Cristina Morató: Viajeras intrépidas y aventureras

 

– Subrayado en la página 7 | Pos. 105  | Añadido el sábado 30 de marzo de 2013 21H21′ GMT+01:00

Partir es vivir. Pero que no se corra la voz: podría cundir el ejemplo.

– Subrayado en la página 28 | Pos. 423-24  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 01H48′ GMT+01:00

Las peregrinaciones suponían para ellas una suerte de liberación; con la excusa de visitar los Santos Lugares, venerar alguna reliquia o cumplir una promesa podían recorrer mundo viviendo nuevas y enriquecedoras experiencias.

 – Subrayado en la página 1 | Pos. 11-14  | Añadido el sábado 30 de marzo de 2013 21H18′ GMT+01:00

Sólo siento indiferencia ante lo que pueda ocurrir, ya sean dificultades, sufrimientos, vida y muerte. En realidad, uno cae en la inquietud y el temor porque le importa su vida y su confort. Soy vieja y he conseguido más o menos todo lo que he deseado en este mundo. La sabiduría consiste, pues, en no permitir que me invada la agitación. Si el final está cerca, no tiene la menor importancia. Alexandra David-Néel, Tíbet, 1920

– Subrayado en la página 8 | Pos. 108  | Añadido el sábado 30 de marzo de 2013 21H22′ GMT+01:00

de epatar a plebeyos, burgueses y aristócratas.

– Subrayado en la página 8 | Pos. 108-9  | Añadido el sábado 30 de marzo de 2013 21H22′ GMT+01:00

Como diría Stevenson lo esencial es moverse,

– Subrayado en la página 8 | Pos. 112-13  | Añadido el sábado 30 de marzo de 2013 21H22′ GMT+01:00

«Peregrina salió -asegura el refrán alemán del medioevo- puta volvió.»

– Subrayado en la página 9 | Pos. 134-35  | Añadido el sábado 30 de marzo de 2013 21H25′ GMT+01:00

Lo que más le gusta, por eso es periodista independiente, freelance en nuestra jerga, es poder decir adiós.

– Subrayado en la página 15 | Pos. 218-20  | Añadido el sábado 30 de marzo de 2013 21H32′ GMT+01:00

Freya Stark, en su obra Un invierno en Arabia, escribe: «Las cinco razones para viajar que me dio sayid Abdullah el relojero: dejar atrás los problemas, ganarse la vida, adquirir conocimientos, practicar las buenas maneras y encontrar un hombre honorable». Yo añadiría una sexta, alargar la vida.

– Nota en la página 20 | Pos. 294  | Añadida el domingo 31 de marzo de 2013 00H48′ GMT+01:00

no soy un peregrino q hace un viaje soy un viaje q hace un peregrino

– Subrayado en la página 23 | Pos. 341-42  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 00H53′ GMT+01:00

La primera gran viajera de la que se tiene noticia era española y se llamaba Egeria. A finales del siglo IV,

– Subrayado en la página 26 | Pos. 394-97  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 01H45′ GMT+01:00

En los últimos días del Imperio un buen número de mujeres nobles abandonaron casa y familia y se gastaron todo su patrimonio para visitar los lugares bíblicos. Esto prueba la gran emancipación que alcanzaron las mujeres romanas convertidas al cristianismo entre finales del siglo IV y principios del V. Por desgracia el sueño duró poco,

 

– Subrayado en la página 29 | Pos. 444-45  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 01H51′ GMT+01:00

Desde la antigüedad las mujeres con inquietudes se hacían religiosas porque en el convento podían estudiar, aprender y gozar de una libertad que no tenían fuera.

– Subrayado en la página 30 | Pos. 454-55  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 01H52′ GMT+01:00

Catalina de Erauso, nacida en San Sebastián en 1592 y apodada «la monja Alférez» llevó una vida impensable para una mujer de su tiempo. A los cuatro

– Subrayado en la página 44 | Pos. 675-76  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 08H05′ GMT+01:00

Anne Bomney y Mary Read, las dos mujeres piratas más famosas de la historia,

– Subrayado en la página 46 | Pos. 705-6  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 08H06′ GMT+01:00

La señora Ching, mujer emprendedora y valiente, fue la más célebre entre las mujeres piratas que ejercieron su actividad en el mar de China en el siglo XVIII.

– Subrayado en la página 51 | Pos. 778  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 08H07′ GMT+01:00

Inés Suárez

– Subrayado en la página 63 | Pos. 959-60  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 08H53′ GMT+01:00

la bailarina Lola Montes y la de la violonchelista Louise Christiani están rodeadas de misterio y, sin

– Subrayado en la página 66 | Pos. 1006-7  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 08H58′ GMT+01:00

«Esa eterna mortaja de nieve que me envuelve hiela mi corazón. Acabo de recorrer tres mil verstas de llanura de una sola tirada, ¡sólo nieve! Nieve caída, nieve que cae, nieve que caerá. Estepas sin límite, donde te pierdes, donde te entierras».

– Subrayado en la página 68 | Pos. 1037-42  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 12H49′ GMT+01:00

los salones literarios, único espacio donde las mujeres con inquietudes pueden opinar, hablar libremente de sexo, de política, de cultura y de viajes. Estas reuniones, donde sólo podían acudir unas privilegiadas, que ya se celebraban en Francia hacia el siglo XVI, eran mal vistas por los hombres de la época y sobre todo por algunos intelectuales misóginos que maldecían la curiosidad femenina. Ciento cincuenta años después del primer salón francés, en toda la segunda mitad del siglo XVIII los salones literarios se pusieron de moda y muchas viajeras eran invitadas a relatar los pormenores de sus aventuras ante un público entusiasta.

– Subrayado en la página 72 | Pos. 1092-93  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 12H53′ GMT+01:00

La austriaca Ida Pfeiffer, quizá la más puritana y misteriosa de todas, fue la mejor representante de esta mentalidad de superioridad que impregnó Europa todo el siglo XIX.

