar basado en un matrimonio estable sustentado por el salario del marido y el trabajo doméstico de la mujer. Supuso también un incremento importante del número de solteros, una caí­da acentuada de la tasa de natalidad y la postergación del nacimien­to del primer hijo. Las mujeres de esta generación, ayudadas por la disponibilidad de métodos anticonceptivos, dejaron de experimen­tar la maternidad como un destino inevitable, una expresión de su naturaleza femenina o la única vía para la plenitud o la felicidad, y empezaron a vivirla como una opción. Los hijos de estas madres tra­bajadoras son los que fueron llenando las escuelas infantiles españo­las, que dejaron de ser solo instituciones de beneficencia para fami­lias obreras. Así, entre 1966 y 1976 la tasa de asistencia a educación preescolar creció un 4% anual, y las tasas desescolarización infantil de 1965 se habían doblado al llegar a 1980. Algunas de ellas, más bien pocas, lograron un pacto vital igualitario con sus parejas. Mu­chas otras acusaron la contradicción entre una forma de vida su­puestamente igualitaria, y un sinfín de prejuicios e inercias machis-tas que las mantenían en una posición subordinada, también dentro de sus propios hogares. Entre las divorciadas de esta época, abundan las que aseguran que esta tensión fue determinante para romper su relación de pareja.

El compromiso de estas mujeres con su emancipación personal y política afectó en buena medida a su manera de entender y vivir la maternidad.

  • 69

En efecto, la modificación de ese «mundo de los varones» es hoy la única salida posible. Lo demás son solo parches. Algunas mujeres occidentales expresan su rechazo a tomar parte en la esfera pública según el modelo del trabajador varón guiado por la búsqueda del propio beneficio {la única oferta disponible). Es erróneo e injusto interpretar este movimiento como una renuncia por parte de mujercitas timoratas que se han dejado engatusar por el neomachismo. Se trata de algo bastante más complejo e interesante que una ofen­siva para devolver a las mujeres a la cocina usando al niño y su bien­estar como coartada. Seguramente en este flujo de mujeres que vuelven hacia el hogar cabe detectar componentes regresivos y con­servadores, pero también hay elementos radicales y críticos que sería poco inteligente menospreciar. El discurso feminista clásico las ano­ta de inmediato en la columna de pérdidas, como retrocesos en el proceso de emancipación de la mujer. Señala con dedo acusador a un colectivo difuso de psicólogos, pediatras y otros expertos que lle­van años difundiendo la ideología de la maternidad intensiva. Ellos habrían culpabilizado a esas mujeres hasta el punto de «obligarlas» a abandonar sus interesantes y liberadoras carreras profesionales.

  • 70

Lo que el discurso estándar oculta es que la «normalidad» de lat jornadas de cuarenta horas semanales + guardería + una abuela para los apuros es no ya mejorable, sino directamente inaceptable. Lo que no se dice es que si no hay más madres (y padres) que abandonen el mercado de trabajo es porque el salario familiar es una quimera y porque las empresas saben cómo castigar a quienes hacen uso de la ley de conciliación. De lo que no se habla es de esa inmensa cantidad de madres que optan por el trabajo asalariado sin convencimiento y permanentemente agotadas; del elevado porcentaje de las que desea­rían tener otro hijo pero en esas condiciones ni se lo plantean; o de esas otras madres que tienen recursos económicos para dedicarse al cuidado de sus hijos pero vuelven al trabajo casi con alivio tras die­ciséis semanas de soledad, desorientación, ansiedad y aislamiento. Muchas de ellas aceptan con amargura esa idea dominante en nuestro tiempo: los niños son muy monos, pero suponen un lastre pan la realización personal.

Alguien tiene que criar y cuidar, y tiene que hacerlo con afecto, paciencia y responsabilidad. No, no tienen por qué ser las madres biológicas, ni tampoco las mujeres. Pero de ahí no se sigue que no sea asunto nuestro y que los procesos de liberación puedan desen­tenderse de esta cuestión. Es un campo de acción y movilización fundamental, irrenunciable. La negación del problema ha dejado la defensa de la familia en manos de loa movimientos conservadores. En realidad, es una pauta habitual. Muchos de los movimientos reaccionarios que han surgido a lo largo de los dos últimos siglos son pugnante.

Lo que el discurso estándar oculta es que la «normalidad» de las jornadas de cuarenta horas semanales + guardería + una abuela para los apuros es no ya mejorable, sino directamente inaceptable. Lo que no se dice es que si no hay más madres (y padres) que abandonen el mercado de trabajo es porque el salario familiar es una quimera y porque las empresas saben cómo castigar a quienes hacen uso de la ley de conciliación. De lo que no se habla es de esa inmensa cantidad de madres que optan por el trabajo asalariado sin convencimiento y permanentemente agotadas; del elevado porcentaje de las que desearían tener otro hijo pero en esas condiciones ni se lo plantean; o de esas otras madres que tienen recursos económicos para dedicarse al cuidado de sus hijos pero vuelven al trabajo casi con alivio tras die­ciséis semanas de soledad, desorientación, ansiedad y aislamiento; Muchas de ellas aceptan con amargura esa idea dominante en nues­tro tiempo: los niños son muy monos, pero suponen un lastre para la realización personal.

Alguien tiene que criar y cuidar, y tiene que hacerlo con afecto, paciencia y responsabilidad. No, no tienen por qué ser las madres biológicas, ni tampoco las mujeres. Pero de ahí no se sigue que no sea asunto nuestro y que los procesos de liberación puedan desentenderse de esta cuestión. Es un campo de acción y movilización fundamental, irrenunciable. La negación del problema ha dejado la defensa de la familia en manos de los movimientos conservadores.

