Romper la monogamia como apuesta política. Brigitte Vasallo

Gritar contra el sistema está muy bien, pero poner tus sistemas emocionales, tus relaciones al frente mismo de la revolución…

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la fidelidad entendida como exclusividad

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El gran amor, (también llamado amor romántico), l’amour, es una imagen liberadora pero sospechosamente repetitiva, extrañamente común. Cúspide de la evolución emocional del ser humano, el enamoramiento y su materialización, el everlasting love, nos parece lo más, especialmente comparado con las uniones de conveniencia de siglos anteriores o de latitudes distintas y con los matrimonios tradicionales, unidos por la hipoteca, los churumbeles y la costumbre, desapasionados y malhumorados. El amor romántico ofrece un marco emocional totalmente distinto y aparentemente liberador.

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Si nuestro amour nos pidiese dejar de hablar con los demás saltarían todas las alarmas del maltrato. Pero al tiempo que pensamos el amor como un sentimiento exclusivo, pensamos el sexo más como un vicio que como una parte esencial del ser. Por eso cuesta tanto reivindicar y defender la diversificación sexual, especialmente para las mujeres

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una pareja de largo recorrido, por pura definición, no puede ofrecer: la novedad. Y la novedad, en términos sexuales, puede ser muy atractiva. Hay, pues, una cuestión práctica de necesidades, deseos y fantasías en la gestión de la fidelidad.

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ninfómanas, el término buenista que convierte nuestra sexualidad en una patología (de satiriasis, su equivalente masculino, nadie ha oído hablar).

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también hay una cuestión política implícita en esa fidelidad sexual y emocional entendida como componente obligatorio del dúo feliz: la propiedad de los cuerpos y de los placeres que nos adentra en las marismas del capitalismo emocional.

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El capitalismo emocional “Eres mío”, “yo soy tuya”, “te lo he dado todo”, “te debo la vida”, “me robaste el corazón”, “voy a conquistarla”. “Me las pagarás”. El triángulo amoroso que forman la monogamia, la fidelidad y el amor romántico usa términos del capital para definirse. Y las palabras, lo sabemos, no son inocentes.

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El Amor, con mayúsculas, no es un bien escaso sino un órgano que crece cuando lo ejercitas,

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Maite Larrauri lo explica así en su libro ‘El deseo según Deleuze’: “Vamos a tomar prestada una idea de Nietzsche y definiremos a las personas vitalistas como aquellas que aman la vida no porque están acostumbradas a vivir, sino porque están acostumbradas a amar. Estar acostumbrada a vivir significa que la vida es algo conocido, que sus presencias, sus gestos, sus sucesiones se repiten y ya no sorprenden. Amar la vida porque estamos acostumbradas a vivir es amar lo que ya hemos vivido. En cambio, amar la vida porque estamos acostumbradas a amar no nos remite a una vida repetitiva. Lo que se repite es el impulso por el cual nos unimos a las ideas, a las cosas y a las personas; no podemos vivir sin amar, sin desear, sin dejarnos llevar por el movimiento mismo de la vida. Amar la vida es aquí amar el cambio, la corriente, el movimiento perpetuo. La persona vitalista no ha domesticado la vida con sus costumbres, porque sabe que la vida es mucho más fuerte que una misma”

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Las relaciones no-monógamas son también el refugio y la excusa perfecta para el individualismo emocional, para esconder bajo una pose moderna la incapacidad para el compromiso con la vida misma: amar a mucha gente para en el fondo no tener que amar a nadie.

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Primero, tú decides que tus celos no te van a hacer salir corriendo. Y ejercitas tu primera manera de controlar los celos: Me voy a mantener firme y voy a ir a mi ritmo y el de mis sentimientos”. [1] Las experiencias compartidas parecen coincidir en que la mejor manera de desactivar los celos es la comunicación y la empatía. Poder explicar a las personas con las que te relacionas cómo te sientes respecto a tu entorno afectivo y sexual sin miedo a juicios ni reproches, poder compartir dudas, angustias y temores y poder recibir respuestas que te calmen los demonios hasta que los demonios desaparezcan por sí mismos.

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Del mismo modo que la posesión de los cuerpos y deseos ajenos forma parte del capitalismo emocional, la desvinculación de los mismos también lo es, pues comparte con ella la cosificación, el usar y tirar: las personas y los cuerpos como puro objeto de consumo, como entes substituibles.

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El imprescindible Golfxs con principios propone cuatro cualidades para el vínculo no posesivo que, sin ser las únicas, son sin duda esenciales:

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El cambio de paradigma que propone la ruptura de la monogamia obligatoria no es la banalización definitiva de los amores, sino todo lo contrario: el compromiso final, el que late en el fondo de los compromisos políticos, ideológicos y sociales, pero que es bastante más jodido, bastante menos vistoso y bastante más arriesgado.

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“Comprometerse es, en el fondo, dejarse comprometer, dejarse poner en un compromiso. Eso quiere decir romper barreras de inmunidad, renunciar a la libertad clientelista de entrar y salir con indiferencia del mundo como si fuese un supermercado o una página web. Quiere decir dejarse afectar, dejarse tocar, dejarse interpelar, saberse requerido, verse concernido…. entrar en espacios de vida en los que no podemos aspirar a controlarlo todo, implicarnos en situaciones que nos exceden y que nos exigen inventar nuevas respuestas que tal vez no tendremos y que seguro que no nos dejarán igual. Todo compromiso es una transformación forzosa y de resultados no garantizados”. En esta cita de la filósofa Marina Garcés

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Romper la monogamia como apuesta política (pikaramagazine.com)

– Subrayado Pos. 33-34  | Añadido el martes 12 de noviembre de 2013 17H31′ GMT+01:00

*Brigitte Vasallo es mediadora intercultural y co-fundadora de Colectivo Cautivo . Autora del blog Perder el norte [1] Traducción del inglés de www.golfxsconprincipios.com/lamoscacojonera/

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