– Subrayado en la página 72 | Pos. 1094-95  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 12H54′ GMT+01:00

Dio en solitario la vuelta al mundo en dos ocasiones, recorriendo lugares que ningún europeo se había atrevido a visitar. La publicación de los libros de sus relatos de viaje la hicieron famosa en toda Europa. Fue una

– Subrayado en la página 76 | Pos. 1153-54  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 12H59′ GMT+01:00

Ida publicó en 1850 el primer relato de su extraordinaria travesía con el título Viaje de una mujer alrededor del mundo y en 1855,

– Subrayado en la página 78 | Pos. 1192-94  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H03′ GMT+01:00

Las aristócratas tienen además la necesidad de hacer del ocio una virtud. Ya no tienen las obligaciones propias de su clase, como antaño, así que dedican su tiempo a viajar y formarse según el espíritu ilustrado de la época.

– Subrayado en la página 79 | Pos. 1210-11  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H04′ GMT+01:00

Fue Louisa Costello la primera mujer que consiguió ganarse la vida escribiendo sus viajes y entreteniendo a sus lectores con infinidad de divertidas anécdotas

 

– Subrayado en la página 80 | Pos. 1225  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H07′ GMT+01:00

La inglesa Matilda Betham-Edwards nacida en 1836

 

– Subrayado en la página 81 | Pos. 1228-29  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H07′ GMT+01:00

 

Lo que hacía diferentes a estos libros era el peculiar enfoque de su autora que se enorgullecía de viajar sin guías de viaje y no alojarse nunca en hoteles.

 

– Subrayado en la página 81 | Pos. 1236-37  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H09′ GMT+01:00

Francés Minto Elliot, otra escritora consagrada de viajes, publica en 1884 el Diario de una mujer ociosa en España.

 

– Subrayado en la página 81 | Pos. 1239-40  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H09′ GMT+01:00

Lo que hace que estos libros sean realmente divertidos es la costumbre de criticar todo lo que ve, al igual que hiciera la alta clase británica en sus viajes. No hay nada como Inglaterra pero salgamos a comprobarlo, parecía querer decir.

 

– Subrayado en la página 87 | Pos. 1334-40  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H18′ GMT+01:00

Pero lady Montagu no se limita a describir hermosos palacios y mezquitas, uno de sus mayores logros fueron sus observaciones de tipo médico. En su viaje a Estambul descubre que los turcos vencen a la viruela inoculando el virus al paciente. Su hermano había muerto de esta enfermedad y ella misma la había padecido y su piel había quedado profundamente marcada. Así en una de sus cartas escribe: «… estoy tan convencida de la seguridad del experimento, tanto, que pienso probarlo con mi hijito. Soy lo bastante patriota como para tomarme la molestia de llevar esta útil invención a Inglaterra y tratar de imponerla y recomendarla a los médicos…». A su regreso a Londres no dudó en someter a su hija a esta prueba y demostrar que lo que había visto podía salvar muchas vidas. Lo hizo sesenta años antes que el médico Edward Jenner, descubridor de la vacuna de la viruela.

 

– Subrayado en la página 91 | Pos. 1394  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H26′ GMT+01:00

Hester Stanhope nació en 1776

 

– Subrayado en la página 96 | Pos. 1472  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 13H30′ GMT+01:00

porque todo viaje, incluso en las regiones más frecuentadas y más conocidas, es una exploración».

 

– Subrayado en la página 102 | Pos. 1556  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 22H38′ GMT+01:00

Alexandra David-Néel

 

– Subrayado en la página 103 | Pos. 1571-72  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 22H39′ GMT+01:00

sus famosas escapadas, primero a Holanda, luego a Inglaterra, a Italia o a España, país que recorrió en bicicleta.

 

– Subrayado en la página 106 | Pos. 1621-23  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 22H43′ GMT+01:00

«Siempre me han horrorizado las cosas definitivas. Hay gente que teme la inestabilidad; yo, en cambio, temo todo lo contrario. No me gusta que el mañana se parezca al ayer, y el camino sólo me parece atractivo cuando ignoro adonde me conduce», escribiría en aquellos días.

 

– Subrayado en la página 104 | Pos. 1592-93  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 22H44′ GMT+01:00

Atrás deja las depresiones y angustias, y escribe a su marido en estos términos: «He emprendido el camino adecuado, ya no tengo tiempo para dedicarlo a la neurastenia». A

 

– Subrayado en la página 111 | Pos. 1699-1702  | Añadido el domingo 31 de marzo de 2013 22H51′ GMT+01:00

«Cuando uno acaba de llegar a Oriente, existe un momento en que se da cuenta de que el mundo empieza a menguar por un extremo y a crecer por el otro, hasta que toda tu perspectiva de la vida cambia», escribió estas palabras ese mismo año mientras iniciaba su primera expedición importante desde Siria a Mesopotamia.

 

– Subrayado en la página 121 | Pos. 1856-58  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 17H25′ GMT+01:00

Isabella Bird, cuyos exóticos viajes por el mundo hicieron volar la imaginación a las mujeres de la segunda mitad del siglo XVIII, era una mujer callada y obediente en casa pero una vez salía de viaje, y según sus propias palabras, se transformaba: «De repente era una mujer poco femenina, dispuesta a todo, por fin mis piernas eran libres…».

