Comite Invisible: La Insurrección que viene

  • Es en las disfunciones, en los cortocircuitos del sistema donde aparecen los elementos de respuesta lógicos a lo que podría dejar de ser un problema.
  • Lo que hace deseable la crisis es que en ella el medio ambiente deja de ser el medio ambiente. Somos conducidos a reanudar un contacto, tal vez fatal, con lo que está ahí, a reencontrar los ritmos de la realidad. Lo que nos rodea ya no es más paisaje, panorama, teatro sino lo que nos es dado habitar, con lo que nos debemos integrar y de lo que podemos aprender. No nos dejaremos robar por quienes han causado los posibles argumentos de la “catástrofe”. Allí donde los gestores se preguntan platónicamente cómo cambiar radicalmente “sin romper la baraja”, nosotros no vemos otra opción realista que “romper la baraja” lo antes posible, y sacar provecho, entonces, en cada derrumbe del sistema para ganar fuerza.
  • Habla de estar en las sombras, sabotear al estado y, desde la invisibilidad, ir creando las redes que nos permitan en algún momento hacerlo caer. Habla de la necesidad de crear comunas, como unidad básica de resistencia, unidad básica social, digamos, donde los lazos que se crean escapan al economicismo y el capitalismo, al estado. De coordinarse entre comunas.
  • Aprovechar las grietas o lugares donde no llega el estado
  • Ensalza las revueltas, el robo y saqueo _Este tipo de discursos, las personas que los hacen… ¿Llegan a la violencia a través de la política o a la política a través de la violencia? Es decir, ¿hasta que punto usan la política para justificar sus ganas de violencia y forma de expresión de la rabia?
  • Habla en tono de guerra, lenguaje bélico como si fuéramos la resistencia, pero en realidad creo que el horizonte de expansión que traza es muy poco realista. No se va a dar. Creo que de esta forma nos quedamos los mismos de siempre en nuestro propio mundo (ejemplo;: menciona la invisibilidad hasta que no estemos preparados para soportar la reacción del sistema a nuestra visibilización del conflicto,. Si esperamos a ese punto quizá no lleguemos nunca)
  • Se comienza a adivinar que es contra el voto mismo por lo que se continúa votando.
  • Basta con hablar de lo que tenemos ante nuestros ojos y no eludir la consecuencia.
  • la inteligencia, no consiste en saber adaptarse —o si esto es una inteligencia, es la de los esclavos—.
  • El Yo no es quien está en crisis en nosotros, sino la forma con que se busca imprimirlo en nosotros. Se quiere hacer de nosotros unos Yo claramente delimitados, separados, clasificables y censables por cualidades, en resumen: controlables, cuando somos criaturas entre las criaturas, singularidades entre nuestros semejantes, carne viva tejiendo la carne del mundo. Al contrario de lo que se nos repite desde la infancia, la inteligencia, no consiste en saber adaptarse —o si esto es una inteligencia, es la de los esclavos—.
  • La familia no es tanto la asfixia de la influencia maternal o el patriarcado de las trompadas sino este abandono infantil a una cómoda dependencia, en la que todo es conocido, este momento de indiferencia frente a un mundo en el que nadie puede negar que se derrumba, un mundo en el que “volverse autónomo” es un eufemismo que significa “haber encontrado un patrón”. Se quisiera encontrar en la familiaridad biológica la excusa para corroer dentro de nosotros cualquier determinación ligeramente rompedora, para hacernos renunciar, con el pretexto de que se nos ha visto crecer, un volverse viejo como por causa de la gravedad que ya hay en la infancia. De esta corrosión, es necesario preservarse.
  • es la propia estabilidad política del país lo que está en juego con el mantenimiento de la ficción trabajista. Nos importa un carajo esta ficción. Pertenecemos a una generación que vive muy bien sin esta ficción. Que nunca pensó en la jubilación ni en el derecho laboral, todavía menos en el derecho al trabajo. Que no es tampoco “precaria” como se complacen en teorizarla las facciones más avanzadas de la militancia izquierdista, porque ser precario es definirse todavía en relación a la esfera del trabajo, para ser más preciso en su descomposición. Admitimos la necesidad de ganar dinero, sean cuales sean los medios para ello, porque en el presente es imposible prescindir de él, pero no de la necesidad de trabajar.