  • 74

Esta dicotomía entre el mundo competitivo y el refugio del ho­gar es un elemento central de la subjetividad moderna y está pre­sente en un gran número de manifestaciones culturales, artísticas y filosóficas. Todo un subgénero de Hollywood -la comedia románti­ca- está dedicado monográficamente a este asunto. El tema invaria­ble de esta clase de películas son las dificultades a las que se enfrenta el héroe o, más frecuentemente, la heroína para construir un refugio sentimental estable -un hogar, en sentido amplio-, en un mundo hostil. Pero esta dualidad también constituye una pieza básica, y muy cuestionable, de la sociología académica. […] En realidad, uno podría preguntarse a quién le interesa estable­cer una distinción como esta, que sitúa los vínculos sociales basados en la solidaridad y el afecto en el ámbito privado, mientras relega las relaciones laborales a la esfera de los vínculos utilitarios.

 

  • 75

Hoy tendemos a aceptar que el mundo del trabajo está regido por el individualismo y la competencia, que si surge la lealtad o la cooperación es una afortunada casualidad y no algo que quepa esperar razonablemente. Por supuesto, apreciamos eso que llamamos «buen ambiente» laboral y que tiene que ver con la cordialidad, con un entorno poco agresivo. Pero la afabilidad nada tiene que ver con una forma de solidaridad lo suficientemente in­tensa como para llegar a influir en la relación contractual que los trabajadores mantienen con su empleador.

 

  • 76

La glorificación del hogar no es algo radicalmente nuevo. Más bien estamos asistiendo a una hipertrofia de un fenómeno que se remonta a los orígenes de la modernidad. Lo realmente característi­co de nuestro tiempo es que esta ideología del hogar convive con una intensísima crisis de la familia tradicional. Desde 1981 el nú­mero de divorcios ha ido creciendo año a año, un incremento que solo la crisis económica está consiguiendo frenar. Y eso que el nú­mero de matrimonios descendió de forma drástica en esos mismos años. Se calcula que en 2008 se produjeron tres divorcios por cada cuatro matrimonios. Y no se dispone de cifras de ruptura de parejas que no pasan por el trámite matrimonial. Asimismo, se ha multipli­cado el número de hogares formados por adultos sin hijos.

  • 77

Pero en épocas anteriores, las crisis de los modelos familiares tenían mucho que ver con la crítica a las ataduras heredadas del pasado. Los jóvenes no querían vivir como sus padres, las mujeres querían liberarse de cier­to tipo de matrimonios. Así, se trataba a menudo de procesos de ruptura que eran vividos como una liberación. Hoy, en cambio, asis­timos a una dinámica contradictoria que a menudo se experimenta con sufrimiento. La crisis de la familia convive con un enaltecimien­to sentimental del hogar muy poco realista: ningún mortal puede alcanzar las cotas de amor, comprensión y apoyo que esperamos de nuestros seres queridos. O, dicho, de otra manera, las paredes de nuestras casas son barreras débiles, incapaces de detener el torrente individualista posmoderno.

  • 79

La organización empresarial contemporánea potencia la crea­ción de compromisos emocionales y grupos sociales intensos pero fugaces. Por eso son relaciones extremadamente débiles, que no tie­nen nada que ver con las antiguas dinámicas de desarrollo de una identidad laboral coherente a lo largo de toda una vida de trabajo. Más bien al contrarío, tienden a generar un profundo desconcierto. Lo que se nos pide es que aprendamos a fragmentar y administrar nuestra capacidad de vincularnos emocionalmente con otras perso­nas, invirtiendo y desinvirtiendo nuestros afectos según lo exijan los ritmos del negocio. Hoy formamos parte de un equipo con el que debemos desarrollar una profunda empatía, pero tal vez maña­na alguno de sus miembros sea nuestro rival con el que competir por un cliente.

Estos son los procesos que se están colando en nuestras vidas privadas. En el mundo del trabajo la exigencia de implicación subje­tiva convive con la fragmentación de la experiencia laboral. En nues­tros hogares, la exaltación de las relaciones personales convive con un estado permanente de crisis familiar. El retorno al hogar contem­poráneo está cargado con un alto tono emocional. Es una ideología neorromántica, en el sentido de que su glorificación de los vínculos personales está totalmente basada en la intensidad de los sentimien­tos. Lo que nos une a las personas más cercanas es cierto tipo de emoción privilegiada. De modo que si el sentimiento se debilita, si ya no encontramos en nosotros mismos la llama emocional que nos encendía, desaparece también el vínculo que nos unía a esas peronas. Así es com el hogar termina convertido en una experiencia fragmentaria, sujeta a los vaivenes de nuestra emotividad.

  • 83

Como bien explica César Rendueles, eso significa que los teóri­cos de la elección racional tienen parte de razón. Lo que realmente se opone al egoísmo no es tanto el altruismo como el compromiso. La idea de compromiso alude a la aceptación de normas que no se pueden reducir a racionalidad instrumental, es decir, normas que no seguimos para obtener otra cosa sino que acatamos como un fin en sí mismas.

  • 86

Desde la perspectiva contemporánea, la identidad personal se expresa mayoritariamente a través de las preferencias individuales y no mediante las obligaciones que uno asume.

  • 87

A menudo viven con la sensa­ción de que todo cuanto las había definido hasta entonces ha pasado a ser incompatible con su nueva vida maternal. Es fácil vivir esta contradicción como un conflicto de intereses, como una relación de competencia con ese pequeño tirano que ha aparecido de repente en nuestro mundo: «mi hijo no me deja ser yo».

  • 92

Realidades humanas duraderas (expresión del historiador Karl Polanyi) como por ejemplo la voluntad de tener descendencia. Estas realidad se mueven en un terreno que nos constituye materialmente como animales humanos, y anteceden a nociones característicamente políticas, como la de libertad.