 

– Subrayado en la página 122 | Pos. 1861-64  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 17H26′ GMT+01:00

Margaret Fontaine, otra interesante exploradora victoriana, escribió en su diario íntimo: «Al parecer podía elegir entre vivir una vida libre y errante con un amante quince años más joven que yo, o casarme con un hombre de edad adecuada que gozaba de buena posición y en muchos aspectos era muy deseable. Sólo una necia vacilaría… Y esa necia era yo». Por fortuna muchas «necias» como Margaret rompieron los moldes

 

– Subrayado en la página 123 | Pos. 1884-88  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 17H29′ GMT+01:00

Tanto Mary Kingsley como Isabella Bird o Ida Pfeiffer comenzaron a viajar superados los treinta años. En su época, si a esta edad no te habías casado te convertías automáticamente en una «solterona» y tenías muy pocas posibilidades de hacer algo interesante en la vida. Muchas, para escapar a su destino, se hicieron exploradoras o misioneras. Viajar les permitía hacer algo útil, encontrar un sentido a su vida, algunas sin quererlo fueron famosas escritoras, sus libros de viajes se convirtieron en auténticos bestsellers.

 

– Subrayado en la página 124 | Pos. 1896-1908  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 17H35′ GMT+01:00

Y justamente lo que hace más inverosímiles sus viajes es que en una época en que no existían como ahora los chalecos, las botas de goma, ni los cómodos pantalones de algodón, viajar al desierto vestida como para tomar el té era en sí una proeza. Algunas puritanas caminan con la camisa cerrada hasta el cuello, a más de 40 grados a la sombra y se protegen del sol con delicadas sombrillas de encaje. Ida Pfeiffer se pasea por Borneo entre exóticas mujeres vestidas con llamativos pareos de flores, enteramente de negro. En ocasiones, la confunden con una predicadora o misionera. Viaja con sus pesados y calurosos vestidos, sin importarle las críticas, en barco, piragua, camello o palanquín. Sólo en una ocasión Ida decide cambiar su atuendo ante la imposibilidad de seguir el viaje. Ocurrió en el territorio de los temibles dayaks, sus medias de algodón y la larga falda, empapadas de fango y espinas le impiden caminar por la espesa selva. Entonces la exploradora decide ponerse un pantalón debajo del vestido. A Ida, como a otras viajeras, no le importa que los nativos anden desnudos, pero ellas en Borneo como en Londres, deben dar una imagen digna, aunque para ello caminen varias semanas con la misma ropa. Mary Kingsley defendía así su vestimenta: «Me encontraría ridícula si en los viajes me vistiera de distinta forma a como suelo hacerlo en casa. Me parece que lo que para Cambridge y Londres resulta correcto satisfará las refinadas exigencias de los “africanos blancos”». Mary descubrió en uno de sus viajes lo útil que podía resultar en África vestir una gruesa falda de paño y unas enaguas resistentes. En una ocasión cayó desde varios metros de altura al fondo de una trampa provista de puntas de lanza. Sus ropas la salvaron de un daño mayor y sólo sufrió una leve contusión de la que se repuso en dos días.

 

– Subrayado en la página 125 | Pos. 1915-25  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 17H36′ GMT+01:00

Richard Burton fue uno de los más extravagantes de su tiempo. Le gustaba cambiar de personalidad y se disfrazó de peregrino afgano para entrar en La Meca, de derviche, de santón o de gitano para pasar desapercibido. Era el aventurero por excelencia -hablaba veintinueve idiomas-, pero el menos convencional de los exploradores de su época. Por lo pronto sus opiniones sobre la emancipación sexual de la mujer inglesa y el derecho a gozar del sexo como los hombres provocaron un auténtico revuelo. En una sociedad como la victoriana donde a las mujeres antes de casarse se les decía que su deber era «yacer, estarse quietas y pensar en el Imperio», que alguien hablara del sexo como placer y no como incómodo deber era inadmisible. Pero a Burton se le debe también las traducciones de obras eróticas como Las mil y una noches y el descubrimiento para Occidente del Kamasutra. El sexo fue durante su vida una pasión y antes de su matrimonio era un hombre bastante promiscuo que frecuentaba los burdeles de la India. Sus biógrafos apuntan que era bisexual y su mujer Isabel montaba en cólera cada vez que le oía decir que el estado ideal del hombre era la poligamia. Para rematar Burton era un adicto a diversas drogas como el cannabis y el opio que le ayudaban en su búsqueda espiritual. Su vida excéntrica le acarreó muchas enemistades, pero no le impidió ser, como Mary Kingsley o Isabella Bird, uno de los más grandes y eruditos aventureros del siglo XIX.

 

– Subrayado en la página 129 | Pos. 1964-65  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 17H40′ GMT+01:00

Embarcó en Liverpool a bordo de un viejo vapor de carga, el Batanga, rumbo a Senegal y de ahí a Luanda, Free Town y Sierra

 

– Subrayado en la página 126 | Pos. 1926-90  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 17H43′ GMT+01:00