  • Ahí reside la actual paradoja: el trabajo ha triunfado sin duda sobre el resto de las maneras de existir, al mismo tiempo que los trabajadores se han vuelto superfluos.
  • Trabajar, hoy, se vincula menos a la necesidad económica de producir mercancías que a la necesidad política de producir productores y consumidores, de salvar por cualquier medio el orden del trabajo. Producirse a sí mismo, se está volviendo la ocupación dominante de una sociedad en la que la producción se ha vuelto sin objeto:
  • Si el parado que se quita sus piercings, va al peluquero y hace “proyectos”, trabaja correctamente “en su empleabilidad”, como se dice, está mostrando su movilización. La movilización, es esa ligera disociación de sí mismo, ese mínimo desgarramiento de lo que nos constituye, esa condición de ajenidad a partir de la cual el Yo puede ser tomado como objeto de trabajo, a partir del que se hace posible venderse a sí mismo y no su fuerza de trabajo, hacerse pagar no por lo que se hace sino por lo que se es, por nuestro exquisito dominio de los códigos sociales, nuestras capacidades relacionales, nuestra sonrisa o nuestra presentación. Es la nueva norma de socialización. La movilización opera la fusión de dos polos contradictorios del trabajo: aquí, se participa en su explotación y se explota toda participación. Uno mismo es, idealmente, una pequeña empresa, su propio patrón y su propio producto. Se trata, se trabaje o no, de acumular contactos, competencias, la “red”, en resumen: el “capital humano”.
  • Este mundo no iría tan deprisa si su desmoronamiento no le estuviese persiguiendo constantemente.
  • la letanía de las cotizaciones bursátiles nos conmueve lo mismo que una misa en latín.
  • Un chiste ruso: “Dos economistas se encuentran. Uno pregunta al otro: “¿Entiendes lo que pasa?” y el otro responde: “Espera, te lo voy a explicar.” “No, no, retoma el primero, explicarlo no es difícil, también soy economista. No, lo que te pregunto es: ¿si lo entiendes?”.
  • El hundimiento del bloque socialista no consagró el triunfo del capitalismo sino que solamente demostró la quiebra de una de sus formas. Por otra parte, la muerte de la URSS no fue la consecuencia de una revuelta popular sino de una nomenclatura en reconversión. Proclamando el fin del socialismo, una parte de la clase dirigente se ha liberado de todas los deberes anacrónicos que la unían a su pueblo. Ha tomado el control privado de lo que ya controlaba, pero en nombre de todos. “Ya que fingen pagarnos, finjamos trabajar”, se decía en las fábricas. “Da igual, ¡dejemos de fingir!”, respondió la oligarquía.
  • Que EDF (Electricidad De Francia) tenga el impudor de volver a presentarnos su programa nuclear como nueva solución a la crisis energética mundial dice bastante acerca de cuánto se parecen las nuevas soluciones a los viejos problemas.
  • En un siglo, la libertad, la democracia y la civilización han sido devueltas al estado de hipótesis. En adelante, todo el trabajo de los dirigentes consiste en preservar las condiciones materiales y morales, simbólicas y sociales en las que estas hipótesis son más o menos válidas, en configurar espacios donde parezca que pueden funcionar.
  • La literatura, en Francia, es el espacio que se ha acordado soberanamente para la diversión de los castrados. Es la libertad formal que se ha concedido a los que no se acostumbran a la nulidad de su libertad real. De ahí los guiños obscenos que no cesan de dirigirse desde hace siglos, en este país, hombres de Estado y hombres de letras, los unos tomando prestado voluntariamente el ropaje de los otros, y recíprocamente. También de ahí que los intelectuales tuvieran la costumbre de hablar tan alto cuando son tan pequeños y de fallar siempre en el momento decisivo, lo único que hubiera dado sentido a su existencia, pero que les hubiese condenado al destierro profesional.
  • indiferencia mórbida
  • Occidente se ha sacrificado como civilización particular para imponerse como cultura universal. La operación se resume así: una entidad agonizante se sacrifica como contenido para sobrevivir como forma.