  • 95

Habitamos un mundo simbólico complejo y contradictorio. La ideología dominante no es un conjunto de dog­mas ordenado y coherente, sino una especie de ciénaga cultural tu­multuosa. Las invocaciones más o menos paternalistas y opresoras de una maternidad sacralizada siguen vivas en nuestro mundo y se confunden en ocasiones con las reivindicaciones del nuevo maternalismo. Pero ambas conviven con otra ideología mucho más pode­rosa que se adapta como un guante a nuestra realidad económica y social y que esconde un profundo desprecio por la maternidad y los cuidados. La cultura hedonista de los solteros no solo defiende la li­bertad y la movilidad del comprador y ensalza las virtudes de la in­dependencia y la realización personal, sino que además vincula ese desarrollo individual con el ocio y el consumo por un lado, y con la carrera profesional o el trabajo remunerado por el otro. En esta vi­sión del mundo triunfante, la maternidad solo puede aparecer como esclavitud o como autorrealización narcisista… O, como veremos, también como una extraña mezcla de las dos.

 

  • 107

El avance del capitalismo es indisociable de la destrucción de las estructuras de apoyo mutuo y reciprocidad típicas de las sociedades tradicionales. A menudo -sobre todo desde posiciones políticas am­adoras, pero también desde otras más progresistas- fantaseamos n la posibilidad de reconstruir esa clase de relaciones y compro­misos. Es un proyecto loable pero, desgraciadamente, la sociabilidad es una sustancia tremendamente frágil. Las comunidades, una vez destruidas, son extremadamente difíciles de regenerar. La recons­trucción de un tejido social denso en un mundo en esencia volátil es una tarea entre complicada e imposible.

  • 110

Sin embargo, esta distancia entre los que necesitan cuidado y los que lo prodigan es extremadamente poco realista. To­dos hemos sido bebés, criaturas indefensas, y la inmensa mayoría se­remos otra vez dependientes en algún momento de enfermedad, ve­jez o desamparo a lo largo de nuestras vidas. O, más bien, todos lo somos siempre y en todo momento. La discapacidad es un grado, una escala en la que nos situamos más arriba o más abajo en los diferentes momentos y contextos de nuestras vidas, y no algo que se tiene o no se tiene, según una clara linea divisoria. La circunstancia del adulto sano e independiente no es más que eso, una coyuntura pasajera en la que no tiene sentido basar el total de nuestras apreciaciones glo­bales sobre la ética, la política o la sociedad. La escritora Ana María Matute decía en una entrevista reciente que un niño no es un pro­yecto de adulto, sino que el adulto es «lo que queda del niño». Ten­dríamos que ser capaces de tomarnos en serio esta afirmación.

  • 113

Desde este punto de vista, la cooperación no es una decisión que toman sujetos autónomos tras considerar que es la mejor opción para alcanzar sus fines individuales. La interdependencia es el punto de partida y no un añadido, caritativo o interesado, a la afirmación de nuestra individualidad. Una concepción economicista que en­tiende la conducta cooperativa como pacto entre individuos inde­pendientes nos impide comprender que la reciprocidad es un ele­mento esencial de nuestra capacidad para florecer en tanto que animales vulnerables y dependientes.

Sin embargo, es importante no entender esta primacía de la coo­peración como alguna forma de colectivismo metafisico o moral. Es­capar del individualismo ambiente reivindicando la primacía de lo colectivo -en el sentido de que deberíamos someternos a un bien superior renunciando a nuestra identidad individual- es huir del fuego para caer en las brasas. Una crítica razonable del individualismo extremo más bien tiene que ver con la comprensión de que individuo y colectividad son dos conceptos mal definidos que utilizamos de forma impresionista. Es mucho más razonable entenderlos como extremos de un continuo a lo largo del cual se disponen nues­tras prácticas sociales. Por eso las redes sociales de reciprocidad son el punto de partida empírico que de hecho -no como un ideal ético o teórico- reconcilia muchos de nuestros intereses como individuos con nuestros fines como miembros de un colectivo. Incluso si creo que la autonomía, la libertad y la independencia de juicio son as­pectos cruciales del tipo de persona que pienso que debo ser, tendré que desarrollar esas cualidades tomando en cuenta mi propia vulne­rabilidad y la de quienes dependen de mí. Y a veces basta parar mientes en esta realidad empírica para ver cómo se suavizan ciertos conflictos del individualismo competitivo.

  • 115

Frente a lo que supone la mitología de la maternidad, no se trata de un cam­bio excepcional y heroico, ni está motivado -como sugieren los sociobiólogos- por un cóctel de hormonas genéticamente programa­da Lo que ocurre, más bien, es que la experiencia de la maternidad tiene la capacidad de reconciliarnos con la base misma de las deci­siones éticas. E1 cuidado de un niño exige tal grado de compromiso, material, social y emocional, que ni siquiera nuestra sociedad líquida puede ocultarlo por completo. La maternidad nos acerca a la nor­malidad moral; es el individualismo consumista el que nos sitúa en un estado de excepción que genera dilemas atroces.

La transformación que induce la maternidad no es instantánea ni tiene por qué ser dulce. Tampoco cabe fingir que establecemos una relación de simbiosis con nuestros hijos, es evidente que nos une a ellos una relación muy desigual -marcada por su especial vulnera­bilidad- que nos obliga a dejar a un lado algunos de nuestros deseos. Esto no es tan raro. Cualquier adulto razonable es capaz de distanciarse de sus inclinaciones inmediatas para buscar un cierto bien. […] Los bebés no son capaces de establecer una distancia reflexiva respecto de sus deseos. Es como si, para ellos, su bienestar, sus de­seos, tus necesidades y lo bueno en general fueran la misma cosa.