La reina de África La inglesa Mary Kingsley, nacida en 1862, representa mejor que ninguna el prototipo de viajera que se movía por los confines del Imperio en sus encorsetados vestidos de salón, sin renunciar a tomar el té y siempre dispuesta a enfrentarse con un excelente humor a las más duras adversidades. Con su actitud, chapoteando en un río sola con la única compañía de un caníbal desnudo o atravesando un manglar para emerger con una colección de espantosas sanguijuelas alrededor del cuello, como boas de astracán, reforzaba la imagen de excéntrica victoriana. Mary, a la que muchos consideraban un personaje cómico, se convirtió en objeto de todo tipo de chistes, lo que no parecía contrariarla. Al contrario disfrutaba haciendo reír a su público cuando daba conferencias y contaba de forma inocente anécdotas como ésta: «Al vaciar la bolsa de un nativo encontré una mano, tres dedos gordos de pies, cuatro ojos, dos orejas y otros trozos de cuerpos humanos; la mano estaba fresca y el resto, más o menos reseco». Mary Kingsley fue una mujer excepcional y destacó entre todos los exploradores masculinos del siglo XIX que se lanzaban a recorrer lugares en blanco, aún por cartografiar. Nació en Londres en 1862, era hija de un médico y naturalista que viajaba con frecuencia atendiendo a ilustres viajeros y de una sirvienta que pasó buena parte de su vida enferma. Hasta los treinta años no conoció más mundo que su casa paterna. Tampoco recibió ninguna educación durante los ocho primeros años de su vida, ya que no se consideraba importante que una mujer destinada a cuidar de la casa, de una madre inválida y de un hermano menor necesitara aprender. Su madre le enseñó a leer y a escribir pero el resto lo tuvo que aprender ella sola. Pasó largas horas en la biblioteca de su padre, escritor de numerosos ensayos científicos y etnológicos, que coleccionaba obras geográficas y relatos de exploradores. Así que Mary, de forma autodidacta, aprendió latín, física, química y alemán entre las cuatro paredes de aquella biblioteca rodeada de gruesos volúmenes repletos de mapas antiguos. Cuando se trasladaron a Cambridge, empezó a colaborar en los estudios de su padre sobre etnología y a través de las obras de Darwin, Huxley o Tylor se familiarizó con las ciencias naturales modernas. Cuando sus padres murieron en 1892 y viendo que ya nadie la necesitaba, después de treinta años dedicada a servir a los demás decidió continuar con los estudios de su padre sobre las religiones tribales y la historia natural de los trópicos. No soportaba quedarse sola en casa, su hermano se había ido a Oriente y apenas le quedaba familia. En los ocho años que vivió hasta su muerte participó en extraordinarias aventuras y realizó importantes descubrimientos en zoología, botánica y antropología. Organizó dos viajes a África, uno de julio a diciembre de 1893 y otro de diciembre de 1894 a noviembre de 1895. En uno de sus libros de más éxito -fue reeditado cuatro veces en el primer año-, Travels in West África, publicado en 1897, escribió las razones que la motivaron a viajar a África: «En 1893, por primera vez en la vida, me encontré con cinco o seis meses de libertad por delante… pero ¿adonde demonios ir? Así que agarré un atlas: Malasia me pareció demasiado alejada, y el viaje muy costoso. Andaba entre elegir América del Sur o África occidental». En el libro Música acuática, T. C. Boyle describe con ironía dentro de su himno al contagio, a lo que se tenían que enfrentarse viajeras como Mary: «A finales del siglo XVIII, la costa de África occidental -desde Dakar hasta el golfo de Benín- tenía fama de ser el lugar más pútrido y pestilente del mundo. Con aquellos calores y humedades, con sus diluvios y galaxias de insectos, era una especie de monumental caldo de cultivo para las más exóticas y mortíferas enfermedades. “Cuidado con el golfo de Benín -decía una cantinela de marineros-sólo uno de cada cuarenta sale de allí con vida”». Mary embarcó rumbo al corazón de África en su primer viaje con una doble misión, traerse ejemplares de peces y escarabajos para el Museo Británico y recoger información sobre las religiones tribales. Ella, que reconocía que emprendía este viaje «porque se sentía desesperada y quería morir en África», no imaginaba que se convertiría en una viajera admirada, entre otros, por Stanley y Kipling, y que sus libros alcanzarían un éxito enorme. Con apenas trescientas libras en el bolsillo, ligera de equipaje como su coetánea Ida Pfeiffer, pero sin los prejuicios de ésta, se niega a hacerse transportar, cruza los pantanos a nado, aprende a navegar en piragua, duerme al cielo raso y come lo que le ofrecen. En sus libros escribe: «Cuando iba de viaje renunciaba a las comodidades que los viajeros europeos consideran imprescindibles en África. No tenía indígenas a mi servicio y no llevaba conmigo ni tienda de campaña ni utensilios de cocina. De cuando en cuando contrataba porteadores, dormía en las chozas de los nativos o en el bote y comía “cocina selvática”, es decir, todo lo que mis anfitriones negros habían echado en el puchero». El té y la almohada son sus únicos lujos. Embarcó en Liverpool a bordo de un viejo vapor de carga, el Batanga, rumbo a Senegal y de ahí a Luanda, Free Town y Sierra Leona, seis meses de viaje. Ignora las advertencias y consejos de los «africanos blancos» que se cruzan en su camino y tratan de desanimarla enumerándole la larga lista de enfermedades que puede contraer simplemente por darse un baño, beber agua o comer: «Hay tifus, cólera, peste y las enfermedades más comunes que llevan al blanco a la tumba: la malaria, la fiebre amarilla y la disentería». Pero a ella lo único que le preocupa es llegar a la región del Gabón actual, donde permaneció largo tiempo viviendo con la tribu de los fang, cuya cultura estudia y trata de comprender. Mary remontó el río Ogooué, uno de los más imponentes del África ecuatorial y atravesó haciendo trekking territorios sin cartografiar y apenas frecuentados por los europeos. Para costear su viaje, se dedica al comercio durante su travesía, cambiando productos como telas, anzuelos o ron por peces o marfil para el museo. Viaja con sus tarros de conserva y de alcohol para conservar los peces que ella capturaba o compraba a los pescadores africanos. En ocasiones se arriesga a pescar en las corrientes y en las charcas de los mangles donde abundan los cocodrilos. Con el humor que la caracteriza describe sus largas horas de espera: «Absorto por la presencia de los cocodrilos y de las moscas, convencido de ser bienvenido, olerá el fétido olor de la marisma. En fin que se pasará usted el tiempo preguntándose qué ha venido a hacer a África del oeste, y cómo se le habrá ocurrido la peregrina idea de venir a hacer tonterías por el pantano…». Antes de regresar a Inglaterra decide ascender el monte Camerún (4.070 metros) por una vía hasta entonces desconocida -la cara noreste- aunque reconoce que no es una experta alpinista. Sin hacer caso a los consejos de sus compatriotas, que creen que no la volverán a ver con vida, emprende viaje hacia una de las montañas más elevadas de África como si se tratase de una excursión de fin de semana. Tras una penosa ascensión, alcanza la soñada cima. Agotada pero feliz, deja entre dos piedras su tarjeta de visita. Pero todos sus esfuerzos se ven recompensados cuando regresa a Londres en 1895. Para entonces ya es una mujer célebre y reconocida etnóloga, debido a los artículos que ha ido enviando a algunos periódicos. Se siente particularmente orgullosa de la colección de peces que ha traído al Museo Británico, uno de los ejemplares más raros y prehistóricos es bautizado con el nombre de Atestes kingsleyae en su honor. Pero la Kingsley no sólo realizó los estudios de campo etnológicos más extensos hasta la fecha en aquellas regiones, también escribió varios libros sobre sus viajes que se convirtieron en éxito de ventas y multitud de artículos. Ya es una especialista del mundo negro, se codea con los antropólogos que admiraba de joven cuando leía sus obras en la biblioteca paterna y se convierte en la defensora de la cultura africana. Allá donde va no duda en denunciar a los misioneros y algunos colonialistas que imponen a los nativos una cultura blanca que ella califica «de asquerosa y de segunda». No murió en la costa, en su amada África occidental como había soñado sino en Sudáfrica, adonde llegó para trabajar como enfermera atendiendo a los prisioneros bóers capturados por los ingleses. Tenía treinta y nueve años y su único deseo fue que la enterrasen en el mar. Mary Kingsley, que amaba con pasión la aventura, fue una mujer valiente que hasta en los momentos más difíciles solía burlarse de sí misma. En una ocasión reconoció que su sentido del humor y sus dotes de actriz la habían salvado de más de un peligro.