  • Aquí esta. Tenemos un cadáver sobre la espalda, pero así no nos desharemos de él. Nada hay que esperar del fin de la civilización, de su muerte clínica. Tal cual, no puede interesar más que a los historiadores. Es un hecho, hay que hacerlo una decisión. Los hechos son maleables, la decisión es política. Decidir la muerte de la civilización, decidir cómo va a suceder: sólo la decisión nos librará del cadáver.
  • Aferrarse a lo que experimentamos como real. Partir de ahí Un rencuentro, un descubrimiento, un vasto movimiento de huelga, un temblor de tierra: cualquier acontecimiento produce verdad, alterando nuestra manera de estar en el mundo. Al revés, una constante que nos resulta indiferente, que nos deja iguales, que no compromete a nada, no merece el nombre de verdad. Hay una verdad subyacente a cada gesto, a cada práctica, a cada relación, a cada situación. La costumbre es eludirla, manejarla, lo que produce el característico error de muchos en esta época.
  • El sentimiento de vivir en la mentira es todavía verdad. Se trata de no perderla.
  • cualquier proceso insurreccional parte de una verdad sobre la cual no se cede.
  • Se ha visto en Hamburgo, en los años 1980, en los que un puñado de ocupantes de una casa ocupada decide que, en lo sucesivo, será necesario pasar sobre ellos para expulsarles. Fue un barrio asediado por tanques y helicópteros, por días de lucha callejera, por grandes manifestaciones —y un ayuntamiento que, finalmente, capituló. Georges Guingouin, el “primer guerrillero de Francia”, no tuvo en 1940, otro punto de partida que la certeza de su rechazo a la ocupación.
  • el exceso de sus impotencias
  • el individuo existe tan poco que debe ganarse la vida
  • Crear territorios. Multiplicar las zonas de opacidad
  • La cuestión del territorio no se plantea para el Estado como para nosotros. No se trata de poseerlo. De lo que se trata es densificar localmente las comunas, las circulaciones y las solidaridades hasta el punto de que el territorio se vuelva ilegible, opaco a cualquier autoridad. No se trata de ocupar, sino de ser el territorio.
  • nunca se debería haber separado rabia y política. Sin la primera, la segunda se pierde en el discurso; y en la segunda, la primera se agota en griteríos.
  • Huir de la visibilidad.
  • El poder del dinero es el de formar un lazo entre los que carecen de vínculos, el de vincular a los extraños en tanto extraños
  • un “servicio mínimo” cada vez más amplio, hasta restituir la interrupción del trabajo a una pura dimensión simbólica— apenas más molesta que una nevada o un suicidio en la vía del metro.
  • Otro reflejo consiste en, al menor movimiento, hacer una asamblea general y votar. Es un error. El simple objetivo del voto, de la resolución de ganar, basta para convertir la asamblea en una pesadilla, hacer de ella el teatro donde se enfrentan todas las pretensiones al poder.
  • El 21 de noviembre de 2006, los bomberos que se manifestaban en París atacaron a las CRS a martillazos e hirieron a quince.
  • Un auténtico pacifismo no puede consistir en el rechazo de las armas, sino solamente de su uso. Ser pacifista sin poder disparar no es más que la teorización de una impotencia.
  • La derrota consiste tanto en perder una guerra como en perder la elección de la guerra a librar.
  • En esta época, el final de las centralidades revolucionarias responde a la descentralización del poder. Todavía existen los Palacios de Invierno, pero están más dedicados a ser asaltados por los turistas que por los insurgentes.
  • La libertad no es el gesto de deshacernos de nuestros apegos, sino la capacidad práctica de operar sobre ellos, moverse en ellos, establecerles o zanjarles. La familia no existe como familia, es decir, como infierno, sino para el que ha renunciado a falsificar los mecanismos debilitadores o no sabe cómo hacerlo. La libertad de desgarrarse siempre ha sido el fantasma de la libertad. No nos liberamos de aquello que nos traba sin perder al mismo tiempo aquello sobre lo que nuestras fuerzas podrían actuar.
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