  • 118

Y, sin embargo, vivimos en una organización social que constan­temente da ese paso por nosotros, que permanentemente incentiva nuestra autodefmición como conjuntos de deseos y lastra las deci­siones basadas en compromisos. Nuestro mundo cuestiona no solo nuestro derecho a cuidar y a ser cuidados por otros -un problema que se puede mitigar con subsidios públicos- sino también nuestra obligación de cuidar. Por eso se devalúa el trabajo de dar cuidado, por más que se venere nominalmente la figura de la madre. Se desprecia de hecho la vulnerabilidad, aunque nos llenemos la boca con la de­fensa de los más débiles. Se ensalza una independencia ficticia y se nos imponen unos ritmos de trabajo incompatibles con práctica­mente cualquier otra actividad vital. Se obliga a la mayoría a incum­plir sus deberes en tanto que partes de una red amplia de reciproci­dad y cuidado y se impone una carga demasiado pesada a quienes sí cumplen con esa obligación.

  • 122

Ciertas corrientes del feminismo han denunciado la identifica­ción de ser mujer y ser madre. Pero si algo falla en esa identificación es, a mi modo de ver, que tiene poco alcance. No son solo las mujeres las que deben ser madres, son también los hombres. No en el sentido biológico, por supuesto, sino en el político y moral: todas las perso­nas, hombres y mujeres, tenemos la responsabilidad y la obligación de cuidar unos de otros. Y con ella, el deber de construir un marco social en el que poder cuidarnos, en el que poder repartir y compar­tir esos cuidados. En el que la vulnerabilidad sea asumida a fondo y entendida en todas sus consecuencias. Es nuestra responsabilidad evitar que el mercado nos venda una falsa respuesta a esta cuestión. Ni el acceso al mercado capitalista de trabajo fue la respuesta a los inmensos problemas que puso sobre la mesa el movimiento de libe­ración femenina, ni el acotamiento y la compartimentación en dis­tintas categorías de la vulnerabilidad y la externalización y profesio­nalizad ó n de su gestión puede ser la respuesta a la cuestión de la infancia, de la vejez, de los cuidados.

  • 130

Los nuevos expertos tendían a subrayar las negligencias personales -reales o imaginadas- y a infravalorar la dimensión es­tructural de las dificultades a las que se enfrentaban. Para los higie­nistas la causa principal de la mortalidad infantil siempre parecía ser la ignorancia de los adultos a cargo de los niños, y especialmente de las madres. El enfoque científico de la crianza se mostraba ciego al hecho incontrovertible de que para las madres trabajadoras era ma­terialmente imposible criar bien a sus hijos en las condiciones socia­les en las que se encontraban. Así surgió lo que se ha convertido en la pauta común de la literatura de consejos sobre crianza: la culpabilización de las madres.

[…]

Con el tiempo la gente fue aceptando la intervención de los ex­pertos y sus conocimientos especializados en la crianza, un terreno que hasta ese momento estaba dominado por saberes tradicionales. Pero, al menos al comienzo, no fue un proceso particularmente ami­gable. La pediatría y otras profesiones asistenciales desarrollaron un creciente control del cuidado del bebé, convirtiéndose a menudo en azote de padres y madres. En el campo del cuidado obstétrico se for­zó la medicalización de la atención al parto y se prohibió el ejercicio a matronas de formación no reglada. Los médicos decidieron que las matronas estaban ejerciendo intrusismo.

  • 132. Los expertos

El auge de los expertos ha convertido a las familias autónomas en instituciones dependientes y en crisis permanente. En las sociedades tradicionales la educación, el cuidado, la enferme­dad o la muerte se producían, por lo general, en un marco afectivo y poco profesionalizada En nuestro tiempo, los expertos y las institu­ciones formales -hospitales, guarderías, colegios, asilos…- monopo­lizan los saberes necesarios para llevar una vida que, paradójicamen­te, resulta cada vez más y menos privada: más privada en la medida en que la compartimos menos con nuestros pares, y menos privada en la medida en que está constantemente intervenida por los exper­to! Es un circulo vicioso. Desde el momento en que se nos hurtan las fuentes tradicionales de conocimiento, necesitamos que alguien nos diga cómo hacer las cosas. Y a medida que surgen más voces que ofrecen sus saberes, nos vamos sintiendo cada vez más acosados por la incertidumbre, más ansiosos por encontrar a alguien que nos diga lo que de verdad debemos hacer.

  • 135-6

Los expertos transmiten a los padres la sensación de que tie­nen el control, de que está en su mano proporcionar a sus hijos la mejor de las crianzas posibles. Para ello minimizan las barreras mate­riales y sociales a las que se tienen que enfrentar: la necesidad del sa­lario de los dos progenitores, las paupérrimas bajas por maternidad y paternidad, las prolongadas jornadas laborales, la precariedad, la

menguante calidad de los servicios sociales y educativos, la falta de disponibilidad de cuidadores secundarios no remunerados, las escasas oportunidades de que los niños tengan contacto con otros niños fuera de guarderías y colegios, la desigualdad en el capital simbólico, la so­ledad, devaluación y sensación de encierro de quien cuida a tiempo completo, las deficientes condiciones laborales y sociales de los tra­bajadores domésticos que sustituyen a los padres, etc.

A medida que el imperio del experto se afianzaba y las madres aceptaban educar a sus hijos según sus prescripciones, la crianza se ha ido convirtiendo en la dimensión más privada de la familia. Existen, por supuesto, límites legales dirigidos a garantizar el bien­estar de los niños, como las leyes contra el maltrato a menores o la educación obligatoria. Pero, al margen de esas normas básicas, en­tendemos la crianza como un asunto particularmente íntimo, don­de nadie ajeno a la familia tiene derecho a entrometerse. Es una si­tuación muy paradójica. La dependencia extrema de los expertos y sus instituciones convive con una sensación generalizada de sobera­nía personal.