 

– Subrayado en la página 136 | Pos. 2075-76  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 20H25′ GMT+01:00

«Los viajeros tienen el privilegio de hacer las cosas más impropias»,

 

– Subrayado en la página 131 | Pos. 2005-77  | Añadido el lunes 1 de abril de 2013 20H25′ GMT+01:00

Isabella Bird, nacida en 1831, es otra extraordinaria lady viajera de la estirpe de Hester Stanhope o Mary Kinsgley. Quizá de todas ellas fue la que más viajó -dio tres veces la vuelta al mundo- y la que más libros escribió para deleite de sus lectores, que soñaban con sus increíbles aventuras en remotos países. Fue también la primera mujer en formar parte de la Real Sociedad Geográfica de Londres, en 1892. Isabella, hija de un pastor anglicano, el reverendo Bird, se educó en la estricta moral de su época. Hasta los cuarenta años se dedicó, como la mayoría de las solteras, a cuidar de sus padres y vivir una vida provinciana y tranquila en compañía de su hermana menor, Henrietta. De joven era ya una mujer inquieta, culta, que lo mismo hablaba de teología que de política y, sobre todo, sabía reírse de sí misma. Siempre tuvo una salud delicada que se agravó a la muerte de sus padres. Como muchas mujeres de su tiempo sufría depresiones, insomnio y angustia. Un buen día un médico le prescribió una extraña receta aconsejándola que: «Vaya al mar, duerma en el suelo y navegue lo más que pueda». El viaje era la mejor solución para estos males que veinte años después padecería la misma Alexandra David-Néel, entre una lista interminable de viajeras, y que en su caso se curaron con un viaje a Ceilán. Isabella no estaba dispuesta a dejarse llevar por la melancolía y pasar el resto de su vida tumbada en un sofá rodeada de médicos. En 1872 la señorita Bird por prescripción facultativa embarcó para Australia y llegó a Auckland. Desde allí le mandó una carta a su hermana Henrietta quejándose de sus múltiples dolencias y creyendo que esta extraña «receta» no le iba a devolver la salud. Decidió partir hacia San Francisco en el mismo puerto, y cruzar el Pacífico a bordo del Nevada, toda una epopeya teniendo en cuenta el lamentable estado en que se encontraba el viejo vapor. Isabella se enfrenta a las peores incomodidades, a la suciedad, a las tempestades y a un huracán que por poco hunde el barco. Y sin embargo consigue sobreponerse a todos los peligros y descubre por primera vez que es inmensamente feliz navegando sin rumbo. Atrás quedan para siempre el pánico y las enfermedades. En 1873 Isabella llega a Honolulú y se quedará a vivir siete meses en las actuales islas Hawai. La inquieta viajera es feliz en este paraíso de playas de arenas doradas donde sopla la brisa y puede cabalgar vestida de amazona por sus colinas y valles: «Me gusta eso, ¡oh cuánto me gusta! He hecho cosas increíbles, que no hubiese podido hacer en compañía de otros blancos, cosas como galopar sin freno arriba y debajo de las colinas, gritar para excitar a mi caballo […] o montar sin estribos, y de otras maneras extrañas». Cuando se cansa de cabalgar todas las islas decide escalar uno de los volcanes más altos del mundo, el Mauna Loa, de más de cuatro mil metros de altitud. En compañía del cónsul británico emprende la arriesgada expedición. Las cartas que envía durante sus viajes a su hermana están cargadas de detalles y anécdotas y sobre todo de un humor que recuerda al de la Kingsley. Como todo lo que se propone, llegará al cráter del volcán y pasará allí una noche inolvidable extasiada ante la belleza del paisaje y la aurora: «La estrella Polar temblaba intermitente sobre la cumbre helada y una luna azul, casi llena, se disipaba lentamente por el espacio infinito…, las lonas de las tiendas se habían vuelto rosas; las paredes del cráter y las crestas grises que lo rodeaban eran encarnadas…», escribió en sus diarios. Isabella es ya una experta viajera cuando abandona las islas de los mares del Sur y decide viajar a las Rocosas, en Colorado, en 1873. Allí en el Lejano Oeste recorre paisajes desérticos, se hace amiga de cowboy s „ fugitivos y tramperos. En este ambiente donde se vive al margen de la ley y de forma primitiva se pasea por los pueblos vestida con su atuendo hawaiano que va adaptando a sus circunstancias. Tiene en su mente cumplir un sueño, conocer Estes Park, un hermoso y tranquilo valle donde desea pasar un tiempo. «Tenía un viejo caballo gris hierro, cuyo labio inferior colgaba siempre… Llevaba las alforjas detrás, con el palo de mi paraguas roto. Vestía mis ropas hawaianas, con un pañuelo en la cabeza, y la sombrilla del paraguas atada arriba de mi sombrero, pues el sol era muy fuerte», así, de esta guisa se dirige a su destino. Cuando llega a Estes Park cree que ha encontrado su lugar en el mundo, se adapta fácilmente a su nueva vida, vive en una cabaña, monta a caballo a pelo, acompaña a los cowboys que agrupan los rebaños salvajes y galopa como el mejor de los jinetes. Allí conoce a un hombre llamado Rocky Mountain Jim del que se enamorará perdidamente. Jim no es un caballero Victoriano al uso, sino un famoso bandido que vive una vida solitaria y salvaje como