Padura, L.: El Hombre Que Amaba A Los Perros

Julio 2012

Quise utilizar la historia del asesinato de Trotski para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX.

Sabía que si en marzo de 1921 los bolcheviques hubieran permitido unas elecciones libres, probablemente hubiesen perdido el poder. La teoría marxista, que Lenin y él utilizaban para validar todas sus decisiones, nunca había considerado la coyuntura de que los comunistas, una vez en el poder, pudieran perder el apoyo de los trabajadores. Por primera vez, desde el triunfo de Octubre, debieron haberse preguntado (¿alguna vez nos lo preguntamos?, le confesaría a Natalia Sedova) si era justo establecer el socialismo en contra o al margen de la voluntad mayoritaria. La dictadura proletaria debía eliminar a las clases explotadoras, pero ¿también reprimir a los trabajadores? La disyuntiva había resultado dramática y maniquea: no era posible permitir la expresión de la voluntad popular, pues ésta podría revertir el proceso mismo. Pero la abolición de esa voluntad privaba al gobierno bolchevique de su legitimidad esencial: llegado el momento en que las masas dejaban de creer, se impuso la necesidad de hacerlas creer por la fuerza.

como respuesta al fracaso económico, las exigencias ideológicas se hicieran más patentes,

Los tres ejes narrativos/p. d vista de la novela: Trosky, Mercader y el autor (de la propia novela que se convierte en personaje)

Formas de decirlo:

√     Fugados del bullicio

√     Los nombres de la nostalgia,

√     La realidad real.

√     Enemigo cerval

√     Demasiado lacerante.

√     Formas de decirlo

√     El estertor de la utopía.

√     Muñéndose de

√     Un fárrago de ideas,

√     Tedios cotidianos

√     Visceral me laceraba,

√     La insidiosa certeza

√     Ubicua falta de lógica

√     Una molicie benéfica

√     Ascenso hacia lo concreto.

√     Justamente execrado

√     Bliat’! (in russian means ‘whore’ or ‘slut’ , ‘suka’ is the word for bitch)

√     Una molicie pegajosa.

√     Siempre y todo.

√     Un cínico eficiente,

√     El paraíso de los héroes puros.

√     Los suelos olían a creolina barata

√          El desperdicio de unas fuerzas que exigían a gritos un cauce liberador.

√          No parecían demasiado interesados en oponerse al enemigo necesario

√          Algún que otro fusilamiento, cuanto más sumario mejor,

√          La cínica construcción de una gran mentira

√          La crónica misma del envilecimiento de un sueño

√          El brazo impío del odio más sagrado y justo.

√          La densidad viscosa de los días de pasividad.

√          La malsana densidad que acompaña al silencio

√          Un odio total, más grande que él mismo, visceral y autofágico.

√          La deformación de la utopía,

√          La componenda

√          Aquel impulso, que él sabía epilogal,

√          El cansancio histórico y en la utopía pervertida?

√          Se esforzó tanto por ser un militante ejemplar que tuvo que suicidarse para volver a ser poeta… El silencio de maiakovski

 

  • Palabras:

× Ríspida

× Deglutir

× Sapingo

× Golilla

× Un gargajo

× Ergástula

× Fárrago

× Abrojos

 