Como cabía esperar, hay fuertes paralelismos entre esta situa­ción y algunas características básicas de nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad históricamente insólita, donde la desigualdad extrema es compatible con la igualdad jurídica. Hasta nuestra época, la es­tratificación social estaba garantizada por prebendas muy visibles, a menudo hereditarias y codificadas en la ley o en la tradición. Hoy la desigualdad ha desaparecido de la arena política y las leyes proscri­ben cada vez más cualquier forma de discriminación pública. Sin embargo, la desigualdad global no ha disminuido, más bien ha aumentado. La explicación de esta paradoja es que el mecanismo fun­damental de desigualdad y estratificación en nuestras sociedades -el mercado de trabajo y, en general, la actividad económica-, se consi­dera un terreno estrictamente privado, no susceptible de interven­ción democrática. Por eso podemos sentirnos libres -teniendo, ade­más, buenas razones para ello- y, sin embargo, vivir en una sociedad extremadamente desigual en términos materiales.

Del mismo modo, las decisiones familiares en torno a la crianza en las sociedades tradicionales no eran libres en ningún sentido del término. Había pocas posibilidades de cambiar las costumbres heredadas y la presión social para seguirlas solía ser intensa. Hoy, en cam­bio, podemos elegir entre distintas estrategias de crianza y esa es una decisión privada. En la práctica hay, sin embargo, dos cortapisas fun­damentales a esa libertad de la que hoy gozamos: por un lado, hemos perdido los conocimientos que nos daban autonomía en beneficio de la injerencia de los expertos. Por otro lado, nos encontramos con importantes coerciones socioeconómicas -realidades muy difíciles de cambiar- que apenas se toman en consideración cuando se dis­cute sobre estos temas, ni siquiera cuando entran en contradicción manifiesta con las prescripciones de los expertos.

De hecho, los especialistas parecen extrañamente ciegos a los hechos más básicos de nuestra realidad social, empezando por las características elementales del mercado de trabajo. Por ejemplo, a menudo los pedagogos reprochan a los padres que dediquen más tiempo a su profesión que a sus hijos. Como si el horario laboral fue­ra una cuestión de elección y uno pudiera optar sistemáticamente entre un amplio abanico de opciones. Así, poco a poco, situaciones radicalmente sociales como la maternidad o la lactancia han llegado a parecer procesos individuales o incluso puramente biológicos.

  • 145

En realidad, tampoco hubiera cambiado gran cosa si fuera un consejo basado en conocimientos genuinamente científicos. Por más que puedan avanzar las ciencias relacionadas de alguna forma con la crianza -la biología, la neurociencia o la bioquímica– la educación de un hijo será finalmente un conjunto de decisiones relacionados con costumbres, principios morales, intereses, preferencias e impo­siciones de las circunstancias. Desde luego no hay por qué desdeñar los conocimientos científicos o las tesis de los investigadores sociales y psicológicos. Al contrario, son elementos que se incorporan, a veces fructíferamente, a nuestra compresión de la crianza. Pero en ningún caso pueden disolver los dilemas prácticos a los que nos en­frentamos ni sustituyen nuestra experiencia personal, nuestra eva­luación del temperamento del crío o de las condiciones familiares en las que tiene lugar la crianza.

  • 149

El poder de la culpa

Una de las pocas inferencias que cabe extraer de las definiciones del bienestar de nuestro hijo que nos ofrecen los expertos es que se ba­san en una concepción individualista del bien. Plantean, por tanto, un rechazo implícito de la virtud ética entendida como algo que, al menos en parte, hay que alcanzar en común; un punto de vista per­fectamente congruente con la cultura contemporánea del cálculo racional de coste y beneficio como guía vital. Pero, además, los argu­mentos cientifistas dan lugar a tesis categóricas, completamente in­negociables. Cuando algunas opciones de crianza están avaladas por la ciencia, de nada sirve intentar entender la educación de un hijo como un proceso de realización personal en el que los implicados se transforman mutuamente en función de sus distintas virtudes y ca­pacidades. Y eso no hace más que endurecer las pruebas por las que pasan las familias.

  • 151. error

Curiosamente…

que requeriría una honda transformación social. No quiero que se me entienda mal. Imagino que la inmensa ma­yoría de k» expertos escriben de buena fe y no pienso que pasan de puntillas por los posibles efectos adveraos de las guarderías para ven­der más libros. De hecho, no creo que se pueda saber si las guarderí­as son en general buenas, malas o regulares para los bebés, imagino que depende bastante de cada situación concreta. Lo que quiero de­cir es que, en el fondo, los consejos de crianza, todos ellos, incluidos los supuestamente basados en la ciencia, se adaptan a las condicio­nes del terreno. Así es como los expertos tienden a centrarse casi ex­clusivamente en aquellas dificultades que se pueden superar con un incremento del esfuerzo de los padres en general y las madres en

151

 

  • 156

Tras un par de horas, el patrón básico me parecía obvio: la literatura médica no se parece en nada a la literatura popular. Lo que muestra es que dar el pecho es, probablemente, quizá, un poquito mejor. Bien lejos, pues, de la estampida de evidencias que Sears describe. De he­cho, se parece bastante más a la forma insegura de avanzar de un niño que comienza a andar: dos pasos adelante, dos atrás, con gran cantidad de desviaciones y algunos topetazos contra la pared. Un par de estudios mostraban menos alergias entre los niños alimenta­dos al pecho, mientras que el siguiente descartaba toda diferencia. Y lo mismo respecto del vínculo madre-hijo, cociente intelectual, leu­cemia, colesterol, diabetes… Incluso en los casos en los que el con­senso era abrumador, los metaestudios -revisiones de los estudios que se han realizado previamente sobre un mismo tema- lamenta­ban, con razón, sesgos, falta de pruebas, y otros grandes fallos en el diseño de las investigaciones10.