trampero lejos de la civilización. A Isabella este hombre que vive al margen de la ley lejos de escandalizarla le parece un hombre culto y refinado. Con él pasa los mejores meses de su vida, juntos emprenden la ascensión a la cumbre del Long’s Peak, otro reto para la inagotable viajera. «Caí varias veces, e incluso una vez me quedé colgada del vestido. Jim lo cortó de un navajazo y caí en una grieta de nieve. Como llegamos más debajo de lo previsto, nos vimos bloqueados por infranqueables campos de hielo. La subida fue espantosa», así desgrana en sus cartas a Henrietta los contratiempos que surgen en sus aventuras y que lejos de asustarla la animan a vivir nuevas emociones. Cuando Isabella publicó en 1879 su libro Vida de una dama en las montañas Rocosas debió causar un enorme impacto entre el público. Sus aventuras como jinete y experta montañera, los personajes que conoció a lo largo de sus seis intensos meses de viaje en Colorado, aún hoy constituyen una magnífica novela de aventuras. Pero sus aventuras eran reales y aunque no contó con detalle -hubiera resultado escandaloso- su relación con el atractivo y vividor Rocky Mountain, reconoció con el paso del tiempo que nunca vivió en otro lugar las emociones de su viaje a Estes Park. A su regreso a Inglaterra le resulta imposible vivir una vida típica de una mujer soltera de su edad y decide seguir viajando. Llegará a Japón hacia 1878 y después a Malasia, donde disfruta de sus largas travesías a lomos de elefante a través de las selvas vírgenes. Tras un año de vagar por el mundo regresa de nuevo a Inglaterra y escribe sus dos siguientes libros sobre Japón. En 1880 cae enferma y muere su hermana, y confidente, Henrietta. Sólo entonces Isabella acepta casarse con el doctor Bishop, quien se pasó cuatro largos años pidiéndola repetidamente en matrimonio. «Solamente tengo un rival en el corazón de Isabella y éste es la meseta Central de Asia», solía comentar con cierta ironía su futuro esposo. Vivió cinco años una tranquila vida de casada pero se sentía de nuevo deprimida y no conseguía recuperarse de la muerte de su hermana. Nada en ella recordaba a la indómita trotamundos que entretenía al doctor Bishop con sus anécdotas viajeras. Quiso el destino que su marido falleciera repentinamente y a sus cincuenta y cinco años Isabella se encontró de nuevo sola, sin ataduras y reemprendió sus viajes. Sus intenciones quedaban claras en estos pensamientos: «Al dejar a los que amaba, tengo la impresión de vencer a la muerte… La travesía será un momento extraño, un intervalo silencioso entre la vida familiar que se cierra tras de mí… y la vida de aventura que se abre». Parte en 1889 hacia la India, con las mismas energías de antaño, ya nada le asusta. Atraviesa Cachemira, llega cerca del Tíbet, cruza Persia y el Kurdistán hasta Armenia, reaparece en Corea y China, y por fin se dirige a Marruecos. En su periplo asiático, montará a lomos de yak, soportará tempestades de nieve como su colega Alexandra David-Néel, sufrirá graves accidentes y perderá por completo la noción del peligro. A esta mujer de aspecto frágil y voluntad de hierro nada la echó para atrás, ni la fractura de un brazo al volcar su carreta en Manchuria, ni la costilla que se fracturó al cruzar un arroyo en el Tíbet: «Tras unos segundos a punto de asfixia, me desenmarañaron unos férreos brazos y sufrí un nuevo revolcón a causa del empuje de la corriente, del que me sacaron tirando de mis extremidades e izándome en la vertical pared de roca desmenuzada. Salí del atolladero sin mayores secuelas que una costilla fracturada y diversas magulladuras, nada grave si se tiene en cuenta que el equino se ahogó», escribe en su libro Viaje al Pequeño Tíbet. Sólo cuando es atacada en una ciudad china en 1896 reconoce haber vivido momentos de pánico: «Empezaron a dar garrotazos a mi silla, me arrojaron fango y otros proyectiles con tal destreza que pocas veces fallaban. Un hombre bien vestido, más valiente -¿o más cobarde?- que los otros me dio un golpe tan fuerte en el pecho que me dejó marca; otros me pegaron en la espalda. Los gritos eran infernales. Era una masa de chinos encolerizados». Consiguió salir viva de esta aventura y como no deseaba regresar a Inglaterra para morir sola en su casa familiar, a los setenta años se embarca en el que sería su último viaje. Durante seis meses viaja por Marruecos a lomos de un corcel negro, regalo del sultán, recorre el Atlas, la inmensidad de los desiertos, y escribe a sus lectores: «[…] No podríais reconocer a vuestra amiga enferma, a horcajadas sobre un espléndido animal, con pantalones y falda azul, con largas espuelas de cobre perteneciente a un generalísimo del ejercito marroquí, cabalgando por los lugares más difíciles que puedan imaginarse […]». Isabella continuó viajando hasta el mismo año de su muerte en 1904. Tenía setenta y tres años y no había perdido el interés por los viajes y la vida nómada. «Los viajeros tienen el privilegio de hacer las cosas más impropias», dijo una vez. Y ella las hizo a su modo sin perder nunca los modales, la elegancia y el fino humor de una dama victoriana.