  • Las guerras se ganan de muchas maneras
  • Su rival es la Historia, no ese advenedizo de Stalin
  • Doce años atrás, cuando el recién estrenado comisario de la Guerra Liev Trotski lo había hecho traer a su despacho, Blumkin era un muchacho imberbe, con aires de personaje dostoievskiano, que enfrentaba cargos que el tribunal militar sancionaría con la pena de muerte. El joven había sido uno de los dos militantes del partido social-revolucionario que habían atentado contra el embajador alemán en Moscú, con la intención de boicotear la polémica paz con Alemania que los bolcheviques habían firmado en Brest-Litovsk, a principios de 1918. La víspera del juicio, después de leer unos poemas escritos por el joven, Liev Davídovich había pedido reunirse con él. Aquella noche hablaron durante horas sobre poesía rusa y francesa (coincidieron en su admiración por Baudelaire) y sobre la irracionalidad de los métodos terroristas (si con una bomba se resuelve todo, ¿para qué sirven los partidos, para qué la lucha de clases?), al cabo de las cuales Blumkin había escrito una carta en donde se arrepentía de su acción y prometía, si era perdonado, servir a la revolución en el frente que se le designara. La influencia del poderoso comisario resultó decisiva para que se le perdonara la vida, mientras por vía oficial se informaba al gobierno alemán que el terrorista había sido ejecutado. Ese día, alumbrada por Liev Trotski, había comenzado la segunda vida de Yakov Blumkin. Durante la guerra civil, Blumkin había destacado como agente de contrainteligencia, lo cual le valió condecoraciones, ascensos e, incluso, la militancia en el partido bolchevique. Considerado un traidor por sus antiguos camaradas, dos veces escapó, de modo milagroso, a atentados contra su vida. Los meses finales de la guerra, mientras se recuperaba de las heridas del segundo atentado, formó parte del cuerpo de asesores de Liev Davídovich, quien, al ver sus aptitudes, lo premió con una recomendación especial para la academia militar. Sin embargo, su capacidad para las misiones de espionaje lo decantaría por el mundo de la inteligencia, y desde hacía varios años fulguraba como una de las estrellas de los servicios secretos, para los que todavía trabajaba a pesar de que todos sabían, incluido el jefe máximo de la GPU, que, por su devoción hacia Trotski, sus simpatías políticas estaban con la Oposición.
  • «M. y Mme. Paz: »Hoy he recibido una noticia que pone de relieve la mezquindad de personas como ustedes, que apenas pasan de ser bolcheviques de salón y para los cuales la revolución es un pasatiempo. Ustedes, que no han sufrido en carne propia la represión, la tortura, el invierno en los campos de trabajo, tienen la posibilidad de renunciar a la lucha cuando ésta no cumple sus expectativas de éxito y protagonismo. Pero el revolucionario verdadero empieza a serlo cuando subordina su ambición personal a una idea. Los revolucionarios pueden ser cultos o ignorantes, inteligentes o torpes, pero no pueden existir sin voluntad, sin devoción, sin espíritu de sacrificio. Y como para ustedes esas cualidades no existen, les agradezco que tan diligentemente se hayan apartado del camino. »L.D. Trotski».
  • Sabía que si en marzo de 1921 los bolcheviques hubieran permitido unas elecciones libres, probablemente hubiesen perdido el poder. La teoría marxista, que Lenin y él utilizaban para validar todas sus decisiones, nunca había considerado la coyuntura de que los comunistas, una vez en el poder, pudieran perder el apoyo de los trabajadores. Por primera vez, desde el triunfo de Octubre, debieron haberse preguntado (¿alguna vez nos lo preguntamos?, le confesaría a Natalia Sedova) si era justo establecer el socialismo en contra o al margen de la voluntad mayoritaria. La dictadura proletaria debía eliminar a las clases explotadoras, pero ¿también reprimir a los trabajadores? La disyuntiva había resultado dramática y maniquea: no era posible permitir la expresión de la voluntad popular, pues ésta podría revertir el proceso mismo. Pero la abolición de esa voluntad privaba al gobierno bolchevique de su legitimidad esencial: llegado el momento en que las masas dejaban de creer, se impuso la necesidad de hacerlas creer por la fuerza.
  • un estado de cercanía al equilibrio que me reconfortaba y todavía me permitía pensar en la existencia palpable de una pequeña felicidad, hecha a la medida de mis también disminuidas ambiciones.
  • como respuesta al fracaso económico, las exigencias ideológicas se hicieran más patentes,
  • por primera y única vez en mi vida —quizás porque estaba completamente equivocado—, me sentí seguro de mí mismo, de mis posibilidades e ideas
  • el ascenso hacia la gloria artística y la utilidad social, como entonces pensábamos de la literatura (que más bien parecía una cabrona escalera y no el oficio para masoquistas infelices que en realidad es).
  • —Prepárate, socio: aquí te vas a hacer un cínico o te van a hacer mierda… Bienvenido a la realidad real.
  • Sus propios habitantes dicen que sobre Baracoa pesa la maldición del Pelú, un profeta loco que la condenó a ser el pueblo de las iniciativas nunca cumplidas.
  • como los incendios esos de la turba, sin llama
  • El reformismo conduce a la restauración: solo el poder comunista, despiadadamente proletario, puede llevar a cabo las transformaciones profundas que exige un país como éste, enfermo de odio y de desigualdades, solía repetir África, siempre tribunicia.
  • obras como la que yo había escrito cuatro años antes: sinflictivas —así se las calificó después— y complacientes, sin el asomo de una tensión social o humana que no estuviese permeada por los influjos de la propaganda oficial.
  • idea dq ascenso hitler en alemania no contrarrestado x comunistas alemanes cm debiera quiza x directiva stalinista xq a este le interesaba poder nazi cm chivo expiatorio y demoniaco para asi poder reforzar su propio poder en la urss
  • Bujarin, que tuvo tanto miedo que prefirió la certeza de la muerte al riesgo de tener que mostrar valor para vivir cada día.»