El Comité de Lactancia de Estados Unidos -USBC por sus siglas en inglés- contestó al artículo con una nota en la que sostenían, en­tre otras cosas, que Rosin no había tenido en cuenta un metaestudio posterior que sí avalaría la afirmación de que el pecho es mejor en todos los casos y en términos absolutos.

Tal como yo lo veo, ni la respuesta del USBC ni otros nuevos es­tudios aportan gran cosa en este debate, ya que no se trata de negar que existan ventajas para los bebés amamantados o desventajas para los alimentados con leche artificial. La queja de Rosin se mantiene: entre las sutiles diferencias que mencionan los estudios científicos y los aplastantes beneficios que enumera la literatura de divulgación […] media un abismo.

10 Hanna Rosin, «The case against breastfeeding», The Atlantic, abril de 2009.

  • 177

Como cabía esperar, resulta que cuanto más social y cultural es la especie que se estudia, más depende la conducta maternal del aprendizaje y menos de pautas innatas y mecanismos puramente biológicos. Entre distintos tipos de primates es común que las hem­bras jóvenes que aún no se han reproducido desarrollen una ade­cuada conducta maternal cuidando de las crías de otras hembras. En cambio, las criadas en cautividad y privadas del contacto con sus congéneres de las que aprender pueden no tener ni idea de qué ha­cer con sus crías, hasta el punto de que ni siquiera se les ocurre po­nérselas al pecho, por cargadas de oxitocina que estén.

Con todo, abundan los estudios que se esfuerzan por derivar al­guna relación causal entre un mayor nivel de oxitocina en la madre y una conducta maternal más apropiada o apegada. Para empezar es más que cuestionable que se pueda medir en general el apego o la conducta maternal responsiva. Pero incluso sin tomar en consi­deración esa cuestión crucial, los resultados son extremadamente ambiguos.

  • 192

Para complicarlo todo un poco más, hay conductas complejas que tienen componentes innatos y componentes aprendidos que no cabe desligar, como es el caso, sin ir más lejos, del lenguaje humano. El propio Lorenz advertía: «Se nos dice que lo que llamamos innato y lo que llamamos adquirido no pueden definirse más que como el contrario el uno del otro. Pero eso es absolutamente falso». La apro­ximación contemporánea a este campo trata de comprender las complejas y sutiles imbricaciones de lo innato y lo adquirido, y del papel del entorno en la configuración y expresión de la herencia genética.

La literatura sobre crianza hace un uso intensivo del concepto de instinto, aunque no se anda con tantas sutilezas. Grosso modo, lo entiende como un nivel profundo que habría en nuestro interior, un cofre cargado de sabiduría ancestral e innata capaz de guiar nuestro itinerario vital, al menos en ciertas encrucijadas, como la materni­dad. El conocimiento de lo que es natural, y por tanto bueno, reside en nuestro interior. Se trata de dejarlo fluir.

Desgraciadamente, la cosa no es tan sencilla. Al parecer, resulta muy difícil acceder a este saber natural, porque está enterrado bajo capas y más capas de cultura occidental. La artificialidad de nuestras costumbres, los valores superficiales que propugna nuestra civi­lización, así como la tendencia a privilegiar el raciocinio intelectual en detrimento de la intuición y lo emocional, constituirían un pesa­do fardo del que necesitamos liberarnos para dejar que ese saber ins­tintivo mane adecuadamente y gobierne nuestra conducta.

Como agudamente señalan Barbara Ehrenreich y Deirdre English, esta clase de recomendaciones añaden una carga extra a las admoniciones de los expertos. Ya no es suficiente con obedecer una amplia colección de consejos para garantizar el buen cuidado de los hijos. Además, hay que sentirlos dentro, hay que seguir las recomen­daciones con empatía. La conducta correcta tiene que fluir desde

nuestro fuero intimo en forma de amor verdadero y natural, y no fingido, trabajado o aprendido. Y fluirá, se nos dice, si nos abrimos a nuestros bebés, si apartamos de nuestro camino las frivolidades sin

importancia, las preocupaciones que son en comparación secunda­rías y cualquier presión que pueda ejercer sobre nosotras el entorno, la cultura, los demás… Para ello se nos ofrecen algunas herramientas -el contacto abundante piel con piel, el pecho a demanda, el cole­cho- que favorecerían ese estado anímico y hormonal apropiado para sincronizarnos con nuestros hijos y para saber leer en ellos el tipo de conducta que esperan de nosotros.

Como reacción a estas tesis naturalistas, algunas feministas co­meten un error simétrico. Sacan a la luz un amplísimo repertorio de contraejemplos históricos de desamor maternal, de ausencia de un instinto capaz de actuar como guia suficiente, de otras prioridades y aspiraciones femeninas distintas de los hijos… Dudo mucho que es­tos argumentos cuestionen realmente la existencia de una base bio­lógica de algo que podemos llamar amor maternal o instinto mater­no. Como tampoco creo que una historia del celibato pudiera cuestionar la existencia de una pulsión sexual instintiva en los hu­manos. Aunque no somos capaces de describir esa naturaleza ma­ternal con precisión, la existencia de una respuesta cuidadora innata ante una cría constituye una de las hipótesis de adaptación evolutiva más verosímiles que se han formulado jamás.

Lo que sacan a la luz las críticas a la noción de amor maternal de autoras como Elisabeth Badinter es que esta realidad biológica está profundamente imbricada en situaciones sociales y culturales radicalmente diversas hasta el extremo que resulta imposible defi­nir la maternidad en términos individuales y ahistóricos.