 

– Subrayado en la página 172 | Pos. 2634-89  | Añadido el martes 2 de abril de 2013 08H14′ GMT+01:00

Junto a las esposas de los exploradores, otras mujeres recorrieron el mundo siguiendo a sus maridos sin importarles el riesgo. Robert Louis Stevenson no era explorador aunque con el tiempo se interesó más por las costumbres de sus amigos samoanos que por su carrera de escritor. El célebre autor de La isla del tesoro o El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde no dudó en embarcarse con su familia rumbo a los mares del Sur en 1879 para no regresar jamás a la civilización. Le acompañaban en su aventura dos mujeres excepcionales: su madre Margaret y su infatigable esposa Fanny Vandegrift. Fanny, que había nacido en Estados Unidos en 1840, era a pesar de su pequeña estatura una mujer de armas tomar. A los dieciséis años ya se había casado con un tal Sam Osbourne, aventurero aficionado con el que partió a recorrer el Lejano Oeste. Allí compró una mina de plata y Fanny empezó a llevar una vida de auténtica pionera, rodeada de indios y rudos mineros. Los veinte años de matrimonio le dieron tres hijos pero no fueron un lecho de rosas. Las infidelidades de su marido y sus locas aventuras que resultaban siempre ruinosas la animaron a seguir los pasos de su hija Belle y estudiar dibujo. Comenzó así una dura vida de artista que la llevó a París en 1875 adonde llegó con sus hijos. Uno de ellos murió víctima de una atroz enfermedad degenerativa. Al poco tiempo de morir su hijo pequeño, Fanny conoció a Robert Louis Stevenson, ella tenía treinta y seis años y él veinticinco. No iba a ser una relación fácil, el joven escritor apenas tenía dinero y estaba muy enfermo. Ella tenía a su cargo a dos hijos y no consiguió el divorcio hasta 1880, por entonces Stevenson estaba realmente grave. Al fin se casaron y durante los primeros años de su matrimonio a Fanny sólo le preocupaba la débil salud de su marido, que ya era un célebre escritor. En 1889 Fanny se encuentra con su familia en San Francisco y decide alquilar una goleta para viajar a los mares del Sur. Está segura de que un cambio de aires y el clima cálido de las islas ayudarán a su marido enfermo de tuberculosis. El viaje empezó como un crucero de placer por las islas Marquesas, las Pomotú y prosiguió por Honolulú, las Gilbert y Samoa, donde se quedaron a vivir. Con ellos viaja la madre del escritor, Margaret o tía Maggy, una mujer que ronda los sesenta años, hija de un párroco anglicano de Edimburgo y que no ha viajado nunca más allá de los balnearios europeos. Vestida a la moda victoriana, de riguroso luto por la muerte reciente de su marido, Maggy se adapta fácilmente a la vida en el barco. A los pocos días el capitán la sorprende en cubierta descalza, sin medias ni corsé charlando animadamente con su criada francesa mientras el barco se balancea en medio de un mar bravio. Fanny se siente más segura en tierra firme que en el barco, donde sufre constantes mareos. Las tormentas tropicales, los vientos casi huracanados y las olas que azotan con fuerza el casco del barco la angustian. A Fanny no le gusta el mar pero lo sacrifica todo por la salud de su esposo. Stevenson parece sentirse mejor, sentado en cubierta toma notas y se broncea. En una de las cartas que envía a una amiga, Fanny cuenta su agotador trabajo en el barco: «Mantener una casa sobre un yate no es cosa fácil. Cuando Louis y yo dejamos el barco, cuando vivimos solos entre los indígenas, me las apaño muy bien. Pero cuando me mareo, cuando me siento desgarrada por las náuseas espantosas, cuando el cocinero viene a preguntarme: “¿qué tenemos para la cena de la noche… y para el desayuno de mañana?” Todo esto en medio de un temporal y en un paso muy peligroso, cuando estoy caída en el suelo, aferrada a mi palangana… No, no me gusta nada, pero entonces no habría “ama a bordo”». El viaje planeado de seis meses se convierte en un crucero de dos años en condiciones durísimas. Llegan a los archipiélagos más remotos habitados por tribus caníbales, conocen al rey de Hawai Kalakaui y al temido cacique Tembinok. Fanny no ignora el peligro al que se enfrentan pero está dispuesta a todo: «No estamos muy seguros de nuestro próximo destino. Pero tenemos que visitar por encima de todo las islas salvajes, las que aún no están “civilizadas”. Por supuesto corremos los riesgos habituales, el de ser matados por tribus hostiles, y además está el mar, que tendremos que afrontar», confesaría en sus cartas. Stevenson cada vez se siente más feliz e inspirado, y escribe poemas como éste: «Este clima, estas travesías; estos atraques al alba; estas islas desconocidas que surgen al amanecer; estos puertos insospechados que anidan en el hueco de los bosques… este interés siempre nuevo por los indígenas y su amabilidad… toda la historia de mi vida es más dulce que un poema». Su madre Margaret, que les acompaña en alguna de sus escapadas, también ha recobrado la ilusión. Con sus largas enaguas, blusas de encaje y la cofia de rigor pasea feliz por las playas paradisíacas en compañía de nativos que apenas se cubren con un pedazo de tela. «Es una vida extraña, me pregunto si algún día podremos volver a la civilización», escribe ingenua a una amiga. Por entonces los Stevenson saben que ya no podrán regresar nunca a Europa, el escritor siente por primera vez en su vida que ha encontrado «su lugar» en estos parajes de ensueño donde los nativos les reciben con cariño y hospitalidad. En 1890 llegan a Samoa y compran unas hectáreas de tierra con la idea de construir su hogar definitivo. De la nada y durante seis meses Fanny se encarga de todos los detalles para levantar una confortable mansión a la que llamarán Vailima. La esposa de Stevenson está agotada, sufre reumatismo pero dedica todas sus energías a esta faraónica empresa. Hasta esta remota isla del Pacífico se hace traer todos los muebles y recuerdos, su vida entera embalada pieza por pieza, desde las vajillas y cuberterías de plata, hasta las alfombras y un piano. La madre de Stevenson regresó en otra ocasión a Samoa para conocer Vailima. Durante los siguientes cinco años visitó Australia, Nueva Zelanda, Tonga y otras islas. En todo este tiempo escribió una serie de cartas a una amiga contándole sus experiencias, cómo vestía a la moda samoana con una túnica blanca y flores en el cabello, cómo aprendió a escribir a máquina por sí sola para ayudar a su hijo y cómo con sesenta y dos años aprendió a montar a caballo para poder ir a misa los domingos. Margaret se sentía como una samoana adoptiva, feliz de ser una trotamundos y haber llevado de forma tardía una vida «semisalvaje, en aquellas islas apartadas del mundo». Sus viajes acabaron precipitadamente con la muerte de su hijo. Stevenson sólo vivió cuatro en su paraíso de la Polinesia. Murió en 1894 y fue enterrado en la cima del monte Vaea, a un paso de la casa familiar. Su mujer Fanny, pionera en el Lejano Oeste, pintora en el París de los impresionistas y aventurera regresó a la civilización de la que había querido huir. Con el tiempo se convirtió en una anciana bohemia y trotamundos, vivió un amor apasionado con un joven guionista de Hollywood -que después se casaría con su hija Belle- y siguió manteniendo vivo el recuerdo de su esposo publicando sus obras inéditas. La escritora Alexandra Lapierre, que publicó una extensa biografía sobre esta extraordinaria mujer, la definió con estas palabras: «Era capaz de vivir tantas vidas, de superar tantos fracasos y renacer después, que hay mucho que aprender de ella». Cuando falleció tenía setenta y cuatro años y sus cenizas fueron depositadas en la tumba de Samoa junto a las del hombre que como ella «no viajaba para llegar a ningún sitio, lo hacía tan sólo por el placer de ir».