  • un período oscuro, en el que se confundieron todas sus perspectivas, pero del que saldría abruptamente para topar con la claridad más resplandeciente: la de su sólida convicción de que la impiedad era necesaria para alcanzar la victoria.
  • Nin era un enemigo declarado de los comunistas y había sido de los primeros en calificar (haciéndose eco de los alaridos de Trotski) de crímenes los juicios moscovitas de 1936 y de principios de aquel año, y en tachar de cómplices culpables a los «amigos de la URSS» que defendieron su legalidad y pertinencia. También había sido de los que sostuvieron con mayor pasión la necesidad de la revolución junto a la guerra, la tesis de la lucha total contra la república burguesa (que, a pesar de ser antiproletaria, se sostenía con el apoyo de los que Nin calificaba como conciliadores comunistas) y su desacuerdo con la ayuda soviética, como si para el gobierno hubiese sido posible resistir sin ella. Pero lo que había marcado del modo más rotundo su filiación fue su exigencia, desde el puesto deconseller en el gobierno de la Generalitat y desde su liderazgo en el POUM, de que la República ofreciera asilo al traidor Trotski, después de que su felonía quedara corroborada en los juicios celebrados en Moscú.
  • —No hagas demasiado caso de esos lunáticos. Confunden la ideología con el misticismo y no son más que máquinas andantes, peor aún, son fanáticos.
  • la extraña ironía que encerraba una propuesta política jamás concebida por las más febriles mentes marxistas, para las cuales hubiera sido imposible imaginar que, logrado el sueño socialista, fuera necesario llamar al proletariado a rebelarse contra su propio Estado.
  • se iban las ilusiones, el pasado, la gloria y los fantasmas, incluido el de la revolución por la que había luchado tantos años. Pero conmigo se va también la vida, escribiría: y por más derrotado que me crean, mientras respire, no estaré vencido.
  • al proyectista Schúsev y a los arquitectos Saveliev y Stapran y les encargó los
  • Maurice Chevalier
  • Importa el sueño, no el hombre, y menos aún el nombre. Nadie es importante, todos somos prescindibles…
  • deslumbrado con la realidad soviética pero sin dejar de interrogarla,
  • lo que Raquelita llamaba la apatía (de mierda) con que yo lo asumía todo y lo que consideraba mi pérdida de espíritu de lucha por defender lo más elemental de mi vida (también de mierda) terminaron por decepcionarla y vencerla. Desde siempre Raquelita había aspirado a cosas en la vida, a ascensos y recompensas, a autos y comodidades que parecían cada vez más posibles para todos en un socialismo que maduraba y se perfeccionaba. Pero, según ella —y era cierto—, yo apenas me conformaba con acariciar expectativas para el futuro (de los demás) desde un rincón del presente donde me había acurrucado con la única esperanza de que me dejaran vivir en paz.
  • Aun teniendo parte de razón (yo era y soy un infeliz: un no feliz), en sus descargas de odio Raquelita sufría una traición de la semántica: más que un perdedor, yo era un derrotado, y entre uno y otro estado había —hay, siempre habrá— un abismo de connotaciones e implicaciones.
  • Si era inevitable que una revolución proletaria atravesara no ya un período termidoriano, sino un terror que negaba su esencia misma, no había derecho a imponer condiciones a la libertad artística: Todo tiene que estar permitido en el arte, insistió, a lo que el francés volvió a agregar: Menos que atente contra la revolución proletaria; ése era el único principio sagrado.
  • «Para el arte la libertad es sagrada, su única salvación. Para el arte todo tiene que sertodo», concluyó.
  • La hipocresía de la política, pensó, puede desbordar los pozos más profundos.
  • si, como decían algunos, vencidos por las evidencias, la clase obrera había mostrado con la experiencia rusa su incapacidad para gobernarse a sí misma, entonces habría que admitir que la concepción marxista de la sociedad y del socialismo estaba errada. Y aquella posibilidad lo colocaba frente al meollo terrible de la cuestión: ¿era el marxismo apenas una «ideología» más, una forma de falsa conciencia que llevaba a las clases oprimidas y a sus partidos a creer que luchaban por sus propios fines cuando en realidad estaban beneficiando los intereses de una nueva clase gobernante?…
  • admitir también que la URSS no había sido más que la precursora de un nuevo sistema de explotación y que su estructura política tenía que engendrar, inevitablemente, una nueva dictadura, si acaso adornada con otra retórica…
  • aun en las circunstancias más difíciles, la vida siempre trataba de recomponerse y hacerse tolerable…
  • como Isaac Babel —y no es que me compare con él ni con otros, por Dios—, había optado por escribir el silencio.
  • La política es complicada… —Pero las fidelidades son muy sencillas
  • Aquel ser destrozado y lleno de odio que era su madre empezaba a armarse como un rompecabezas al que, incluso, parecían sobrarle piezas.
  • es preferible un suicidio limpio a una muerte sucia.»
  • dónde empieza la causa y dónde las mentiras.
  • los discursos de Jruschov, que le llevó Roquelia, en los que se reconocían los excesos de Stalin: pero no bien se les ponían nombres y rostros, los «excesos» empezaban a llamarse crímenes.
  • Aunque estás calvo, tú tienes mejor pinta que todos nosotros. —Será que estoy embalsamado en cinismo —dijo Eitingon y rió, estruendosamente—.
  • tenían un idioma perverso que los unía: la derrota.
  • —¿De qué otra cosa sino de la mar podemos hablar los náufragos,
  • la certeza de haber sido una marioneta.
  • la palabra taladrante, el sentimiento capaz de paralizarlo que él me había ocultado durante diez años, avergonzado por el significado encerrado en una reacción inapropiada:compasión. Porque al final no fue tanto el miedo como aquel sustantivo artero, del cual también trataba de librarse, el ladrillo que sostuvo el edificio de demoras, misterios, ocultamientos tras el cual se había perdido el propio Iván.

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