  • 195

En El mito de la educación, Judith Rich Harris rebate sistemática y exhaustivamente esta mitología. Su hipótesis es que el contacto con otros niños moldea de manera fundamental la personalidad que

se va forjando a lo largo de la infancia (de toda la infancia, no solo del obsesivamente observado periodo de cero a tres). Es lo que llama «socialización por el grupo de pares». La influencia fundamental de los compañeros viene a sumarse al influjo de los genes sobre algunos rasgos de la personalidad, dejando un espacio relativamente estre­cho -estrechísimo si lo comparamos con nuestras expectativas cul­turales- para el poder moldeador de los padres.

Por el camino, Harris realiza una crítica implacable de los argu­mentos y la calidad de los datos que se han empleado en apoyo de la hipótesis de la todopoderosa crianza parental, sobre los que se sustenta buena parte de la investigación en desarrollo infantil y, con ella, también los manuales sobre crianza. El debate lleva años giran­do en tomo al binomio genes-ambiente o naturaleza-educación, in­tentando dirimir el peso de cada uno de esos factores en la confor­mación de un individuo, sin que casi nadie parezca pararse a pensar que la definición de ambiente o educación que suele darse por sen­tada es demasiado restringida.

  • 201-2

Entre los partidarios de la crianza con apego se está generalizan­do como guía educativa básica el concepto de las consecuencias na­turales. Básicamente, se trata de dejar que el niño que está creciendo y aprendiendo se enfrente a las consecuencias que tienen sus actos y saque a partir de ahí sus propias conclusiones. Si el niño no presta sus juguetes, veri que los demás terminan por no prestarte a él nada, o lo rechazan socialmente, o lo miran con hostilidad o lo que sea. Reciprocidad, vamos.

Tal como yo lo veo, esta estrategia plantea algunos problemas. El primero es que la propia explicación con la que el adulto podría ayudar al niño a interpretar y encauzar la situación -si no prestas tus juguetes nadie te va a prestar a ti los suyos- no está bien vista. Tanto la explicación como el subsiguiente intento de guía se consi­deran manipulaciones o incluso chantajes para que el niño se adapte a la conducta que nosotros, los adultos, deseamos.

El segundo problema es que, a mi entender, uno de los pilares básicos de la educación consiste en transmitirles a los niños valores o máximas morales, no en dar por supuesto que vienen equipados con ellos. «Compartir es bueno», tan bueno que hasta debería ser una obligación, es uno de esos valores que yo quiero transmitir a mi hijo. Y me gustaría hacerlo aunque sus actos no tuvieran conse­cuencias, es decir, aunque no existiera un contexto de reciproci­dad. Si los niños con los que juega mi hijo siempre prestan sus ju­guetes, incluso a quienes nunca prestan, a mí me da igual, yo quiero que él preste los suyos. Si mi hijo juega con niños que no prestan nunca sus juguetes también me da igual, yo quiero que él preste los suyos (y probablemente procuraré cambiarlo de am­biente de juego).

Es esta transmisión de ideales o máximas la que el neorromanticismo parece rechazar como otra forma de manipulación o dirigismo.

[…]

Me imagino que esa inhibición moral, es decir, esa reticencia a decirle a los propios hijos lo que pueden hacer y lo que no, a expli­carles lo que está bien y lo que no lo está, procede de la idea román­tica de que ellos son los verdaderamente buenos. Cualquier cosa que nosotros, contaminados ya por la cultura, podamos enseñarles no será más que un abusivo intento de manipular a unos seres puros que, dejados a su aire, tienen la capacidad de generar un autodesarrollo saludable en todos los ámbitos, incluido el moral.

La verdad es que hay bastantes ejemplos de comportamiento infantil espontáneo que recuerdan más a El señor de las moscas que al Emilio de Rousseau. Pero, además, no puedo dejar de percibir cier­ta semejanza con un medio ambiente ideológico individualista, hos­til y competitivo en el que la única conducta apropiada es la utilita­ria: «presta, no seas tonto, que a la larga saldrás ganando…» Los valores morales son incompatibles con esta conducta estratégica. Kant decía que la moral es categórica, es decir, incondicional. Se re­fería a que el sistema de normas éticas se derrumba si intentamos entenderlo en términos de conducta egoísta.

Otra madre, en el mismo hilo del foro, comentaba preocupada: «Yo nunca he obligado a mi hija a prestar sus cosas, incluso nunca he intentado dirigirla en este tema, siempre la he dejado que haga lo que quiera y he respetado hasta el final su derecho a no compartir nada porque para eso eran suyos los juguetes. El tema es que ahora me encuentro con una nena de más de seis años que es muy egoísta con sus cosas. Con todas. Incluso se enfada si su hermano come algo que a ella le gusta porque dice que como eso le gusta tanto solo se lo puede comer ella*. Por lo que se ve, no quiere inculcar en sus hijos el valor de compartir, pero no percibe ningún problema en transmi­tir una noción bien estrecha de propiedad privada…

  • 212

La idea básica es que detrás de los ropajes artificiales de nuestras culturas subyace una única naturaleza maternal entregada. El triun­fo de la personalidad terapéutica entre las madres ha reforzado una indagación individual en sus interiores emocionales, animales o ins­tintivos que, confían, les servirá de guía para interactuar con sus hi­jos. La buena madre neorromántica, cortada según un patrón bas­tante estrecho, es inmune a las distintas formas de socialización de la experiencia maternal, y cualquier divergencia respecto de este ideal naturalizado se interpreta como fruto de las distorsiones que introduce nuestro revestimiento civilizatorio.