 

– Subrayado en la página 182 | Pos. 2788-89  | Añadido el martes 2 de abril de 2013 08H23′ GMT+01:00

Su película Caníbales en los mares del Sur fue un rotundo éxito,

 

– Subrayado en la página 195 | Pos. 2983  | Añadido el martes 2 de abril de 2013 12H01′ GMT+01:00

«El único viaje de descubrimiento auténtico no consiste en ir a nuevos lugares, sino en tener otros ojos», escribió Marcel Proust.

 

 

 

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  1. Cristina Morató – Viajeras intrépidas y aventureras
    • Subrayado en la página 1 | Pos. 11-14 | Añadido el martes 6 de enero de 2015 01H05′ GMT
    • Sólo siento indiferencia ante lo que pueda ocurrir, ya sean dificultades, sufrimientos, vida y muerte. En realidad, uno cae en la inquietud y el temor porque le importa su vida y su confort. Soy vieja y he conseguido más o menos todo lo que he deseado en este mundo. La sabiduría consiste, pues, en no permitir que me invada la agitación. Si el final está cerca, no tiene la menor importancia. Alexandra David-Néel, Tíbet, 1920
    • una abadesa gallega (o del sur de Francia según otras fuentes), Etaria o Egeria, que es la santa patrona de los trotamundos.
    • Partir es vivir. Pero que no se corra la voz: podría cundir el ejemplo.
    • «Peregrina salió -asegura el refrán alemán del medioevo- puta volvió.»
    • «Es tan débil el hombre -escribía Alfred de Vigny en Diario de un poeta- que cuando alguno de sus semejantes se presenta clamando “Yo lo puedo todo”, como Napoleón, o “Yo lo sé todo”, como Mahoma, puede ya darse casi por vencedor. Tal es la causa del éxito de tantos aventureros.»
    • Vivir satisfecha de una misma es muy aburrido,
    • Ida Pfeiffer, una perfecta ama de casa, dejó perpleja a su familia cuando, sola y con apenas dinero, se lanzó a recorrer remotas regiones.
    • May Sheldon fue quizá la más moderna al dejar a su marido en tierra firme y emprender una arriesgada expedición a Kenia.
    • Freya Stark, es que «a uno le sobreviene una especie de locura a la vista de un buen mapa».
    • Alexandra David-Néel mandó renovar su pasaporte cuando había cumplido los cien años «por si acaso»;
    • en España, Catalina de Erauso, nuestra «monja Alférez», viajera, exploradora y militar, fue una intrépida aventurera que desafió todas las normas de su tiempo y se convirtió en un personaje de leyenda que representaba, ante todo, el afán de libertad.
    • el desafío de recorrer a pie 800 kilómetros e ir volviéndome esencialmente vulnerable e indefensa a lo largo del trayecto».
    • La primera gran viajera de la que se tiene noticia era española y se llamaba Egeria. A finales del siglo IV, cuando el Imperio romano está a punto de derrumbarse, una dama gallega, valiente y curiosa, de posición acomodada, posiblemente abadesa, se pone en camino para venerar los santos lugares recién recuperados por santa Helena. La intrépida religiosa viajó durante tres años por todos los parajes bíblicos: Constantinopla, Mesopotamia, Jerusalén, el Sinaí y hasta se aventuró por Egipto.
    • Christine de Pisan, nacida en 1365, una de las primeras mujeres que en Francia se ganó la vida como escritora y que se atrevió a reclamar la igualdad de educación para ambos sexos, consideraba sin embargo que las amas de casa debían salir poco de su hogar y no ir a las romerías para evitar gastos innecesarios.

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