Podemos rechazar 10.000 años de estilo de vida agrícola y unos 200 de civilización industrial por ser antinaturales, por no ser respe­tuosos con el estilo de vida para el que millones de años de caza y recolecta supuestamente nos prepararon. Pero creo que sería mucho más fructífero centrarnos en identificar y procurar modificar aque­llos rasgos de nuestro contexto social que hacen que resulte tan di­fícil atender a nuestros hijos como querríamos y como se merecen. La maternidad -las maternidades- que hoy vivimos son en buena medida el resultado de condiciones sociales, materiales y políticas que nos impiden cuidarnos a nosotros mismos y a quienes nos rode­an. Comprender esos límites es el primer paso para transformarlos.

En cambio, la psicologización, la individualización y la búsqueda de autenticidad encajan como un guante en la ideología de un siste­ma competitivo y consumista. Del mismo modo, la idea de que está en nuestras manos hacer de nuestros hijos personas emocionalmente sanas y completas, constituye una fantasía de control apaciguado­ra en un mundo que se nos escapa por completa

  • 218-20

La maternidad y los cuidados son experiencias centrales en la vida de cualquier persona: o cuidamos, o nos cuidan o, casi siempre, las dos cosas a la vez. Por eso no es extraño que en esas vivencias se observen concentradas algunas de las tensiones que caracterizan nuestro ecosistema social: el capitalismo posmodemo.

Como el panorama social es bastante desolador, muchos se sien­ten tentados de aceptar una especie de estrategia de minimización de pérdidas. Nuestra sociedad da la espalda a la centralidad de los cuidados, qué se le va a hacer. La mejor opción, entonces, es conten­tarse con un sucedáneo de realización personal. Nos vemos obliga­dos a externalizar la crianza, dejando a nuestros hijos en manos de diversos trabajadores remunerados, así que nos engañamos descri­biendo nuestros tumbos por un mercado de trabajo precario y ex­plotador como una carrera profesional, y los contactos que estable­cemos en la viciada atmósfera laboral como una fuente aceptable de relaciones personales.

También hay quienes intentan construir un refugio privado que los aisle de ese mundo hostil, una solución individual de cuya fragi­lidad no siempre somos conscientes. Algunas mujeres se ilusionan con un retomo reaccionario a una experiencia tradicional de la ma­ternidad, viviendo como se imaginan que vivían sus abuelas. Y otras buscan en su interior una esencia natural que les revele una versión incontaminada de la maternidad y la crianza.

En ninguno de esos casos estamos solos. Una legión de expertos nos ofrecen su tutela y un amplio catálogo de pseudoteorías hechas a nuestra medida para que no tengamos que interpretar nuestra si­tuación como una derrota ante fuerzas sociales más poderosas o aceptar cierta complicidad con ese estado de cosas.

El principal problema al que nos enfrentamos en la crianza no es la ausencia de una genuina ciencia pedagógica que nos propor­cione un gran método infalible. Los problemas tienen que ver, más bien, con una dinámica social profundamente hostil a la crianza. Desde la óptica de los cuidados la economía de mercado es una for­ma inempeorable de organizar la reproducción social. Para empezar, es incapaz de establecer una jerarquía de ocupaciones razonable. Una enorme masa de personas -entre ellas las madres- que se ocu­pan de nuestra subsistencia material son económicamente invisibles, lo que significa que también lo son políticamente. Mientras tanto, el reducido grupo de personas que forman las élites mundiales, enzar­zadas en una demencia! competición por acumular riqueza y poder que ocasiona innumerables daños colaterales, tienen la capacidad de definir las agendas políticas de nuestros gobiernos en su beneficio, y obtienen inmensas retribuciones materiales y simbólicas.

Solo cuando comprendemos esos límites podemos dar un paso adicional, que es repensar el papel que ocupa la maternidad en nues­tra sociedad y cómo queremos vivirla. Resocializar la maternidad, socializarla en otras condiciones más favorables, es lo contrario tanto de la reclusión neorromántica como de la externalización del cuida­do. Es conseguir que los cuidados pasen a ocupar el centro de la vida política y económica.

El reparto igualitario -entre clases y géneros- de las tareas del cuidar no tiene nada que ver con distribuir el peso de una carga de­sagradable. Bien está intentar que las mujeres y entre ellas las madres desarrollen libremente sus aspiraciones del tipo que sean. Su participación en la vida pública es irrenunciable. Y desde luego, es im­prescindible acabar con esa sobreexplotación a la que se ven sometidas muchas amas de casa y trabajadoras domésticas. Pero es preciso entender que el cuidado es un derecho y un deber esencial en una sociedad igualitaria. No se puede ser una buena madre sin ser al mis­mo tiempo una buena ciudadana, ni se puede ser un buen ciudada­no sin ser, en cierto modo, madre, es decir, sin incorporar a la idea de persona y a la vida pública el carácter central de la vulnerabilidad, la dependencia, la reciprocidad y los cuidados. Necesitamos con ur­gencia una idea de maternidad «distribuible», imaginar la posibilidad de repartir o propagar una experiencia radical de la vulnerabilidad y el cuidado, que nos haga salir del ensimismamiento individualista o familiar y entender en todo su alcance lo que significa ser seres dependientes.

No se trata de seguir indagando en los factores biológicos o psi­cológicos -siempre individuales— que hacen de una persona algo así como una buena madre responsiva, sino de imaginar cómo debería ser nuestro entorno para que a todos nos sea posible ser buenas ma­dres. Necesitamos una organización social en la que ser madre no implique salirse del mundo ni hacer equilibrios imposibles; en la que participar activamente en la vida común no signifique mutilar la experiencia maternal ni externalizar el cuidado; en la que todo el mundo entienda y proteja la importancia de los cuidados. Es cierto que hace falta toda la tribu. Una tribu que nos permita ser madres y ser otras muchas cosas más a la ver, que nos permita elegir de verdad y, en el mismo acto, comprometernos. No una sociedad que nos fuer­ce a decantamos por opciones igualmente defectuosas y a dar la es­palda a lo que son ingredientes irrenunciables de nuestra constitu­ción como personas.

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